
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo Extra
Me tiro en la cama después de que Tom sale de mi habitación y me haya quedado llorando en el suelo, pero no para dormir. No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos veo su cara, oigo sus palabras, siento cómo cada una de ellas me atraviesa el pecho como si fueran cuchillos afilados.
«Eres un niño.»
«El sexo era el motor del juego.»
«Con ella las cosas serán más fáciles.»
Joder. Joder, joder, joder.
Me doy la vuelta en la cama, mirando el techo en la oscuridad. Las lágrimas ya se secaron, pero el ardor en los ojos permanece. El dolor en el pecho también. Ese dolor sordo y constante que no me deja respirar bien, que me oprime y me recuerda que acabo de perder algo que jamás debí tener en primer lugar. No sé qué hora es. Podría ser medianoche o podrían ser las tres de la madrugada. No importa.
El tiempo se ha detenido para mí, atrapado en este momento horrible donde todo se derrumbó.
Me levanto de la cama y camino hacia la ventana. Afuera todo está oscuro y silencioso. Los Ángeles duerme, ajeno a mi drama personal, ajeno a mi dolor. Apoyo la frente contra el cristal frío y cierro los ojos. No puedo quedarme aquí. No puedo estar en esta casa, ver a Tom todos los días, fingir que no pasa nada. No puedo soportarlo.
Tengo que irme.
La decisión se forma en mi mente con una claridad sorprendente. Sí, eso es. Tengo que largarme de aquí, ahora y cuanto antes mejor.
Voy hasta mi mesita de noche y cojo el móvil. La pantalla me ciega un segundo cuando se enciende. Son las dos y cuarto de la madrugada. Perfecto. En Alemania son… hago el cálculo mental… las once y cuarto de la mañana. Mi padre estará despierto y en la empresa. Abro WhatsApp y busco su contacto. Los dedos me tiemblan ligeramente mientras escribo.
«Papá, ¿puedes comprarme los billetes de vuelta a Alemania? Me he aburrido de Los Ángeles. Quiero volver.»
Envío el mensaje y me quedo mirando la pantalla. Los dos ticks azules aparecen casi al instante, está en línea, bien. Los tres puntitos aparecen, desaparecen, vuelven a aparecer. Mi padre está escribiendo.
«Claro, Billie. Te los compro ahora mismo. ¿Todo bien?»
No. Nada está bien. Todo se ha ido a la mierda y me siento como si me hubieran arrancado el corazón del pecho y lo hubieran pisoteado delante de mí. Pero no puedo decirle eso.
«Sí, todo bien. Gracias, papá.»
«¿Cuándo quieres regresarte, cariño?»
«Lo antes posible. Mañana si puede ser.»
«Vale, déjame ver qué vuelos hay disponibles.»
Me siento en el borde de la cama, esperando. El corazón me late rápido, nervioso. Esto es real. De verdad voy a irme. Voy a largarme de aquí y dejar todo esto atrás.
Mi móvil vibra.
«Hay un vuelo mañana a las 10:00 AM. ¿Te parece?»
«Perfecto.»
«Listo, te lo estoy comprando. ¿Tu madre lo sabe?»
Mierda. Mi madre.
«No.»
«Bill…»
«No se lo diré hasta mañana. No quiero dramas ahora, papá. Por favor.»
Los tres puntitos aparecen y desaparecen varias veces. Puedo imaginar a mi padre al otro lado, suspirando, pasándose la mano por la cara, debatiendo si regañarme o no.
«Vale. Pero tendrás que decírselo mañana, hijo. Es tu madre.»
«Lo sé. Lo haré.»
«¿Seguro que estás bien?»
«Estoy bien, papá. Solo cansado, quiero volver…»
«Mmm. Bueno, ya está. Te acabo de enviar la confirmación del vuelo al correo. Sale a las 10:00 AM, así que tendrás que estar en el aeropuerto a las 8:00 como muy tarde.»
