10 // Claustrofobia
La cabeza parecía a punto de estallarme, quizá porque durante toda la mañana, después de dejar el apartamento de Georg en orden, no había dejado de pensar en como sería mi encuentro con Tom en cuanto terminara mi turno. Una parte de mí se sentía ansiosa por descubrir al fin cómo y dónde exactamente es que estaba mi hermano, pero la otra, seguía aterrada por que se marcara la hora de salida en mi reloj, obligándome a buscarlo si es que quería tener un techo que cubriera mi cabeza al anochecer.
Con cuidado acomodé mi cabello mirándome fijamente en el largo espejo que daba de pared a pared en el baño. Se me notaba cansado, con un par de círculos obscuros debajo de los ojos que eran perceptibles aún con el maquillaje, al igual que era más que notorio lo pálida que se había puesto mi piel en las últimas semanas gracias a lo poco que comía y al insomnio que no me dejaba descansar durante las noches.
—Kaulitz, la nueva colección de Kors es extraordinaria, lo juro por Dios —siguió la conversación Igor, admirando en el espejo los avances que había hecho en el gimnasio ese mes, haciendo poses exageradas que marcaban sus músculos aún debajo de la ropa —será increíble la semana de la moda este año en París, estoy considerando seriamente pedir unos días para ir y hacer un largo reportaje de las novedades para la próxima temporada, a mi novia le emociona la idea de sobremanera.
—Suena maravilloso—respondí por la fuerza, tratando de parecer interesado de verdad, aunque no lo estaba en lo absoluto, por el contrario, me encontraba cansado de escuchar a todos en la editorial hablando del mismo tema: París y su semana de la moda, París y sus noches alocadas, Paris y sus diseñadores de ensueño, París y sus casas de moda exclusivas. Tal parecía que ya no existían conversaciones alrededor que no trataran acerca de ello y empezaba a tener migrañas de sólo escucharlos decir: París—La ciudad debe ser impresionante.
—Lo es, créeme, nada que puedas ver en una guía de turistas se compara con estar ahí realmente, va más allá de eso.
—Ya lo creo —musité inclinándome ligeramente hacía adelante, para arreglar el delineador negro que se me comenzaba a correr más allá de lo necesario, ensuciando sin permiso el costado de mis pestañas.
—En serio Kaulitz, tienes que ir alguna vez, ya verás de lo que hablo —le sonrió cautivadoramente a su propio reflejo, admirando cada uno de los ángulos de su rostro casi perfecto antes de continuar. —Y la semana de la moda, vaya… —suspiró —es lo más alocado y glamuroso que puedes llegar a imaginarte, una verdadera fiesta de extravagancia y lujos.
—Suena… genial, alguna vez iré, lo prometo.
—¡Ey! ¿Por qué no vienes este año? Podría ser una buena oportunidad para escribir tu primer artículo ¿No me hablaste de querer escribir alguna vez para la revista también?
—No lo sé, Igor… —sonreí teniendo muy en claro que sabía lo que quería y lo que no y por desgracia, París ya no estaba en mis planes definitivamente, al menos no cuando Ancel había prometido hacer hasta lo imposible por llevarme al fin ese año, como tanto se lo pedí y lo cual, por supuesto, estaba cancelado desde ya por las circunstancias en que nuestra “no-relación” se encontraba.
—¿Acaso no querías comenzar a escribir tus propios artículos? —fijó su mirada sobre mí a través del espejo dejando a un lado su egocentrismo por un segundo.—Así dejarías de ser tan sólo un ayudante, para tener un puesto más decente Kaulitz, columnista está más arriba en la cadena alimenticia de este lugar, amigo.
—Podría ser…— asentí, más por compromiso que por verdadera aceptación.
—Piénsalo, quién sabe, quizá y al final si eres bueno en esto, si yo fuera tú, no lo dejaría pasar esta vez.
Sonreí más para mí que para Igor; él era un visionario, un súper modelo que de la nada había decidido dejar las pasarelas para comenzar a escribir artículos y columnas en una revista de moda, aún cuando todos a sus alrededor le reprochaban el estar desaprovechando su potencial en las pasarelas y editoriales, para vivir escribiendo detrás de una pantalla; él claramente era valiente y aventurero, mientras que yo, simplemente seguía aspirando a ser un aprendiz que aún no tenía la suficiente determinación para pedir un puesto más importante del que tenía.
—¿Y qué es eso tan importante que Bill no debería dejar pasar esta vez, Igor? —La voz de Ancel hizo eco por todo el baño haciéndonos dar un brinco a ambos. De la nada había entrado sigilosamente escuchando parte de nuestra conversación sin permiso alguno.
