Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 35

—Le digo «hola», ella me dice «goodbye», le digo «nena, como tú ya no hay»— me froto las yemas de los dedos en el cuero cabelludo mientras me enjabono el pelo, dejando que el agua caliente me caiga por todo el cuerpo —Dice que tiene novio, pero yo no le creo, y es que se complica cada vez que la veo, yo…

Hu, hu, hu, hu, hu…

—Billie…— me llama Tom desde la puerta —Sé que estás ocupado dándole un concierto privado al jabón y al agua, pero ya va siendo hora de salir, llevas quince minutos ahí metido.

—Muy gracioso— murmuro indignado —Ya salgo, le estoy dando una última lavada al pelo para quitar cualquier peste y que no me salgan bichos, Tommie.

Él suelta una risita. —¿Cuántas lavadas llevas ya?

—Trece… con esta, catorce.

—¡Hostia!— exclama —Bill, ¿no te arde la cabeza o la piel con tanta agua caliente? Joder, con tres lavadas ibas sobrado…

—Mmm, no lo creo. Por cierto, se acabó el champú.

Cierro la llave y corro la puerta de cristal para coger el albornoz y cubrir mi bello y esbelto cuerpo. —Genial, ahora me toca comprar— dice Tom cuando abro la puerta —Mira qué roja tienes la piel.

—No es para tanto, Tommie. Me siento limpio y ya no huelo mal— le digo con una sonrisa enorme —Ahora, cuando salga, ya no me mirarán raro.

Cuando llegamos al hotel, la gente no paraba de mirarme por cómo iba, ignorantes… no saben lo que he tenido que pasar, joder. —Bueno, ¿qué te vas a poner? No tengo nada que te quede, mis pantalones se te caen.

—Tom, ahora mismo no quiero pensar en ropa.

—¿Entonces?

—Me duelen las piernas de tanto correr, Tommie… y encima no desayuné, tengo un hambre que flipas— digo con morritos y voz de pena —También me duele la cabeza porque anoche no dormí nada. Súmale a eso los arañazos que tengo por tirarme contra un arbusto. Y también estuve en una celda, pero al menos me entretuve con Elvis y Solovino…

—¿Solovino?— me mira arqueando las cejas, con una sonrisilla que intenta aguantar.

Entrecierro los ojos. —Te hacen gracia mis desgracias, ¿eh?

—Oh, no, Bill… ¿por qué piensas eso?

—Estás aguantándote la risa…

—Es solo por ese nombre que has dicho, ¿qué persona tan cabrona le pone eso a un crío?

Suspiro. —Solovino es adoptado, su abuela lo encontró debajo de un puente… y le puso así. Y es cruel, lo usa para que trabaje y la mantenga, solo porque está en silla de ruedas. Y Elvis también tiene lo suyo: siempre quiso ser rockero y su padre no le dejó. Ya sabes que antes ver a chavales así era «ser rarito» solo por el pelo o porque se pintaban los ojos.— lo digo con pesar —Pobrecillos…

—Es flipante que en media hora te hayas enterado de todo eso.

Lo miro a los ojos con una sonrisa, olvidando mi mini-enfado de antes. —También les di consejos, Tommie… para que no dejen que nadie decida por ellos.

—Ah mira, hasta consejero me saliste.

—Sí, no es por darme flores, pero se me da bien— digo, rodeándole el cuello con los brazos —En fin, ya no hablemos de Elvis ni de Solovino… mejor pide algo para comer, anda, que me voy a desmayar en cualquier momento— me pongo la mano en la frente y me dejo caer dramáticamente hacia atrás, con él sujetándome mientras se ríe bajito.

—Está bien, su majestad… ¿quiere también que le dé un masaje a su real cuerpecito para aliviar ese dolor muscular del que me hablaba hace un momento, y una aspirina para calmar esos horrores de cabeza que deben estar perturbando sus reales pensamientos?

Suelto una carcajada. —Sí, porfi…

—Vale, vale, pediré algo de comer. Ponte alguna de mis camisas…

—Sí, eso iba a hacer— le sonrío, y él niega con la cabeza mientras sale de la habitación.

Muerdo el labio inferior al perderlo de vista y suelto un suspiro. El pelo mojado me ha dejado un charco en los pies, pero paso. Me acerco al armario, abro las puertas y cojo de una percha una camisa azul gigante. Como todo lo suyo. A Tom, desde crío, le ha molado ir con ropa tres tallas más grande de la que le toca…

Me viene a la cabeza cuando llevaba rastas rubias, uff… estaba brutal. Luego le dio por las trenzas… siempre ha estado guapísimo, precioso, un bombón.

En fin…

Me pongo mis calzoncillos, que son lo único mío que no está sucio, y encima me planto la camisa de mi tío, que me queda a medias, dejando las piernas al aire. No pienso peinarme, no tengo ganas. Salgo del cuarto y me lo encuentro en el salón, pidiendo el desayuno por el telefonillo del hotel.

Ojalá pudiera acercarme y abrazarle por detrás, como si de verdad fuésemos pareja.

Pero no lo sois, Bill. Baja de la nube, pareces tonto.