«Vale. Gracias, papá. Te quiero.»
«Y yo a ti, hijo. Nos vemos pronto.»
Dejo el móvil a un lado y suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Ya está. Ya no hay vuelta atrás.
Me levanto y empiezo a sacar las maletas del armario. Meto mi ropa sin cuidado, sin doblarla, solo quiero salir de aquí lo antes posible. Meto mis cosas del baño, mis zapatos, todo lo que traje. Trabajo de forma mecánica, automática, sin pensar demasiado en lo que estoy haciendo. Cuando termino, las maletas están junto a la puerta, listas. Miro el reloj. Las tres y media de la madrugada. Todavía faltan horas para que amanezca, horas hasta que tenga que irme.
Me tumbo en la cama, vestido, sin fuerzas para cambiarme. Miro al techo en la oscuridad, y mi mente empieza a dar vueltas.
Pienso en Tom. En su cara cuando me dijo todas esas cosas horribles. En cómo me miró como si fuera… nada. Como si estos dos años no hubieran significado nada para él. Y quizás no significaron nada, quizás para él solo fui un entretenimiento, un juguete, algo con lo que pasar el rato cuando estaba aburrido o estresado. Y yo, como el idiota que soy, me enamoré de él.
Me enamoré de alguien que nunca me vio como algo más que un polvo fácil.
El dolor en el pecho se intensifica y aprieto los dientes. No. No voy a llorar más por él, ya he llorado suficiente. Ya he dejado que me haga suficiente daño.
Pero entonces pienso en todo lo que pasó entre nosotros. Los momentos en el hotel, las risas, las conversaciones, la forma en que me miraba a veces como si yo fuera lo más importante del mundo. ¿Todo eso también era mentira? ¿Todo era parte del juego? No lo sé. Y lo peor es que probablemente nunca lo sabré.
Cierro los ojos e intento respirar profundamente. Tengo que calmarme, tengo que pensar con claridad. Vale. Recapitulemos. Tom me ha dejado claro que lo nuestro se acabó, que fue un error, que él no es gay y que yo solo fui… ¿qué? ¿Un experimento? ¿Una fase? Sea lo que sea, ya no importa. Lo importante es que se acabó.
Y yo tengo que seguir adelante.
Pero ¿cómo coño se supone que haga eso? ¿Cómo se supone que olvide lo que sentí? ¿Cómo se supone que actúe como si nada cuando le vea en las reuniones familiares? No puedo, no podré hacerlo y por eso tengo que irme. Tengo que poner distancia, tengo que…
Me detengo. Una idea empieza a formarse en mi mente. No voy a arrastrarme por nadie, ni siquiera por Tom. Me incorporo en la cama, con esa idea resonando en mi cabeza como un mantra. No voy a arrastrarme por nadie. Soy Bill Kaulitz, yo no lloro por hombres, ellos lloran por mí, yo no me arrastro, ellos lo hacen y deben adorar el suelo por donde camino.
Mi nuevo lema: «Siempre el mejor, nunca el peor, y ni de coña algo del montón.»
Sí, porque soy excepcional, jamás insignificante y mucho menos ordinario. Siempre fabuloso, jamás olvidable, y ni de broma algo común y corriente, punto final.
Tom me ha dejado claro lo que piensa de mí. Me ha humillado, me ha reducido a nada más que un «niño» con el que se entretenía. Bien. Que piense lo que quiera. Pero yo no voy a darle el placer de verme destrozado, no voy a dejar que vea cuánto me ha dolido. Mi dignidad y mi orgullo están por encima de cualquier cosa. Por encima de cualquier hombre, por encima de Tom.
Sí. Eso es.
Voy a irme de aquí con la cabeza bien alta. Voy a largarme de Los Ángeles como si no me importara una mierda lo que ha pasado. Y cuando vuelva a ver a Tom, voy a actuar como si fuera un completo desconocido para mí. Como si no significara nada. Porque si él puede fingir que lo nuestro no significó nada, yo también puedo hacerlo.
