Una Ultima Promesa 13

13 // silencios

En cuanto abrí la puerta del apartamento, me sorprendió encontrar a Tom saliendo de la cocina con un vaso de agua en la mano. Discreto miré la hora en el móvil, eran las 9 de la noche exactamente, un horario poco común para que mi hermano estuviera ahí. Habían pasado un par de semanas desde que estaba invadiendo su sofá y en todo aquel tiempo, no nos tomamos ni un minuto para hablar, parecía que, por casualidad o destino, nuestros horarios jamás coincidían, o probablemente era que inconscientemente no queríamos que lo hicieran. Por las mañanas lo escuchaba marcharse, aún envuelto entre las cobijas sobre el sofá y por las tardes cuando volvía de la editorial, encontraba el apartamento completamente solo, sin un alma que me recibiera. Había días en que Tom siquiera volvía durante toda la noche y cuando lo hacía, tan sólo me saludaba a lo lejos para después entrar en la habitación cerrando la puerta a su paso, sin que cruzáramos palabra alguna, como si de aquella forma, pudiéramos seguir ignorando la existencia del otro que. a veces, se tornaba tan incómoda.

Hola —saludé dejando sobre el cenicero al lado de la puerta, las llaves que de mala gana me había compartido y colgué mi abrigo en el perchero.

Tom levantó la vista hacia mí y sonrió de medio lado “saludando”, o al menos notándome, antes de sentarse en el comedor revisando algunos papeles que tenía en la mano.

«Tan expresivo como siempre» Pensé quitándome las botas con prisa para no dejar huellas por todo el apartamento, aunque a esas alturas me preguntaba sí, el hacer un poco de desastre, ayudaría para que mi hermano se fijara en mí por al menos un segundo, ¿acaso tenía que incendiar su apartamento para que me prestara un poco de atención? Quizá eso era un tanto extremista, pero en ese momento prefería que enfureciera en mí contra, a seguir sintiéndome completamente ignorado.

¿Volviste temprano de la tienda? —me atreví a preguntar poniéndome un par de pantuflas baratas que había comprado en el supermercado apenas unas noches atrás, cuando el andar descalzo por toda la casa, terminó por congelarme los pies.

ajam… —murmuró sin prestarme mucha atención.

Genial —me acerqué a la mesa sigilosamente, pretendiendo sentarme frente a él para entablar una conversación normal al menos. —¿Llevas mucho tiempo trabajando ahí?—tomé la silla al otro lado de donde se encontraba y me senté lentamente, como temiendo asustarlo.

Un tiempo, sí —siguió con la vista fija en lo que estaba leyendo, aunque sospechaba que en realidad no tenía nada interesante que revisar en aquellas facturas, tan sólo era una buena forma de ignorarme.

Oh, que interesante —suspiré comenzando a golpetear rítmicamente la mesa con la punta de los dedos, sin saber de que otra forma iniciar una conversación con él.

Tom me regaló una mirada por apenas unos segundos, denotando su fastidio, antes de beber casi la mitad del vaso de agua que había traído de la cocina, como si tuviera prisa por ocupar su boca para no tener que hablar conmigo.

Yo trabajo en una revista…—le sonreí amigable, para aliviar la tensión del silencio entre nosotros.

Oh…—murmuró asintiendo ligeramente sin apartar la vista del papel en sus manos.

Es de moda y tendencias, casi todo el tiempo es divertido…

Imagino que si… —respondió en automático sin interés alguno en lo que le decía.

Sí…¿sabes? Sólo soy un asistente por ahora, pero creo que pronto podría intentar algo más ahí, escribir quizás…

Pues suerte con eso. —dobló por fin el papel en cuatro y me sonrió a la fuerza, como intentando ser agradable, aunque no lo estaba consiguiendo del todo.

Alguna vez tuve un blog de moda en la red, ya sabes, cosas de adolescentes y eso, pero me gustaba, era increíble poder dar mi opinión, así que hacerlo en una revista de manera formal podría ser el siguiente paso ¿No lo crees?

