
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 33
Estoy en mi cuarto, mirando al suelo con la cabeza hecha un cristo. Vamos, como cuando un crío pequeño se pone a pintar la pared con garabatos y lo deja todo hecho un desastre. Pues así tengo yo la cabeza ahora, después de lo que me ha soltado Tom.
Que me diga «tú no eres mi amante» me ha dejado a cuadros. ¿Qué coño ha querido decir con eso? Puedo darle mil vueltas y sigo sin entenderlo, me voy a volver loco.
¿Lo habrá dicho porque no me ve en serio? Como si yo no fuera lo bastante importante para ese «título». A lo mejor para él «amante» significa demasiado y ni eso me quiere dar. O igual es peor, y me ve como un pasatiempo, un entretenimiento, alguien para tener mientras tanto y luego a otra cosa. Algo reemplazable, de usar y tirar.
Aunque también puede ser justo al revés. ¿Y si lo ha dicho porque no me ve como su amante, sino como algo más íntimo, más de verdad? ¿Y si quería decir que lo nuestro no se queda en lo prohibido, que tengo un sitio más grande en su vida? Solo pensarlo me enciende, pero también me da un miedo que flipas.
¿Y si lo ha dicho para no sentirse culpable? Como si llamarme amante lo hiciera parecer un traidor, un pecador, y al negarlo intentara limpiar lo que hacemos, ponerle un nombre menos sucio. ¿O fue para protegerme? Como si al decirlo dejara claro que yo no soy «su amante» para que no me coma ese marrón, como si quisiera excusarme ante el mundo.
¿Y si simplemente fue sarcasmo? Un chiste cruel que solo yo me he tomado en serio.
O, peor aún, ¿y si ni lo pensó? ¿Y si esas palabras para él no significaron nada y soy yo el que está aquí estrujándose el cerebro, sacando significados donde no los hay?
Me odio por esto. Porque en el fondo la opción que más me gusta creer es la de que no me ve como amante porque me ve como algo más… pero lo sé, joder, lo sé muy bien: eso no es más que mi corazón flipándose solo. Y no puedo darme el lujo de llenarme la cabeza de chorradas como que él siente algo por mí. No cuando tengo claro que en el amor siempre hay alguien que acaba con el corazón hecho trizas.
Y seguro ese alguien sería yo. Eso dijo la gitana…
Gitana de mierda… ahora ya no voy a poder estar tranquilo, joder.
—Esto es horrible…— suspiro.
Lo peor es que ni siquiera pude preguntarle a Tommie qué coño quería decir con eso. En cuanto lo dijo me pidió que volviera a casa y me quedara aquí hasta mañana. Y yo, más tonto que un zapato, aquí estoy… encerrado con mis pensamientos. El problema es que no voy a pegar ojo en toda la noche dándole vueltas: a sus frases, a la forma en que me miró al decirlo, a la sonrisita que puso al ver mi cara de panoli, al beso que me dio antes de que me viniera, para acá, eh, no seais mal pensados.
Ese «arreglaré todo» que me ha dejado más liado todavía.
Si no le importo lo suficiente, entonces… ¿por qué demonios hace que Heidi deje de pensar que hay una amante, en vez de decirme que lo dejemos y se acabó? ¿Por qué prefiere «arreglar» este marrón en lugar de cortar de raíz? Después de todo sigo siendo su sobrino… ¿Será que lo hace porque de verdad me quiere? ¿O solo porque no quiere perder este juego sexual que empecé yo?
Dios… voy a necesitar una pastilla para dormir si mi cabeza no para. Porque antes me rapo que amanecer con unas ojeras horribles que me destrocen la carita mona que tanto me cuesta mantener. Poco a poco me voy haciendo mayor… lo odio, no quiero envejecer.
¿Tom me seguirá queriendo cuando sea un treintañero?
¿Al menos me quiere de esa forma?
¿Me quiere?
—¡Aaaahhh!— me agarro el pelo y tiro de él con fuerza, hasta me doy algún que otro golpecito en la cabeza —¡Sal de mi cabeza!— chillo como un crío en pleno berrinche —¡Sal, sal, sal! ¡Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosa buena!
Mierda… ¿y eso a qué ha venido?
