Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 37

Este día con Tom ha sido una pasada. Acabo de volver de estar con él y, la verdad, me duele todo el cuerpo. No por lo que hicimos en la cama, sino por las hostias que me pegué. Menos mal que mi madre estaba en la cocina cuando llegué, eso fue lo que me dijo una de las chicas de la casa.

Después de los besos con Tom, nos comimos las fresas… yo las cogía con la boca, me acercaba a él y las compartíamos, para luego besarnos. Y así con cada mitad de fresa. Ha sido tan… ¿romántico? ¿se dice así? Madre mía… no es la primera vez que me pasa después de estar con él; de adolescentes ya me sentía así, pero ahora es más fuerte, más intenso… tanto que el corazón se me acelera y me falta el aire.

Es raro… cada vez que Tom me mira de esa manera, como si todo se parara solo para que me observe, siento que algo se me enciende dentro del pecho. Como una llamita que no quema, pero tampoco me deja tranquilo. Me ahoga y me llena a la vez.

Supongo que esto es el amor de verdad. Ese que no se explica, que no pide permiso. Ese que te aprieta las costillas hasta que parece que no cabe dentro de ti. Y cada palabra de Tom, cada caricia, es como una llave que abre ese nudo en el pecho y hace que todo se desborde.

Me doy cuenta de que no necesito nada más: la forma en que curva los labios cuando sonríe después de besarme, el calor de su piel cuando me roza sin querer, o incluso el silencio cómodo cuando simplemente compartimos el mismo aire. Este sentimiento es como dar la primera bocanada de aire después de estar demasiado tiempo bajo el agua. Sí, porque duele, arde, pero es lo más vital que tengo.

Y lo peor, o lo mejor, ya ni lo sé, es que por mucho que intente resistirme, ya no puedo imaginar mi vida sin ese ahogo dulce que Tom me provoca.

Ahora estoy frente al espejo grande del tocador, recién salido de la ducha, mirando las marcas de los dedos de Tom en mi cintura. Joder, parecen tatuajes, preciosas. Sonrío como un tonto al recordar lo de esta mañana, lo bien que lo pasamos que…

—Bill, hijo…— mamá abre la puerta de mi cuarto sin avisar, y yo, en cuanto me doy cuenta, intento taparme la desnudez con el albornoz tirado en el suelo. —Ay, madre mía…— suelta en un suspiro ahogado —Bill, ¿pero qué te ha pasado?

La miro mientras me ato el albornoz con las manos temblorosas. Odio que entre justo cuando me estoy cambiando. —¿Eh?

—Te he visto unas marcas en la cintura— se acerca, con la preocupación en la cara —¿Qué ha pasado?

—Ehm…— mierda, ¿por qué justo ahora no le falla la vista como últimamente? El universo me odia, joder —No es nada, mamá… me compré un pantalón nuevo y esa mierda me apretaba un montón. Me lo puse un rato y ya sabes lo sensible que es mi piel, me salen marcas de cualquier cosa.

—Ah…— suspira aliviada —Ya veo. Me dijo Glenda que preguntaste por mí cuando llegaste.

—Sí… quería saber si sabes dónde está Heidi— le digo —Pero una de las chicas me dijo que volvió a salir.

—Seguro está dando una vuelta por ahí— responde, sin darle importancia pero con una sonrisa en la cara. A mi madre le encanta la bruja, no entiendo cómo puede soportarla —O comiéndose algún postre, que últimamente tiene antojos… como todas las embarazadas.

—Se te nota emocionada— murmuro, bufando, aunque disimulando.

—Ay, sí… siempre quise ver a Tom de papá— dice juntando las manos delante del pecho —Es una etapa tan bonita…

—Humm, preciosa…— suelto con sarcasmo.

Ella chasquea la lengua. —Tú lo ves como una tontería sin más, pero tener hijos es una bendición, y más si es con la persona que quieres y con la que quieres montar una familia…

—Ahí está el problema— murmuro.

—¿Mmm?

—Que sí, que seguro es bonito— miento, acercándome a la cama donde tengo la ropa tirada. Para venir aquí tuve que ponerme la ropa de antes, sucia, de la persecución con el poli, y encima una chaqueta de Tommie que dejé… en el sofá de abajo. Tengo que ir a por ella en cuanto me vista. Estaba tan flipando con mis cosas que me olvidé de que no puedo dejar eso ahí. Encima dejé el móvil en el hotel, estoy vendido. —Te encantan los bebés, ¿no?

