
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo Final
No sé cuánto tiempo pasó antes de que pudiera levantarme. Las piernas me temblaban, todo el cuerpo me temblaba. Me sentía vacío y lleno de pánico al mismo tiempo, como si alguien me hubiera abierto el pecho y hubiera dejado entrar todo el frío del mundo. Un frío que me calaba hasta los huesos, que me hacía tiritar sin control aunque el sudor me empapaba la espalda.
Tenía que irme. Tenía que salir de ahí.
Cogí mis cosas con manos torpes, me vestí, me eché agua en la cara en el baño intentando que no se notara que había llorado, aunque era inútil. Tenía los ojos rojos e hinchados, los labios amoratados de tanto morderlos para no gritar. Pero daba igual. Tenía que volver a la mansión.
Salí del hotel casi corriendo, sin rumbo fijo al principio, solo alejándome. Pero mis pies me llevaron en dirección a la casa de Heidi, a esa jodida mansión donde todo se había ido al carajo. No llamé a ningún Uber, no quería tener que fingir estar bien delante de un conductor desconocido. Necesitaba caminar, necesitaba que el aire me golpeara la cara, necesitaba sentir algo que no fuera este dolor que me estaba devorando por dentro, que me arrancaba pedazos del pecho con cada respiración.
Caminé y caminé, con la cabeza hecha un lío. Las imágenes de lo que había pasado no dejaban de repetirse en mi mente como un vídeo en bucle. La cara de Heidi, su grito, sus insultos. Tom interponiéndose entre ella y yo, la amenaza de contárselo todo a mi madre.
Dios, mi madre.
¿Qué va a pasar cuando se entere? ¿Qué va a decir? ¿Me va a odiar más? ¿Va a odiar a Tom? ¿Va a…?
No puedo pensar en eso ahora. No puedo. Pero tampoco puedo dejar de hacerlo.
La cabeza me palpita, siento como si alguien me estuviera clavando agujas directamente en el cráneo. Cada paso que doy hace que el dolor aumente, que se extienda por la nuca, por las sienes, martilleándome sin piedad. Pero no me detengo. No puedo detenerme.
Tardo una hora en llegar. Una hora completa caminando bajo el sol de Los Ángeles, sudando, sintiendo cómo la ropa se me pega al cuerpo, pero sin importarme una mierda. Cuando por fin veo la mansión a lo lejos, siento un nudo en el estómago que me aprieta hasta que casi no puedo respirar.
Cuando entro del todo me doy cuenta de que ninguno de los dos ha llegado, eso significa que están juntos. Hablando. Discutiendo. O tal vez Tom está tratando de convencerla de que no diga nada. Ruego, con cada fibra de mi ser, que lo logre. Que la convenza. Que encuentre alguna forma de arreglar este desastre que yo provoqué.
Entro por la puerta principal intentando actuar con normalidad, aunque siento que voy a desmayarme en cualquier momento. El vestíbulo está fresco, silencioso, y oigo voces que vienen del salón. Es mi madre, hablando con una de las chicas de limpieza a la que le pide una taza de café. Respiro hondo y me obligo a caminar hacia allá.
Cuando entro, la veo sentada en uno de los sofás, con una revista de moda en las manos, completamente relajada. Ni siquiera sospecha nada. No tiene ni idea de la bomba que está a punto de explotar.
—Ah, Bill— dice al verme, sonriendo —¿Dónde estabas? Heidi estuvo preguntando por tu número hace un rato.
Se me hiela la sangre. —¿Ah, sí?
—Sí, dijo que necesitaba hablar contigo de algo— responde, volviendo su atención a la revista —Deberías dárselo, para que no lo esté pidiendo a los demás…
Suelto una risa que suena forzada incluso a mis propios oídos. —Claro, se lo daré.
Mamá pasa una página de la revista y suspira. —Por cierto, se me olvidó comentarte que falta poco para que termine el mes…
—Ajá…— murmuro, sin saber muy bien a dónde va esto.
—Y cuando volvamos a Alemania, nos quedaremos unos días en casa de tu abuela— dice con tono animado —Eso ya lo sabes, es su cumpleaños y vamos a pasarlo todos juntos. Ya confirmé con Támara y Nickole, y voy a convencer a Tom de que vaya con Heidi también. Será bonito, ¿no crees? Toda la familia reunida.