Me tumbo de nuevo en la cama con esa determinación recorriéndome las venas. Ya no me siento tan destrozado. Todavía me duele, joder que me duele, pero ahora hay algo más. Hay rabia. Hay orgullo. Hay dignidad.
Y eso es suficiente para mantenerme en pie.
Paso la noche en vela, mirando el techo, pensando en todo y en nada a la vez. Veo cómo la oscuridad de la habitación se va aclarando poco a poco con la luz del amanecer que se cuela por las cortinas. Cuando el despertador marca las siete de la mañana, me levanto. No he dormido nada, pero no importa. Tengo que prepararme. Voy al baño y me meto en la ducha. El agua caliente me ayuda a despertarme, a despejar la mente. Me lavo el pelo, me afeito, me tomo mi tiempo y cuando salgo, me miro al espejo.
Tengo los ojos ligeramente hinchados, rojos. Las ojeras son evidentes. Parezco un puto cadáver, genial.
Me seco y voy al armario, hoy me apetecía ir rollito dosmilero, así que me he puesto unos pantalones cargo azules que me flipan, súper anchos, con bolsillos a los lados y todo el rollo callejero. Me encanta cómo quedan porque dan ese aire despreocupado, pero estilizan, ¿Sabéis? Arriba llevo una camiseta blanca cortita, básica, que deja ver un poco de abdomen… nada exagerado, pero lo justo para que quede guay.
En los pies, las típicas deportivas blancas, cómodas y limpias, porque odio cuando se ven sucias, uff…
Y para rematar, me he puesto un pañuelo azul en la cabeza, a juego con los pantalones. Me lo até tipo bandana, bien ceñido, dejando el pelo suelto y liso, cayendo por los lados. Lo llevo largo y planchado, muy pulido, con ese brillo que parece que me lo acabo de peinar durante una hora entera… que bueno, no está tan lejos de la realidad.
El maquillaje, sencillo pero con su toque, base ligera, delineado fino que alarga un poco la mirada y labios con brillo, que me da ese aire fresco. Nada recargado, solo para verme limpio, cuidado y con ese puntito atractivo que me gusta.
En resumen: cómodo, con estilo y muy yo.
Lo último que cojo son unas gafas de sol negras. Me las pongo y me miro en el espejo, perfecto, nadie podrá ver mis ojos hinchados. Nadie podrá ver que he pasado la noche llorando. Cojo las maletas y salgo de la habitación. Son las nueve de la mañana, mi vuelo sale a las diez. Tengo que darme prisa. Bajo las escaleras despacio, el peso de las maletas dificultándome el movimiento. Cuando llego al final, oigo voces que vienen del salón.
Me detengo, es la voz de mi madre, la de Tom y la de la maldita bruja de Heidi.
Mierda.
Me acerco despacio, sin hacer ruido, y me quedo en el pasillo escuchando. —Será una boda sencilla— dice Heidi con esa voz melosa que tanto detesto —Pero bonita. Nada muy ostentoso, ¿sabes? Solo algo íntimo, con la familia y los amigos más cercanos.
—Oh, qué bonito— responde mi madre, emocionada —Me hace mucha ilusión. ¿Ya habéis pensado en la fecha?
—Estamos mirando opciones para dentro de unos meses— interviene Tom —Queremos que sea antes de que nazca el bebé.
—Claro, claro— asiente mi madre —Qué emoción, Tom. Me alegro tanto por ti…
No puedo seguir escuchando esto. Es demasiado, así que respiro hondo, me ajusto las gafas de sol y entro en el salón arrastrando las maletas. Los tres se giran a mirarme al instante. —Buenos días— digo con voz firme, sin dejar que tiemble ni un poquito.
—Bill…— mi madre parpadea, confundida —¿Qué haces con las maletas?