—Me estoy volviendo chalao…— murmuro, dejándome caer de espaldas en la cama con los brazos abiertos. Miro el techo de mi habitación y suspiro —¿Cómo he dejado que esto me pase? ¿Cómo narices hago para dejar de sentir esto que siento? Ay, Dios…
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Esta mañana me he levantado bien temprano, a las seis. Les pedí a las chicas de la cocina que me prepararan una bebida energética para tomar antes de salir a correr, porque sí, en teoría todo era un paripé y yo iba directo al hotel… pero me he levantado con un bajón tremendo.
Al final no he pegado ojo. Cuando quise salir a preguntar, quizá a mi madre, si tenía alguna de esas pastillas para caer frito en un sueño profundo, me di cuenta de que eran las cinco y cuarenta. En resumen: tanto pensar, tanto darle vueltas, que me he pasado la noche en vela. Y sí, lo que temía ha pasado: he amanecido con ojeras. ¡Ojeras bajo mis preciosos ojos! Los mismos que Tom estaba dibujando ayer… humm…
—No empieces, Bill— me digo mientras apoyo una pierna en el banco del parque y estiro antes de empezar a correr —Has venido aquí para dejar de pensar, así que saca a Tom de tu cabeza.
Sí, claro. Como si fuese tan fácil.
—No es fácil, pero se intenta.
¿Te he preguntado algo? Cierra el pico. Estoy así por tu culpa.
—¿Mi culpa?
¿Quién te mandó a andar de fresco insinuándote como una perra a Tom? Si te hubieras quedado quietecito, ahora estarías tan pancho: con Evan, sin sentir amor, feliz de la vida, estudiando para, en un futuro, ser el dueño de las empresas de tu padre y hasta hacer negocios con Evan para montar un imperio que reinarías tú como el Rey que eres. Te habrías quedado con las ganas de estar con tu tío, sí, pero al menos no estarías ahora reventándote la cabeza. Y mucho menos hablando solo como un puñetero esquizofrénico con problemas mentales.
Hago una mueca.
—¿Qué?— sacudo la cabeza —Me estoy volviendo chiflado de verdad. Dios, llévame contigo ya. ¿Qué tengo que hacer para entrar en el reino de los cielos? Pídeme lo que quieras, menos dejar de ser gay, dejar el cotilleo y de rajar con Adrianne… ah, y tampoco me pidas que vaya a la iglesia, que ahí solo va gente hipócrita, tú ya sabes… Lo que sí puedo hacer es ayudar a una ancianita a cruzar la calle, ¿eso cuenta como buenas obras?— pregunto mirando al cielo —Quizá pueda hacer una donación a una fundación de niños huérfanos que no tienen amor de madre… bueno, yo tampoco, pero la diferencia es que no soy huérfano y encima soy rico.
Sonrío de oreja a oreja… y se me borra la sonrisa al darme cuenta de la tontería que acabo de soltar.
Mierda, yo y mi bocaza.
—¿La he cagado, verdad? Ahora no entro ni de coña al reino de los cielos— pongo un puchero exagerado mientras sigo estirando las piernas —Me voy directo al infierno, estoy perdidísimo. Me castigará un demonio para toda la eternidad… aunque, oye, si ese demonio tiene el cuerpo y la cara de Tom, yo encantado, eh… pero si no… ya sería un horror.
—Mami, ese niño está hablando solo— escucho una vocecilla aguda detrás y me giro un poco para ver quién es —Parece loco…
Es una niña de unos seis años, con un vestido de flores larguísimo y abombado, rollo muñeca antigua. Me señala con un dedito pequeño pero pringado de helado de fresa, mirándome con ojos enormes como platos. La señora a su lado se ve apurada.
—Cariño, ¿qué te he dicho de señalar a la gente? Es de mala educación, y no lo juzgues. Pobrecito, seguro tiene algún problema mental…
—¿Problema mental? ¿Cuál?— pregunta la niña, lamiéndose el helado con curiosidad de verdad.
—Puede ser esquizofrenia, mi amor… así deja esa enfermedad a las personas…— la señora se sigue alejando, pero yo escucho clarito cada palabra.
Pero…
—¡Yo no tengo problemas mentales!— exclamo de golpe, haciendo que la señora y la niña se paren y se giren hacia mí, y que incluso un ciclista que pasaba por allí frene para mirarme. Pero me da igual. Me acerco lo suficiente para gritar —¡Y para que lo sepas, niña, no estoy loco! ¡Además, tu vestido es feísimo!— sin pensarlo, cojo la bola de helado medio derretida de su cono y se la aplasto en la cara —¡Y tienes una cara horrible!— remato.
