
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 4
El avión empieza a descender y una ligera vibración recorre la cabina. Mi madre hojea una de esas revistas que les pidió a las azafatas, con los brazos cruzados, mientras yo miro por la ventanilla.
Llevo los cascos puestos porque, sinceramente, volar me parece un coñazo. Tengo tantas cosas rondándome la cabeza ahora mismo que ni siquiera pude pegar ojo cuando llegó la noche. Y encima tengo esa sensación constante de que se me ha olvidado algo, pero por más que le doy vueltas, no caigo en qué puede ser. Me frustra. Últimamente me frustra todo. ¿Será porque estoy a punto de cumplir los diecinueve y ya dejo atrás la adolescencia? Joder.
—Señoras y señores, en breves aterrizaremos en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, California. Les rogamos que permanezcan sentados, con el cinturón abrochado y los dispositivos electrónicos apagados hasta que el avión se haya detenido por completo. Gracias por volar con nosotros y bienvenidos a Los Ángeles— dice la voz del piloto, con ese tonillo calmado y soso que tienen siempre.
Suelto un suspiro, bajo un poco el volumen de la música y me aseguro de tener todo en su sitio. Mamá ni me mira. Solo agarra su bolso en cuanto tocamos tierra y se levanta antes de que el avión haya parado del todo. Qué ansias, tía. Ni yo tengo tantas ganas… y eso que voy a conocer a la bruja, la novia de Tom, que solo de pensarlo me dan los siete males.
Me acuerdo de que ni siquiera le agradecí por el traje ese que me regaló por mi cumple de los dieciséis. Pero es que estuve tan ocupado con Tom… joder, sí que lo pasábamos bien. ¿Será igual ahora? ¿O incluso mejor? Total, él dijo que cuando nos viéramos otra vez me iba a dar una… buena bienvenida. Y yo le dije que sería peor que antes, en lo sexual, claro. ¿Sexológicamente existe como palabra? Bah, da igual…
Después de una eternidad bajando del avión, recogiendo maletas, caminando detrás de ella como un perro regañado y sobreviviendo al control de pasaportes, por fin salimos al exterior del aeropuerto.
El calor de California me da una hostia en toda la cara. No es solo el clima, es la vibra. Esta ciudad huele a tráfico, a solazo, a caos. Y aun así… me mola.
—Cariño, pide tú un taxi, que no me aclaro con esta aplicación tuya tan rara— me dice mi madre mientras intenta desbloquear el móvil con las gafas puestas y cero paciencia.
Yo obedezco, pillo uno desde la app y no pasan ni cinco minutos cuando aparece un coche negro frente a nosotros. Cargamos las maletas y nos subimos. Mamá le da la dirección de la casa de mi tío Tom. Yo me echo hacia atrás en el asiento mientras veo pasar las palmeras y las autopistas como flashes. Los Ángeles, ciudad de las segundas oportunidades… o de las hostias de realidad. No sé todavía en qué lado va a caer esta visita.
Solo sé que, en cuanto vea a mi tío, voy a necesitar toda la fuerza mental que me quede para no tirarme encima de él y suplicarle desesperadamente que…
Vale, Bill. Tranquilo. Todo a su tiempo.
El taxi sigue su ruta y yo me dejo llevar por el traqueteo suave del coche, mientras mi madre revisa su correo con cara de estar hasta el moño. Saco el móvil por puro aburrimiento y, justo cuando estoy a punto de abrir Instagram, la pantalla se enciende con el nombre de Evan. Mierda.
Contesto al tercer tono, como si me pillara por sorpresa. —Cariño…— digo, fingiendo que no me lo esperaba.
—¡Bill! Te he mandado un montón de mensajes desde anoche, no me respondías, llamé a Adrianne y me soltó la bomba. Joder, ¿por qué no me dijiste que te ibas de viaje?— suena cabreado, confundido… y celoso. Y eso, la verdad, me hace hasta gracia.
—Ay, Evz… perdona, amor. Se me fue completamente la pinza. Fue todo muy a lo loco— respondo con voz dulce, medio riéndome —Mi madre decidió de un día para otro que teníamos que venirnos a Los Ángeles.
—¿Y eso?— pregunta con ese tono que ya huele a sospecha.
—Pues… mi tío Tom va a ser papá— digo mientras me acomodo el cinturón, como si eso me ayudara a improvisar mejor —Su novia está embarazada y mamá quiso venir a echarle una mano con todo. Ya sabes, los antojos, las visitas al médico, esas cosas de embarazadas.
Al otro lado, Evan se queda callado unos segundos. —¿Y tú tenías que ir también?
