14// La culpa tiene forma de diamante
Para cuando abrí los ojos ya pasaba de media tarde y la luz que entraba a través de los cristales ya no era tan fuerte como solía serlo por las mañanas. Confundido me incorporé, quitándome el cabello desordenado que me caía sobre los ojos para poder ver claramente la hora en el reloj; eran las 5 menos 15 y por el silencio sepulcral a mí alrededor, deducía que aún me encontraba en completa soledad. Echando una mirada alrededor, confirmé que todo seguía en el mismo sitio donde lo había dejado; mi ropa tirada en el piso y sobre una de las lámparas, los suaves cojines de plumas a un lado de la puerta y el espejo frente a mí, hecho trizas… sí tal y como lo recordaba.
Sin ánimos volví a acostarme, extendiendo los brazos a todo lo largo con la mirada perdida en el techo, derrotado y sin la menor intención de moverme y es que no importaba las horas que hubiera dormido, me sentía igual de cansado que la noche anterior, probablemente por todo el rato que había pasado pensando en lo sucedido y en el cómo podría ser capaz de ver a Ancel de nuevo a la cara, sobre todo, después de haber llevado a aquel chico a su apartamento para acostarnos en su propia cama, sin que tuviera una mínima sospecha de mi comportamiento.
Un tintineo suave llegó hasta mis oídos haciendo que mi corazón diera un vuelco al oírlo, era mi teléfono y no estaba seguro de querer mirarlo. Sin moverme un centímetro, lo observé en silencio, notando como el pequeño led al frente cambiaba de color, de blanco a rosado y al final a un rojo intenso, mientras que vibraba insistentemente haciendo un sonido seco contra la madera. Nervioso lo tomé por fin, rogando en silencio por no haberme perdido de alguna llamada o mensaje importante mientras dormía profundamente, sin que nada, siquiera su sonido, lograra despertarme. 15 notificaciones saltaron sobre la pantalla al instante de desbloquearlo. 12 eran llamadas perdidas y mensajes de Ancel y 3 más de Georg.
Primero miré los mensajes de Georg, no tenía el valor para comenzar la mañana leyendo lo que Ancel había enviado.
11:15 am
Bill, ¿Está bien? Anoche te escuchabas bastante alterado cuando llamaste, dime que no hiciste una tontería, no devolviste la llamada como prometiste, ¿Qué sucedió?
11:20 am
Como sea, llama cuando despiertes, ¿De acuerdo?
1 llamada perdida de su parte y era todo.
Temeroso respiré profundo antes de seguir a la conversación que había quedado a medias la noche anterior con Ancel y lo primero que pude ver fue una foto que me había enviado donde se le veía el cabello recién lavado y una toalla atada a la cintura, mientras sonreía tiernamente frente al espejo. No tuve que meditarlo mucho, era seguro que esa fotografía la había tomado en la habitación del hotel unas cuantas horas antes, contraponiéndose con la historia de Khris de que el vuelo de Ancel había aterrizado en Berlín la noche anterior, haciéndome sentir aún más culpable… si es que cabía la posibilidad.
8:20 am
¡Buenos días precioso! ¡Tengo muy buenas noticias! Al fin podré tomar un nuevo vuelo a Berlín, si todo va como lo esperado, saldré antes de las 11.
8:50 am
Bill, ¿Estás dormido?…
8:53 am
Supongo que sí, llama cuando hayas despertado. Te amo.
9:28 am
¡¡¡Te extraño, te extraño, te extraño, te extraño, te extraño, te extrañoooooo!!!
9:29 am
¡¡¡Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amoooooooooooooo!!!
9:30 am
Bill, ¿Sabías que recorrí todo Milán, Roma, París y Madrid y no encontré a una criatura tan perfecta como tú? ¿Acaso eres único en el mundo, muchachito? Demasiado hermoso para ser real ¿Te lo habían dicho antes?
9:30 am
¿Quién te dio el derecho para ser tan lindo? ¿Eh? Podría ser considerado contra la ley ser tan bien parecido… ¿Lo has pensado alguna vez?