Yo… no tengo idea Bill, esos temas no son mi fuerte, pero igual, espero que consigas… lo que sea que quieras conseguir con eso. —se levantó incómodo, rascando su brazo izquierdo, como siempre que se ponía nervioso con algo.

Gracias…—musité lastimeramente.

Desilusionado me dejé vencer sobre la mesa, mientras que Tom caminaba apresurado hacia su habitación, como ya parecía ser su costumbre para no tener que estar cerca de mi.

De acuerdo, lo aceptaba, nuestro primer intento de acercamiento había fracasado monumentalmente, pero al menos habíamos intercambiado un poco más de palabras que el saludo y eso ya era una gran ventaja. Tom no estaba preparado para hablar, de eso no me quedaba la menor duda, pero una parte de mi sabía que, si perseveraba, quizá en poco tiempo lograríamos establecer una comunicación un poco más eficaz.

¡Oye Tom! —grité lo suficientemente alto como para que lograra escucharme aún con la puerta cerrada de su habitación. —¿Qué tal si pedimos pizza para cenar? ¿No solía ser tu comida favorita de viernes en Magdeburg? Yo muero de hambre ¿Qué dices?

Ni un solo sonido escuché provenir de su habitación después de mi propuesta, temía que no hubiera escuchado, aunque para ser sinceros, incluso los vecinos de 3 pisos más arriba habrían podido escuchar fuerte y claro mis gritos.

Por fin la puerta de su habitación se abrió de golpe y no tardé mucho en verlo de nuevo en la estancia, con una chaqueta de cuero puesta y un cigarrillo en medio de los labios.

No Bill, mi cena favorita de viernes era la comida china, no la pizza —respondió apresurado —Como sea —suspiró tomando el estuche de guitarra que descansaba al lado de la puerta y me miró apenas por el rabillo del ojo—cenaré fuera de cualquier forma, deberías hacerlo mismo también.

Pero… —me incorporé de inmediato —pensé que podríamos cenar juntos y platicar un poco…

Ya tengo planes y no creo que vuelva hasta mañana, así que suerte.

Si no fuera porque aún tenía esperanza en que estuviera diciendo la verdad acerca de tener planes, temería que en realidad había salido corriendo por mi intento de “entablar comunicación” con él. No sé porqué tenía la sensación de que estaba huyendo de mí descaradamente, hiriendo lo poco que me quedaba de orgullo. Sí, estaba consiente de que solía ser mucho más parlanchín de lo necesario en algunas ocasiones, pero ¡vamos! No había visto a mi hermano gemelo durante tanto tiempo, que naturalmente tenía curiosidad ¿Acaso él no sentía un poco de ganas por hablar conmigo y preguntarme qué demonios sucedía en mi vida? Quizá la respuesta era un rotundo NO y eso dolía en serio. Tal parecía que estaba condenado a seguir investigando por mis propios medios acerca de su vida, como lo había hecho con los mensajes en la contestadora y las pocas cosas en su cajón. ¡Era tan frustrante!

De pronto el pequeño apartamento se inundó de silencio, uno pesado e incómodo, de aquellos que no me dejaban estar en paz con mis pensamientos y que traían a mi memoria todas aquellas cosas “malas” que hice en el pasado y que la vida parecía estar cobrándome con muchos intereses. Lo más curioso de todo era que, mientras buscaba a Tom, había rogado no encontrarlo y si lo encontraba, esperaba que nos estorbáramos lo menos posible para poder seguir cada uno con su camino, pero ahora, estando a su lado “sin estar realmente” me sentía más solo que nunca. Estaba experimentando ese tipo de soledad que pocas veces acudía, pero que dolía mucho más que ninguna, del tipo de soledad en que, no importa que alguien esté a tu lado, te sientes distante, lejano, vacío por dentro, incapaz de aliviar el silencio que ronda a tu alrededor. Así me sentía, compartía espacio con Tom, pero al final estábamos completamente solos, alejados por millones de kilómetros en el interior, imposibilitados para acercarnos el uno al otro.

Desganado, me eché hacia atrás en la silla y cerré los ojos sintiendo como el silencio me consumía lentamente, justo como aquella noche en el apartamento de Ancel en que había cometido una de las peores estupideces de toda mi vida, dejándome la sensación de vacío más profunda que jamás había experimentado antes.

