Una Ultima Promesa 11

11 // Reencuentros incómodos

Me miré en el espejo, mis ojos estaban rojizos e hinchados por tanto haber llorado durante la noche y lo poco que llevaba de la mañana. El cuerpo me dolía, como si cientos de agujas estuvieran clavándose por todos lados sin cesar, torturándome. Con temor me miré el costado del torso, los largos rasguños que corrían por el costado hasta mi espalda, ya comenzaban a notarse un tanto violáceos, aunque aún se veían encendidos en carmín en algunas partes, como si de ellos estuviera a punto de brotar algo de sangre.

Ni siquiera sabía como me sentía en realidad, Ancel se había levantado temprano para ir a la editorial, apenas despertándome con un beso en la mejilla como despedida, sin decir más, acomodando las sábanas sobre mi cuerpo semidesnudo como tratando de arroparme para ocultar lo que había pasado la noche anterior sin conseguirlo del todo, aceptando que ese día yo no iría a trabajar, concediéndome en silencio un rato para poder estar a solas.  

Era extraño, tenía una mezcla de sentimientos en el pecho. Una parte de mí agradecía que Ancel se hubiera ido sólo así, dejándome sin decir una palabra, evitando remover los horribles recuerdos de unas horas atrás, mientras que la otra se preguntaba porqué siquiera había tenido la delicadeza de pedir una disculpa al mirar los estragos hechos en mí por sus arranques de furia. Por supuesto no quería verme como una víctima esperando un enorme ramo de rosas y mil disculpas repetitivas y hasta cierto punto vacías, pero al menos un “lo siento, te amo” era lo mínimo que quería escuchar a la mañana siguiente, sin demasiado drama de por medio, tan sólo de forma sincera y directa.

Con dolor, recorrí las marcas rojas que habían dejado sus dedos en mi cuello y muñecas después de tomarme con tanta fuerza y resentimiento, obligándome a besarlo fingiendo que lo estaba disfrutando, cuando lo único que quería en realidad era que parara. Todo mi cuerpo era un desastre, incluso me impresioné al encontrar que sus manos también me habían dejado unos visibles moretones en la cadera y el comienzo de los muslos, por la forma tan posesiva en que me arrastró por la cama mientras que yo rogaba para que se detuviera, convencido de que ese momento no era precisamente el mejor para arreglar las cosas en la cama, al menos no cuando podía ver la rabia en cada una de sus pesadas y dolorosas caricias que me estaban torturando sin que nada pudiera detenerlo.   

 

Era muy divertida su plática ¿No Bill? —con fuerza sentí como la mano de Ancel se cerraba alrededor de mi brazo, halándome hacia atrás en cuanto entramos en la habitación.

¡Ancel, ouch! ¡¿Qué te sucede?! —rezongué sorprendido por su reacción. Durante todo el camino a casa se había mantenido tranquilo, conduciendo sin decir una sola palabra, quizás un poco más callado de lo normal, pero no demasiado como para hacerme sospechar que algo iba mal entre nosotros.

¿Qué me sucede? Me sucede que te dejo solo por un par de minutos en ese coctel y cuando vuelvo tienes la plática más efusiva del mundo con ese imbécil —reclamó por fin dejando salir sus verdaderos sentimientos.

¿De que demonios hablas? —fingí no saber a que se refería, aunque lo hacía y en el fondo, desde que lo vi venir hacia nosotros arqueando una ceja al mirarnos hablar animadamente, sabía que algo de mi comportamiento lo había molestado, aunque en ese momento no lo dijera abiertamente.

¿De que hablo? De Jean Magnè y sus magnifica forma de embobarte con sus historias tontas.

¡Ay! —suspiré rodando los ojos por el techo soltándome de su brusco agarre—¿Es en serio Ancel? Tan sólo platicábamos un poco mientras no estabas, ¿Esperabas que me quedará ahí como una estatua sin hablar ni mirar a nadie? No soy un accesorio más de tu ego, te lo recuerdo.

¿Platicar? ¡Ja! ¿Crees que soy idiota? Conozco mucho más de lo que crees a Magnè y tampoco se tiene que ser un genio para entender que en su mente ya te tenía sin ropa y sobre su cama mientras tu te reías tan casualmente con él, fingiendo no saber hacia donde iban sus comentarios astutos.

Estas exagerando, ¡Por Dios!

¿Ah si? ¿Entonces me dirás que no te propuso ir a su estudio en París para una sesión fotográfica? Ah no, espera, ya sé, tan sólo te dijo que si quisieras, podrías ser su próxima musa y te haría famoso en todas las editoriales del mundo.