Igor me echó una mirada rápida antes de responder a la pregunta que nos estaba haciendo tratando de parecer relajado, como si eso fuera sólo una charla entre amigos en el lavamanos, nada relevante, aunque el simple hecho de decir mi nombre, era suficiente como para saber que esa conversación en absoluto era casual y que nosotros claramente no éramos amigos ya.
—Le hablaba a Bill acerca de la semana de la moda en París.
—¿Es que todos se volvieron locos con el tema? —bromeó Ancel acercándose por fin y abriendo uno de los grifos de agua —escucho París por todos lados últimamente —sonrió echándonos una mirada sobre el espejo.
—Es la novedad del momento —le devolvió la sonrisa Igor, sin estar seguro de que tan amigable estaba siendo Ancel en realidad.
—¿Y planeas convencer a Bill para llevarlo este año contigo?
—No es como planear llevarlo—rio él nervioso —Sólo le aconsejaba que lo hiciera, quizás podría comenzar a escribir un par de artículos acerca de ello…
— ¿Escribir? —Ancel cerró el grifo del agua y me miró fijamente a través del reflejo frente a nosotros— ¿Quieres escribir, Bill? Jamás me hablaste de ello… —Sin pretender responder, desvié la mirada hacia mi maquillaje una vez más, esperando que eso le diera una buena señal de que no estaba en disposición de conversar acerca del tema. —¿Igor, a ti te había dicho que quería escribir?
—Bueno nunca lo hablamos como tal, sólo lo comentó alguna vez durante el almuerzo, creo… —la incomodidad casi se podía palpar entre nosotros como una bruma pesada y hostil, que nos mantenía en nuestros sitios gracias a la forma inquisitiva en que Ancel comenzaba a interrogarnos, pretendiendo parecer calmado y amigable.
—Vaya, pues suena interesante, quizá sería una buena idea que comenzaras con algo sencillo, así podríamos ver que tal eres escribiendo, Bill.
—Es lo mismo que yo le dije, debería de intentarlo… —con una mirada asesina fulminé a Igor por darle la razón a Ancel dada la presión que estaba ejerciendo sobre nosotros.
—Coincido en que París sería un estupendo tema para que comenzaras, podríamos platicarlo después o quizá incluso ahora, claro, si quieres…—dijo dirigiéndose a mí con ese tono que rayaban en la amenaza.
Con desagrado vi como Ancel inclinaba ligeramente la cabeza hacia la puerta del baño, haciéndole una señal inequívoca a Igor para que saliera de ahí y nos dejara a solas. Sin pensarlo dos veces, este asintió y salió corriendo, abandonándome a mi suerte, dejándome completamente sólo y desamparado frente a un jefe de redacción que no parecía nada contento con lo que había escuchado.
¿Cómo podía culpar a Igor? cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo ante la mirada severa de Ancel y esa forma tan suya de mandar sin decir una sola palabra, incomodando a cualquiera que se encontrara en su situación. La realidad era que desde que Ancel había vuelto de su viaje, todos se mantenían atentos acerca de la forma en que nos relacionábamos, o al menos, del como “intentábamos llevarlo bien” Mis visitas a su oficina se habían reducido drásticamente, incluso haciendo que en ocasiones fueran inexistentes, mientras que Ancel parecía más decidido que nunca para hacer hasta lo imposible por obligarme a mirarlo y contestarle, aunque fuera con monosílabos, cuando estábamos juntos en alguna reunión ocasional, haciendo más que evidente mi poco entusiasmo por interactuar con él, incómodo por siquiera encontrarnos en el mismo piso, orillando a todos a pensar que cualquier que fuera el lugar donde llegáramos a encontrarnos, se convertía en automático en un campo de guerra.
Pretendiendo no prestar atención, fije mi mirada al frente, haciendo como que no veía su perfecta silueta eclipsándolo todo alrededor y que no sentía aquella vibra hostil cobijándonos.
— ¿Así que quieres escribir en la revista?
—Quizá…
—Y todo el mundo lo sabe menos tu editor en jefe, ¿No crees que eso es… irónico? —Se cruzó de brazos frente a mí, denotando cuanto le molestaba ese pequeño e insignificante detalle, quizá no porque le interesara mi desarrollo profesional en la editorial, más bien, por pensar que era el único al que no le había comentado mis inquietudes y el sentirse excluido lo volvía loco, lo sabía.
—Sólo fue un comentario al aire mientras almorzábamos, es todo… —rodeé los ojos por el cielo, cansado por su actitud controladora.