Silencio sepulcral de dos segundos. La señora me mira con horror, mosqueo e indignación juntos; la niña rompe a llorar con un chillido que me taladra los oídos.
—Ay, qué bendecidos son los sordos…— murmuro.
La señora se me acerca peligrosamente con la mano extendida, y en mi cabeza ya la imagino agarrándome del pelo y arrastrándome por todo el parque como si yo fuera un mocho.
No. Mi cara. Mi belleza. Mi nariz.
—¡No, no, no!— susurro antes de salir corriendo como alma que lleva el diablo. Mi vida y mi cara dependen de ello. Solo imaginarme con la nariz rota me revuelve el estómago. Eso no es nada bonito…
Corro tan rápido que creo que si esto fuera una maratón ya la habría ganado, medalla de oro incluida. El viento me golpea la cara, siento el corazón en la garganta. Justo cuando me veo lo bastante lejos de la señora y la cría llorona, me detengo, doblándome hacia delante con las manos en las rodillas, respirando a trompicones.
Joder, necesito agua.
Miro alrededor buscando a alguien que venda botellas de agua, algún carrito, cualquier cosa… pero nada. Ni un alma. Siento que me voy a desmayar. El estómago me gruñe, recordándome que ni siquiera he desayunado; solo me tomé ese maldito batido energético que ahora me da vueltas en la cabeza como un tornado.
—Me estoy desintegrando…— susurro dramático al cielo, secándome el sudor de la frente —Y todo por Tom.— niego con la cabeza —Ay, Padre nuestro que estás en el cielo— murmuro mirando arriba con gesto teatral —Este es un buen momento para sufrir un infarto y subir contigo; yo encantado de que me lleves.
¿Encantado? Ja. Dios debe estar partiéndose de risa con tus desgracias.
Mira para atrás, Bill.
—¡Eh, tú!— un grito femenino, cargado de rabia y hiel, me atraviesa la espalda como una alarma —¡Mocoso insensible! ¡¿Cómo pudiste hacerle eso a mi niña?!
Giro. Y la escena parece de peli: plano general del parque, la sombra alargada del sol, niños jugando, palomas levantando el vuelo en la distancia. Ella está allí, sujetando a la niña cuya cara parece una acuarela de fresa. A su lado, un agente con cara de pocos amigos, de esos que patrullan para que todo esté en orden. Y yo… yo me doy cuenta de que mis «piernas de maratonista» no me han llevado ni a la esquina más cercana. ¿En qué he gastado mi velocidad? ¿En soñar que era Usain Bolt?
—Joven…— intenta decir el agente con voz grave y oficial.
—Soy inocente— suelto rápido, con las manos en alto y una sonrisa de póker que no consigo disimular.
Él frunce el ceño como si ya supiera toda la historia. Saca las esposas con un gesto teatral. —Eso lo veremos en comisaría. Ha agredido verbalmente a una menor. No ponga resistencia y venga conmigo si no quiere que esto se ponga feo.
Perfecto. A punto de ficharme. A punto de salir en las noticias: «Niñato pijo detenido por aplastar helado en la cara de una menor». Mi sello personal.
—¿Sabe qué, agente?— lanzo con pose de estrella de sitcom —Desde que entré en la adolescencia le doy quebraderos de cabeza a mi madre. ¿Quiere saber por qué?— sonrío, y en mi cabeza suena una fanfarria ridícula —Porque nunca le obedezco.
Y así, con la teatralidad de un prota que sabe que la cámara le está enfocando, echo a correr.
Primer plano: mi cara sudando, labios apretados por la adrenalina, pelo hecho un desastre de la prisa. El agente me persigue; sus pasos suenan como tambores. La cámara corta a slow motion: yo saltando un banco, toda una toma heroica. —¡Vuelve aquí, chaval!— grita el agente.
—¡No voy a ir a la cárcel por culpa de esa niña con cara de Fiona!— grito, y me doy cuenta de lo ridículo que suena mi excusa, pero el aire fresco me ayuda a no pensarlo.
Cruzo la zona de food trucks; el agente está a metros. Saco fuerzas de donde no hay y me impulso hacia la fuente central del parque, sin tener ni idea de si huir, enfrentar al agente o pedir perdón por haberle fastidiado la merienda a una cría.
—¿Qué hago ahora?— pienso, mientras sigo corriendo.