—Más tonto serás tú— refunfuño en voz baja.

Idiota tú. Mira que enamorarte de tu tío… estás fatal, chaval. Búscate terapia, bautízate o algo, a ver si se te van esas paranoias pecadoras…

—No me digas lo que tengo que hacer— gruño.

—¿Con quién hablas?

Levanto la mirada y me topo con Tom, que me observa con el ceño fruncido.

—Solo… intento fluir— improviso, y él asiente, aunque se nota que no se lo traga —Ya sabes, un truco psicológico… hablas contigo mismo para entenderte, expresarte… ejem.

—Ah…— chasquea la lengua —Ya entiendo por qué esa señora pensó que eras esquizofrénico.

—¡Tom!— protesto, ofendidísimo.

Él se parte de risa. —¿Qué? Si pareces loco, Bill. Hablas como si tuvieras a alguien delante, y luego me vienes con que es «un truco psicológico».

—¡Pues lo es!

—Sí, claro, haré como que me lo creo.

—Eres malo, Tom.— me cruzo de brazos —Ya me he enfadado.

—Oh, no… que no se enfade su majestad…

—¿Ves? Te estás riendo de mí.

Se acerca y me rodea con los brazos. —Solo me hace gracia, bebé. Tienes muy mala suerte… pero venga, cambiemos de tema— dice —¿Cómo viste a Heidi ayer?

Oh, la bruja.

—Ni idea, cuando llegué ya no estaba.

—¿Eh?

—Mi madre dijo que tenía consulta médica.

—Ah, sí… seguro una de esas ecografías— dice, aunque no lo parece muy convencido. Lo noto en su cara: ojos entornados, la frente arrugada… está pensando, buscando razones que encajen con lo que le contó mi madre. —¿Cada cuánto se hacen las ecografías?— pregunta, más para sí mismo que para mí.

Me encojo de hombros. —Ni zorra idea, Tommie. ¿Por qué lo dices?

—Porque no creo que haya sido eso, si hace nada se hizo una.— se saca el móvil del bolsillo, lo desbloquea con la cara y segundos después suenan los clics de las teclas —Mmm… entre la semana seis y diez, para confirmar que todo va bien.— murmura mientras lee —Semana doce, para descartar problemas genéticos… bla bla bla… al final, entre la treinta y dos y la treinta y seis, para ver el tamaño y la posición antes del parto.

Frunce el ceño.

—¿Qué, qué?— pregunto, queriendo que me aclare lo que acaba de leer y que apenas he pillado.

Levanta la vista del móvil y me mira. —No es cada mes ni cada semana. En un embarazo normal se hacen tres o cuatro ecos en todo el embarazo— dice, pasándose el borde del móvil por los labios, pensativo —Algo no me cuadra…

—Seguro se puso mala, ya sabes cómo anda de alterada estos días por las broncas contigo— le digo.

—Bebé…— suspira —Si fuese eso ya me habría escrito— murmura, agitando el móvil —Y no lo ha hecho… desde ayer no me escribe ni para echarme en cara nada.

—¿Crees que pueda estar haciendo algo… ya sabes, con sus sospechas?— le pregunto.

—No lo sé— niega despacio con la cabeza —Espero que no.

—Quizá sí se puso mala y como está mosqueada contigo no quiso decírtelo.

—Puede ser…

En ese momento llaman a la puerta. Se me para el corazón, pero recuerdo que Tommie había pedido el desayuno. Guarda el móvil en el bolsillo del pantalón y se acerca a la puerta; antes de abrir, mira por la mirilla para asegurarse. Al ver que es el camarero con el carrito del desayuno, abre y lo deja pasar. Yo salgo pitando a la habitación a esconderme, solo llevo una camisa que apenas me tapa.

El camarero repite lo que había pedido Tom para asegurarse de que no falte nada, y cuando Tom se lo confirma, se marcha. En cuanto escucho la puerta cerrarse, salgo de mi escondite, atento a la conversación. Tom me ve y se cruza de brazos.

—¿Hambre?

—Shí— pongo morritos —¿Qué pediste?— arqueo una ceja.

—Cereales, leche, granola, tostadas con mantequilla, huevos revueltos y fresas troceadas de postre. Y de beber, zumo natural de mango— responde con una sonrisilla en los labios.

—Perfecto— aplaudo con ganas —Voy a recuperar energías.

—Sí, para que luego acabes el día delante de un juez dictándote sentencia por chinchar a otra niña— me quedo con los ojos como platos —Es coña, amor— se echa a reír, y yo respiro aliviado. Pensé que iba en serio… aquí en Los Ángeles te enchironan por cualquier gilipollez. Si a mí me metieron en un calabozo media hora solo por restregarle un helado en la cara a una cría, no quiero ni imaginar si en vez de eso la llego a empujar. —Voy a preparar el cereal, ¿vale?

—Okay…— susurro, tirándome en el sofá mientras le observo.

La cocina es de concepto abierto y está separada del salón por una barra, donde Tom ha colocado dos boles. Empieza echando cereales de aritos de colores, un poco de granola y leche. Mete una cuchara en cada bol, los deja en el carrito y lo acerca hacia mí.