—Claro, son adorables…— suspira —Tú de crío eras guapísimo.

—¿Era?

Pone los ojos en blanco, pero sigue sonriendo. —Lo sigues siendo, pero los bebés tienen una belleza única…

—No todos, algunos nacen feos.

—Ay, Bill…— niega con la cabeza y los ojos cerrados, resignada. Ya está curada de espanto conmigo, normal, soy su hijo aunque a veces no lo parezca. —Espero que algún día…

—Ni lo sueñes— la corto enseguida —No voy a tener hijos, mamá. No puedo, soy hombre y soy gay— se lo recuerdo, aunque lo tiene más que sabido. La veo abrir la boca para soltarme algo y la freno otra vez —No pienso meterme en ninguna gestación subrogada— suelto con firmeza —Y menos voy a adoptar, ¿queda claro?

Ella me mira con esa cara de «ya no sé qué hacer contigo» y respira hondo. —Entonces el apellido Wieger de tu padre se pierde contigo, ¿no? Ni árbol genealógico extenso ni descendencia…

—Exacto— sonrío tenso, viendo que al menos lo ha pillado —A no ser que mi padre tenga sobrinos, y si los tiene y ellos tienen hijos pues que lo continúen ellos. Pero de mí, jamás. Nunca en la vida me voy a joder con un hijo. Sería como renunciar a mi vida de paloma libre que vuela feliz por el mundo…

—Ajá…— se ríe —Ya veremos si no cambias de opinión. Igual Evan tiene mucho que ver en eso…

—Lo dudo. Tengo la corazonada de que lo mío con Evan no va a durar.

—Eres un fatalista…

—No es culpa mía, mamá— cojo la camisa que me voy a poner y sonrío al ver el conjunto entero. Me voy a ver guapísimo, como siempre. Quizás cuando vaya a por el móvil me quede un rato en brazos de mi Tommie, dándonos besitos… —Yo…— trago saliva —¿Es bonito estar enamorado?

Mi madre me mira con cara rara por mi cambio de tema. En cuanto me doy cuenta de la chorrada que acabo de soltar, me dan ganas de morder la camiseta y tirarme del pelo mientras grito dentro de la tela. Soy idiota perdido, dios mío, trágame tierra… Bueno, no, todavía no. Soy joven.

—¿Y a qué viene esa pregunta, hijo?— me suelta.

—No, nada… solo curiosidad— me apresuro a decir, las palabras se me atropellan al salir —Es que os veo a ti y a papá tan felices…

—Mmm, entiendo. Pues sí, es bonito si es con la persona adecuada— responde —Pero no soy muy buena para hablar de estas cosas— resopla —Venga, salgo y te vistes tranquilo, ¿vale?

—Vale…

Mamá me dedica una última sonrisilla y se va de la habitación. Yo me visto a toda prisa: si Heidi no ha llegado, no tardará, y tengo que coger esa chaqueta del sofá antes de que aparezca y la vea. No quiero líos, no ahora que lo mío con Tom empieza a ir bien, que parece que pasa del simple «juego». O al menos yo lo siento así.

Joder, las cosas que me dijo sobre mi mirada… me encantaron. Pero no quiero ilusionarme, aunque es inevitable montarme pelis en la cabeza de él y yo juntos, felices…

Ay, no…

Me pongo una camiseta gris cortita, me flipa porque se me cae un poco del hombro y deja ver la tira blanca del top que llevo debajo. No es que lo haya planeado, pero me mola ese rollo medio descuidado. Abajo, un pantalón beige, suelto y cómodo, con la pretina de mi ropa interior asomando, blanca, con el «London» estampado. Me encanta ese contraste urbanillo.

Y unas Converse blancas que van perfectas con todo. Me ondulé un poco el pelo, me maquillé lo justo y pillé mis cascos, que nunca uso pero pegan con el look. Me los cuelgo al cuello y listo, preparado para salir otra vez.

En el bolsillo de la chaqueta está la llave del hotel… Mierda, últimamente estoy siendo un desastre.

