16 // Feliz cumpleaños
« 22 de noviembre… una hora menos para que termine el día» Repetí en mi mente por décima vez desde que me había levantado de la cama, mientras miraba mi reflejo en los espejos que cubrían por completo el ascensor.
Parecía increíble, pero aquella mañana pintaba como una de las peores de toda la semana. Tom aún no me hablaba, después de nuestra “amena conversación” en la cocina —donde mis galletas habían terminado esparcidas por el suelo—, no cruzamos palabra alguna, y la verdad era que tampoco sabía como intentarlo, no después de notar toda esa tristeza y decepción en sus ojos.
No estaba seguro de que mi hermano me odiara en concreto, pero al menos había dejado en claro que, todos aquellos resentimientos guardados por años, me convertían en una de esas personas menos apreciadas en su vida; por desgracia, yo no tenía argumentos suficientes como para que cambiara de opinión y volviera a quererme, aunque fuera un poquito. Sí, temía que cada una de nuestras peleas nos fuera alejando un tanto más en cada ocasión que se presentaban, pero, tampoco tenía el valor como detenerlo en seco, abrazándolo tan fuerte, que pudiera saber que, no importaba el tiempo transcurrido y los errores cometidos, dentro de mí, seguía existiendo ese Bill débil e infantil que lo amaba incondicionalmente y que, ahora más que nunca, necesitaba de él, de su hermano “mayor” aquel que lo protegía y mimaba a cada momento.
De pronto encerrado ahí, en ese ascensor, me sentí más indefenso que nunca al notar que los ojos se me habían humedecido de nuevo, tan sólo por recordar a Tom y nuestra dolorosa pelea de la noche anterior. Sin poder evitarlo suspiré, intentando que las lágrimas no se me escurrieran por las mejillas, y pretendiendo que no sucedía nada, acomodé las gafas obscuras que le impedían a los demás ver lo que estaba ocurriendo detrás de ellas.
Era ridículo, pero de alguna forma sentía que aquellas tres personas que compartían ese pequeño espacio conmigo, comenzaban a juzgarme en silencio, aunque, seguramente, sólo estaban mirándome con curiosidad por lo llamativo de mi atuendo. Esa mañana en específico, llevaba una chaqueta de negra bastante ajustada, haciendo juego con unos jeans rojos de estampado escoses, botas tipo militar hasta la mitad de mis pantorrillas y mis infaltables lentes de sol bien puestos, importándome muy poco que estuviera en el interior del edificio y no los necesitara en absoluto.
Discretamente observé como aquel trío de ejecutivos, con trajes sobrios y aburridos, mantenían sus ojos bien puestos en mí, posiblemente preguntándose «¿Quién demonios es este tipo tan extravagante» aunque en mi cabeza, mientras los veía, no dejaba de imaginar lo que en realidad podrían pensar si es que me hubieran conocido: «Cuanto es su descaro, aún cuando se siente triste, se ha arreglado especialmente bien hoy, como si aún tuviera derecho a lucir lindo para su ex novio ¡justo el día de su cumpleaños! ¡Que sinvergüenza!».
No podía negarlo, de cierta forma habrían tenido razón al pensarlo, era todo un descarado, ya que, aún con lo decaído que me sentía por lo ocurrido con Tom, aquella mañana había puesto especial empeño en mi atuendo, sólo porque sabía que era el cumpleaños de Ancel, lo que provocaba en mi la necesidad de verme espectacular para su disfrute y —¿Porqué no aceptarlo?—, para el mío, como cada año que había pasado a su lado; la pequeña diferencia era que, esa vez, no sabía si lo hacía por la costumbre del pasado, o por un deseo “inconsciente” de demostrarle lo mucho que estaba perdiéndose por idiota.
La verdad era que durante toda la noche, había estado pensando en lo incomodo que sería estar en la editorial durante un día como ese, mientras que era imposible dejar de recordar los grandes planes hechos para su cumpleaños número 33, los cuales, ahora tan sólo se habían quedado en eso, en planes que no tendrían la oportunidad de ser realizados nunca más. Adiós fiesta sorpresa en su apartamento, linda tarjeta decorada a mano de mi parte e increíble desayuno para iniciar el día.