Toda la familia. Tom y yo. En la misma casa. Después de todo esto. No, no será para nada bonito, al contrario, será una completa mierda.
—Sí…— logro decir, aunque las palabras me salen ásperas —Será… bonito, mamá.
Mi madre me mira con el ceño fruncido al notar mi tono de voz, y al ver mi cara su expresión cambia a una preocupada. Yo solo trato de desviar la mirada al suelo. No quiero hablar, no quiero dar explicaciones. —¿Estás bien, hijo? Estás pálido.
—Me duele la cabeza— respondo, y no es mentira. El dolor ha aumentado tanto que siento que me va a partir el cráneo en dos y es horrible, aunque seguramente me lo merezco —Voy a subir a descansar un rato.
—¿Quieres una pastilla? Tengo ibuprofeno en mi bolso, está en mi habitación. Puedo ir y…
—No, estoy bien— la interrumpo, ya retrocediendo hacia las escaleras —Solo necesito tumbarme un rato.
Ella asiente, aunque todavía me mira con preocupación. —Vale. Descansa, cariño.
Subo las escaleras lo más rápido que puedo sin correr. Cada escalón parece más alto que el anterior, como si estuviera escalando una montaña. Las piernas me pesan como si fueran de plomo. Cuando por fin llego a mi habitación, entro y cierro la puerta, apoyándome contra ella por un momento. Y me derrumbo.
Me arrastro hasta la cama y me tiro boca abajo, hundiendo la cara en la almohada. Y lloro. Lloro como no lo había hecho en años, con sollozos que me sacuden todo el cuerpo, con lágrimas que no parecen tener fin, que me empapan la almohada y me ahogan. Todo se arruinó.
Todo lo que tenía con Tom, todo lo que sentía, todo lo que esperaba… se fue a la mierda en cuestión de segundos. Y es culpa mía. Todo es mi jodida culpa y viviré con eso siempre.
Si tan solo hubiese pensado con la cabeza en lugar de con el corazón. Joder, error el mío en enamorarme, si no hubiese desarrollado este sentimiento por él ahora mismo no estaría llorando como un estúpido, como un idiota que no sabe qué más hacer que esperar a ver qué sucede porque ahora, todo está en manos de Tom.
El pecho me arde, me duele tanto que creo que voy a morirme aquí mismo, asfixiado por este dolor que no me deja respirar. Cada bocanada de aire me cuesta un mundo, como si tuviera piedras sobre el pecho aplastándome.
Pero no. Tuve que ser un idiota. Tuve que ser descuidado. Tuve que arruinarlo todo. Y ahora voy a perder a Tom. No quiero que pase, joder, no quiero. Puto universo de mierda, si hace años dije que no te insultaría más, ahora vuelvo a hacerlo. ¿Por qué me has hecho enamorarme? ¿Por qué no dejar todo en lo sexual, en el deseo carnal, en lo físico? ¿Por qué cruzar la línea a lo emocional, a lo sentimental cuando está claro que él y yo no podemos estar juntos? ¿Por qué hacerme esto? ¿Acaso me lo merezco? ¿Qué he hecho mal?
Esos pensamientos me parten en dos. Me duelen más que cualquier otra cosa, más que la humillación, más que el miedo a que mi madre se entere, más que todo. Voy a perder a Tom. Al hombre del que me enamoré como un imbécil, sabiendo que no debía, sabiendo que estaba mal, sabiendo que tarde o temprano esto iba a acabar así. Pero lo hice de todas formas. Me enamoré de él a pesar de todo. Y ahora tengo que pagar el precio.
Este es el precio por el juego que inicié siendo un tonto adolescente cachondo con fantasías sexuales con su tío. ¿Por qué no lo pensé dos veces antes de empezar a seducirle? ¿Por qué no le hice caso a las advertencias de Adrianne? Ahora que pienso en ella quiero llamarla y contárselo, sé que ella no va a juzgarme, pero no quiero hablar con nadie.