Con temor escuché exactamente las mismas frases que Magnè por desgracia había usado entre la plática casual, a las cuales yo respondí tan sólo riendo, pretendiendo que me causaban gracias sus insinuaciones tan poco discretas sin tomármelas muy en serio. Bien,  no iba a mentir, sí, una parte de mí se había sentido bien al escucharlo decir aquellas cosas y al sentir que alguien me consideraba tan atractivo y perfecto como para impresionar al mundo entero; mi ego era frágil y no había nada que disfrutara más que eso, la atención y soñar un poco con el hecho de que todos me miraran deseando tenerme, como un trofeo inalcanzable y extravagante, demasiado hermoso para ser tocado siquiera.

Jamás te ha molestado que todos me miren en cuanto entro a un lugar y deseen que esté a su lado y no contigo ¿Desde cuando un fotógrafo demasiado extrovertido y fanfarrón viene a incomodarte?

Desde que tú le coqueteas descaradamente como respuesta a la idea de ser su musa, desde entonces Bill.

¡Por Favor!, fueron estupideces de las que nadie se va a acordar mañana, supéralo ¿Quieres? —Con desinterés y con una sonrisa burlona en los labios por lo infantil que estaba comportándose, di la vuelta comenzando a quitarme la entallada chaqueta de cuero que había elegido llevar esa noche y el collar de piedras negras como gargantilla.

¿Aceptarías ir con él a París? —me distrajo de pronto mientras me sacaba la delgada camiseta de red que llevaba puesta.

¿Qué? —me reí sin pensarlo.

¿Eso te encantaría verdad?—me tomó con fuerza empujándome sobre la cama repentinamente, asustándome y borrando de inmediato la sonrisa burlona de mis labios. —¡Desearías que Magnè te hiciera famoso para ir tomado de su mano a todos esos eventos súper exclusivos y que todo el mundo te mire con deseo! —me acusó subiéndose con habilidad encima de mí paralizándome, tomando con fuerza mis manos sobre mi cabeza para impedir que intentara quitármelo de encima.

¿Estás loco? ¡Suéltame!—me removí desesperado intentando que me dejara libre, pero era inútil, claramente era más fuerte y pesado que yo como para que pudiera lograrlo.

Sí, seguro si los hubiese dejado unos minutos más, ya estarías ahora mismo comprando tu maldito boleto de avión para ir directo a la fama ¿Cierto?

¡Por supuesto que no! —respondí asustado por esa faceta de Ancel que hasta entonces no conocía y que estaba aterrándome por completo.

¡Ah! ¿Entonces quieres que yo mismo te pague el viaje? —se abalanzó sobre mis labios para besarme furioso. —Si eso quieres, me parece perfecto, pero al menos tendrás que ganártelo.

Jamás había sentido unos besos más lascivos que esos. Sus manos parecían quemar por cada lugar que tocaban y mis ojos no podían contener las lágrimas por sentir la forma en que estaba arañando mi piel con desesperación, como si eso fuera a hacer que una parte de mí se quedara por siempre con él, dejándome marcado para que todos notaran que era de su propiedad ahora. No lo entendía, me parecía irreal lo que estaba sucediendo y sobre todo, el porqué de su comportamiento. Sí, sabía que Ancel no era una persona fácil en absoluto, inclusive en los primeros meses que llevábamos juntos, una parte de esa personalidad posesiva y un tanto celosa, había salido a la luz bajo el disfraz de frases inteligentes y burlonas, pero esto era diferente, no parecía querer arreglar el malentendido, por el contrario, la forma brusca en que tiraba de mi cabello para obligarme a voltear el rostro y apoderarse de mis labios salvajemente me daba a entender que lo único que buscaba era dañarme de verdad.

Ancel, por favor no, me estás haciendo daño… —rogué lloriqueando al sentir sus manos bajar un poco, pretendiendo tocarme más allá de lo debido, provocando que temblara del miedo.

No creo que más daño del que tú me hiciste al sonreírle de esa forma a Magnè —respondió obligándome a dar la vuelta sobre las sábanas, hundiendo mi rostro contra las almohadas apiladas en la cabecera al tomar mi cabello sin cuidado alguno.

Desesperado intenté escurrirme de entre sus brazos, gateando inútilmente sobre la resbalosa seda debajo de mí, temiendo que si no huía de él, iba a terminar matándome ahí mismo. Era irracional que lo pensara así, conscientemente sabía que Ancel jamás haría algo para lastimarme, pero mi instinto era más fuerte que mi racionalidad al sentirme prisionero entre sus manos.  