7:53 pm

Hay una tormenta, Bill, ya cancelaron todos los vuelos a Berlín esta noche. No podré llegar como lo planeado.

7:54 pm

¿Te han dado hora para el siguiente vuelo?

7:54 pm

Dicen que quizá podremos salir por la mañana, por hoy tendremos que pasar la noche en un hotel cerca del aeropuerto.

7:55 pm

Así sucede a veces, no podemos controlar el tiempo ¿Cierto?

7:55 pm

No podemos, aunque desearía hacerlo ahora mismo. Te extraño demasiado.

7:56 pm

Volverás mañana, no te preocupes, aquí seguiré esperándote, no me iré a ningún lado Ancel, lo prometo.

7:57 pm

Más te vale, necesito abrazarte con urgencia, muero por estar a tu lado.

7:57 pm

Yo también te extraño.

7:58 pm

Te avisaré por la mañana si es que hemos podido salir de aquí. Te amo.

8:00 pm

Estaré esperando…

Releí una vez más la conversación que había tenido esa noche con Ancel, desde hacía horas no aparecía en línea y las llamadas se transferían al buzón en automático.

Ahí, en medio de la noche, abrazado a las sábanas como un autómata releyendo la conversación tan sin sabor que habíamos tenido, me sentía como un idiota. Sabía que el vuelo de Ancel no había sido cancelado esa noche, como él tan hábilmente trató de hacerme creer, Khris unos minutos antes de que enviara su justificación, me había confirmado que Ancel se encontraba ya en Berlín y que llamó para pedir el avance de los contenidos para la siguiente publicación, que había aterrizado perfectamente y estaba más gruñón que nunca.

No importaba las veces que le diera vueltas al asunto intentando encontrarle una justificación, no había una explicación coherente que me hiciera sentir más tranquilo. Estaba mintiéndome y eso dolía profundamente. Mi yo más inocente quería creer que lo hacía porque necesitaba un poco de tiempo a solas, lejos, ya que siempre le demandaba demasiada atención en cuanto cerrábamos la puerta del apartamento y podíamos ser completamente libres, pero la otra parte en mi interior, esa que siempre me atormentaba con los peores panoramas posibles, ya tenía una teoría malévola del porqué Ancel estaba evitándome, ganando unas cuantas horas de libertad confiado en que no me daría cuenta de su engaño.

Lo sabía, era un idiota por responder a su mentira fingiendo que le creía y que nada estaba sucediendo. También era un cobarde, por no enfrentarlo y por tener miedo, miedo de que una pequeña situación como esa llegara a arruinar todo lo que por tanto tiempo habíamos logrado construir. Sí, si me callaba sabía que estaba condenado a tener que guardar silencio en las siguientes ocasiones en que me mintiera descaradamente, porque no tendría derecho a reclamar, pero al menos en el fondo tenía la satisfacción de que ya estábamos a mano, o algo parecido.

El sonido de la regadera al fin había cesado, dejando de nuevo la habitación en completo silencio. Con rapidez, bloqueé el teléfono de nuevo y lo dejé sobre la mesilla de noche, antes de tallarme los ojos un poco para librarme de las lágrimas que se habían anegado en mis ojos al releer aquellos mensajes.

Pretendiendo parecer relajado, encendí el televisor con el volumen casi al mínimo, recargando la espalda contra la cabecera de la cama, abrazando mis piernas con fuerza.

¿Es tuyo? —Su voz suave y varonil, me obligaron a voltear a la vista hacia su dirección.

¿Qué?

El apartamento ¿Es tuyo? — preguntó aquel rubio del cuál a esas alturas no recordaba el nombre, tan sólo que lo había conocido esa noche en un bar no muy lejos del apartamento de Ancel, mientras intentaba despejar la mente.

Algo así —sonreí incómodo. Era extraño mirar a alguien más que no fuera Ancel, pasearse por la habitación con tan sólo una toalla atada a la cintura, invadiendo un espacio que no le correspondía, como si fuera su propio apartamento, completamente desinhibido.