A diferencia de años anteriores, esa mañana a lo más que habíamos llegado Ancel y yo, era a darnos un “buenos días” más frío que el invierno Berlinés, y compartir una sonrisa incómoda, sin que siquiera fuera capaz de mencionar un “feliz cumpleaños” al tenerlo de frente, aun cuando lo había tenido atorado en la garganta durante todo el camino a la editorial, junto con un sin fin de buenos deseos. Sabía en el fondo que no era la mejor idea armar todo un alboroto por su cumpleaños, porque estaba seguro de que la persona a la que menos quería ver Ancel era a mí, sobre todo después de nuestro último encuentro incómodo en la joyería, cuando de forma descarada había vendido mi hermoso brazalete frente a sus narices y sin remordimiento alguno.
Un tintineo suave me sacó de mis pensamientos, mientras que el ascensor se detenía por fin. El número 11 en el tablero electrónico se iluminó, indicándome que aquella era mi parada, haciendo que los ejecutivos desviaran la mirada de forma discreta, temiendo que los descubriera observándome antes de bajar.
—¡Hey, Bill, llegaste justo a tiempo, sólo faltas tú! ¡Vamos! —Confundido, sentí un par de manos arrastrarme literalmente fuera del ascensor, en cuanto las puertas se abrieron.
Sin darme tiempo a reaccionar, levanté la vista para encontrarme de frente con quién se había atrevido a sacarme de aquella forma tan osca. Aliviado por encontrar un rostro familiar, me trague todas las malas palabras que llegaron a mi cabeza, y le devolví la sonrisa a Igor, quién parecía estar muy emocionado, igual que un pequeño niño a punto de subir a la montaña rusa por primera vez.
—¿Cómo supiste que sería yo quien saldría del ascensor? —balbuceé confundido, notando como los ejecutivos que permanecían dentro, nos miraban muy indiscretamente mientras esperaban a que las puertas se cerraran para seguir su camino.
—Todos estábamos buscándote, Irina te vio tomar el ascensor al salir de la cafetería, fue sencillo interceptarte. ¡Corre!
Sin reclamar, me dejé arrastrar por los pasillos de la revista, justo hacia la oficina que le pertenecía a Ancel y que para ese momento, ya estaba llena de globos flotando en el techo y serpentinas plateadas, que todos los demás se habían esforzado en poner durante el almuerzo, mientras que yo me tomaba un respiro para alejarme de ahí, fingiendo tener cosas más importantes que hacer.
No estaba seguro de que la preocupación de todos por que no me perdiera la “pequeña celebración de Ancel”, tuviera de fondo la intención de hacerme pasar un mal momento, pero de igual manera no comprendía el porqué de su insistencia para estar presente, sobre todo, después de los cientos de rumores —y verdades— de los que Ancel y yo éramos presas en la editorial.
Intentando pasar desapercibido entre los que ya se encontraban cantando la canción de feliz cumpleaños, me escabullí hasta un pequeño rincón detrás de todos, mirando apenas por entre los huecos vacíos, como Ancel sonreía agradeciendo por el bonito pastel que los chicos se habían esmerado en llevarle.
—Debes pedir un deseo antes de apagar las velas, Ancel, si no, tendrás 3 años de mala suerte —bromeó Igor animado.
—No tengo nada que pedir esta vez, chicos, ni siquiera un deseo de cumpleaños podría darme lo que quiero —se negó, tratando de parecer bromista, aunque su mirada no reflejaba exactamente simpatía o emoción, muy por el contrario, tan sólo denotaba tristeza. Quizá los miembros de la editorial podía ser fácilmente engañados por Ancel y sus infinitas sonrisas, pero a mi no podía mentirme, esa mueca en su rostro detrás de la fachada “fuerte y desinteresada” que mostraba, me confirmaba la nostalgia que estaba apoderándose de él por el momento y lo incómodo que se sentía en medio de aquella “celebración improvisada”
—Un auto nuevo es un deseo muy ambicioso, pide algo mucho más sencillo de cumplir. —dijo alguien al fondo de la oficina, confundiéndose entre las risas de todos ayudándole a mantener el anonimato.