En ese momento tan inoportuno siento cómo algo me cae en la cabeza con un «plop» viscoso. Sin dejar de correr, llevo la mano al pelo y toco justo donde noto algo aguado. Al mirar mis dedos pongo una mueca al ver que es… ¡caca de pájaro!
—¡Iiiaaaahhhh!— chillo como alma que lleva el diablo, y por estar mirando mis dedos acabo cayendo de lleno en un puñetero arbusto. Las ramas me arañan la pierna y me llenan el pelo de hojas.
Pero aun así me pongo de pie tambaleándome como un zombie, con los pelos tiesos y las manos pringadas.
Vuelvo a mirar atrás: el agente me sigue más cerca todavía, sudando y con la gorra torcida del esfuerzo, y yo ahí, en pleno escape digno de meme. Fue entonces cuando no me fijé en que venía un viejo calvo con su carrito de helados. El hombre, al verme acercarme, abrió los ojos como platos, pero ya era tarde: choqué de lleno contra el carro y me lo llevé conmigo como si fuera mi nueva montura.
El carro quedó volcado conmigo encima, y claro, el helado se salió porque el hombre tenía la puertecita abierta. Un río de helado de fresa, chocolate y vainilla se derramó por el suelo.
—¡El heladoooo!— exclamó el viejo cabeza de rodilla, llevándose las manos a la calva como si acabara de ver la ruina de su vida.
—Auch…— gimoteo, todavía encima del carro y con las manos temblorosas. A mis espaldas escucho los pasos del agente, su respiración agitada y el sonido metálico de las esposas chocando entre sí. —Ouh… no…— balbuceo mientras siento cómo me agarran mis bellos y delgados brazos, poniéndolos a mi espalda.
En un dos por tres me ponen las esposas. El agente me levanta y me deja de pie, no solo aturdido sino con el pelo lleno de mierda de pájaro y helado derretido, revuelto con hojas, y la piel con marcas de arañazos por las ramas del arbusto.
—Esto parece un mal sketch de la tele…— susurro, resignado, mientras el agente me empuja suavemente para que ande.
El viejo, a lo lejos, me grita cosas sobre «pagarle su helado» y yo solo pienso en que ojalá esto sea una pesadilla y despierte en mi cama, limpio y libre. El agente me empuja un poco por la espalda mientras yo camino arrastrando los pies, con el orgullo tan torcido como mi pelo lleno de caca y helado.
—Chaval…— dice el agente con ese tono de adulto cansado que ya no espera nada bueno de la juventud —Te has metido en un buen lío.
—¿Un lío? Esto es más que un lío, mi madre me va a mandar a un internado militar y me va a desheredar de la fortuna…— respondo mirando al cielo, esperando que Dios al menos me mande una toallita húmeda de emergencia.
El tipo ni se inmuta. —Te va a encantar la celda que tenemos lista en la comisaría. Muy acogedora, por cierto. Pasarás 24 horas allí para que aprendas a no ir montando numeritos.
—Oh, qué ilusión— digo con sarcasmo, levantando la vista como si esperara fuegos artificiales —Justo lo que soñaba de niño, una pijamada en la cárcel.
El agente suelta una risita nasal y me tira hacia adelante. Yo suspiro dramático, con las hojas todavía pegadas en mi pelo.
Felicidades, Bill.
Mira nada más lo que causas.
Ruedo los ojos y me dejo caer en el asiento de vinilo duro y pegajoso. Mientras me abrocha el cinturón como si fuese un crío de parvulito, me aclaro la garganta. —Oiga, agente, ¿cuándo puedo hacer mi famosa llamada?
Él cierra la puerta con toda la calma del mundo y se coloca delante de mí, apoyando los brazos en el marco. —Cuando lleguemos a comisaría y acabemos el papeleo, tendrás derecho a una llamada. Ni antes ni después.
—¿Una sola?— levanto las cejas como si me acabara de decir que soy adoptado.
—Una. Y piénsatelo bien, porque esa persona será tu única esperanza de no pasar la noche en un colchón que huele a humedad.
Trago saliva y asiento despacio. La respuesta es obvia: Tom.
No mi madre, que me dejaría ahí encerrado hasta que aprendiera a bordar mi nombre en el uniforme naranja; Tom, que aunque luego me suelte la bronca, sé que vendrá a sacarme. Me recuesto en el asiento con un suspiro trágico.
La mañana en Los Ángeles nunca había olido tan poco glamurosa.
Continúa…
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