Ni siquiera se te ocurra —me atrapó hundiendo con fuerza sus dedos a los lados de mi cadera, magullando mi piel y haciéndome soltar un leve quejido de dolor. —Vas a quedarte aquí y más te vale que lo disfrutes —repartió besos por mi mejilla saboreando lo salado de las lágrimas que había logrado arrancarle a mis ojos. Lo desconocía completamente y esa parte de él que estaba viendo no me agradaba en lo absoluto.

No sé por cuanto tiempo seguí llorando en silencio, ahogando mis lamento entre las almohadas donde había quedado al darme por vencido, sabiendo que no podría competir con su fuerza y su furia, dejando que siguiera besando cada poro de mi piel y también, arañando, mordisqueando e incluso hiriéndome a su paso. De pronto ya no escuchaba sus reclamos mientras halaba mis cabellos con fuerza y a su antojo, fingiendo corresponder a sus besos de vez en vez, sin quejarme demasiado cuando atrapaba mi labio inferior entre sus dientes y halaba con demasiado sadismo como para considerarlo un acto de amor. Estaba martirizándome y yo no tenía las fuerzas suficientes para detenerlo y escapar de ahí, tan sólo me preocupaba por no quejarme demasiado, concentrándome en que pronto su ira terminaría y entonces volvería a tomarme con ternura, besaría mi frente y cada una de las partes de mi piel que ahora estaban heridas y me pediría perdón mientras me arropaba entre sus brazos para hacerlo diferente, no de esa forma salvaje, sino con amor de verdad, pero era demasiado iluso y lo supe cuando gimió con fuerza sobre mi hombro enredando sus dedos entre mis cabellos, obligándome a alzar el rostro.

Así es como se paga la fama, hermoso y si es lo que quieres, más te vale que te vayas acostumbrando a ello. —susurró entrecortadamente en mi oído con el desprecio más grande que jamás había escuchado salir de sus labios contra mí.

 Cuando al fin escuché el agua de la regadera correr dentro del baño, me envolví entre las sábanas temblando sin control, temeroso por lo que había permitido que sucediera en esa habitación. Me sentía sucio y asqueado, cada parte de mí parecía guardar esa fragancia que siempre lograba volverme loco, pero que en ese momento me provocaba arcadas. ¿Quién era ese mounstro que me había tomado de aquella forma lastimándome profundamente? Él no era el hombre al que amaba y que deseaba besar incansablemente durante todo el día, tampoco quién me sonreía por las mañanas al llevarme una taza de café a la cama, no, no podía ser el mismo, el salvaje que había dejado aquellas marcas en mi piel debía de ser alguien más, me negaba a pensar que amaba a un ser irracional que había hecho conmigo lo que le venía en gana, sólo por verme hablar con un imbécil demasiado pretencioso como para tomarlo en serio.

 

 

 

¡Oye tú! ¿Vas a pasar o te quedarás ahí? —Preguntó un chico de mala gana, abriendo la puerta de la entrada al edificio, esperando a que me decidiera a entrar.

Con un gesto torpe le agradecí y entré detrás de él, repasando mentalmente el número de la puerta donde se suponía que vivía mi hermano.

El viento afuera era más frío de lo normal; no estaba seguro si era porque el invierno estaba próximo a llegar, haciéndome sentir prematuramente sus heladas ventiscas, o que  mis nervios estaban congelándome por dentro.  Estaba distraído, como fuera de mí con la simple idea de buscar a mi hermano en aquella dirección que el inquietante rubio de gafas cuadradas, había escrito para mí apresuradamente y con una sonrisa en los labios que no me daba en absoluto confianza.

La respiración me faltaba un poco, estaba más ansioso de lo normal y la razón era simple: Tom y la cantidad de años que habíamos pasado sin recibir actualizaciones el uno del otro.

Era tan irreal estar por fin ahí, esperando a que alguien se dignara a abrir, sin estar seguro de que sería lo que me encontraría cuando lo hiciera. Tom y yo habíamos tomamos caminos muy diferentes, mientras que yo me mudé a Berlín junto con Mamá, Tom había tenido que quedarse en Magdeburg. Una parte de mí en ese momento había sentido una pena enorme por tener que alejarnos, pero sobre todo, por dejarlo ahí, justo en ese lugar que por tanto tiempo habíamos soñado con abandonar juntos, rogando para que un día, el que fuera, nuestros padres nos llevaran lejos, donde ninguno de los estúpidos niños del vecindario o del colegio pudiera acercársenos nunca más. Dolía pensar que, en cierto punto, yo mismo había roto el lazo especial que nos unía, dejándolo a un lado y olvidándome poco a poco de su existencia. Ahora no tenía idea de quién era realmente mi hermano gemelo, como se comportaba o como lucía, si es que algo de él había cambiado o si incluso nos pareceríamos aún más que antes, cuando era difícil adivinar siquiera que éramos gemelos por lo diferentes que siempre nos habíamos esforzado por lucir; él al estilo rap y yo… bueno, yo y mis multifacéticas etapas confusas.