—Me voy— digo simplemente, dejando las maletas en el suelo con un golpe seco.
—¿Cómo que te vas?— pregunta, levantándose del sofá —¿A dónde?
—A Alemania.
Mi madre me mira como si le hubiera dicho que me voy a la Luna. —¿Alemania? Bill, ¿de qué estás hablando?
—Hablo de que me vuelvo a Alemania, mamá. Hoy. Dentro de una hora, de hecho— respondo, cruzándome de brazos —El taxi ya está en camino.
—Pero… pero…— niega con la cabeza, visiblemente confundida —No entiendo. ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
—Me he aburrido— suelto con indiferencia, encogiéndome de hombros —Los Ángeles no es lo mío. Prefiero estar en Alemania.
—¿Que te has aburrido?— repite, y su voz sube un poco de volumen —Bill, no puedes irte así como así porque te «has aburrido». Eso es ridículo.
—Pues yo creo que es una razón perfectamente válida.
—No, no lo es— insiste, acercándose a mí con pasos firmes —Vinimos juntos y nos vamos juntos, Bill. Así son las cosas.
—No, mamá, así son las cosas según tú— le corrijo, señalándola —Pero yo soy mayor de edad y puedo hacer lo que me dé la puta gana.
—Eres mi hijo y mientras vivas bajo mi…
—Este no es tu techo— la interrumpo enseguida —Es de… Heidi. Y técnicamente, yo no vivo bajo él. Solo estoy de visita, una visita que ya ha terminado.
Mi madre aprieta los labios, claramente frustrada. —Bill, no seas ridículo. Solo falta una semana y media para que termine el mes, puedes esperar…
—No quiero esperar— digo con firmeza —No quiero estar aquí ni un día más. Es más, ni una hora más.
—¿Pero por qué?— pregunta, y ahora su tono es de genuina preocupación —¿Ha pasado algo? ¿Alguien te ha dicho algo? ¿Te has peleado con alguien?
Mis ojos se desvían automáticamente hacia Tom, que está sentado en el sofá sin decir nada, mirándome con esa expresión ilegible. Heidi está a su lado, con una sonrisita que me dan ganas de borrarle de un guantazo. —No ha pasado nada, mamá— miento, volviendo mi atención a ella —Simplemente me he aburrido de Los Ángeles. Es una ciudad aburrida, llena de gente superficial, prefiero estar en Alemania.
—Esto no tiene sentido…
—No tiene que tener sentido para ti— le suelto, empezando a perder la paciencia —Solo tiene que tener sentido para mí. Y para mí, irme tiene todo el puto sentido del mundo.
—No puedes dejarme sola aquí— dice ella, y ahora su voz tiene un tono casi suplicante —Somos una familia, Bill. Vinimos juntos…
—Y nos vamos juntos, sí, ya lo has dicho— termino la frase por ella —Pero no, mamá. Yo me voy ahora. Tú te quedas y vuelves cuando se te acabe el mes, así de simple.
—No es simple— insiste —Soy tu madre, Bill. Me debes respeto y me debes obediencia.
Y ahí está. La carta del «soy tu madre» que siempre saca cuando no sabe qué más decir. —Te debo respeto, sí— admito con un pequeño asentimiento de cabeza —Pero obediencia no. Ya no soy un niño, mamá, tengo dieciocho años. Puedo tomar mis propias decisiones.
—Decisiones estúpidas, por lo que veo— suelta, y eso me enciende.
—Ah, claro, porque todo lo que hago es estúpido, ¿no?— le digo, sintiendo cómo la rabia empieza a hervir dentro de mí —Todo lo que decido está mal, todo lo que quiero es ridículo. Siempre es lo mismo contigo, Simone.
—No es eso, Bill…
—Sí es eso— la interrumpo —Siempre intentas controlarme. Siempre quieres que haga lo que tú dices, que vaya donde tú vayas, que piense como tú piensas. Pero ya estoy harto, ¿vale? Harto de que quieras controlar cada puto aspecto de mi vida.