Es impresionante —exclamó emocionado, admirando la vista que teníamos desde la habitación, dejando que la luz blanquecina de la luna delineara su figura perfecta y atlética, tan opuesta a la mía. —Debe de ser genial mirar un amanecer aquí —volteó la vista hacía mí de nuevo, como buscando mi aprobación. — ¿Qué hora es? —insistió.

Casi las 4…—miré de reojo el reloj con números blancos al lado de la cama, sabiendo perfectamente hacia donde quería ir con su pregunta.

No falta mucho para el amanecer…—bromeó simpático, caminando hacia la cama de nuevo, con una intención felina en la mirada, parecida a la de un predador en búsqueda de su presa. — ¿Qué dices si nos entretenemos un poco hasta que sea la puesta de sol… eh? —ronroneó subiendo a la cama con habilidad, gateando hasta donde yo estaba, alcanzándome sin esfuerzo, encontrando la forma de entrometerse entre mis cabellos para besar mi cuello lascivamente.

Creo que deberías volver a casa —respondí incómodo por su insinuación, tratando de sonar amable, pero sin ánimos reales de seguir su juego por unas horas más, alejándome sutilmente para que no pudiera alcanzar mis labios en su camino.

Aún es temprano ¿no lo crees?

Me encogí de hombros y tomé el control del televisor intentando evadir su mirada azulada sobre mí, carcomiéndome la moral, denotando lo poco dispuesto que estaba a corresponderle.

Claro, supongo que si es hora de irme —sonrió ampliamente antes de cumplir con su cometido de alcanzar mis labios para depositar un fugaz beso robado en ellos, como demostrando que al final si había ganado, aún cuando lo estaba corriendo de una forma muy poco discreta.

Hubiese sido todo un hipócrita si negara que aquel chico de proporciones perfectas y cabello rubio no me parecía endemoniadamente atractivo, de hecho era incluso difícil negarme a echarme de nuevo a sus brazos para besarlo apasionadamente, como habíamos hecho un par de horas antes sobre esa misma cama que noche a noche compartía con Ancel, pero había algo en mí que se había enfriado de repente, dándole paso a la peor sensación de culpa y arrepentimiento que experimenté antes. Sabía que Ancel estaba mintiéndome y de inicio aquella aventura me parecía completamente justa por lo que estaba haciéndome, pero ahí, en la soledad de la habitación mientras el intruso tomaba una ducha, una pesada carga de realidad me había caído encima, introduciendo en mi cabeza un sinfín más de justificaciones al comportamiento de Ancel, justificaciones que, además, no terminaban por señalarlo como culpable. ¿Y si tan sólo había sido una mentira piadosa? ¿Si en verdad Khris estaba confundido y Ancel aún no llegaba a Berlín? ¿Y sí quería darme una sorpresa? ¿Qué pasaba si llegaba de la nada al apartamento y me encontraba con aquel chico en su propia cama?

¿Y cómo es él?

¿Cómo? —Asustado de que hubiera escuchado mis pensamientos, lo miré confundido por la pregunta.

Pregunto qué ¿Cómo es él? —se abrochó los pantalones encogiéndose de hombros.

¿Quién? —tartamudeé incómodo.

Tu novio, ¿Cómo es? Debe de ser perfecto para estar con alguien como tú. —de nuevo su mirada me recorrió todo el cuerpo, deleitándose con lo que tenía al frente, como si quisiera saltar sobre mí para comerme completo.

Dolió escuchar la palabra “novio” salir de sus labios. ¿A quién pretendía engañar? ¿A aquel rubio que parecía totalmente cómodo con ser el chico de una noche y ya? ¿A mí acaso? ¿Pretendiendo que era completamente razonable y justo llevar al apartamento al primer desconocido que me había invitado un trago, tan sólo para “vengarme” de Ancel y su mentira? Era estúpido fingir que no había un “alguien” a mi lado, si seguramente mi rostro denotaba la enorme culpa que sentía por lo que acababa de pasar en esa habitación.

Él… —musité sintiéndome la peor persona en el mundo. —es normal, supongo —mentí sin ganas de regalarle un pedazo de mi intimidad, receloso siquiera de tener que compartir el recuerdo de Ancel con ese desconocido.