—Tengo que coger eso ya…

Salgo disparado de la habitación, casi me mato antes de llegar a la puerta. Ni me molesto en cerrarla, bajo las escaleras corriendo, esquivando a las sirvientas que me cruzo, y justo cuando voy a llegar al salón… escucho la voz de mi madre hablando con… Oh, no… Esa voz. Es la bruja.

—Sí, compré un par de cosas…

—Eso pensé— responde mi madre —Bill estuvo preguntando por ti…— y justo en ese momento las dos se giran al verme aparecer. Sonríen —Y hablando del rey de Roma…

—¿Yo? ¿Rey de Roma? ¡Maravilloso!— exclamo, intentando relajarme yo mismo. Aparto la vista hacia el sofá donde está la chaqueta de Tom. Heidi está justo delante, puede que aún no se haya fijado —Sería un gran gobernante…

—No lo dudo— suelta mi madre con sarcasmo, y Heidi suelta una risita.

—Ay, yo creo que sí sería un gran rey… puro glamour— dice con voz fina. Yo sonrío forzado —Y oye, que bien te vez, ¿eh?

—Como siempre— respondo, agitándome el pelo con clase.

—No sé a quién habrás salido con ese ego— suelta mi madre —Porque los Kaulitz no somos así…

—Será cosa de los Wieger, supongo— ella hace una mueca que ignoro olímpicamente. Nunca le ha hecho gracia que diga que algunas cosas las heredo de esa parte de la familia. Le jode, se le nota, y se pone en ese plan.

—Me voy un rato fuera…— dice, con esa actitud que ya me conozco.

Yo paso del tema, camino hacia donde está Heidi y me lanzo a coger la chaqueta antes de que la vea, pero llego tarde. Justo cuando estiro los brazos, ella mira. Yo, en plan desesperado, la agarro rápido y la aprieto bajo el brazo, arrugada, como si así no se notara. Pero veo la expresión de Heidi: frunce la frente, arruga la nariz unos segundos, luego suaviza la cara y clava los ojos en la chaqueta. Piensa, piensa… abre los labios para hablar. Mi corazón se desboca. Me mira a los ojos, vuelve a cerrar la boca, frunce el ceño y…

—¿Esa chaqueta es…?

—¡Mía!— suelto rápido, sin dejarla acabar —Y… lo siento, Heidi, pero me tengo que ir ahora porque… porque…— doy un par de pasos atrás mientras ella me mira con cara rara y confundida —Tengo cosas que hacer y… ¡nos vemos luego!— me giro antes de que diga nada y paso la chaqueta al frente, pegándola contra mi pecho. Salgo corriendo hacia la puerta, y nada más cruzarla respiro como si me faltara el aire —Que no la haya reconocido, por favor, por favor…

Salgo de la mansión, pido un Uber y espero con paciencia. También tengo que cambiar de número, como me dijo Tom. Pillaré un chip en cualquier tienda y hago el cambio hoy mismo.

&

By Heidi

En el poco tiempo que llevo conociendo a Bill, que no ha sido mucho, ya me ha bastado para darme cuenta de lo raro que se ha comportado. Por dios, el chaval estaba casi temblando, me miraba con unos nervios que no eran normales… y todo por esa chaqueta, que obviamente reconocí.

Siempre, desde que estoy con Tom, he sido yo la que le ha regalado abrigos, chaquetas, gabardinas, corbatas… porque él pasa bastante de cómo viste. Yo tengo que encargarme de eso por él. Y es un reto, porque le molesta que le diga cómo tiene que vestirse, sobre todo cuando yo tenía alguna gala o un evento importante y él aparecía con sus pantalones anchos y camisas descoloridas que no pegaban nada.

A Tom lo conocí en el instituto, en Alemania. Coincidimos en el último curso, compartíamos clases, y me gustó desde el primer momento en que lo vi. Con sus rastas rubias, esa ropa gigante… siempre estaba con un amigo suyo, cuyo nombre olvidé, que ahora según me ha contado es turista o algo así…

Tom siempre ha sido encantador y guapísimo. Para mi desgracia tuve que dejar Alemania para venirme a estudiar a la uni aquí. Años después, él también vino a la misma universidad. Grande fue mi sorpresa. Nuestras clases quedaban una frente a la otra en el pasillo, así que le veía seguido. Fue genial. Poco a poco me acerqué y bueno… con el tiempo acabamos juntos. Aunque nunca quiso presentarme a su familia, siempre me decía que era pronto.

