
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 34
Me bajan del coche patrulla como si fuera un narco internacional en vez de un chaval al que la vida le ha jugado una mala pasada por culpa de esa cría con cara de Fiona, fea y chillona.
El agente me agarra del brazo, como si me fuese a escapar con estas esposas que me aprietan más que unos pitillos del 2010… o de ahora, yo qué sé. Me siento como un delincuente. Me siento rebelde, sí, pero también acojonado; no quiero que esto vaya a más, de verdad. No aguantaría estar en el talego, ni que fueran 24 horas. Quiero que Tommie venga ya por mí. No puedo quedarme aquí horas, necesito un baño pero ya. Me está picando todo el cuerpo de la desesperación.
Incluso debo cambiar mi número de móvil.
—Avanza— gruñe el agente, dándome un empujón suave pero lo bastante fuerte como para que casi tropiece con los cordones sueltos de mis Converse tan monos.
—Oiga, señor agente, ¿de verdad hace falta todo este numerito?— pregunto, intentando levantar la cabeza con dignidad, aunque tengo una hoja seca pegada en la frente —No he atracado un banco, solo estaba… eh… decorando la calle con mi presencia, y esa mocosa llorona me lo ha jodido.
—Esto no es nada comparado con lo que te espera si esa señora te pone una denuncia. Y ni hablemos del pobre del carrito de helados— me suelta.
Arrugo la frente —Eso fue un accidente y culpa suya, ¿por qué me siguió? Me podía haber dejado escapar…
—Manténgase en silencio porque todo lo que diga puede ser usado en su contra.
—¡Hala! ¿Tan peligroso soy?
El tío ni me contesta. Sus botas retumban en el suelo como tambores de guerra mientras me arrastra hacia dentro de la comisaría. El aire cambia de golpe: huele a café requemado, papel húmedo y desesperanza, mucha desesperanza. Muy acogedor, como prometió.
Es sarcasmo, ¿vale?
Un poli en el mostrador levanta la vista y me escanea de arriba abajo. Casi puedo escuchar lo que piensa: «otro adolescente dramático pero este viene con complejo de estrella del rock». Y bueno… tampoco se equivoca del todo. Yo soy una estrella, nací para brillar y a muchos les molesta mi luz. ¡Pues que se pongan gafas de sol, hombre!
El agente que me ha traído habla: —Uno más para la colección— le dice al del mostrador.
Yo sonrío de lado, con todo el sarcasmo que puedo. —Qué honor, ¿no? Deberíais darme una placa con mi nombre y todo. Y ya que estamos, si me vais a encerrar quiero estar como Harley Quinn en El Escuadrón Suicida, con un libro y, si es posible, mi móvil. No puedo vivir sin mi móvil. Ah, y necesito un espejito y un par de cremitas, que tengo que cuidarme la piel…
El poli del mostrador suelta una risita —Lo único que tendrás, y de milagro, será un colchón para dormir…
Hago un puchero. El poli coge un taco de papeles y me los planta delante en el mostrador, vamos, parecía más la matrícula de la uni que un arresto. Me pasa un boli cutre que seguro han toqueteado mil manos pringosas. ¿Y si alguien con sida lo usó antes? ¡Me lo va a pegar! Bueno… el sida se pega por contacto, ¿no? Creo que lo vi en un vídeo de TikTok o algo así.
—Rellena aquí: nombre completo, fecha de nacimiento, dirección actual— murmura el agente, que por fin me ha soltado, aunque me sigue vigilando por si me da el venazo de salir corriendo otra vez.
Levanto una ceja mirando el montón de papeles. —¿Dirección actual?— pregunto, mordiéndome el labio —¿Vale la de mi madre o pongo «zoo» que es donde me siento encerrado últimamente?
El tío suspira tan fuerte que casi me vuela un folio. —Pon la real, chaval.
—Pero si no me sé la dirección…
El poli se pasa la mano por la cara, ya con cara de querer jubilarse. —Pon lo que te acuerdes.
—Vale, vale, no hace falta que me grites— murmuro —Qué mal trato, pienso poner una reclamación a tu jefe cuando salga de aquí.
Resoplo y escribo con mi mejor letra: Bill Kaulitz Wieger. Berlín, Alemania. Y en «dirección actual» pongo: Los Ángeles, California. Casa de la bruja fósil embarazada que se cree modelo.
Me da igual si lo leen. Que quede para la posteridad en mi expediente.
Luego toca el momento de las huellas. El poli me agarra las manos como si fueran barras de pan recién hechas y me estampa los dedos en la tinta negra. Yo pongo caras todo el rato. —Fantástico, ahora parezco un delincuente de peli de serie B. ¿Cuándo me tatúan lo típico de prisión? ¡Quiero un escorpión en el hombro! O una estrella en la cadera. ¡Oh, o un unicornio en el antebrazo!