Hay mesa y sillas y todo, pero, ¿qué más da? Yo quiero comer aquí, y Tom no parece poner pegas.

—¿Estás teniendo una conversación mental contigo mismo?— pregunta, ya sentado en el sofá con el bol en las manos. Las venas de su antebrazo se marcan mientras lo sostiene. Joder… qué sexy.

Sí, ya… ahora recibe la comida, idiota, memo, pringao.

—Hmm…— cojo el bol y la cuchara para comer —Gracias, Tommie, ¿qué sería de mí sin ti?

—Seguramente seguirías pasando hambre en una celda hasta que se cumpliesen las veinticuatro horas de castigo— sonríe con sorna y yo pongo los ojos en blanco.

—No me recuerdes mi media hora de delincuente— le pido poniendo morritos —Igual no me arrepiento de lo que le hice a esa mocosa. Lo repetiría mil veces. ¿Quién la manda a llamarme loco? Y la otra vieja a decirme esquizofrénico. Menudas tontas, ojalá el padre se pire a por tabaco y las deje solas…

—Bill…— Tommie se ríe a carcajadas —No digas esas cosas, anda, come.

Gruño con una mueca mientras me meto el cereal, que me sabe a gloria. No sé si es porque está realmente bueno o porque me muero de hambre. Cuando terminamos con el cereal seguimos con las tostadas, dos para cada uno con un poco de huevo revuelto en un platillo. Qué miseria, era poquísimo… yo sigo con hambre.

Pensé en protestar, pero me lo guardé. Me lo comí todo, y justo cuando íbamos a empezar con las fresas sonó la notificación de mi móvil. Con pereza me levanté a por él, podía ser mi madre preguntando dónde estoy, y mejor contestarle antes de que le dé por ponerse a rastrear mi dirección. O quizá era Adrianne para contarme o preguntarme algo. Una de dos.

Mi móvil estaba en la mesilla, al lado de la cama. Lo cogí y en cuanto lo encendí…

—Ah, es Evan…— ni me acordaba de él, como siempre. Soy la hostia, joder.

«Billie, ¿cómo estás, amor?»

Suspiro y mientras le respondo salgo de la habitación para volver al sofá.

«Hola, cielito… estoy bien, aunque hoy me pasaron unas cosas horribles.»

Me dejo caer en el sofá. Tom tiene la taza con las fresas sobre las piernas y se la quito para poder sentarme ahí.

—¿Te vas a dormir?— pregunta levantando las cejas un segundo.

—Sí, con el difunto dentro de mí…

Él frunce el ceño. —¿El difunto?— me mira raro, lo que me hace soltar una risita entre dientes. —Bebé, ¿estás bien?

—Me refiero a tu cosota, Tommie— le digo divertido —El difunto… ya toca enterrarlo.— me acerco a su cuello para besarle un trozo de piel —En mi culo— remato entre risas.

—Ah, ya entiendo… dices cosas que me rayan, ¿eh?

—¿Por qué?— pongo morritos otra vez y le miro fijo —No he dicho nada raro, Tom.

—Sí, claro…— se ríe en mi cara.

Entrecierro los ojos. —Me voy— suelto, medio cabreado. No lo digo en serio, pero a veces mi orgullo me domina. Me levanto y voy directo a la puerta para irme, pero antes de que pueda tocar el pomo, siento cómo Tom me coge en brazos y me aleja. Me carga al hombro como si fuera un saco de patatas, y yo me muevo como una serpiente intentando escapar… aunque en el fondo no quiero huir.

Tom me mete en la habitación y me deja caer en la cama. Se lanza encima de mí, impidiéndome incluso apartarme el pelo de la cara.

Pero lo hace él: me aparta los mechones con cuidado y me mira a los ojos.

—¿Te he dicho alguna vez que me encanta tu mirada?— susurra. Yo niego con la cabeza con una sonrisa que no puedo ocultar. —Pues te lo digo ahora…— su voz se vuelve grave, casi un gruñido —Amo perderme en esos ojos tuyos, tan oscuros, tan jodidamente deliciosos… me vuelven loco, Billie.

Su pulgar roza mi labio inferior, y yo apenas respiro. Tom acerca su boca a mi oído y susurra con una sonrisa lujuriosa…

—¿Quieres saber qué es lo que más me rompe la cabeza? Cómo arqueas esas cejas cuando te estoy follando…— su lengua recorre la piel de mi cuello, húmeda, ardiente —Y cómo tus ojitos se van cerrando poco a poco, como si no soportaras todo lo que te hago sentir.— su mano baja por mi torso y me agarra la cadera con fuerza —Joder, Billie… la cara que pones cuando te corres… esos ojos medio cerrados, la boca abierta, suplicando…— me besa con hambre, mordiéndome el labio —Es lo más erótico que he visto en mi puta vida.

Gimo contra su boca, perdido. Él sonríe satisfecho, sin saber que sus palabras me han encantado, me han puesto nervioso y han hecho que mi corazón bombee como loco, acelerado, tiñéndome las mejillas de rojo.

Lo que sí sabe… es que me ha puesto aún más cachondo.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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