En navidades se iba a Alemania. Más de una vez quise ir con él, pero siempre encontraba una excusa. Siempre. Hubo un tiempo que dejó de ir, dos años creo. Cuando le preguntaba me decía que era por trabajo, proyectos, dibujos, cuadros, algún evento de pintura. Lo mismo que le decía a su madre cuando la llamaba para preguntar cuándo iría.

Y solo se dignó a ir en el cumpleaños dieciséis de Bill, al que tampoco me llevó. Tuve que mandarle mi regalo con él. Bill es importantísimo para Tom, ese niño es como un hermano pequeño: lo cuida, lo protege…

Es un buen chaval, o al menos eso me parece. Me aconsejó sobre lo de la supuesta amante de Tom, pero… por más que intenté quedarme quieta, no pude y acabé plantándome en la empresa donde curra Tom. Primero hablé con su asistente. Me dijo que no sabía absolutamente nada y, sinceramente, se la ve tan dejada que dudo que Tom haya puesto los ojos en ella. La recepcionista, menos todavía: justo cuando llegué estaba pegada al teléfono y, cuando le pregunté disimuladamente si tenía pareja, me soltó que sí, que llevaban un año felizmente «casadas».

Sí, es lesbiana.

Así que ni la asistente ni la recepcionista… descartadas.

En fin, ahora mismo no quiero darle demasiadas vueltas a eso. Lo que de verdad me ronda la cabeza es la chaqueta que vi. Esa chaqueta que recuerdo haberle regalado a Tom en nuestro segundo año de relación. Bill dijo que era suya, pero es imposible. ¿Por qué? Porque yo la mandé diseñar expresamente para mi futuro marido… solo para él. Entonces, ¿cómo demonios Bill tiene una réplica exacta?

Y no fue lo único que me dejó pillada. De esa misma chaqueta salió volando una tarjeta pequeña cuando salió corriendo.

La vi caer al suelo y me acerqué despacio. Me agaché y la recogí. Era gruesa, brillaba bajo la luz de la lámpara de araña. Le di la vuelta y vi solo una palabra grande impresa: «Hotel», junto al nombre del sitio y, por supuesto, el número de la habitación. Era blanca, con la típica banda negra que sirve de sensor para abrir las puertas.

¿Por qué Bill tiene una llave de hotel? ¿Y por qué tiene una chaqueta idéntica a la de Tom?

Con la tarjeta aún en la mano salí al jardín, donde se supone que estaba mi cuñada. La vi sentada en una tumbona, junto a la piscina, distraída en sus pensamientos.

—Simone…— llamé.

Ella se sobresaltó un poco, levantó la cabeza y me miró. —Oh, Heidi… dime, ¿necesitas algo?

—Sí, ¿me podrías dar el número de Bill? Es que se le quedó algo— le solté, sin decir qué era. Sé perfectamente que Bill tiene pareja y no quiero pensar que anda por ahí haciendo locuras y engañándole. Y vete tú a saber con quién.

—Ay, claro…— me lo dictó de memoria, así, sin dudar.

Yo soy malísima para eso, igual que Tom; por eso tengo todos los números apuntados en una agenda junto al fijo de casa. Saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y lo apunté.

¿Qué fue lo raro?

Que mientras escribía, me di cuenta de que los dígitos eran exactamente los mismos que los del número de… la amante de Tom.

Al principio pensé que sería parecido, que solo cambiaría el último número, porque suele pasar, pero no.

Le repetí el número a Simone para confirmar, y sí: estaba bien.

El número de Bill es el mismo que el de la amante de Tom. Pero… ¿cómo? ¿Cómo coño es posible? ¿Se habrá equivocado Simone? Es una mujer mayor, bueno, no tanto, pero quizá la memoria le ha jugado una mala pasada.

—¿Pasa algo, Heidi?— me preguntó, con un tono preocupado.

La miré y negué con la cabeza. —No, yo… tengo que hacer una cosa, Simone. Gracias por darme el número.

Continúa…

Bill con la ropita que usó para ver a Tom…

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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