— ¿Quién lo sabía? ¿Igor, Justine, Franz…? Quizá también ¿Khristoph? —sonrió de lado haciendo especial hincapié en el último nombre, el de Khris, quién notaba que últimamente no le hacía ninguna gracia.
—No lo sé, Ancel, ellos y algunos otros más, nada del otro mundo, ¿De acuerdo?
—Bueno, pues podría darte un consejo entonces, si realmente quieres escribir en la revista, la primera persona a quién debes de decírselo, es a tu editor en jefe, no a tus compañeros de almuerzo.
—Claro, lo tomaré en cuanta, muchas gracias —gruñí sin ganas de pelear más, cansado por tener que hacer de cualquier momento un cuadrilátero de lucha.
Un escalofrío me recorrió, su mirada era inquisitiva sobre mí, la podía sentir como un par de dagas desgarrando la frágil coraza que había logrado construir a mí alrededor ayudado por su ausencia, la cual por desgracia, no resistiría lo suficiente.
—Por cierto, Bill, ¿Sabías que Khris ahora contesta todas mis llamadas? — preguntó de nuevo rompiendo el encanto del silencio momentáneo que se había creado a nuestro alrededor. — Se auto asignó la tarea, dice que tú estás demasiado ocupado preparando la presentación para la nueva colección de verano como para hacerlo.
— ¡¿Qué?!—apenas tardé un par de segundos en procesar la información e incrédulo di la vuelta por fin.
—Tal parece que ha decidido tomar tu puesto además del suyo y sin consultármelo, por un momento pensé que yo era el jefe aquí, no ustedes. Ya veo que me equivocaba, esa es una muy bonita forma de ignorar la autoridad en esta editorial.—esa ironía cargada de reproche la detestaba, me hacía sentir de nuevo como un pequeño niño siendo castigado por alguna tontería en el colegio.
—Ancel por supuesto que no, jamás le pedí algo como eso, ni siquiera sabía que estaba haciéndolo, yo…—balbuceé incómodo por la forma autoritaria en que estaba hablándome, no como Ancel mi amante, sino como Ancel mi jefe.
Dios sabía que gradecía el que Khris se hubiera vuelto por su propio gusto como una especie de “guardaespaldas personal” para protegerme de Ancel, pero comenzaba a sentir que estaba a punto de cruzar la delgada línea entre lo aceptable y la exageración y no me agradaba en lo absoluto.
—Ya me lo imaginaba —bufó cansado— sé que no eres del tipo que reniegue por las ocupaciones, antes lo has hecho bien llevando todo sin problemas, me parecía curioso que ahora necesitaras “ayuda” extra.
—Yo… puedo llevarlo sólo, hablaré con él mañana mismo, lo siento… —suspiré avergonzado, odiaba parecer mucho más débil de lo que era, necesitando de alguien cuidándome la espalda.
— ¿Seguro? Por un momento pensé que había sido tu idea para no tener que hablar más conmigo.
—No, por supuesto que no, creo que Khris lo entendió mal, sólo eso…
—Bueno, sería genial entonces que le dejaras muy en claro a Khristoph cuáles son los límites, Bill, no creo que necesites de un guardián que te mantenga en una burbuja de cristal alejándote de mí, no hace falta, yo jamás haría nada para lastimarte, ¿Lo sabes?
Una sonrisa amarga se le escapó a mis labios cuando lo escuché con ese tono territorial que acostumbraba. Que irónico era al decir que jamás haría nada para lastimarme, cuando desgraciadamente ya lo había hecho, tanto que lo desconocía y no estaba seguro de que dejara de hacerlo en el futuro; le temía, si, o al menos lo necesario para no poder creerle más.
Me incomodaba la forma en que, aún cuando pensaba que ya no éramos nada, se mantenía custodiándome como una piececilla de cristal, mientras que yo desviaba mi atención a cualquier otra cosa para no tener que enfrentar su actitud posesiva y un tanto cansina conmigo. Tan sólo deseaba que me dejara en paz, que saliera de ahí y me permitiera respirar aunque fuera por un segundo lejos de su yugo, pero no lo hizo, por el contrario, aún cuando nuestras miradas dejaron de encontrarse y yo pretendí tener algo que arreglarme frente al espejo, él se mantuvo firme en el mismo lugar, sin moverse un centímetro, examinándome con ojo crítico desde su perspectiva.
—Luces cansado… ¿Estás durmiendo suficiente? —preguntó con un tono suave, casi meloso, como ese que recordaba cuando nos encontrábamos por fin solos en su apartamento, sin personas ajenas que lo obligaran a mantener un tono firme en la voz que a veces llegaba a incomodarme.
No respondí, tan sólo me encogí de hombros.