—Joven, guarde silencio, por favor— responde el agente con tono seco.
Yo tuerzo los morros. Me llevan a la pared blanca, me plantan la tablita con el número de preso y yo sonrío con toda la ironía. —¿Puedo posar? Esto va a quedar de lujo en mi álbum familiar.
—Mire al frente.
Sonrío apenas, ladeando la cabeza como si estuviera en la portada de Vogue.
Flash.
—Sin sonreír— gruñe el tipo.
Levanto una ceja perfecta, mirada intensa, labios entreabiertos como si fuese a soltar el secreto de la vida.
Flash.
—Más serio.
Me pongo de perfil, barbilla arriba, pelo aún con restos de cagada de pájaro y helado, pero digno como si llevara un Versace.
Flash.
—¡De frente, joder!— exclama ya desesperado.
Obedezco, pero pongo cara de dramón: ojos abiertos como platos, como si acabara de pillar a mi pareja poniéndome los cuernos. Seguro esa es la cara que pondría la Heidi si se enterase de la verdad. Espero no tener que verlo nunca.
Flash.
—Ya está— murmura el fotógrafo, aburridísimo —Bienvenido a tu expediente angelino.
Yo asiento orgulloso. —Perfecto. Al fin un recuerdo digno de Los Ángeles. Disney y Hollywood se han quedado cortos— musito mofándome —¿Me podéis dar copia de las fotos? Quiero enseñárselas a mi mejor amiga.— hacen silencio absoluto —¿No? Bueno, pues les hago foto con mi móvil.
Tampoco contestan.
Me devuelven a la mesa, el poli repasa mis papeles. Me han quitado los cordones de los zapatos, las pulseras y hasta me han mirado mal por el esmalte negro medio saltado. Aprovecho para hablar: —Un momentito, agente… ¿y mi llamada?
El hombre me mira, resopla y señala un teléfono fijo en la pared, de esos que parecen sacados de una peli noventera. —Una llamada. Úsala bien.
Camino hacia él como si fuese la alfombra roja. Marco el número de Tom, que me lo sé de memoria, con las manos temblando, más por los nervios que por otra cosa. Tras unos timbrazos eternos, contesta.
—¿Hola?
—¡Tommie! ¡Oh, mi querido Tommie! Qué suerte que coges— digo casi llorando, bajando el tono de voz como si me estuvieran torturando —Tu sobrino favorito está en serios apuros.
—¿Qué?— su voz suena confundida y suelta un resoplido —¿Bill, qué has hecho ahora?— suena cansado, como si ya esperara el drama.
—Lo primero, quiero que sepas que te quiero, tío… Lo segundo, estoy en la comisaría. Y lo tercero, si llamo a mamá me deja aquí hasta que me convierta en estatua. Así que, por favor, dime que puedes venir a salvarme.
Al otro lado hay un silencio eterno, seguido de un suspiro. —Dime que es coña, Bill.
—¡Ojalá! Pero no, Tom, es real.— mi voz se vuelve chillona —¡Tengo caca de pájaro en el pelo! ¡Caca de pájaro, tío! Mi precioso pelo…— gimoteo —¿Tú crees que alguien se inventaría algo así?— Tom suelta una risa ahogada y yo frunzo el ceño, indignado. —¡No te rías! Estoy sufriendo.— hago morritos aunque él no pueda verme —Ven antes de que mi piel toque ese colchón mugriento del que me habló el poli…
—Vale, vale, voy para allá— responde entre risas contenidas —No hagas más tonterías hasta que llegue.
—Demasiado tarde para eso…— susurro, mirando al agente que ya me arrastra por el pasillo.
Cuelgo con un suspiro melodramático y me dejo llevar, convencido de que acabo de vivir la llamada más humillante de mi vida.
—Señor agente…
—¿Sí?
—¿Por qué me han quitado todas mis cosas? Si solo voy a estar aquí 24 horas…
—Es por seguridad.
—¿Seguridad de quién? ¿De ustedes?— pregunto con todo el dramatismo del mundo —Porque, sinceramente, la única arma que tengo soy yo mismo… y esta cara.
El poli pone los ojos en blanco y me escolta por un pasillo interminable. Las puertas metálicas se van cerrando detrás con unos portazos que parecen sacados de una peli carcelaria. Yo camino como si estuviera en la pasarela de Milán: cabeza alta, pasos largos… Finalmente, llegamos frente a una celda cutre y deprimente donde hay dos tipos sentados en un banco. ¿Banco? ¿No debería haber una cama? ¿Esto no era una celda real?
