
12 // Desconocidos
La noche más larga de mi vida fue catalogada de esa forma, no por las insistentes preguntas que suponía, Tom tendría para mi, las cuales serían difíciles de responder con sinceridad por la distancia entre nosotros, más bien fue larga y tortuosa por el silencio y la sensación de vacío que precedió al “buenas noches” desangelado que soltó mi hermano gemelo antes de encerrarse en su habitación, apenas algunos minutos después de dejarme entrar a su apartamento.
Durante noches enteras había rogado para que esa fuera exactamente su reacción, con desinterés y sin presiones para hablar, pero en medio de mis ruegos, no hubiera imaginado que al final, aquello se sentiría aún más incómodo que un interrogatorio para actualizarnos uno sobre la vida del otro.
Vacío, eso fue justamente lo que sentí en el pecho al despertarme a la mañana siguiente, después de un par de horas de sueño, descubriendo que todo se encontraba en el más profundo silencio, apenas interrumpido de vez en cuando por el sonido de los camiones recolectores que pasaban por la avenida principal, hacia donde daban las ventanas del pequeño apartamento.
Confundido miré el reloj, el color aún azulado de la luz era un indicativo claro de que no hacía mucho había amanecido y que la ciudad aún no tomaba su ritmo cotidiano. Era sábado y por lo general nadie salía de casa hasta que el sol entraba de lleno por las ventanas y las calles comenzaban a lucir vivas de nueva cuenta. Aún envuelto en la frazada que había robado del departamento de Georg, caminé descalzo por la estancia, procurando que mis pasos no hicieran ruido sobre la madera, dando grandes zancadas, temeroso de que Tom pudiera despertarse al escucharme husmear como un ratoncito, merodeando en busca de comida mientras los habitantes de la casa aún dormían. Sorprendido, miré a lo largo del pasillo, hasta que vi al final de este, encontrándome con que ambas puertas a los costados estaban abiertas completamente, denotando lo vacío de las habitaciones.
Mi hermano no estaba, se había ido y lo sabía porque su cama lucía vacía y a medio hacer, como si la prisa, o la pereza, le hubiera impedido terminar de arreglarla correctamente.
¿En qué momento había salido sin que me diera cuenta? ¿Cómo era posible que cruzara toda la estancia sin que lo escuchara siquiera? Quizá era que la noche casi en vela, terminó por vencerme, arrastrándome a un sueño profundo que siquiera el sonido de la puerta había logrado interrumpir, o era que Tom había salido con excesivo cuidado para no ser descubierto. Cualquiera que fuera la respuesta correcta, una parte de mí lo agradecía y otra, irónicamente, se lo reprochaba. En el fondo albergaba la extraña sensación de que mi hermano estaba debiéndome algo, no sabía exactamente qué, si atención, interés o simplemente empatía. Era genial no tener que lidiar con él, pero también resultaba profundamente decepcionante que, después de tantos años alejados, ni una pizca de curiosidad se asomara en sus pupilas. Claramente le importaba un carajo ¡y ya estaba!
—¡Oh, Tom! — Exclamé asqueado, aventando de nueva cuenta dentro de su desordenado cajón, un pequeño tubo de lubricante sabor fresa que fue lo primero que mis dedos alcanzaron a tomar al comenzar la investigación.
Sí, lo sabía, husmear en su habitación al primer momento de soledad que me daba, no era en absoluto una muestra de educación y buen comportamiento, pero sentía una enorme duda carcomiéndome, deseando saber en quién demonios se había convertido mi hermano gemelo en todo ese tiempo.
Con algo más de cuidado, revolví las cosas ahí dentro. Un par de publicaciones de playboy saltaron a la vista de inmediato, las cuales siquiera hice el intento por tocar, ya me imaginaba lo que hacían ahí en el cajón, junto a la cama, aunque no se necesitaba ser un genio para deducirlo tampoco. Más allá encontré una caja de condones a medio vaciar y un puñado de caramelos de colores que me hicieron sonreír. Tom amaba los caramelos, lo recordaba perfectamente y al parecer, eso no había cambiado en lo absoluto. Siempre solía esconderlos debajo de la almohada para que mamá no los descubriera y a media noche lo pillaba masticando a escondida, cuando pensaba que ya dormía. Así era Tom desde siempre, reservado, apreciando sus pequeños-grandes momentos de soledad, conservando inocentes secretos para si mismo, no importaba que fuéramos gemelos y que resultara casi imposible no saber todo el uno del otro, siempre se las arreglaba para atesorar aunque fuese una cosa, quizá como un símbolo de individualidad sin hacerle daño a nadie.