Quiero hundirme en mi desgracia, porque en eso se basa mi vida, en desgracia tras desgracia sin descanso. Soy un completo inútil, un estorbo, por ser como soy nadie me quiere… ni mi mamá. Siempre me he sentido tan fuera de lugar, ni siquiera mi familia paterna me quiso.
Mi familia materna… solo son unos pocos los que me quieren, y mi reflejo en aquel espejo tuvo razón, solo es porque les doy pena. ¿Cómo van a querer a alguien tan enfermo y asqueroso como yo? Mis primos siempre me vieron como la pieza que no encaja en la familia, siempre se burlaban de mí, mis tíos… mi mamá no hacía nada. ¿Por qué mi mamá no me defendía? ¿Por qué mi mamá no hacía nada para evitar que me dijeran cosas feas incluso estando ella presente? ¿Por qué mi mamá no me quiere?
El dolor en el pecho se intensifica, como si me estuvieran clavando miles de alfileres a la vez. Me cuesta respirar, me cuesta pensar, solo puedo sentir este vacío horrible que me consume.
Me regaño a mí mismo entre sollozos. Soy un estúpido. Un jodido estúpido que no supo escuchar las advertencias.
La gitana me lo dijo. Aquella vez, en esa tienda, me dijo que iba a sufrir y yo me reí. Me burlé de sus palabras, pensé que era pura charlatanería. Pero tenía razón. Tenía toda la puta razón y yo no hice caso. Me lancé de cabeza a este amor imposible, a esta relación que nunca debió existir, y ahora estoy pagando las consecuencias.
Me tiro del pelo con furia, me golpeo la cabeza, grito ahogadamente porque no quiero que nadie me oiga… Me duele todo, cada parte de mi cuerpo, cada célula. Es un dolor físico que se mezcla con el emocional hasta que ya no sé dónde acaba uno y empieza el otro.
Tom va a dejarme. Lo sé. Va a alejarse de mí para protegerse, para proteger a su familia, para proteger lo poco que le queda. Y yo voy a quedarme aquí, roto, vacío, sin él.
No me importa Heidi. Nunca me importó. Siempre me cayó mal, con su actitud de princesa perfecta, con sus aires de superioridad. Pero Tom… Tom es diferente. Tom es todo para mí.
Y lo voy a perder.
Lloro hasta que no me quedan lágrimas, hasta que la garganta me arde en carne viva, hasta que los sollozos se convierten en jadeos secos que me duelen en el pecho. Me quedo ahí, tumbado en la cama, mirando la pared con los ojos hinchados y vacíos. Me siento como si me hubieran vaciado por dentro, como si ya no quedara nada de mí.
Las horas pasan. Veo cómo la luz del sol que entra por la ventana se va volviendo más tenue, más naranja, hasta que finalmente desaparece y la habitación queda sumida en la oscuridad. No me molesto en encender la luz. Prefiero la oscuridad. Me hace compañía.
No sé qué hora es cuando oigo los golpes en la puerta.
Me incorporo de golpe, el corazón latiéndome con fuerza. Me limpio rápidamente la cara con las manos, intentando quitar cualquier rastro de lágrimas. Me paso los dedos por debajo de los ojos, me pellizco las mejillas para que recuperen algo de color.
—¿Bill?— es la voz de Tom, baja, casi un susurro.
Se me corta la respiración.
Me levanto de la cama con las piernas temblorosas y me acerco al espejo del tocador. Estoy hecho un desastre. Los ojos rojos, hinchados, la piel pálida. Pero no hay tiempo para arreglarme más. Respiro hondo, intentando calmarme, intentando prepararme para lo que sea que venga.
—Adelante— digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba.
La puerta se abre despacio. Y ahí está él. Entra y cierra la puerta detrás de sí, y solo entonces le veo realmente. Parece cansado, destrozado. Lleva la misma ropa que se puso en el hotel antes de salir corriendo detrás de Heidi, arrugada ahora, como si hubiera estado luchando contra el mundo durante horas. O contra Heidi.
Nos miramos en silencio.
Tiene esa expresión seria que nunca antes le había visto. No dice nada durante unos segundos que se sienten eternos. Solo me mira, y yo le miro a él, esperando, temiendo lo que va a decir.