9:52am
Bill, ¿Caíste en coma acaso?… ¡Hey, estoy esperando tu llamada! ¿A que maldita hora te dormiste ayer?… ¡¡¡¡Despierta!!!! ¡Te extraño! :’(
10:30 am
Mmmmmm….
¡Mayday, Mayday! ¿Hay alguien ahí?
Tierra llamando a Kaulitz, Tierra llamando a Kaulitz…
10:38 am
Despierta dormilón, estoy a punto de abordar y quiero escuchar tu voz antes de subir al avión. Te necesito…
Ese era el último mensaje, después de ello había llamado un par de veces sin éxito, teniendo que abordar sin poder saber de mí, ni escuchar mi voz.
Era la peor persona del mundo, lo sabía y me dolía profundamente.
¿Qué justificación le daría en cuanto llegara de nuevo? ¿Cómo tendría el valor de lanzarme a sus brazos cariñosamente, como siempre que volvía de un largo viaje, para llenarle de besos el rostro? ¿Cómo, si es que me sentía tan mal conmigo mismo?
—Luces terrible —me dije a mí mismo alcanzando a mirar mi reflejo en lo que quedaba del espejo roto frente a la cama. Mi cabello estaba revuelto, opaco y sin vida, al igual que mi piel pálida, mientras que unas notables ojeras debajo de mis ojos, me daban un aspecto cansado y deprimente; definitivamente debía cubrirlas con maquillaje antes de que Ancel llegara y comenzara a sospechar que no había dormido en toda la noche.
Cuando al fin el agua tibia resbaló por mi cabello humedeciéndolo, cerré los ojos en automático apenas por un momento; no quería pensar, sólo deseaba desaparecer junto al agua que descendía por mi cuerpo lentamente, hasta perderme lejos de ahí.
No sé exactamente cuántas veces pasé la pequeña esponja de baño por mi cuerpo, presionando con mucha más fuerza de lo regular en un vano intento por quitar ese aroma dulzón que Kilian había dejado impregnado en mi piel. De pronto noté que sentía nauseas, quizás era por la migraña y la falta de comida, o tal vez, sólo tal vez, por el asco que me daba el recordar lo que había sucedido la noche anterior, tan vívidamente que casi sentía sus labios recorriéndome de nuevo con ansiedad, devorándome como un lobo hambriento. ¡Maldición! ¿Cómo era que se quitaba el rastro de los besos ajenos? Necesitaba que alguien me lo explicara, porque sentía que, incuso cuando estaba haciéndome daño pasando aquella esponja con rabia sobre mí cuerpo, ¿Acaso Ancel aún sería capaz de notar sus labios en mi piel, como indiscretas marcas que evidenciarían lo que había estado haciendo en su ausencia? No sé por cuanto tiempo me mantuve así, lavando mi piel, mi cabello y cada una de las partes de mi cuerpo obsesivamente, temiendo que cualquier rastro de mi aventura estuviera escapándoseme, con los nervios de punta por ser descubierto.
— ¿Bill, estás en casa? —la inconfundible voz de Ancel inundó el apartamento completo en cuanto se escuchó la puerta abrirse.
La luz afuera ya había menguado y la obscuridad poco a poco iba cubriendo el cielo en su totalidad. Nervioso miré la hora en el reloj, había tardado demasiado en la ducha, apenas restándome tiempo para arreglarme un poco y ordenar la habitación, y Ancel justamente volvía cuando echaba en una bolsa de basura de los cientos de fragmentos en que había quedado reducido el enorme espejo de la habitación.
No pude responder aunque quise hacerlo, un inmenso nudo se había hecho en mi garganta impidiéndome darle la bienvenida.
«Que no note nada raro, que no note nada raro» me exigí en silencio siguiendo con mi tarea minuciosamente, conteniendo las enormes ganas de llorar que sentía de repente al oírlo de nuevo, rogando para que no notara lo acuosos que se me habían puesto los ojos.