—Bueno, mi madre me arrastró con ella. No es que yo estuviera deseando venir, ¿sabes? Relájate, amor— añado, alargando la palabra «amor» como si me saliera del alma. Que, siendo sinceros… no.
—Es que no me dijiste nada… pensaba que íbamos a pasar el finde juntos.
—Y lo haremos, en cuanto vuelva. Palabrita— respondo como quien intenta calmar a un crío que está haciendo pucheros.
—¿Y cuánto tiempo te vas a quedar?
—Ni idea. Depende de mi madre, ya sabes cómo es. Me ha traído sin plan ni nada. Pero si quieres te llamo todos los días— sonrío, aunque él no pueda verme.
—Bueno… vale. Solo… no te me desaparezcas, ¿sí?
—Jamás— le digo bajito, suave, casi en susurro.
—Cuídate, bebé. Estoy llegando ya a la uni. Te escribo cuando salga…
—Oh, sí. Igual se me olvida porque estoy reventado… esto de viajar tiene lo suyo, tanto lo bueno como lo malo.
Él se ríe por lo bajo al otro lado de la línea —Lo sé… bueno, amor, tengo que colgar.
—Vale, hablamos luego.
—Venga…— le oigo lanzarme un beso, y yo suelto un suspiro.
A ver, estas cosillas son las que me molan de Evan. Es un pegajoso, sí, pero también tiene su punto rebelde y salido. Es un encanto, me trata de lujo, como si yo fuera lo más importante del mundo. Seríamos la pareja perfecta, seguramente… si yo sintiera algo real por él y no solo pura atracción física. Es el típico chaval que toda chica querría para vivir su historia de amor adolescente. Pero yo no creo en esas mierdas, así que no me tomo lo nuestro en serio. Y sí, sé que soy un cabrón por jugar con sus sentimientos.
Colgamos y dejo el móvil a un lado. Puede que para mí solo sea un follamigo con plus, pero jamás lo voy a dejar. Está buenísimo.
Mi madre me mira de reojo. —¿Quién era?
—Evan— respondo, como quien dice «me da igual».
Ella suelta un bufido y yo sonrío. El taxi gira por una avenida ancha y a lo lejos se empieza a ver el vecindario donde seguro vive Tom. El coche se detiene frente a unas rejas negras enormes. Hay cámaras, sensores y dos tiarrones con gafas de sol que parecen sacados de una peli de acción. Mi madre paga mientras yo me bajo del coche con las gafas puestas y el pelo un poco revuelto.
—Qué paranoia…— murmuro al ver cómo uno de los guardias ya se acerca como si fuésemos sospechosos de terrorismo.
—Buenas tardes. ¿Nombre?— dice el tío, con voz de robot y una tablet en la mano.
—Bill Kaulitz— respondo cruzándome de brazos —Y ella es mi madre, Simone Kaulitz.
Teclea algo y, al mirar la pantalla, frunce el ceño. —Lo siento, no aparecen registrados. Tengo que hacer unas preguntas— bufé con fuerza. A mi lado, mi madre guarda silencio, pero su cara de «me está tocando la moral esto» ya empieza a notarse.
—¿Motivo de la visita?— pregunta el otro guardia, con un tono más relajado.
—Vamos a quedarnos un par de semanas porque la señorita Heidi está embarazada y he venido a ayudarla en lo que haga falta. Tom lo sabe— responde mi madre, toda amable —Así que si pudierais dejarnos pasar ya…
—No están en la lista de acceso— interrumpe el primero —Es parte del protocolo, señora. Reglas de la señorita Klum, así que les pedimos que nos dejen revisar sus bolsos y maletas…
—Mira, chato— suelto, cruzándome de brazos mientras el otro guardia me escanea como si llevara una pistola. Y oye, si llevo un arma, la tengo entre las piernas. Igual quiere verla. Vale, no. —Llevamos más de doce horas de viaje, estamos reventados y no tenemos el cuerpo para estas tonterías. Tom Kaulitz es el hermano de mi madre, así que es mi tío. ¿Estamos?
—Lo siento, joven, sin confirmación no podemos dejarles pasar. Política de la casa.
Mierda. Mierda y más mierda.
—¿Política de la casa?— repito con sarcasmo mientras saco el móvil —Claro, la «política de la supermodelo paranoica»— murmuro mientras busco el contacto de mi tío y le llamo. Me contesta a los tres segundos.
—Billie…
—Hola, tío— saludo con voz de niño bueno —Mi madre y yo acabamos de llegar. Estamos justo en la puerta de tu casa, que por cierto es una pasada, pero tus seguratas no nos dejan pasar. Dicen que no estamos «registrados.»