El agente abre la reja. —Aquí pasarás 24 horas, chaval. Y no estarás solo…
Miro las paredes amarillentas y verdosas, arrugo la nariz con asco. El suelo está asqueroso y los dos pavos tampoco ayudan. Uno es un gordo que tiene toda la pinta de camionero. El pelo marrón lo lleva largo y sucio, cayéndole por los hombros. Encima la barba está llena de migas. La camisa ni le tapa bien la barriga y le asoma el ombligo, lleno de roña. ¡Puaj! El otro es igualito, pero sin barba.
—Pues… menuda mierda.
—¿Perdón?
—Nada, nada. Gracias por sus servicios, señor agente, puede retirarse. Que ahora vendrá mi tío guapo a sacarme de aquí.
El policía revuelve los ojos y cierra la reja tras de mí, empujándome dentro porque yo me he quedado en la entrada sin atreverme a dar un paso. —Adiós, mundo cruel. Aquí yace Bill Kaulitz, víctima de la injusticia…
—Drama queen…
—¡Te he oído!— le grito desde dentro.
El camionero me mira con cara de panoli y sonríe con los labios abiertos. —Hola— saluda.
Yo le devuelvo una sonrisa forzada. —¿Hola?
—¿Y tú por qué estás aquí, chaval?— pregunta el rapado.
—Por culpa de una niña. ¿Y vosotros?
—Me pasé de velocidad y me salté un semáforo en rojo— responde el camionero.
—Patético— el rapado escupe al suelo —Yo me le tiré encima a un tirillas, así como tú, sin ofender.
—Me ofende, pero sigue…— digo, sentándome en medio de los dos en el banco.
—Pues nada, el notas era camarero en un bar. Le pedí una porción de pizza y me trae una mierda con piña encima… Me cabreé, me levanté y me tiré encima de él. Caímos al suelo, alguien llamó a la poli y aquí estoy por agresión. Y encima sin mi pizza.
—Vaya drama— respondo —A mí una niña me llamó loco. Yo estaba hablando con Dios y su madre dijo que era esquizofrenia. Me defendí y… bueno, le estampé el helado en la cara. Soy la víctima aquí, señores. Igual que tú, barbudo.
—¿Y yo qué?— salta el camionero —Tenía que entregar un pedido rápido y ahora estoy aquí porque los polis no me dejaron currar.
—Qué injusticia, macho— respondo —¿Cuánto lleváis aquí?
—Desde anoche— dice el rapado.
—Yo desde ayer por la tarde— añade el otro.
—Bah, entonces ya os queda poco… A mí me viene a sacar mi tío.
—Qué suerte, chaval— dice el camionero —¿Cómo te llamas?
—Bill.
—Yo soy Solovino.
—¿Qué clase de nombre es ese?— pregunta el rapado.
Solovino se encoge de hombros. —Mi abuela me puso así porque, según ella, vine solo— suelta una risilla floja —Todavía no entiendo qué quería decir.
—Creo que eres adoptado, Solovino— le digo —Deberías preguntárselo a tu abuela…
—Supongo…
—¿Y tú cómo te llamas?— le pregunto al rapado.
—Me llamo Elvis— dice con voz misteriosa —Pero mis colegas me llaman Destructor.
—¿Eres de una banda o qué?
—Sí, de motoristas— responde.
—¡Qué guay!
—Tal cual— me dice Elvis —¿Y tú a qué te dedicas?
—A nada… Soy el amante de alguien y al mismo tiempo «amigo» de la pareja de ese alguien— respondo —Suena a gilipollez, pero es un trabajo de mierda tener que aguantar a esa mujer.
—Desahógate, chaval, aquí nadie juzga.
Suelto un suspiro y les cuento todo, eso sí, omitiendo la parte en que ese «alguien» es mi tío Tom. Al final, tanto Solovino como Elvis me entendieron, y los tres maldijimos al destino. Solovino, porque la abuela siempre se aprovechó de él cuando era crío y le quitaba la pasta que se ganaba robando en tiendas a señoras despistadas. Elvis, porque siempre quiso ser rockero y no pudo; en su época vestirse de rockero era «mal visto» y su padre jamás lo habría permitido.
Y yo, porque me enamoré de alguien que no puedo tener…
Tristes historias.
Al final, acabamos hablando de moda y, cómo no, les di un montón de consejos.
—Solovino, lávate el pelo con el champú que te digo y verás que te queda igual de bonito que el mío… no dejes que tu abuela siga agarrándose tu dinero y cómprate unas cremitas para la cara— le digo —Y compra ropa más grande, que es una putada que solo tengas tres conjuntos y te queden así. Te mereces una vida mejor, ¡tú eres el que curra! Como tu abuela está en silla de ruedas, llévatela a un asilo.