— ¡Bill!—suspiró aliviado al entrar casi corriendo a la habitación— ¿Por qué no respondes? ¿No me oíste llegar? —reclamó sonriendo por ver que me encontraba en casa, aunque su sonrisa se esfumó y una mueca de preocupación inundó su rostro en cuanto me notó de rodillas, con una enorme bolsa de basura en la mano derecha y los cientos de pedazos de vidrio regados por todo el piso. — ¿Qué sucedió? —Se apresuró a ponerse a mi lado, anonadado por el desastre.
—Nada —murmuré incómodo, sin poder levantar la mirada, siguiendo con mi tarea de forma casi robótica.
— ¿Cómo que nada? —tomó mi mano decidido a hacerme parar, para que le explicara adecuadamente porqué el costoso espejo que abarcaba casi toda la pared, ahora estaba hecho trizas sobre el suelo.
— Sólo fue un accidente —expliqué escuetamente sin saber qué más podía decir, deslizando mi mano suavemente entre sus dedos para seguir limpiando.
—Vamos, yo limpiaré este desastre…
—No, está bien, yo lo hago —avergonzado me negué de inmediato, sin detenerme.
—No, deja ahí, no quiero que te lastimes —decidido tomó el otro extremo del pedazo de vidrio que tenía entre los dedos.
—Puedo hacerlo, Ancel, no te preocupes, no voy a lastimarme.
— ¡Bill, basta! —gruñó halando con demasiada fuerza del otro extremo del vidrio obligándome a soltarlo, logrando que el afilado borde cortara mi piel profundamente.
Ni siquiera sentí dolor en ese momento, sólo vi como un obscuro hilo de sangre resbalaba por mis dedos hasta caer sobre la alfombra de color blanco, la cual me quedé mirando mientras la mancha carmesí se extendía lentamente entre las fibras.
—Bill, perdón —asustado, Ancel tomó mi mano con fuerza presionando la herida para evitar que más sangre cayera —No quería hacerte daño, lo siento tanto.
Rápidamente rodeó mi cintura con su brazo, levantándome del piso para llevarme hacia el baño, poniendo mi mano debajo del chorro del agua fría.
—Bill, tenemos que ir al hospital —escuché su voz con un tono de genuino miedo, como si estuviera a punto de morir desangrado por una herida de bala o algo similar, en lugar de tener sólo una insignificante herida en la mano.
—Tranquilo, no es tan grave —murmuré sin sentir dolor aún, tan sólo veía como la sangre se diluía con el agua, mientras notaba lo cálidas que eran las manos de Ancel presionando la herida.
—Es profunda…
—Estaré bien —curvé mis labios en una sonrisa tristona intentando tranquilizarlo; estaba exagerando como siempre, lo sabía.
Cuando al fin la sangre paró y Ancel se aseguró de que no moriría entre sus brazos, me tomó cuidadosamente para llevarme hasta la orilla de la cama, sacando el pequeño botiquín que tenía en casa.
—Te dije que yo recogería el desastre—murmuró por lo bajo. No estaba molesto, más bien podía notarse lo culpable que se sentía por lo que había sucedido.
—Descuida… —respondí apenas, mirándolo de rodillas frente a mí, poniendo aquella venda en mi mano para asegurarse de que la herida no volviera a sangrar, con el mayor cuidado que alguien podría poner para no lastimarme.
— ¿Te duele? —levantó por fin la mirada buscando la mía.
—Casi no—mentí con descaro porque sí, dolía y mucho, aunque no era la herida precisamente lo que me molestaba, más bien se trataba de mi corazón comprimiéndose al verlo ahí, de rodillas frente a mí, tomando mi mano tan dulcemente para curarla, cuidándome con tanta dedicación y ternura aún después de lo que le había hecho sin que lo supiera.
—Lo único que yo quería era verte sonreír al verme llegar y mírame ¡Que torpe fui, terminé por romperte! —suspiró depositando un cálido beso sobre el vendaje que cubría mi mano, para después dar uno más en mi muñeca y así, hasta subir por mi brazo rozando dulcemente mi piel en su camino, con tanto amor, que fue imposible impedir que mis ojos se llenaran de lágrimas, mientras mis dedos se enredaban entre sus cabellos —Pero, ¿Vas a estar bien ahora, cierto? —preguntó tomándome del rostro.