Su habitación no era la gran cosa, apenas una cama, un espejo a cuerpo completo junto a la ventana y un par de estuches de guitarra era lo que la ocupaban. No tenía idea de por cuanto tiempo Tom había estado ahí, pero por lo poco que podía darme cuenta, no parecía que fuera mucho, por el contrario, lucía exactamente como cuando acababas de mudarte, sin muchas cosas aún que abarrotaran los rincones, simplemente lo necesario.
El closet tampoco era espectacular después de todo, tenía mucho menos ropa de la que pensaba, la mayoría eran chamarras sin gracia y pantalones holgados, playeras con logotipos sencillos o incluso sin ellos. Era como una gran mancha negra y gris aburrida de mirar, ya me imaginaba de acomodar. Un montón de zapatillas deportivas estaban revueltas en el piso, sin cuidado alguno, junto con apenas un par de zapatos decentes y al fondo, otro estuche de guitarra empolvado que no relucía como los que esperaban afuera, por el contrario, seguramente era alguna guitarra vieja o rota que ya no tenía demasiada importancia para Tom, porque daba la sensación de que siquiera la tocaba ya.
—¿En serio Tom? ¿Es todo? —bufé decepcionado, cerrando el closet sin ánimos.
Era ridícula la cantidad de cosas que Tom poseía, incluso yo en el apartamento de Ancel, tenía el doble o incluso el triple de pertenencias ocupando la mitad del piso, mientras que mi hermano era una hoja en blanco, o al menos eso parecía indicar su apartamento. ¿Qué demonios iba a saber con tan poco material para investigar? Lo único que deducía de ello eran tres cosas. 1. Tom no tenía buen sentido de la moda. 2. Seguía gustándole la música, incluso cabía la posibilidad de que un poco más que cuando éramos niños y 3.Le encantaba tener sesiones de autodescubrimiento por las noches. ¡Eso era todo! Frustrante…
No había ni una foto, ni algún otro objeto que contara un poco acerca de él y lo que había estado haciendo en todos esos años lejos. Nada, era como una casa sin personalidad, sin historias, sin vida, plana y aburrida, como un cuarto de motel estándar, esperando a recibir al siguiente habitante que se quedara sólo un par de horas y saliera a la mañana siguiente de tomar una reconfortante siesta.
— ¡Mierda! —exclamé tan fuerte que seguro se escuchó mi alarido en el piso de abajo. Torpemente salí de debajo de la cama, sobándome la cabeza por el golpe que me había dado al brincar después de escuchar el teléfono sonar sin avisar. Con una horrible punzada en la coronilla, gatee hasta salir, desilusionado por no encontrar nada ahí abajo tampoco.
—“Hey, soy Tom, ahora no estoy en casa, deja tu mensaje y quizá, sólo quizás, responderé, saludos” —entró la contestadora en automático después de los tres primeros timbrazos.
Silencio fue lo primero que se escuchó al otro lado, antes de que un suspiro cargado de decepción quedara registrado en la contestadora.
—Tom comienzo a cansarme de este juego estúpido ¿de acuerdo? —la voz de una chica hizo su aparición al fin, con un dejo de frustración que daba un tanto de lástima—no respondes mis llamadas, en la tienda de música Gustav se ha encargado de cubrirte hábilmente y en el bar nadie sabe nada de ti, al menos podrías devolver alguno de mis mensajes ¿No lo crees? Si quieres terminar ¡De acuerdo! Pero tan sólo ten las agallas para decírmelo. No soy idiota, se que has estado saliendo con otras chicas a mis espaldas ¿Tan difícil es ser sincero?… —por un segundo hizo una pausa, seguramente esperando a que mi hermano levantara el teléfono y respondiera. ¿En verdad Tom era tan malo como para hacerle eso a una chica? Incluso yo sentía lástima de su discurso y por un momento estuve tentado a levantar la bocina fingiendo que era Tom, tan sólo para tranquilizarla un poco — ¡Maldición Tom, me enfermas!
El mensaje había terminado dramáticamente.
Sorprendido, me acerqué a la contestadora, un curioso 20 parpadeaba en la pequeña pantalla y casi podía asegurar que todos los mensajes pertenecían a la chica que acababa de llamar.