—Bill… —dio un paso hacia la izquierda acercándose un poco más, lo suficiente como para que pudiera escuchar su respiración, provocándome mareos con su ritmo lento y engañoso. —no soy ciego, me doy cuenta que estás más delgado y un poco pálido ¿Estás comiendo bien? Me preocupas…
—Pues deberías de dejar de preocuparte—respondí de mala gana sintiendo un dejo de furia por sus observaciones ¿Desde cuándo le preocupaba si me encontraba bien o no? ¿Desde cuándo debía de interesarle, si lo último que había demostrado era que yo sólo significaba una pieza intercambiable más en su juego? ¡Qué ironía!
—Vamos, no me puedes pedir que deje de hacerlo —su mano derecha logró alcanzarme entrometiéndose entre mis cabellos en su camino a mi rostro, obligarme a cerrar los ojos en automático al sentir su caricia—me preocupo por cada una de las malditas cosa que has estado haciendo lejos, sin que sepa dónde estás o como lo vas pasando. –con suavidad tomó mi rostro con ambas manos haciéndome girar lentamente hacia él, como un muñeco de trapo demasiado débil como para negarme a su voluntad. —Me has tenido como un tonto esperando a que cada noche vuelvas al apartamento, no puedo dormir bien imaginando cientos de estupideces acerca de donde es que estás, lejos de casa, sin llamar al menos —poco a poco abrí los ojos, encontrándome con que su rostro estaba cada vez más cerca de mí. Podía sentir su aliento mentolado chocar contra mis labios y su nariz a punto de rozar con la punta de la mía, obligándome a mirar sus ojos grises una vez más, tan cerca, que alcanzaba a distinguir las sutiles líneas azuladas que se mezclaban en la profundidad de sus pupilas.
—Ancel…—musité agachando la mirada una vez más, como siempre, sin poder tomar una actitud firme para alejarlo, rogándole que no volviera a acercarse tanto, porque temía que no pudiera contenerme si lo hacía.
— ¿Dónde demonios has estado si no es a mi lado? —buscó mis labios con ansiedad, tomando con un poco más de fuerza mi rostro entre sus manos, logrando rozarlos apenas por encima.
—Ancel no… —logré decir antes de que me obligara a callar atrapando mi labio inferior entre los suyos.
— ¿Con quién has estado? —exigió una respuesta halándome hacia él con su mano sobre mi cintura, haciéndome chocar con su pecho mientras no paraba de besar la comisura de mis labios y mi mejilla, amenazando con bajar hacia mi cuello, con su respiración acelerándose a cada movimiento que hacía.
No respondí, tan sólo me dejé hacer sintiendo como sus besos erizaban cada centímetro de mi piel, con sus labios recorriendo mi cuello de ida y vuelta, provocándome cerrar los ojos de nueva cuenta. No podía negarlo ¡Maldición! lo necesitaba, lo había estado necesitando desde aquella noche en la fiesta de aniversario, incluso mientras lloraba bajo las sábanas en el apartamento de Georg y en cada maldito día lejos sin volver a “casa”. Sí, era hipócrita de mi parte mentirme a mí mismo al decir que no lo extrañaba, que no moría de ganas por volver a rozar sus labios, a sentir su piel cerca, a escuchar sus susurros persuasivos a media noche haciéndome sonreír y la forma en que besaba mis hombros desnudos y mordía mi piel centímetro a centímetro volviéndome completamente loco. Lo deseaba, mucho más de lo que debería y el besarlo de nuevo era una confirmación dolorosa de que mi cuerpo aún no estaba preparado para dejarlo ir, que quería mantenerse así, siendo besado y mimado por sus manos expertas que conocía cada una de mis debilidades. Lo odiaba y me odiaba a mí mismo.
— ¿Es con Khristoph, verdad?— preguntó firme antes de morder con un poco más de saña mis labios, denotando su furia de tan sólo pronunciar su nombre.
El embrujo momentáneo al que me había arrastrado, se rompió de golpe al escucharlo. Como un acto reflejo, lo empuje lo suficiente como para mirarlo fijamente a los ojos, dolido por su comentario.
—¡¿Qué estás diciendo?! —lo cuestioné molesto entendiendo al fin la dirección en que iba encaminada su insistencia, terminando por romper el frágil lazo que se había construido entre nosotros con aquellas escasas caricias y besos robados.