Sin poder decir una palabra asentí mordiendo mi labio inferior, conteniéndome para no soltarme a llorar ahí mismo, lo cual comenzaba a ser más complicado de lo que había imaginado.
—Hey —se acercó un poco más—Perdóname ¿Quieres?
Nuestros labios colisionaron por fin, después de dos largas semanas en que había estado lejos. Se sentía tan bien volver a besarlo después de tanta angustia, que por al menos un segundo, pude olvidarme de la sensación de vacío que no había abandonado a mi pecho durante lo que llevaba del día. Aquello de lo que tanto miedo había tenido, era imposible que ocurriera. Ancel estaba besándome como siempre, con la misma ternura que lo recordaba, sin notar algo diferente en mí, tan sólo amándome, sin ningún cambio que me hiciera temer en silencio.
—Oye…casi lo olvido, traje algo para ti —susurró alejándose lentamente de mis labios, disfrutando de hasta el último segundo cerca.
— ¿Para mí? —respondí en un suspiro, negándome a separarme de sus labios, no después de esperar tanto.
— ¿Quieres verlo? —sonrió al notar que no quería alejarme de él.
Con un beso en la frente me obligó a detenerme, para ir a buscar aquel obsequio que decía tener para mí, dejándome de nueva con la mirada gacha a la orilla de la cama.
Cuando regresó, pude ver entre sus manos una pequeña caja negra con un bonito moño color plata.
—En cuanto lo vi en Milán, Bill, supe que estaba hecho para ti—tiró del codón para abrir la caja, dejando ver un hermoso brazalete con 5 pequeños diamantes reluciendo al frente, brillando intensamente como si contuvieran luz propia. —lo hice grabar con tu nombre, así que es muy especial —tomó mi mano para ponerlo sobre mi muñeca delicadamente. Era verdad, parecía hecho sólo para mi, ya que ajustaba perfectamente.
Me quedé sin palabras al mirarlo, parecía demasiado costoso como para ser algo que yo pudiera comprar, ni siquiera trabajando horas extras en la editorial. El diseño era simplemente maravilloso, delicado y perfecto, si no me equivocaba era una pieza de diseñador muy exclusiva y además, llevaba mi nombre grabado al interior, dándole un dueño irrevocable.
—¿Te gusta? —buscó mi aprobación a tan generoso detalle de su parte, como si fuera posible que llegara a rechazarlo.
¿Cómo no iba a gustarme? Era exactamente ese el tipo de cosas que me gustaban y de las que parecía, él siempre prestaba atención para no dejarlo pasar.
¿Acaso podía sentirme peor que en aquellos momentos? Mientras yo la noche anterior había llevado a su propia habitación a un completo desconocido para tirármelo en su cama, él había estado pensando en mí, comprándome un hermoso presente para recordarme lo importante que era y lo mucho que le importaba. No, no merecía que tuviera aquel tipo de detalles conmigo, que me besara de aquella forma, y que incluso con lo mal que me había comportado, estuviera ahí mismo regalándome un hermoso brazalete de no sé cuantos cientos de Euros, sólo para decirme lo mucho que me había estado extrañando en aquellas dos semanas lejos.
Me odiaba…
—¡Hey! Pero, ¿Por qué lloras? —levantó mi rostro mirándome como si no fuera yo quien estuviera delante de él, sino un pequeño niño avergonzado. — ¿Qué sucede?
—Es que, te extrañé tanto… —me eché a sus brazos de nuevo para esconder mi rostro, avergonzado por no poder decirle la verdad del porqué lloraba, con las lágrimas cargadas de arrepentimiento y frustración cayéndome por las mejillas.
—Yo también te extrañe, Bill, pero ya estamos juntos ¿No es cierto? —besó mi mejilla una docena de veces para consolarme. —¡Vamos, anímate! Estoy aquí —me abrazó con fuerza reconfortándome, acariciando mi cabello lentamente— además, te traje este hermoso brazalete para sacarte una sonrisa, no lágrimas ¿Acaso no te gustó?