Él asiente, tomando nota mental de todo lo que le suelto.
—Y tú, Elvis, vístete como te dé la gana. Y si alguien te dice algo, ¡lánzate encima! ¡Hazlo también con tu padre!
—¡Sí!— exclama él.
—No podemos dejar que nos aplasten— me levanto —¡Hay que ser uno mismo y hacer lo que nos apetezca, que es nuestra vida! ¡No necesitamos a nadie para respirar!
—¡Sí!— vitorean y aplauden los dos.
Justo cuando me siento candidato a la presidencia dando mi discurso emotivo, la reja se abre. —Kaulitz— espeta el oficial —Han venido por ti, vamos, afuera.
—¿Ya?
—Sí, chaval… ¿estás sordo?
—Aish, por si acaso, señor oficial, tengo buen oído, ¿eh?— ruedo los ojos y miro a los dos —Bueno, chicos, esta es nuestra primera y última vez conociéndonos. Ha sido un placer— extiendo la mano y se la estrecho a cada uno —No os olvidéis de mí.
—Claro que no, Billberto…— dice uno.
—Es Bill, solo Bill, Solovino.
—Ah, sí, perdona. No me acuerdo muy bien de los nombres.
—¡Kaulitz, fuera ya!
—¡Voy!— grito a la vez —Adiós, chicos— ellos me despiden y salgo de la celda escoltado por el oficial.
Pasamos por el mismo pasillo, las puertas de hierro resonando detrás como si cerraran capítulos de mi vida: detenido por… ¿cuánto? ¿Media hora? El eco de nuestros pasos rebota hasta que llegamos a una ventanilla con vidrio blindado.
—Kaulitz, aquí te devuelven tus cosas— dice el oficial con desgana.
El hombre del mostrador revisa una bandeja metálica con mi nombre en una etiqueta pegada mal y mal escrita. Deposita mi móvil, mis anillos…
—Es Kaulitz— corrijo.
—¿Eh?
—Kaulitz con «t» y «z» al final, no con «s».— les digo —Qué ofensa.
El oficial suspira. —Firme aquí— me empuja un papel y un boli mordisqueado.
Lo miro como si me ofrecieran un contrato con el diablo. —¿Y si no firmo?
—Pues no recuperas tus cosas.
—Aish, qué burocracia más aburrida. ¡Dadme mis cosas, las necesito!— agarro el boli y firmo con una letra gigante y elegante.
El del mostrador ni pestañea. Me devuelve todo en una bolsita transparente y yo lo cojo con mimo. Lo primero, saco el móvil. —Ahora sí, digno otra vez— murmuro, desbloqueo la cámara frontal y me preparo para hacerme fotos. Quiero inmortalizar el momento con el oficial en el fondo —Señor justicia, diga «TÚ NO METES CABRA SARABAMBICHE»— bromeo.
Flash.
El oficial pone los ojos en blanco. —Muévete, chaval, tu tío está fuera.
Camino como si fuera pasarela hacia la salida, ignorando el olor a humedad del pasillo. Antes de cruzar la última reja, me giro hacia dentro como un actor despidiéndose del escenario. —Adiós, cárcel cutre. No te olvidaré… bueno, quizá sí.
El oficial me empuja con suavidad y la reja chirría al abrirse.
Y por fin… veo a mi Tommie de brazos cruzados. Corro hacia él. —¡Tommie, estuve en la cárcel!— exclamo; él levanta las cejas —¡Pero ya estoy libre!— suelo una risita —Me hice una foto con el oficial; por un momento pensé que me dejarías allí…
—¿Cómo se te ocurre?— sonríe —Me han contado por qué estás aquí, ¿porque le echaste el helado a una niña en la cara?— pregunta mientras salimos de la estación.
Hago un puchero. —Ella empezó, ¡me llamó loco! Y su madre dijo que era esquizofrenia, Tom. ¿Qué querías que hiciera? No me iba a quedar de brazos cruzados.
—Vale, ¿y lo de huir del agente y dar con el carro de helados?— pregunta él.
—Fue culpa del agente, me siguió. ¡Mira lo que me pasó por la persecución!— digo señalando mi pelo —Estoy hecho polvo.
—Eso se soluciona con un baño— dice —Me has hecho gastar un montón, ¿sabes? Fianza para sacarte, pagar al señor del carro de helados y a la señora que iba a denunciarte.
—Te lo pagaré, tío Tommie… pero primero, necesito un baño.
Continúa…
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