Estaba seguro de que ahora éramos un completo par de extraños que a veces, si teníamos suerte, obteníamos información cruzada e irrelevante del otro  gracias a Mamá, apenas lo suficiente para tener conciencia de que el otro seguía con vida y listo. Para mí, el Tom que conocía se había quedado enfrascado en el tiempo con 13 años, fanfarroneando con aquella forma autosuficiente de sonreír y esa manía tan suya de esconder sus sentimientos para no sentirse intimidado por otros, siempre molestándome por lo sensible y débil que era, pero aún así, protegiéndome del mundo para que nada, ni nadie, pudiera tocarme y herirme.

No necesito una lección sobre la Biblia — Gritó desde adentro. Su voz era muy diferente a como la recordaba y no era para menos, lo que escuchaba ahora sonaba más como la voz de un hombre de verdad, cansado y harto por las constantes interrupciones a su puerta —creí haber dejado claro que adoro a Satán y que… — Se detuvo de golpe en cuanto abrió la puerta y notó mi presencia.

El Tom que estaba frente a mí, lucía muy diferente a como lo hacía la última vez que nos habíamos despedido en la puerta de nuestra casa en Magdeburg. Las rastas que por tanto tiempo fueron su sello personal y que por cierto yo odiaba, habían desaparecido por completo, dándole paso a un cabello obscuro y trenzado que le llegaba por los hombros. La ropa que llevaba no era muy diferente a la que recordaba, pero ahora al menos era un poco menos holgada de lo que solía ser, seguía manteniendo aquella esencia de rapero blanco de bajo presupuesto, pero ahora usaba un par de jeans “normales”, como todo el mundo debería de llevarlos,  sin que se le escurrieran por la cadera dejando ver el inicio de su ropa interior, lo cuál ya era un gran progreso, además de que la barba que comenzaba a crecerle, lo hacían ver mucho más maduro que antes. Debía admitirlo, era diferente, si, pero hasta cierto punto se veía bien, incluso mejor de lo que mi inquieta imaginación había estado pensando toda la noche, aunque claro, era de esperarse, ya no teníamos 13 y era obvio que las cosas cambiarían aunque fuera difícil de asimilar por completo.

Tom —sonreí sinceramente emocionado por volver a verlo después de tanto tiempo lejos uno del otro.

¿Bill? —sus ojos se abrieron como platos y sus cejas casi tocaron el nacimiento de su cabello obscuro. Lo entendía, era una completa sorpresa que yo, su “pequeño y molesto hermano” se presentara sin aviso previo y con una actitud de cachorro abandonado. Si él hubiera hecho lo mismo, llegando de la nada al apartamento de Ancel, habría puesto la misma expresión de sorpresa, confusión y negación, todo al mismo tiempo.

Hola…

¿Qué haces aquí?—soltó repentinamente examinándome de pies a cabeza sin creérselo del todo— Quiero decir…—corrigió notando lo poco gentil que había sonado su pregunta— ¿Cómo has estado?

He tenido mejores momentos —Contesté tratando de ponerle un poco de humor al asunto, ya que no me agradaba en absoluto tener que confesarles de buenas a primeras y después de tantos años desaparecidos uno de la vida del otro, que estaba atravesando por la peor época de mi vida.

Genial…—balbuceo sin pensar —Digo, me sorprende escucharlo —corrigió.

El silencio incómodo que nos invadió, se tornó más pesado de lo imaginado cuando nos quedamos mirando uno al otro impresionados por los cambios que habíamos sufrido en todo ese tiempo alejados, sin ser capaces de seguir una conversación tan sencilla como esa.  

Vaya…—habló de nuevo por fin recargándose un poco más sobre el marco de la puerta—esto es…

Sorpresivo—complementé su frase.

Sí, bueno, hace tantos años que…

No nos vemos…

Exacto, no imaginé que llegarías una noche sólo así, ha pasado tanto…

Lo sé y lo siento, no estaba realmente en mis planes —confesé desviando la mirada un poco, avergonzado por tener que aceptar que el visitar a mi hermano gemelo no había estado en mis planes desde hacía muchos años.