—¿Qué dices? Pero si es precioso —acepté enjuagándome las lágrimas con el antebrazo, sabiendo que no era bueno ponerme de aquella forma frente a él, al menos si no quería que sospechara que había algo mal más allá de mi mentira. —pero no debiste…
— Claro que sí, te lo debía por soportar todas mis ausencias sin reclamar nada—dijo emocionado, creyendo ciegamente que mis lágrimas eran de felicidad y no provocadas por un amargo cargo de conciencia. —así que prométeme algo, no vas a quitártelo jamás, ¿Lo prometes?
—Te lo prometo—asentí hundiendo mi rostro en su pecho, escabulléndome de nuevo entre sus brazos.
Si en algún momento me sentí más en deuda con alguien, definitivamente fue en aquella ocasión. Sí, quizás había hecho algo terrible, pero estaba decidido a no arruinarlo de nuevo, no importaba lo mucho que me costara en el futuro…
Nervioso, seguí caminando alrededor de aquella lujosa joyería no muy lejos de donde se ubicaba el apartamento de Ancel. Después de mi fallida conversación con Tom apenas unas noches atrás, había fisgoneado un poco en las facturas que había dejado sobre la mesa; era más que claro que necesitaba aportar algo de dinero por su solidaridad conmigo, si no es que quería que me odiara incluso un poco más de lo que lo hacía y al menos aquel mes, mi sueldo no sería suficiente para colaborar activamente en su economía.
—Bill, ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? Quiero decir, ese brazalete no es cualquier baratija que puedas malbaratarlo al mejor postor, es bastante costoso—dijo Georg apresurado. No podía ver su expresión, pero incluso a través del teléfono, notaba ese tono preocupado que utilizaba cada que escuchaba atentamente algún plan idiota de mi parte.
—No estoy malbaratándolo, Georg, ahora mismo están examinándolo para hacerme una increíble oferta, lo sé—le eché el ojo a un bonito collar de perlas que sobresalía de entre las demás joyas en el aparador, inclinándome ligeramente para ver el precio que tenía. Incómodo arrugué la nariz al distinguir su precio por fin; por desgracia era demasiado costoso como para estar a mi alcance. —Además, no es la primera vez que me piden que considere venderlo — me encogí de hombros tocando mi muñeca, justo en el lugar vacío que antes ocupaba el brazalete al que tan acostumbrado estaba a llevar y que ahora analizaban en una sala posterior de la tienda para confirmar su autenticidad.
Conocía muy bien aquella exclusiva joyería donde Ancel y yo solíamos merodear cuando salíamos a dar un paseo tranquilo, en donde incluso más de una vez, había terminado por comprarme alguna joya que llamara mi atención, sin que se lo pidiera expresamente. Y no exageraba, era completamente cierto que el encargado, al menos un par de veces, se había acercado a nosotros para mirar el brazalete ofreciéndose amablemente a comprarlo, si es que algún día pensaba ponerlo en venta. ¡Vaya ironía! En aquellas ocasiones tan sólo había sonreído amablemente, sin que pudiera existir una mínima posibilidad de querer venderlo, imaginando que lo llevaría por el resto de mi vida en la mano derecha, como símbolo del amor verdadero que Ancel y yo nos teníamos y ahora esperaba paciente a que hicieran una grandiosa oferta para venderlo, aún con todo lo que había representado.
—Tan sólo creo que deberías tomarte unos días para pensarlo tranquilamente y sin prisa antes de hacer una tontería.—agregó Georg tratando de convencerme.
—No tengo mucho tiempo para meditarlo, la matrícula no se pagara sola, definitivamente necesito el dinero, pronto comenzarán las clases.
—Bill, ¿El verdadero problema es el dinero, o que te recuerda a Ancel?
—Ancel es el menor de mis problemas ahora —mentí intentando sonar convincente aunque no engañaba a nadie. Sí, tenía la razón, el pretexto más grande que había encontrado para ir a esa tienda, además de mi legítima necesidad de efectivo, era lo que ese brazalete representaba.
—De acuerdo, si crees que es una buena idea venderlo, hazlo, sólo espero que no te arrepientas en el futuro, tú amas ese brazalete más que a tu vida, ¿Podrás seguir tan tranquilo cuando no lo tengas?