—Yo no intento controlarte— se defiende ella —Solo intento cuidarte. Eres mi hijo, mi único hijo…
—Pues tu único hijo se va a Alemania— sentencio —Y ya he hablado con papá, él me ha comprado los billetes. Así que no hay nada más que discutir.
Mi madre me mira con una mezcla de dolor y furia, claro, yo siempre acudo a mí papá y ella sabe que él nunca me niega nada. —¿Ya has hablado con tu padre? ¿Sin consultarme a mí primero?
—No tenía que consultarte— respondo con sequedad —Es mi padre. Puedo hablar con él cuando quiera.
—Claro, tu padre— dice ella con amargura —Tu padre que siempre te consiente en todo, que nunca te dice que no, que te da todo lo que pides sin rechistar…
—A diferencia de ti, que siempre me dices que no, que siempre quieres que haga lo que tú quieres, que nunca me escuchas— le devuelvo.
—Eso no es cierto…
—Sí lo es— insisto —Y sabes qué, mamá, estoy cansado. Estoy cansado de pelear contigo, de discutir por todo, de tener que justificar cada decisión que tomo. Así que me voy. Voy a ir a casa de la abuela y voy a esperarte ahí. Y cuando llegues, si es que llegas, podemos seguir con esta conversación si quieres.
Mi madre abre la boca para responder, pero entonces se gira hacia el sofá. —Tom, di algo— le ordena a mi tío —Haz que entre en razón.
Pongo los ojos en blanco, llevándome una mano a la frente para acariciar, entrando en frustración, Tom se levanta del sofá despacio, con cara de incómodo. Puede que nadie más lo note, pero yo sí. Sé que no quiere estar aquí, que no quiere ser parte de esto, bien, yo tampoco quiero que esté aquí. —Bill…— empieza, y su voz suena cansada —No tienes que irte. Puedes quedarte…
—No me hables— le suelto, mirándolo fijamente a través de mis gafas de sol, aunque sé que él no puede ver mis ojos —No te metas en esto, Tom. No es tu problema.
—Tu madre tiene razón…— intenta de nuevo.
—Me importa una mierda lo que creas que tiene razón— le corto, y veo cómo hace una mueca de dolor ante mi tono —Yo me voy porque quiero. Y ni tú ni ella ni nadie me pueden retener. ¿Ha quedado claro?
—¡Respeta, Bill!— exclama mí madre —Es tu tío, joder.
—Me da exactamente igual.— me cruzo de brazos.
Tom me mira durante unos segundos, y puedo ver todo lo que no puede decir en sus ojos, pero no me importa. Ya no. —Bill…— mi madre intenta una vez más, pero entonces la voz de Heidi surge desde el sofá.
—Ya basta, Simone— dice con esa voz dulce que me pone de los nervios. Ella se levanta con una sonrisa que parece amable pero que yo sé que no lo es. Se acerca a nosotros con pasos lentos y elegantes, o eso intenta, —Si Bill se ha aburrido, déjale ir— dice con voz suave —No puedes obligarle a quedarse si no quiere. Es mayor de edad, como él mismo ha dicho.
Mi madre la mira como si no pudiera creer lo que está escuchando. —Pero Heidi…
—No, Simone, de verdad— insiste la bruja, poniendo una mano en el hombro de mi madre —Entiendo que quieras que se quede, pero si él ya ha tomado su decisión… ¿qué puedes hacer? Los chicos de su edad son así, rebeldes, impulsivos. Es mejor dejarle ir que forzarle a quedarse y que esté de mal humor todo el tiempo, ¿no crees?
Quisiera arrancarle esa sonrisa falsa de la cara. Sé exactamente lo que está haciendo. Está fingiendo ser la buena, la comprensiva, cuando en realidad solo quiere que me vaya para no tener que verme. Pero sabéis qué, me da igual. Si quiere que me vaya, perfecto. Me voy. Mi madre suspira, resignada.