Oh… claro, ni en los míos—sonrió sin ganas, aún bloqueando la entrada sin invitarme a pasar para estar más cómodos dentro.

De nuevo el silencio incómodo.

Comenzaba a creer que había dos opciones por las cuales Tom aún no me pedía que entrara a su apartamento para hablar, o que al menos me ofreciera la mano para estrecharla con la mía después de tantos años. Quizás era porque aún se encontraba conmocionado por volver a verme, o, que en realidad no tenía intención alguna de hacer lo primero y mucho menos lo segundo.  

¿Y… que te trae por aquí? —preguntó nervioso, comenzando a rascar su brazo derecho como recordaba que hacía siempre que estaba incómodo con algo.

Tom, necesito un lugar donde quedarme… —se me salió sin querer, con un tono un tanto desesperado que logró sacarle una mueca incómodo al rostro de mi hermano.  Era un idiota por soltarlo así, tan de repente y a la menor provocación, pero al menos ya estaba y no  había vuelta atrás.

¿Qué?

Lo siento, pero no sabía a dónde más ir…

¿Te echaron? Pensé que eras el “chico perfecto” que jamás se metía  en problemas.

No me meto en problemas, nunca… o casi nunca.

oh… ya…

Me gusta más pensar que es un cambio de vida.

¿Una relación fallida? —Preguntó divertido —Te echaron…

No me echaron… terminamos, es todo.

Era su apartamento, ¿cierto?

Algo así… técnicamente.

¿Técnicamente? ¡Wow!, pensé que cuando volviera a saber de ti serías alguien importante y autosuficiente.

Soy importante  y autosuficiente…

Por supuesto—Sonrió satisfecho de verme derrotado y rogando por una habitación decente y un baño caliente, algo que incluyo yo no me hubiera imaginado hacer ni en mil años de vida.

Tom… ¿Podríamos seguir con el interrogatorio adentro? —Pedí incómodo ante la mirada curiosa de una dulce ancianita que salía de su apartamento unas puertas más allá de donde nos encontrábamos y que en su camino hacia el ascensor, no apartó la mirada de nosotros seguramente preguntándose qué era lo que sucedía.

Con calma Tom siguió mirándome de arriba abajo, analizando la situación y sin duda disfrutando de mi humillación momentánea. —Pasa —aceptó haciéndose a un lado, dejándome ver por fin el interior del apartamento.

Su piso no era precisamente lo que podría llamar “lujoso” pero al menos se notaba limpio y espacioso, quizás porque en el interior apenas y había muebles que lo ocuparan, logrando que el espacio se percibiera tres veces más amplio de lo que en realidad era.

Tendrás que dormir en el sofá, no suelo tener “invitados VIP” por aquí—Gruño dirigiéndose a lo que supuse era la cocina.

El sofá estará bien—mentí imaginándome lo horrible que sería pasar la noche en un incómodo sofá, seguramente dormiría un par de horas antes de tener que levantarme buscando una posición menos incómoda, pero dadas las circunstancias en que me encontraba, no tenía una mejor oferta que aquella. Era preferible dormir en el incómodo sofá de mi hermano gemelo, a pasar la noche en alguna parada de autobús, con el viento congelado amenazando con criogenizarme por valiente.

¿Y tus cosas? — Salió de la cocina y echó una mirada detrás de mí buscando algún tipo de equipaje, pero sólo se encontró con una bolsa pequeña.

Viajo ligero—mentí sonriendo lo más convincente posible, aunque sabía que no engañaba absolutamente a nadie con ello.

Déjame adivinar, no te dejó sacar nada del apartamento —se burló destapando una de las cervezas que llevaba en las manos ofreciéndomela.

Por supuesto que no, iré en unos días por todo, no he tenido tiempo suficiente…—Tomé la botella de mala gana.

Claro, imagino que sí, eres un hombre ocupado.

Un poco —aclaré intentando que su acostumbrado sarcasmo, no terminara por sacarme de mis casillas. Hacía tanto que no nos tomábamos un tiempo para estar juntos, que había olvidado lo mucho que le gustaba ser irónico y yo cuanto lo detestaba.

¿Qué era lo que estaba haciendo? ¿En qué momento la idea de buscarlo de nuevo había sonado como una increíble posibilidad?

 

Aquella noche iba a ser larga, posiblemente, la más larga de toda mi vida  y ya comenzaba a arrepentirme de ello.

por admin

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