—Amaba a Ancel con toda mi vida también y mírame, he sobrevivido sin él hasta ahora… —suspiré sin detener mis pasos lentos llevándome a lo largo de la espectacular vitrina que custodiaba la costosa y elegante variedad de piezas en la tienda.
—ay Bill… —musitó Georg cansino. Sí, imaginaba que no le parecía en lo absoluto la mejor decisión, pero de igual forma accedía a mis tontas ideas.
—Oh no, ¡maldición! —me encogí de repente en cuanto vi, a través del cristal, a Ancel haciendo su aparición triunfal en la joyería. ¿Es que acaso era un imán de problemas, o sólo me perseguía la mala suerte?
—¿Qué sucede?
—Es Ancel —respondí casi murmurando, dándome la vuelta de inmediato como si eso fuera a servir para que no notara que estaba ahí, a unos metros de él.
—¿Ancel? ¿Qué demonios hace ahí? ¿Estás bromeando?
—No, no bromeo, ¡Demonios! ¿Acaso está siguiéndome?
—¿Te miró? ¿Se dio cuenta de que estás ahí?
—No lo sé, no lo sé, creo que no —gruñí, deseando más que nunca que la tierra me tragara y me escupiera en cualquier otro lugar que no fuera aquel. Nervioso seguí con mi vista su reflejo en la vitrina, ayudándome a conocer su dirección exacta. Por suerte, ya había pasado detrás de mí sin notarme, lo cual, suponía, era una buena señal, aún podía escabullirme entre las vitrinas hasta la salida. Estaba a punto de huir cuando una pequeña alarma se encendió en mi cerebro —¡El brazalete! — Exclamé más fuerte de lo que debía, recordando que aún estaban valorando mi brazalete en la parte trasera de la tienda.
Claramente pude ver cuando Ancel se detuvo en su camino hacia el mostrador principal, y volteó la mirada hacia donde había provenido aquel indiscreto grito de mi parte.
En cuanto sentí su mirada intentando reconocer de quién se trataba, me congelé por completo, quizá si no respiraba, podría pensar que era sólo un maniquí de la tienda… lo cuál, por supuesto, ni en mil años sucedería.
—¿Bill?— se dirigió a mi confundido, acercándose y poniéndome mil veces más nervioso de lo que ya estaba con todo el asunto del brazalete.
—¿Bill, que pasa? ¿Qué sucedió con el brazalete? ¿Todo está bien? —atropelló las palabras Georg, al no escucharme más.
—Te llamaré después, Georg… si es que sobrevivo —respondí antes de colgar la llamada, con un enorme hueco en el estómago por haber sido descubierto.
La sonrisa dulce y genuina que apareció en los labios de Ancel al encontrarme ahí, terminó por hacerme sentir un tanto culpable de la razón por la que estaba en aquella joyería. Nervioso di la vuelta para encararlo, sin muchos ánimos por comenzar una charla, pero aún así dispuesto a interactuar con él.
—¿Qué te trae por aquí? Quiero decir…Podría haber imaginado que nos cruzaríamos en el camino en cientos de lugares, menos en este. —dijo primero, antes de que siquiera yo pudiera decir algo.
—Bueno, las coincidencias existen —respondí intentando ser hostil, aunque su mirada y sonrisa sinceras me impedían hacerlo con éxito.
—Pues entonces debo aceptar que esta es una de las coincidencias más lindas que me han sucedido en semanas.
—Me encantaría poder decir lo mismo —solté en automático, notando como mi estómago se comprimía con tan sólo decirlo, porque sí, no esperaba que fuera justamente ahí donde tuviera que encontrármelo de nuevo, pero debía aceptar que una parte de mí oculta y muy en el fondo, saltaba de emoción por poder verlo tan sorpresivamente fuera de las miradas curiosas de todos en la editorial.
Ancel sonrió de medio lado, incómodo por mi comentario tan directo, pero sin intención alguna de retroceder aún con mi comportamiento infantil.
—Recuerdo perfectamente que este era tu lugar favorito para dar un paseo, te encantan las cosas brillantes, no puedes evitarlo… ¿viniste a mirar un poco, como antes?