—Hostia, es verdad. Siempre se me olvida que hay protocolo de entrada— responde entre risas al otro lado —Dame un segundo, bonito…
Sonrío por cómo me ha llamado. Uno de los gorilas recibe una llamada por el pinganillo, le veo asentir y de repente se le suaviza la cara. —Pueden pasar. Bienvenidos— dice ahora, todo amable. Le echo una mirada por encima del hombro y empiezo a tirar de las maletas.
—Qué majos, oye— murmuro mientras las puertas se abren —Casi me hacen una prueba de ADN, pero sí, «bienvenidos»— comento con sarcasmo, y mamá se ríe por lo bajo, negando con la cabeza. Nada más entrar, un par de mayordomos aparecen, hacen una reverencia, y yo los miro frunciendo el ceño.
—Buenas tardes— dice uno —Permítame llevar sus maletas, joven.
Le dejo cogerlas y sonrío —Necesitamos de estos en casa, mamá…
—No digas tonterías. Bastante tengo ya con ver a las chavalas corriendo de un lado a otro para tener la casa en condiciones, gracias a la locura de tus tías, en la que tú también metiste mano— se refiere a cuando compramos la mansión, justo en el aniversario con mi padre.
Chasqueo la lengua —Tendremos mayordomos— digo con seguridad —Se lo diré a papá.
Mamá cierra los ojos y suelta un suspiro largo. Seguimos a los señoritos hasta la entrada, que se abre con dos mucamas que nos saludan con una sonrisa. Les devolvemos el saludo, por educación. Entramos al vestíbulo y…
—¡Simone!— escucho, y enseguida veo a Tom acercándose para abrazar a mamá con entusiasmo —Gracias por venir tan pronto, de verdad.
—Ay, por favor, ¿cómo no iba a venir? Sé que Heidi va a necesitar ayuda— ríe mamá, dándole una palmadita en el hombro —¿Cómo estás, cariño?
—Cansado, pero bien— responde él, sonriéndole con cariño. Luego me mira. Le sostengo la mirada un segundo, con las gafas aún puestas y una sonrisa que se me dibuja sola —¿Billie, no me vas a saludar?— pregunta levantando una ceja.
—Ay, claro que sí— susurro mientras me quito las gafas y me acerco a él, rodeándole el cuello con los brazos y dejándole un beso en la mejilla. Siento cómo me abraza por la cintura y me pone la otra mano en la espalda, de lo más natural. Aspiro el olor de su colonia, tan masculina. El mismo de siempre.
—Qué gusto volver a verte— me susurra bajito al oído, solo para mí, mientras mamá le pide a una mucama un vaso de agua.
—Lo mismo digo…— le susurro de vuelta —Me debes una maldita explicación…
Me alejo y camino tras mamá como si aquí no hubiera pasado nada. Tom niega con la cabeza, con una sonrisa de medio lado —Poneos cómodos. Laura os enseñará vuestras habitaciones. Haced como en casa.
—Gracias, cielo. Oye, ¿y Heidi? Quiero verla— pregunta mamá mientras deja el bolso en el sofá.
Tom se aclara la garganta. —Está en la agencia, hablando con su jefe. Quiere pedirle unas semanas libres por el embarazo. Quiere dejar todo atado antes de parar.
—Ay, sí, eso es lo mejor. En estos momentos no conviene que se estrese por nada— dice mamá mientras se acomoda —¿Y tú? ¿Estás preparado para lo que se viene?
Me quito el trench beige y se lo entrego a una de las chicas, que lo recoge con una sonrisa —¿Desea algo de tomar?— pregunta.
—Una copita de… champán— respondo alzando una ceja. Ella asiente y se va.
—No me queda otra— le escucho decir a Tom, pero sus ojos se desvían sutilmente hacia mí. Me muerdo la lengua para no sonreír, porque lo que me viene no es precisamente una sonrisa inocente.
Lleva puesta una camisa negra entallada que le marca cada músculo como si se la hubieran cosido al cuerpo. Las mangas remangadas hasta los codos. Los pantalones ajustados, pero sin pasarse. Justo lo necesario para que se me dispare la imaginación. Y esas zapatillas negras con blanco… joder, ni siquiera va vestido elegante, y aun así consigue que se me doblen las piernas. El pelo ya no lo lleva con las trenzas esas que solía ponerse suelto o recogido. Ha vuelto a las rastas. Solo que esta vez son negras.
Madre mía, qué pedazo de tío. Las ganas que tengo de plantarle un beso no son normales, pero no… todavía no.
Continúa…
Gracias por la visita, no te vayas sin comentar 😉