—Tenemos que hablar— dice finalmente, su voz es plana, distante.
—Ya lo sé— respondo, y odio lo pequeña que suena mi voz. —Es ridículo que lo digas, ¿sabes? Solo te quedas ahí plantado, mirándome, y lo primero que dices es eso…
Tom se acerca despacio y se queda a una distancia considerable de mí, mantiene esa expresión que me hace sentir extraño. —Heidi ha aceptado no decir nada— empieza, mirando al suelo en lugar de a mí, le veo relamer los labios antes de posar los ojos en los míos —Le prometí que esto nunca volvería a pasar. Que se acabó.
Siento cómo se me hiela la sangre en las venas, pero no me atrevo a decir nada. Solo aprieto la mandíbula para evitar que tiemble, sin embargo, las manos me delatan, así que las llevo detrás de la espalda.
—Lo que ha pasado entre nosotros…— menciona, señalándonos a ambos con desdén —fue un error. Un error que nunca debió suceder y tú lo sabes más que nadie.
Quiero hablar, quiero decirle que se equivoca pero las palabras no salen, se quedan atascadas en la garganta y vuelvo a tener ese nudo doloroso instalado ahí. Los músculos del cuello se me tensan, y aprieto los labios porque no quiero que los vea temblar y aun así los ojos se me llenan de lágrimas que quedan congeladas. Él suelta un suspiro…
—Bill, eres mi sobrino.— me recuerda, como si no lo supiera ya —Lo que hicimos está mal. Siempre estuvo mal. Pero voy a ser sincero, el sexo contigo siempre fue bueno, increíble diría yo… eso no pienso negarlo, era lo que mantenía lo… lo que sea que tuviésemos— espeta con indiferencia. Suelto una exhalación temblorosa y silenciosa.
—¿El sexo?— repito, la voz me sale estrangulada pero trato de disimularlo. Cojo aire.
Él asiente —Sí, es algo que no había experimentado antes, ¿sabes? Siempre he estado con mujeres… con muchas. No me considero homosexual— suelta, y esas palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Aprieto los dientes después de tragar saliva —Todo esto… todo lo que ha pasado fue por el estrés del curro, por confusión, por… no sé. Estaba necesitado cuando estuve en Alemania, me aproveché de que te me insinuabas, y se volvió costumbre… como un jueguito favorito. Pero no es real, Bill. No es lo que soy.
Me quedo sin aire. El pecho me arde, el corazón me late tan fuerte que creo que va a explotar. —¿Has venido a decirme esto? Porque si es así ya te puedes ir, ya he entendido a dónde vas. No tienes que tratar de humillarme— le digo, las lágrimas aún contenidas porque no pienso llorar delante de él.
—No estoy tratando de humillarte— dice con firmeza —Solo quiero dejarte las cosas claras. Tengo que ser responsable, tengo un hijo que viene en camino, una familia que construir… no puedo seguir con… esto.— alza ambas cejas, con tanto desinterés sobre el tema —Tú tienes novio, sigue con él. Es bueno para ti.
—¿Bueno para mí?— repito, sintiendo cómo la rabia empieza a mezclarse con el dolor que estoy sintiendo —¿Cómo coño te atreves a decirme lo que es bueno para mí? No tienes derecho. Vienes aquí, y en lugar de decirme «Bill, lo mejor es dejar esto hasta aquí» me dices cosas feas, me humillas y como si no fuera poco ya, me dejas claro que solo fui un entretenimiento para ti…
—Bill, por favor…— suelta, como quien quiere ya cortar el tema.
—Vienes a… no sé, a desecharme como si fuese un juguete que ya no te sirve, como basura— la voz me sale temblorosa por la histeria —Y luego me dices que me quede con mi novio porque es bueno para mí— suelto una risa amarga y aprovecho para limpiarme los ojos —No me vengas con esa mierda, Tom.