—Ojalá fuera un auto nuevo —respondió él mirándome de repente, logrando encontrarme entre la multitud, aún cuando estaba demasiado lejos como para que me notara—, pero no es tan sencillo como eso —Sonrió de medio lado.
«No me mires de esa forma, no ahora Ancel, no así» me repetí mentalmente, sintiendo como se me encogía el corazón por notar la tristeza que se marcaba en sus expresivos ojos grises, esos que tantas veces en el pasado me habían parecido los más carismáticos del mundo, y que ahora se opacaban por la desilusión, de la misma forma en que recordaba haberlos vistos un año atrás, en mi propio cumpleaños.
Pocas habían sido las veces en que había visto a Ancel realmente decepcionado y triste durante nuestra relación, regularmente era bueno ocultando sus sentimientos, sobre todo, si estos lo hacían parecer débil ante los demás, incluso ante mi, que era una de las pocas personas en quién podía confiar plenamente. Sabía que su manía por parecer siempre seguro e inmune a las situaciones, no era más que una conducta bien aprendida desde siempre, pero aún con ello, a veces resultaba realmente exasperante.
El día en que por primera vez encontré un dejo de desilusión real entre sus pupilas grisáceas, fue en el primero de mis cumpleaños a su lado.
En aquella ocasión, lo primero que noté al bajar del auto que me había llevado a casa, fue que todas las luces del apartamento estaban apagadas. La media noche hacía un buen rato que había pasado, así que esperaba que Ancel estuviera profundamente dormido para cuando me metiera en la cama; lo último que deseaba era que estuviera esperando por mi sin poder conciliar el sueño, ya que sabía perfectamente que a la mañana siguiente debía de ir a la editorial muy temprano y lo último que quería era ser el responsable de su desvelo.
Al abrir la puerta, lo primero que mis ojos vieron fue un montón de serpentinas y globos decorando toda la estancia festivamente, haciéndole un hueco a mi pecho al ver todo aquello. Confundido, di los primeros pasos dentro, cuidadoso de no hacer demasiado ruido al cerrar la puerta tras de mi. Todo parecía indicar que en mi ausencia, el apartamento se había convertido en una típica escena de fiesta sorpresa, aunque para ese momento lucía apenas como el fantasma de un festejo, sin la emoción que correspondía a una celebración, por el contrario, daba la sensación de ser una escena abandonada, sin alma alguna que pudiera desearme un feliz cumpleaños.
Algunas cajas de regalo estaban en el sofá, envueltas con bonitos papeles brillantes, mientras que varias copas de champagne a medio tomar, descansaban aquí y allá por toda la estancia, como si sus dueños las hubiesen abandonado de repente. El colorido letrero de “Feliz cumpleaños Bill”, colgado al fondo de la habitación, hizo que el corazón se me comprimiera en el pecho y por un segundo desee que alguien, quien fuera, saltara para felicitarme; pero no, no hacía falta ser un genio para notar que eso no sucedería, era demasiado tarde y tal parecía que si alguien había estado ahí esperando mi llegada, para entonces se había marchado, dejando tan sólo rastros de confeti en el piso y una extraña sensación de abandono a su paso. Ahora entendía la insistencia de Ancel por hacerme volver a casa temprano y su mentira al decir que esa tarde tendría una reunión importante fuera de la editorial, cuando seguramente había vuelto a casa para preparar aquella fiesta sorpresa para mí.
Una luz blanquecina que salía por debajo de la puerta de la cocina, me indicó que Ancel aún estaba despierto. Sentía miedo de lo que había ocurrido en mi ausencia, ya me imaginaba de qué se trataba todo y no había estado ahí para presenciarlo. La culpa de repente me invadió al imaginarme la decepción de Ancel por no verme llegar durante la noche; no sabía siquiera a quienes había invitado para festejar, pero igual me sentía apenado con cada uno de ellos, sin importar quienes hubieran sido.