—Algo así…—mentí— ¿Y tú? ¿Querías recordar los viejos tiempos también? …¡Oh no, ya sé! ¿Viniste a comprar los anillos para tu próxima boda? —bromeé malintencionado, sabiendo exactamente cuál era últimamente su punto más débil.
La forma en que la comisura de sus labios se tensó, me dio una idea de que quizá, había atinado desafortunadamente con mi sospecha. Ancel no estaba ahí precisamente para mirar un poco y recordar viejos tiempos, era probable que detrás de su visita hubiera otra intención, al igual que yo la tenía.
—Que descaro —bufé incrédulo —No pensé que vendrías precisamente aquí, donde tú y yo pasamos tantos buenos momentos —reí sarcástico, conteniendo la rabia que sentía por dentro.
—No creo que este sea el lugar para una escena como esta… —me rogó mirando discretamente hacia los lados, temiendo que alguien pudiera estarnos escuchando, aunque estábamos solos, sin una sola alma que atestiguara el momento.
—Tranquilo, no voy a hacer un escándalo, si es lo que piensas, a estas alturas ya tengo muy en claro que lo nuestro no fue precisamente relevante ¿Porqué debería importarte la veces que venimos aquí juntos, cierto? Además, este es un lugar increíble para buscar un par de argollas, no te culpo por tu decisión, así que suerte con tu compra… —con altanería di la vuelta decidido a apartarme, intentando parecer desinteresado, aunque en el fondo sentía como estaba pulverizándose aún más lo poco que quedaba de mi corazón ya ya hecho trizas.
—Bill por favor —alcanzó a tomarme del brazo impidiéndome dar un paso lejos.
De inmediato volteé y pude notar como su vista se mantuvo fija en mi muñeca desnuda, esa donde regularmente llevaba casi como una costumbre, el costoso brazalete que me había obsequiado.
No tuvo que decir demasiado, su expresión confundida me podía confirmar que había notado la ausencia de la finísima joya que rara vez me quitaba. Incómodo me zafé de su agarre, con las piernas comenzando a temblarme como un par de bloques de gelatina.
Fue un verdadero alivio el escuchar los pasos de alguien más en la tienda acercándose detrás del mostrador. Agradeciendo en silencio, me acerqué apresuradamente hasta la parte trasera con Ancel pisándome los talones; sabía que era a mí a quien buscaba el encargado, ya que entre las manos llevaba mi brazalete sin poder dejar de mirarlo.
—Definitivamente es una hermosa pieza, señor Kaulitz, me alegra que decidiera venir aquí como primera opción—alzó la vista por fin mirándonos confundido en cuanto notó la presencia de Ancel detrás de mí, prestando total atención a lo que aquel sujeto comenzaba a decirme, sospechando por supuesto a donde iba todo aquello.
Estaba seguro de que aquel hombre nos recordaba, ya que solíamos ir ahí frecuentemente.
—No podría haber sido diferente —respondí apenas, notando la respiración furibunda de Ancel chocando contra mi oído de forma molesta.
— Como sospechábamos, tiene 5 diamantes de corte redondo auténticos. —puso sobre el mostrador mi brazalete, sin poder quitarle la vista de encima, con una amplia sonrisa en el rostro que auguraba buenas noticias — y por supuesto que estamos interesados en comprarlo —sonrió.
De inmediato sentí como Ancel se tensaba al escuchar la verdadera razón por la que estaba ahí, siendo aún más ruidosa su respiración en mi oído.
—¿A eso viniste Bill, a venderlo? —me reprochó sin poder contenerse, sorprendido por su descubrimiento.
El encargado de la tienda pasó su mirada hacia Ancel de forma curiosa, imaginando el espectáculo que estábamos a punto de armar ahí mismo frente a él, una verdadera escena de telenovela en la vida real.
Fingiendo no haber escuchado su pregunta, volví a sonreírle al encargado, sintiendo la vergüenza comenzando a subirme por el cuerpo, rogando para que Ancel no convirtiera aquello en toda una escena de “marido y mujer” que claramente ya no nos quedaba bien.