—Está bien— dice finalmente, aunque se nota que no está nada bien —Está bien, Bill. Vete. Pero cuando llegues a casa de tu abuela, me llamas. ¿Entendido?
—Como digas— respondo, sin comprometerme realmente.
Ella niega con la cabeza, como si no pudiera creer que esté haciendo esto, y se da la vuelta para volver al sofá. La veo alejarse y siento una punzada de culpa, pero la aparto rápidamente. No puedo quedarme, no puedo. Cojo las maletas de nuevo y me dirijo hacia la puerta principal. Uno de los mayordomos, que había estado esperando discretamente cerca de la entrada, se acerca rápidamente.
—¿Le ayudo con las maletas, joven Bill?— pregunta con esa amabilidad profesional que tienen todos aquí.
—Sí, por favor— le digo, agradecido de no tener que cargar con todo yo solo.
Él coge las maletas más pesadas y yo me quedo con una pequeña mochila que llevo al hombro. Salimos de la casa y el sol de la mañana me golpea la cara. Es un día precioso, irónico considerando lo destrozado que me siento por dentro. Camino por el sendero del jardín principal, pasando por las fuentes, los rosales perfectamente cuidados, el césped impecable. Todo en esta mansión es perfecto, artificial, como un decorado. Y yo ya no quiero ser parte de este escenario de mierda.
Los guardias de seguridad en el portón me ven acercarme y uno de ellos pulsa el botón para abrirlo. Las puertas grandes de hierro se abren lentamente con un sonido mecánico. —Que tenga buen viaje, joven Bill— dice uno de los guardias con una inclinación de cabeza.
—Gracias— murmuro, sin detenerme.
Cruzo el portón y ahí está el taxi, un Toyota negro esperándome justo al otro lado. El conductor, un tío de unos cuarenta años con gorra, baja del coche al verme.
—¿Bill?— pregunta para confirmar.
—Sí, soy yo.
—Perfecto, vamos al aeropuerto, ¿verdad?
—Correcto— respondo.
El mayordomo y el conductor abren el maletero y empiezan a colocar mis maletas dentro. Yo me quedo ahí plantado, mirando la mansión por última vez y entonces la veo. Heidi sale de la casa, caminando hacia mí con esa sonrisa que tanto detesto.
Joder.
—Bill— me llama, acercándose con pasos tranquilos.
El mayordomo y el conductor terminan de acomodar las maletas y cierran el maletero. El mayordomo se retira de vuelta hacia la casa, dejándome solo con Heidi. El conductor vuelve a subir al coche para darme privacidad.
—¿Qué quieres?— le pregunto con sequedad, sin intentar disimular mi molestia.
Ella se detiene a un par de pasos de mí, cruzándose de brazos. Se quita las gafas de sol para mirarme directamente, con esa superioridad que rezuma por cada poro. —Solo quería despedirme— dice —Ya sabes, somos familia, después de todo.
—No somos nada— le suelto.
Su sonrisa se vuelve más fría, más real. —Tienes razón. No somos nada. Pero quería que supieras algo antes de que te fueras.
—Pues dilo rápido, que tengo un avión que coger.
—Tú no eres competencia para mí, Bill— dice, y ahora su voz no tiene nada de dulce —Eso quedó más que claro anoche cuando Tom me eligió a mí. Cuando me dijo que lo vuestro había sido un error y que quería estar conmigo, construir una familia conmigo.
Cada palabra es una puñalada, pero no voy a darle el placer de verme afectado. —¿Has terminado?— pregunto con aburrimiento.
—No— continúa ella —Solo quiero que tengas claro que yo gané. Yo me quedo con Tom. Yo tendré su hijo. Yo seré su esposa. Y tú… tú solo fuiste un entretenimiento pasajero.