En cuanto abrí la puerta de la cocina, lo vi guardando en el refrigerador un bonito pastel de cumpleaños, adornado con brillantina comestible en color negro y pequeñas bolitas de chocolate simulando perlas, el cual supuse, había sido mandado a hacer a medida especialmente para mi, justo con el estilo extravagante y lujoso que tanto me gustaba. El estómago se me estrujó al ver que estaba intacto, igual que las cajas de regalo en el sofá y las copas de champagne sobre la mesa.
—Hola… —musité suavemente para no asustarlo, aunque con el silencio que había en el apartamento, suponía que ya para entonces habría escuchado mi entrada triunfal, a lo que parecía ser el cementerio de una fallida fiesta de cumpleaños.
Ancel apenas y volteó la vista hacia mí con una sonrisa amarga de medio lado, sin decir una sola palabra, sólo mirándome de arriba abajo antes de continuar con lo que estaba haciendo.
—¿Qué haces despierto…? —pregunté incómodo por su silencio, dando unos pasos más hasta donde estaba la barra de la cocina que nos separaba.
—No podía dormir, es todo. —respondió tomando el bote de leche del refrigerador, antes de cerrar la puerta con un suave golpe de la cadera.
—Dijiste que irías a la cama temprano…
—Y tú dijiste que volverías justo después del trabajo. Es más de media noche, Bill. —Se encogió de hombros antes de darme la espalda de nuevo para alcanzar un vaso de la alacena.
— Lo siento, se me fue el tiempo, cuando miré el reloj ya habían pasado horas… —Intenté justificarme estúpidamente, sabiendo que nada de lo que pudiera decirle sería suficiente como para merecer su perdón.
—¿Dónde estabas? —Dejó el vaso de leche en la encimera y cruzó los brazos sobre su pecho, signo inequívoco de que estaba molesto.
—Fui a tomar un par de cervezas.
—¿Se divirtieron al menos? —gruñó apenas.
—Estaba solo, necesitaba despejarme un poco, es todo…—mentí descarado, no creía que fuera un buen momento para confesar que en realidad había estado con Georg durante todo ese rato, tratando de “celebrar” lo que me restaba de cumpleaños, aunque no tuviera muchos ánimos para hacerlo.
Odiaba mis cumpleaños, algo de ellos me ponía terriblemente melancólico e insoportable, así que no estaba en disposición para recibir felicitaciones o abrazos por doquier; era extraño, pero no podía cambiarlo.
—Claro, seguro lo pasaste solo —aceptó mi respuesta a regañadientes, tomando de nueva cuenta la leche para devolverla a la heladera, haciéndome saber que no me creía ni una sola palabra, pero que, aún con ello, no discutiría más el asunto—. Espero el tiempo libre te haya servido para pensar bien.
—Ancel, por favor… —resoplé frustrado, sin saber con quién —o qué—, era que estaba molesto en el interior; si con él por no entenderme, o conmigo por ser un idiota y no haber vuelto a casa a tiempo como había prometido.
—No, en serio, un poco de espacio de vez en cuando no le viene mal a nadie. —agregó fingiendo condescendencia.
¿Qué era lo que podía decirle? ¿Lo siento? ¿Fui un idiota? ¿Perdón por perderme la increíble fiesta que organizaste para mí y mentirte sobre que volvería a tiempo esta noche? Al final, era simplemente inútil decir algo en una situación como aquella.
—Todo quedo muy lindo ahí afuera —susurré suavemente sin poder levantar la mirada para verlo directo a los ojos, sintiendo lo pesado de la culpa en mi pecho—. Gracias, por todo, me encanta…
—Qué descaro el tuyo, Bill Kaulitz, en serio; a veces es mejor quedarse callado a decir la primera estupidez que se te pase por la cabeza, esperando arreglar algo con ello. Puedes ahorrarte los falsos halagos, ya no son necesarios. —bufó molesto, bebiendo con prisa el vaso de leche, ansioso por salir de la cocina lo antes posible, terminando con aquella incómoda charla que siquiera estaba llegando a ser una verdadera discusión.