—Bill, no soy tonto… —paseó su mano por mi cabello obscuro, tomando una gran sección y enroscándola entre su mano impidiéndome alejar mi rostro de él, con un poco más de fuerza de la que acostumbraba hacerlo. —Convenientemente corriste a su apartamento ¿No es así? Es mucha casualidad que útilmente se lleven tan bien y él se vea tan feliz. —impresionado entre abrí los labios como intentando defenderme, pero las palabras parecían no querer salir— ¿Incluso comparten la cama, o me equivoco? —jaló un poco mi cabello hacia atrás, domándome como a un animal salvaje antes de que pudiera alejarlo de mi.
Con furia besó mis labios sin que hubiera ningún tipo de placer de por medio, al contrario, logrando que mis piernas temblaran en una mezcla de rabia y miedo por la forma tan posesiva en que me trataba, haciéndome pensar que sus besos eran una forma cruel de hacerme sufrir por las estupideces que le cruzaban por la cabeza, gracias a los celos irracionales que de pronto le había atacado.
—Eres mío, Bill y no estoy dispuesto a compartirte con nadie, te amo ¿Lo entiendes? No voy a dejarte ir tan fácil —gruñó contra mis labios, pegándome aún más a su cuerpo y soltando de a poco el agarre que había hecho en mis cabellos —Te necesito tanto —suspiró recargando su frente contra la mía, rozando nuestras bocas, como suplicando que entendiera el porqué estaba haciendo lo que hacía conmigo —me estoy volviendo loco tan sólo de pensar en que estás con ese idiota, mientras que yo te extraño tanto cada noche, no me hagas esto Bill, vuelve… —sus pulgares acariciaron mis mejillas tiernamente de nuevo, desatando una nueva descarga eléctrica de confusión. Un segundo antes estaba seguro de que iba a golpearme y al siguiente, me trataba con la mayor delicadeza que hubiera utilizado jamás conmigo, como si fuera lo más importante en su vida, como si me amara de verdad.
—No… tengo que irme —rogué intentando empujarlo un poco, pero su cuerpo parecía anclado al piso, demasiado pesado como para zafarme de su agarre.
—Sólo dime que no es él con quien has pasado las noches desde que te fuiste, sólo dímelo y me sentiré más tranquilo. —rogó mirándome, haciendo que notara una línea de lágrimas apilársele en las pupilas a punto de caer.
—Eso es algo que no debería de importarte—respondí logrando que sus ojos se abrieran ampliamente ante mi respuesta tan sincera, que seguramente terminaría por hacer más líos en su cabeza, imaginado una tórrida historia de romance entre Khris y yo, después de lo que había sucedido entre nosotros.
Sus manos perdieron fuerza y sólo entonces fui capaz de alejarme y salir corriendo de ahí asustado por todo, por sus fantasías estúpidas de un romance apresurado, por sus besos confusos y sobre todo, por la forma en que me había sujetado con tanta ferocidad, haciéndome temerle de nuevo.
Sólo quería alejarme, no sentir sus manos sobre mí al menos por un tiempo, ni su mirada acosándome. Necesita huir, estaba asfixiándome aún cuando había suficiente oxigeno a mi alrededor, el problema era que no estaba siendo capaz de utilizarlo debidamente.
— ¡Carajo! —gritó alguien al frente de mí entre una tormenta de papeles que volaron por los aires. —¿Bill?
Todo pasó tan rápido, que apenas pude darme cuenta de que estaba en el piso, con un centenar de hojas sobre mí y a mí alrededor y que un fuerte brazo lleno de tatuajes coloridos estaba tomándome por la cintura para ayudarme a ponerme en pie. Ni siquiera había sentido el golpe contra el suelo al volar hacia atrás al menos un metro de donde la colisión se había ocasionado, provocando un desastre en medio del pasillo.
—Bill, demonios ¿Dónde tienes la cabeza? —De a poco reconocí la voz de Khristoph llamándome para que reaccionara, seguramente notando mi mirada perdida y las pocas fuerzas que conservaba. —¿Estás bien? ¿Te hiciste daño? —me examinó por encima poniendo sus manos sobre mis hombros para mirarme serio —Sólo saliste de la nada como alma que lleva el diablo —rezongó, pero de inmediato su expresión en broma cambió por una más seria al notar mi estado de shock —Joder, ¿Estás bien Bill? ¿Pasó algo?
—Necesito salir —fue lo único que pude articular, desesperado por salir de ahí lo antes posible.
— ¡Bill, espera!
No voltee hacia atrás ni por un segundo, tan sólo seguí mi camino sintiendo como todo alrededor comenzaba a cerrarse, oprimiéndome en ese pequeño lugar que me comenzaba a causar claustrofobia y del que deseaba huir cuanto antes, sobre todo al sentir que los recuerdos de aquella horrible noche a manos de Ancel, regresaban vívidamente para atormentarme.