Me río. Me río de verdad, con una risa fría que hace que Heidi frunza el ceño. —¿Sabes qué, Heidi?— le digo, acercándome un paso para que nuestras caras queden cerca —No te iguales a mí, porque no me llegas ni al dedo pequeño del pie. Eres tan básica, tan común, tan aburrida que es casi doloroso estar cerca de ti.
—¿Cómo te atreves…?
—Oh, me atrevo— la corto —Y te voy a decir algo más. Si crees que has ganado algo, estás muy equivocada. Tom no es ningún premio, es un cobarde que no sabe lo que quiere y que se conforma con lo fácil. Enhorabuena, te has quedado con las sobras.
Heidi aprieta los puños, claramente furiosa. —Eres un…
—¿Un qué?— la reto —¿Un niño? Sí, eso ya me lo han dicho. Pero al menos yo tengo clase, tengo estilo, tengo algo que tú jamás tendrás por mucho que te lo inyectes en la cara.
—Esto es la guerra, Bill— dice entre dientes —Voy a hacerte la vida imposible. Cada vez que nos veamos, cada reunión familiar, cada navidad… voy a hacerte pagar por lo que hiciste.
—Ah, ¿sí?— sonrío con suficiencia —Pues déjame aclararte algo, Heidi. Si vamos a pelear, no será por Tom. Porque yo por hombres jamás me pelearé. Tengo a muchos a mis pies, cualquiera puede lamerme las caras botas que llevo. Los hombres son prescindibles, cariño, especialmente Tommie.
Ella me mira con odio puro.
—Si vamos a pelear— continúo —será por saber quién es mejor de los dos. Y obviamente, yo ganaré. Porque tú eres una réplica barata de lo que intentas ser, mientras que yo soy un original. Así que adelante, declara tu guerrita, pero ten por seguro que vas a perder.
—Eres un arrogante…
—Y tú una mediocre— le corto —Nos vemos, Heidi. O mejor dicho, ojalá no nos veamos pronto. Porque sinceramente, tu cara me da arcadas, bruja plástica…
Me doy la vuelta y abro la puerta del taxi. Subo y cierro con un golpe seco, sin mirar atrás. —¿Listo?— pregunta el conductor.
—Sí. Vámonos— digo, acomodándome en el asiento.
El coche arranca y siento cómo nos alejamos. Por el espejo retrovisor veo a Heidi todavía plantada ahí, mirándome con furia. Y más atrás, en la puerta de la mansión, veo a Tom.
Está ahí, de pie, con las manos en los bolsillos, observando cómo me voy. Nuestras miradas se cruzan por un segundo a través del espejo. Y en ese segundo, no siento nada. Ni dolor, ni rabia, ni tristeza. Solo… nada. Desvío la mirada y me recuesto en el asiento, se acabó.
Mi historia con Tom terminó antes de que realmente pudiera empezar y yo voy a estar bien. Porque soy Bill Kaulitz, y no necesito a nadie para brillar.
Especialmente no a él.
FIN de temporada
La escritora ya nos avisó que queda más de esta serie. Pronto te avisaremos sobre la continuación. Gracias por la visita 🙂
Es un final muy triste. Se me salieron las lágrimas 💔.
No sé cómo se podría arreglar todo esto, pero no puedo evitar sentir ahora, mucho resentimiento hacia Tom. Creí que amaba a Bill. Es irónico que le acababa de decir que es fundamental en su vida y después, ese mismo día, lo despreció de una manera tan cruel. Ya sé que solo es un fic jajaja; pero si me puso muy triste.
Juro que donde la Heidi tenga que ver entraré y le pateare el trasero 😭😭😭 porque Tom tienen que ser tan imbécil en todo dejo Bill por esa vieja y le dijo cosas espantosas no puedo creer que solo haya Sido un juego me niego a creer y espero que lo que le dijo sea presión😱Tom no habla mucho pero quiero creer que la bruja lo presionó
Para cuando la siguiente temporada,me muero por saber qué pasa😭