—Ancel, de acuerdo, lo siento, sé que estás molesto por todo lo que hiciste para mí con tanto esfuerzo, pero si tan sólo me lo hubieras dicho, quizá podría haber llegado a tiempo… —Caminé lentamente hacía él, sintiendo como si la distancia entre nosotros estuviera matándome lentamente; no podía soportar la idea de que se enfadara conmigo.
—No sé si estabas enterado de esto, Bill, pero las fiestas sorpresa, regularmente son eso, sorpresas. Mejor olvídalo, todo se arruinó ¿De acuerdo?
—No, no se ha arruinado, aún podemos salvarlo, dejemos todo tan lindo como está, e invitemos a todos mañana de nuevo, ¿Qué dices? —rogué llegando por fin hasta él, tomando su mano esperanzado.
—¿Estás loco? Eso es lo más patético que he escuchado jamás; sólo olvídalo ¿Quieres?
—Ancel, por favor… —tomé su rostro para obligarlo a verme, aunque era difícil sostener su mirada llena de frustración— Anda, no quiero que tu esfuerzo se vaya a la basura, estoy seguro de que invertiste mucho tiempo en planearlo…
—¡Por Dios Bill!, las cosas no son tan sencillas, no puedo simplemente fingir que no sucedió nada para complacerte. ¿Sabes lo incómodo que fue estar frente a todas esas personas esperando a que llegaras? ¿Tienes una idea de lo frustrante que resultó tener que soportar sus miradas de lástima al ver que no te dignarías a llegar, mientras que yo había pasado toda la tarde preparando esto para ti? —Con desprecio tomó mis manos alejándolas de su rostro—. Y ahora aún después de hacerme pasar la humillación del siglo, pretendes que invite a todos de nuevo diciendo “Hey chicos, Bill fue a tomar una cervezas ayer sin consultármelo, pero hoy si está de humor para celebrar con todos nosotros y compartirnos un poco de su preciado tiempo. ¡Vengan, quizá y hasta puedan presenciar alguna otra humillación en mi contra, sé que lo van a disfrutar!”—Con fuerza dejó el vaso aún medio lleno sobre la encimera —No, la verdad, Bill, no se me antoja ser el hazmerreír de todos una vez más, gracias.
Ancel era injusto, al final parecía —como siempre—, que todo se trataba acerca de lo que el mundo alrededor pudiera llegar a opinar de su “intachable” conducta y reputación, cuando en realidad esa noche debería de haber estado enfocada en mí y mi cumpleaños, no en él y sus pretensiones sociales. ¡Me enfermaba!
—Bueno, al menos te ahorre el esfuerzo de fingir que no somos nada, cuando intentara besarte frente a todos y tuvieras que rechazarme cortésmente, como siempre… —Terminé por comentar dolido.
—Como si hiciera falta que me besaras descaradamente frente a todos, para que la editorial entera se diera cuenta de lo que tenemos; créeme Bill, ya te has encargado de dejar muy en claro que estás teniendo una aventura con el editor en jefe, tendrían que ser idiotas para no notarlo. —respondió pasando a mi lado empujándome ligeramente en su camino, apartándome para salir huyendo de ahí.
—¿Entonces eso es para ti, Ancel? ¿Una simple aventura? —reclamé por sus palabras tan insensibles intentando detenerlo, pero no lo logré, él siquiera dio la vuelta para mirarme y mucho menos respondió, tan sólo se limitó a dar grandes zancadas hacia la habitación, pretendiendo ignorarme—. ¡Ancel, te hice una pregunta, respóndeme! —Lo acosé hasta la mitad de la estancia, temiendo que si llegábamos a la habitación no pudiera hacer nada para sacarle una sola palabra más— ¿Eso somos? ¿Una aventura?
Cansado se detuvo al fin, dando la vuelta encarándome, sin que en su rostro se marcara una pizca de arrepentimiento por la forma en que había “catalogado” nuestra relación.