—Solo estoy siendo sincero…
—Ah, qué bien…— asiento lentamente con la cabeza, relamiéndome los labios —Pero sabes, sí, tienes razón… era un juego— admito —Yo mismo lo veía así, era un gran juego donde el sexo era lo mejor, como has dicho…
—Así es. Un juego que nunca debió empezar— menciona, y me quedo asintiendo imperceptiblemente con la cabeza y la lengua pasando lentamente por el labio inferior que ha empezado a temblar —Aquel cumpleaños tuyo, hace dos años, cuando tenías dieciséis… nunca debí permitir que pasara. Fui un irresponsable, un…
—Yo te provoqué— le recuerdo con amargura —Yo empecé todo…
—Y yo, como el adulto, debí detenerlo— me corta con firmeza —Pero no lo hice. Y ahora mira dónde estamos. Casi lo arruino todo con Heidi, me hizo ver que puedo tenerlo todo con ella, me hizo ver que lo que teníamos nosotros no tenía ningún sentido. Sin el sexo, seamos sinceros, esto no habría llegado hasta aquí. El sexo era el motor del juego. Si no lo hay, el juego se acaba.
Cada palabra es un puñal. Siento las lágrimas ardiendo en los ojos otra vez, pero me niego a dejarlas caer. El cuerpo entero me tiembla y el nudo en la garganta se intensifica de una forma tan asfixiante que creo que voy a desmayarme.
—Heidi me perdonó— continúa Tom, y cada palabra es como un cuchillo clavándose en mi pecho incontables veces, me está matando —Me dio otra oportunidad y no pienso arruinarlo de nuevo. Con ella las cosas serán más fáciles, Bill. Ella es una mujer, no un niño. Ella puede darme una familia real, una vida normal y no tendría problemas…
—¿Un niño?— trago saliva pesadamente, tratando de controlarme para que esa sensación asfixiante en la garganta se vaya, porque me ahoga —¿Así es como me ves? ¿Como un puto niño?
—Sí, Bill…— confirma —Eres un niño. Y mi sobrino…— los labios quieren curvarse hacia abajo, en un puchero por las ganas de llorar que contengo, pero los aprieto fuertemente para evitarlo y me cruzo de brazos. —Lo que ha pasado estos años… lo olvidaremos— dice, como si fuera tan fácil —Volveremos a ser lo que siempre debimos ser. Tío y sobrino. Nada más.
—¿Volver a ser tío y sobrino?— me río, pero es una risa amarga, sin humor, automática —¿Después de todo lo que hemos hecho? ¿Después de que me follaste, Tom?
—No menciones eso de nuevo, haremos como que nunca pasó…
Asiento lentamente con la cabeza, desvío la mirada a otro lugar que no sean sus ojos. El dolor en el pecho es tan intenso que apenas puedo mantenerme de pie. —Si eso es lo que quieres, si eso es lo que has decidido, está bien. Pero que te quede claro una cosa, Tom. No esperes que después de todo esto las cosas vuelvan a ser como antes.
Cojo aire antes de continuar.
—Haré lo que me pides, voy a fingir que nada pasó, pero no voy a actuar como el sobrino perfecto que te adora. Eso se acabó.— le aclaro, mirándole ahora sí a los ojos, esta vez con rabia y tristeza… no puedo creer que me haya dicho cosas tan feas, joder. —Lárgate de mi habitación— le digo, señalando la puerta —Ahora.
—Bill…
—¡Que te largues!— elevo un poco la voz, pero no demasiado. No quiero que mi madre oiga.
Tom se queda ahí unos segundos más, como si quisiera decir algo más, pero finalmente asiente. —Es lo mejor para ambos— murmura antes de girarse hacia la puerta.
—Sí, claro— respondo con sarcasmo —Lo mejor.
Él abre la puerta y sale sin mirar atrás. Cuando se cierra, me quedo ahí, de pie en medio de mi habitación, temblando de rabia y dolor.
Y, ya sin poderme contener, me rompo…
Me tiro al suelo porque las piernas ya no me sostienen. El dolor es tan intenso, tan real, tan físico, que me doblo sobre mí mismo. Me abrazo las rodillas y lloro. Lloro hasta que me duele todo, hasta que ya no puedo más.
Hasta que me quedo vacío, completamente vacío, sin nada más que dar.
Tom me ha matado…
F I N
Queda sólo un capítulo especial, te invitamos a leerlo 😉
Te odio Tom 🤬🤬🤬🤬.