—¿Sólo ibas a venderlo sin decirme nada? ¿Eh, Bill?—insistió omitiendo triunfalmente el hecho de que no nos encontrábamos solos y que había un hombre mirándonos como si fuéramos la atracción más novedosa de la ciudad, sin parpadear siquiera.
—Fue un regalo, ahora puedo hacer lo que quiera con el —respondí entre dientes incómodo.
—Bill, no hagas esto…
Delicadamente me moví un par de pasos hacia la izquierda, alejándome de Ancel para dejar de escuchar sus suplicas en mi oído torturándome.
—Es maravilloso que estén interesados—continué incómodo —¿Y… cuál sería su oferta final? —pregunté ansioso por saber y largarme de ahí cuanto antes.
—Bueno, no todos los días llegan joyas como esta, así que, estamos en disposición de ofrecerle 500 Euros por ella.
—¡¿500 euros solamente?! —exclamé impresionado por lo baja que era la oferta después de haber soñado con una cantidad al menos del triple de lo que ofrecían—Bueno yo pensé que podría ser un poco más alto el precio, quiero decir, son 5 diamantes auténticos, usted acaba de confirmármelo.
—Lo sé, pero el nombre que lleva grabado es un gran problema de venta y si a eso agregamos el tiempo de uso… existe una devaluación considerable, no podemos pagar el precio en que se compró la pieza, lo siento.
La suave mano de Ancel me tomó del brazo con decisión haciéndome girar ligeramente hacia él en contra de mi voluntad.
—Bill, ese brazalete cuesta mucho más que eso, no lo hagas… por favor, te lo ruego. —el tono de suplica en su voz me provocó un nudo en la garganta, por supuesto había imaginado que el deshacerme de aquel brazalete terminaría por ser difícil, pero ni en un millón de años hubiera pensado que fuera casi imposible, con Ancel rogándome al oído para que no cometiera una estupidez de la que claramente iba a arrepentirme.
Mis dedos temblorosos recorrieron melancólicamente el filo del brazalete; era hermoso, aún con lo que representaba no quería dejarlo ir, era mío y quizás fuera lo más bonito que poseía, pero por otro lado no podía dejar de pensar en lo costosa que era la matrícula de la universidad y los gastos que comenzarían a correr en cuanto comenzara el semestre, era una decisión difícil, pero debía de tomarla…
—Si es la última oferta que puede hacerme—suspiré sin dejar de repasar mis dedos por el brazalete—supongo que lo tomo.
—Excelente decisión, señor Kaulitz, iré por el efectivo ahora mismo—respondió el joyero emocionado, deslizando con poca delicadeza el brazalete debajo de mis dedos, atesorándolo como una verdadera maravilla, para entrar de nuevo a la parte trasera de la tienda llevándolo consigo.
—¿Porqué Bill? —dijo Ancel profundamente decepcionado, soltándome lentamente.
Sin palabras que decir, suspiré con la mirada fija en la puerta trasera de la tienda, de donde por suerte el encargado no tardó en volver, con un pequeño sobre color amarillo en las manos que me extendió muy animado.
—Fue un placer hacer negocios con usted, estaremos encantados de que vuelva pronto —dijo sin quitar aquella sonrisa satisfactoria que no podía más que definir la felicidad absoluta.
—Gracias… —musité arrugando aquel sobre amarillo al tomarlo con un poco más de fuerza de lo normal.
Apresurado, di la vuelta para salir corriendo sin rumbo fijo, con la única idea de alejarme de esa joyería y de Ancel, antes de que el arrepentimiento terminara por vencerme.
—No puedo creer que lo hayas hecho—escuché que dijo Ancel apenas cuando di los primeros pasos para irme, deteniéndome en seco.
—Yo tampoco pude creer lo que me hiciste, así que creo que ya estamos a mano, Ancel —respondí de forma cortante, metiendo el pequeño sobre en mis pantalones, tratando de que aquella mueca de tristeza en su rostro no se quedara grabada en mi cabeza mientras casi corría entre las personas que transitaban la acera, intentando alejarme lo más rápido posible.