Por fin había encontrado la única cosa que podría darme al menos una pista de en quién demonios se había convertido mi hermano, aunque por desgracia la primera pista no sonaba alentadora en lo absoluto. ¿En verdad Tom era tan malo como los pronósticos indicaban?
—Tom, esperé por ti al menos 2 horas, jamás llegaste ¿Todo bien?… Creo que iré directo a casa, llama por favor. —se escuchó de nuevo la voz de la chica de hacia un momento en cuanto presioné el botón de “play” ansioso por descubrir más de la truculenta historia que parecían tener mi hermano y ella.
Curioso presioné “siguiente” haciendo que el número cambiara a 2 de inmediato.
—Tom ¿Estás en casa? Volví del trabajo y aún no has llamado ¿Está realmente todo en orden? Llama en cuanto puedas, te amo.
Un bip anunció el corte del mensaje antes de que iniciara el siguiente.
—Hola Tom —una voz acaramelada y muy diferente a la que había estado escuchando, me sorprendió en cuanto inició la siguiente grabación— sólo llamaba para agradecer los tragos de anoche, fue divertido, eres bienvenido cuando quieras volver, ya sabes la dirección… ¡Por cierto! Olvidaste tu sudadera en el sofá, dormiré con ella hasta que vengas a recogerla, estará a salvo, lo prometo.
Siguiente…
—Tom, los chicos del bar me dieron tu número, sólo quería saber si podré verte esta noche por ahí, ayer lo pasé muy bien, esta vez las cervezas van por mi cuenta ¿Qué dices? — Ella definitivamente no era ni la primera, ni la segunda chica, estaba seguro de que era una más, lo cual me provoco una mueca de desconcierto. ¿Mi hermano se había convertido en el gigoló de la ciudad acaso?
6…
—Sé que no quieres responder, no soy tonta como para no darme cuenta, tan sólo necesito que hablemos, que me expliques qué demonios es lo que sucedió con nosotros, hasta hace unos días pensé que teníamos la relación perfecta y ahora desapareciste de la nada ¿Hice algo mal? Por favor llama, arreglemos esto… sólo intentémoslo, ¿quieres? Te amo… en verdad lo hago.
7…
— ¡Hey Tom! Tu chica ha estado en la tienda de nuevo, se veía bastante desesperada por saber de ti, como me pediste, le dije que tenías unos días libres y que habías salido de la ciudad. No sé que está sucediendo entre ustedes, pero creo que deberías llamarla… —se detuvo por un momento y continuó — Como sea… te veré mañana en la tienda.
De inmediato pude reconocer que aquel mensaje era del extraño rubio que me había
atendido en la tienda un par de días antes.
—Tom, una chica que dijo ser “tu novia” parecía desesperada por encontrarte en el bar ¿Estás saliendo con alguien?… No importa, te espero en mi apartamento esta noche de nuevo, recuerda traer provisiones contigo.
Los mensajes 8,9,10,11 y 12 tuve que pasarlos cuando, aquella chica que suponía era la misma del bar, comenzó a dar detalles muy explícitos acerca de lo que le haría a mi hermano en cuanto llegara a su apartamento, suponía que era un tipo de “afrodisiaco” telefónico para incitarlo a llegar pronto, pero a mí me sonó demasiado vulgar como para atraerme en lo absoluto.
Sorprendido seguí escuchando los demás mensajes de chicas diferentes que lo invitaban a pasar más noches a su lado y que además, alagaban sus habilidades como amante, hasta que llegué al penúltimo mensaje, el número 19 que me erizó la piel en cuanto oí a alguien llorando al otro lado de la línea.
—Tom, no sé qué demonios hice mal, ni por qué estás haciéndome esto, pero te amo ¿Lo escuchas? Te amo demasiado como para pensar que esto haya terminado sin que me des la cara para aclararlo. ¿No decías amarme de la misma forma? ¿Qué fue lo que sucedió entonces? ¿Crees que será suficiente con esconderte de mí por siempre? ¿Eres un niño para jugar así conmigo?… yo —la voz se le quebró por un segundo gracias al llanto y las entrañas se me revolvieron de tan sólo escucharla de aquella forma —Yo te amo, no me hagas esto, te lo ruego…
No sabía su nombre, como lucía o si era una buena persona en realidad, pero de igual forma no podía dejar de sentir pena por ella y vergüenza por saber que mi propio hermano estaba haciéndola pasar un mal rato sin que pareciera tener razones suficientes. ¿Es que acaso Tom era un hijo de puta en toda la extensión de la palabra? Sabía que siempre, desde que tenía memoria, había tenido una especial debilidad por las chicas y ellas por él, pero no imaginaba que ese niño demasiado listillo para su edad, se hubiera terminado por convertir en un mounstro.