Vaya, esperaba un poco más de emoción de tu parte… ¿Normal? Wow… —rio más para sí mismo que conmigo, poniéndose la camiseta de algodón que había quedado tirada sobre la alfombra de la habitación y que tan bien le quedaba puesta.

Sin quitar la sonrisa socarrona de su rostro, volvió a sentarse en la orilla de la cama, poniéndose los zapatos con mucha calma, como tratando de conseguir tiempo para hablar más conmigo, necesitando de mi atención.

¿Volverá temprano? —Hizo contacto con mi mirada a través del espejo que estaba a lo largo de la pared frente a la cama — ¿Está de viaje?… —insistió, como si fuéramos grandes amigos.

No creo que debamos hablar de esto… —respondí con un dejo de molestia en la voz. Sabía que en el fondo el enojo no era en su contra, era conmigo por ser tan idiota y dejarme arrastrar por mis celos y las irracionales ganas de venganza.

He pasado por lo mismo, créeme, supongo que no somos los únicos, cuando las relaciones se desgastan, suceden cosas como las de esta noche, no te sientas tan culpable, puedes estar seguro de que él también lo ha pasado bien lejos de ti, nadie es perfecto.

Al fin había terminado de vestirse, acabando con mi agonía por echarlo del apartamento cuanto antes, como temiendo que Ancel pudiera entrar en cualquier momento encontrándome ahí con ese desconocido.

Es tarde… —presioné cuando se quedó frente al espejo sin quitarme la mirada de encima, como recordando lo que había pasado momentos antes entre los dos, sin dar indicios de querer marcharse pronto.

¿Sabes? —comenzó a buscar con la mirada algo frente al espejo, hasta que tomó con decisión uno de mis delineadores negros y quitó la tapa apresurado —si las cosas siguen siendo tan “maravillosas” con tu “novio perfecto”, puedes buscarme cuantas veces quieras, no tengo problema con irme así, incluso antes del amanecer — dibujó unos enormes números con color negro en el espejo. —Sólo llámame —terminó su obra firmando como “Kilian” junto a un insípido corazón.

Aún antes de que pudiera reaccionar, Kilian, como ahora sabía que era su nombre, se acercó a mí tomándome de la barbilla, para intentar besarme como despedida. De forma automática volteé el rostro impidiéndoselo, robándole una suave risa que enmascaraba su frustración por mi repentino comportamiento frío hacía él.

No te molestes en acompañarme, recuerdo por dónde es la salida — espetó sarcástico antes de tomar mi rostro entre sus manos para besar mi frente y olfatear lascivamente mi cabello, como intentando arrancar así, un poco de mi esencia para guardarla como recuerdo de aquella noche.

Al escuchar la puerta cerrarse, no pude evitar soltarme a llorar. Estaba asqueado conmigo mismo, por mi debilidad y por las ideas estúpidas que me habían hecho actuar de aquella forma esa noche. La rabia y frustración recorrían todo mi sistema, haciéndome temblar ligeramente. ¿Qué le había hecho a Ancel? ¿Por qué actuaba de aquella forma tan cobarde?

Con dedos temblorosos busqué el móvil a mi lado y reabrí la conversación que había tenido con él horas antes de mi estúpida idea de salir a aquel bar. Las lágrimas me impedían ver claramente el teclado, pero aún con ello hice mi mejor esfuerzo por escribir.

4:15 am

Vuelve pronto, te extraño demasiado, me haces falta. Te amo.

Con los ojos nublados, vi de nuevo el número de color negro que estaba escrito sobre el espejo y me sentí más sucio que jamás. Rabioso, arranqué la lámpara de noche que descansaba al lado de la cama, y la lancé con fuerza contra el espejo, deseando que esa marca desapareciera sin dejar rastro, como si aquello fuera a borrar las caricias y besos que aún sentía recorrerme la piel, tan lentamente, que dolía.

 

Ahí estaba yo, completamente solo de nuevo, desmoronándome a pedazos al igual que el espejo que tenía enfrente, roto y avergonzado, sintiéndome más culpable que nunca por lo que había hecho.

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