Tom siempre fue el mejor para las chicas y las salidas, aún lo recordaba, él era el macho alfa al que todas miraban al pasar por los pasillos y quién conseguía los números de cada una de las niñas lindas del colegio, mientras que yo tan sólo me limitaba a mirarlo conquistarlas a lo lejos, esperando para volver a casa después de clases. Ya se me había hecho una costumbre observarlo a escondidas, refugiándome entre el gimnasio y las enredaderas que eran una cortina natural que me permitía esconderme para espiar un poco.
Era extraño mirar a Tom con esa actitud de galán de televisión, tomándolas por la cintura como todo un experto, bajando apenas lo suficiente la mano como para tocar de vez en vez sus caderas, atrayéndolas suavemente a su lado para besarlas descaradamente.
La mayor parte del tiempo, cuando miraba a escondidas lo que mi hermano hacía, no tenía ninguna clase de sentimiento, por el contrario, trataba de aprender todo lo que era posible en la menor cantidad de tiempo. Casi como si fuera una clase, intentaba recordar los movimientos exactos que Tom hacía hasta llegar al tan esperando beso: Tomarlas de la mano, bromear haciéndolas reír un poco, llevarlas a un lugar alejado, juguetear con sus cabellos mientras te acercas lentamente, poner tus manos en su cintura y esperar a que sus brazos rodeen tu cuello, mirarlas a los ojos fijamente y entonces, después de hacer el primer contacto serio, acercarte lentamente hasta sus labios y trabajo terminado. Naturalmente el último de los pasos era el que más curiosidad y temor me provocaban, jamás había besado a nadie, a diferencia de Tom, yo era torpe, sin gracia y ninguna chica se acercaba por lo “diferente” que lucía y, aunque algunas de ellas había llegado a llamar mi atención, jamás lograba siquiera sacarles un poco de platica, así que imaginaba que llevarlas a un lugar apartado era casi como una aventura imposible que no estaba seguro de pudiera llegar a experimentar.
Algunas veces mientras los miraba besarse, me preguntaba como es que era esa sensación, sin pensarlo y en automático, me encontraba con los labios entreabiertos, repasándolos con la punta de mi lengua, imitando inconscientemente lo que veía hacer a Tom y su aparente maestría en el tema, como si el mirarlo hacerlo una y otra vez, pudiera transferirme la experiencia que él tenía para cuando llegara el momento en que yo tuviera que hacerlo también.
Las primeras veces una sensación extraña entre asco y repulsión me invadieron, era extraño ver como sus lenguas jugueteaban húmedamente en la boca del otro, como si quisieran comerse de forma salvaje y primitiva, pero poco a poco me di cuenta de que esa primera impresión iba cambiando con el paso del tiempo, transformándose en curiosidad y quizá, después de un tiempo, en un tanto de envidia, pero esa tarde supe que algo mucho más problemático que eso estaba a punto de llegar.
Fränze no era sólo una chica más, ella representaba la perfección dentro de todo el colegio, haciendo que fuera casi imposible no mirarla cuando caminaba por los pasillos con sus libros bajo el brazo, riendo angelicalmente junto con su pequeño círculo de amigas, mientras que su cabello dorado, atado en una coleta discreta, resplandecía a la menor provocación cuando los rayos de sol lo tocaban.
Sí, sabía que una chica como ella en automático estaba fuera del alcance de alguien como yo, el fenómeno de todo el pueblo, pero aún con ello, en el fondo deseaba poder sentir sus labios sobre los míos, que mi piel quedara impregnada con el suave aroma a cerezas que la acompañaba regularmente y que mis dedos se enredaran entre sus cabellos dorados. Tom había tenido a muchas chicas antes, para él todo era como un maratón de conquistas que no tenía final y sabía que Fränze al final de la semana, terminaría por ser sólo uno más de sus trofeos, agregándole varios puntos a su conteo final, pero para mí, para el siempre “perdedor Kaulitz” ella era diferente; yo no deseaba apuntar un nuevo tanto en mi historial de conquistas, por el contrario, en verdad quería pasar mi tiempo a su lado, para escucharla atentamente y derretirme con cada una de las sonrisas que pudiera robarle mientras estuviéramos juntos.
A mi hermano lo quería, por supuesto, mucho más que a mi propia vida, pero aún con ello, mientras lo miraba besándola, no podía dejar de pensar que no la merecía, que ella era demasiado especial y perfecta como para convertirla en una más de sus frívolas conquistas. Si tan sólo hubiera tenido el valor de salir de entre aquellas enredaderas, posiblemente habrá corrido hacia ellos para arrancarla de sus manos, protegiéndola, ahorrándole un corazón roto a la siguiente semana cuando él encontrara a alguna otra chica a la cual llevar a ese mismo lugar apartado.
—Pero miren que tenemos aquí, una nenaza fisgona eh, Kaulitz.
Los pequeños puños que se formaron en mis manos se soltaron al escuchar esa voz
ya familiar para mí.
—Es de mala educación espiar a tus mayores, ¿No te lo dijo tu mamá? —se burló aquel chico rubio que, aún cuando era al menos unos 5 cm más bajo que yo, me intimidaba al grado de hacerme temblar de pies a cabeza con su sola presencia.
—Pero si son gemelos, Wenzel —rió uno de aquellos idiotas que lo acompañaban, rodeándome lentamente, impidiéndome escapar.
—Oh, es verdad, a veces lo olvido, me parece increíble que una gallina como esta, sea la copia exacta de Tom Kaulitz. Dime Bill, ¿Tu mamá tuvo a un niño y una niña? ¿O es sólo que tu hermano tiene las bolas que a ti te faltaron?
Los cuatro rieron como si el comentario hubiera sido realmente divertido, aunque para mí no lo era en absoluto.
Intimidado, fui dando pequeños pasos hacia atrás, hasta que tope con las enredaderas detrás de mí, sin más espacio para poner distancia entre nosotros.
—Dinos “Billian” ¿Estabas espiando a tu hermano para aprender sus movimientos? —se acercó un poco más intimidándome —¿Con quién practicarías? ¿Con niñas? —un paso más —¿Creen que Kaulitz quiere practicar con niñas? —Volteó para mirar a sus cómplices, buscando su aprobación con una mirada malvada.
—Quiere practicar con niños, porque es marica —respondieron ellos muy satisfechos de sus palabras.
—Yo creo que sí, “Billian” quiere practicar con chicos y no con chicas —con fuerza tomó mi rostro haciéndome daño — ¿Quieres saber lo que se siente hacerlo, Kaulitz? —Dio un par de pasos más hacia mí, apenas los suficientes para acercarse tanto a mi rostro, que por un segundo pensé que rosaría mis labios lascivamente, obligándome a cerrar los ojos del miedo que me provocaba el sólo pensarlo.
“Wenzel, Wenzel” Escuché que todos coreaban emocionados, incitándolo a acercarse un poco más. De pronto, sin tener que abrir los ojos, pude saber que estaba a sólo un par de centímetros de mí, su respiración chocaba contra mi rostro erizándome la piel, provocándome terror. No podía creer que fuera a hacerlo, escuchaba a todos animándolo, pero una parte de mí sabía que era imposible que lo hiciera.
Tenía unas inmensas ganas de llorar, jamás había besado a nadie y Wenzel no figuraba en absoluto dentro de mi lista para experimentarlo.
— ¿Incluso cerraste los ojos, idiota? —Susurró en mi oído con disgusto — ¡Asqueroso marica!
Un fuerte dolor en el costado me hizo caer al suelo de rodillas al sentir que el aire se me había escapado por completo, aunque agradecía el no tener que levantar el rostro para mirarlos. Wenzel tomó mi cabello con fuerza obligándome a verlo desde abajo.
—Todos van a saber que quisiste besarme, desviado, esto va a convertirse en tu peor infierno. —escupió al suelo, apenas a unos centímetros de mi, denotando su desprecio.
Con lágrimas brotándome de los ojos, limpié mi rostro con el antebrazo, viendo como los cuatro se alejaban jugueteando entre ellos, echando de vez en cuando una mirada hacia atrás para seguir burlándose de mí a lo lejos.
Con dificultad me levanté del suelo, sabiendo que era inútil que llamara a Tom para que me ayudara, si ni siquiera mis lamentos habían logrado llamar su atención, era casi imposible que el ver mis ojos llenos de lágrimas lo distrajeran de lo que estaba haciendo en aquellos momentos con Fränze, la chica de ensueño.