—Por Dios Bill, no vengas ahora con dramas, tengo un horrible dolor de cabeza y no estoy de humor para tus chantajes estúpidos; sólo quiero dormir, ya suficiente tuve esperándote como un idiota hasta que te dignaste a regresar a casa, al menos cierra la boca y déjame descansar en paz ¿Quieres?
—¡No son chantajes estúpidos! Sólo quiero saber si eso es lo que represento para ti, una aventura y nada más.
—¿En verdad quieres saberlo? Pensé que lo tenías muy claro al igual que yo —Por un segundo deseé escuchar algún signo de burla en su comentario, pero no, tal parecía que estaba hablando muy en serio— De verdad, Bill, hay días como este, en que me pregunto seriamente ¿Qué demonios estaba pensando al meterme con un idiota inmaduro que tiene 10 años menos que yo? Creo que es una verdadera pérdida de tiempo.
Sin que dijera nada más, dio la vuelta entrando a la habitación, acabando con todas y cada una de las cosas que había planeado decir en mi defensa, logrando su cometido de huir de mí sin que pudiera detenerlo.
Quizá Ancel desde entonces había tenido la razón al decir aquellas cosas, todo el tiempo que habíamos pasado juntos, al final, sí había sido una pérdida de tiempo. No estábamos hechos ni de asomo, el uno para el otro, éramos tan diferentes, que la edad pasaba a ser sólo uno más de los puntos en la enorme lista de detalles, que habían terminado por separarnos. Resultaba obvio que el jefe editorial de Glück y el insignificante asistente no terminarían por encajar jamás, aún cuando nos esforzáramos, mintiéndonos a nosotros mismos para obligarnos a funcionar a la medida de lo posible. Tal vez el fracaso no sólo era por sus mentiras, o las mías, los diferentes objetivos que teníamos, o simplemente, por lo que habíamos estado esperando el uno del otro, más bien era la suma de todo, lo que había terminado por romper nuestra relación.
Con nostalgia, miré como Ancel recibía los cariñosos abrazos de todos a su alrededor, tomando turnos para felicitarlo por su cumpleaños, mientras que yo permanecía en aquella esquina de su oficina, con unas irremediables ganas de hacer lo mismo, de abrazarlo tan fuerte, que pudiera percibir lo arrepentido que me sentía por la cantidad de cosas que por años habíamos hecho mal y que ahora parecían pesar una tonelada sobre nuestros hombros.
Ambos nos habíamos equivocado, demasiado…
—Será mejor que salgamos de aquí antes de que toque tu turno, sería un momento realmente incómodo —se burló Khris logrando colarse por entre los que celebraban, llegando a mi lado, con esa actitud desinteresada que tan bien lo caracterizaba.
—Sí, creo que es lo mejor —asentí sin poder corresponder a la sonrisa traviesa que acompañaba sus comentarios y que ahora me parecía más fuera de lugar que nunca. ¿Acaso era muy difícil descifrar lo doloroso que estaba siendo ese momento para mí? ¿Por un segundo podía dejar de sonreír, como si le divirtiera la situación?
Sintiéndome incómodo de verdad, salí al lado de Khris, mientras que Ancel seguía nuestros pasos aún a la distancia, notando de inmediato quién era el que me acompañaba, como últimamente parecía ser el caso.
—¡Todos enloquecieron con el maldito cumpleaños de Ancel! —bufó por fin Khris al sentirse más cómodo lejos de todos, en medio de los pasillos vacíos—. Quiero decir, tampoco es como que les interese de verdad, simplemente lo hacen porque es el jefe editorial, como si fuera la gran cosa.
—No sólo es el jefe editorial, Khris, también es buen amigo de todos aquí, incluso tú lo llevas bien con él, ¿no? —reclamé en automático, sintiendo una punzada de rabia al escucharlo hablar de aquella forma de Ancel.
—Corrección, lo llevaba bien —puntualizó, deteniéndose por un segundo—; ahora parece odiarme profundamente y me hago una idea del porque —Retomó el camino a mi lado —, además, seamos realistas, la mayoría de los que están aquí, simplemente son amables con él porque le tienen miedo, no deja de ser su jefe, mientras que a sus espaldas hablan acerca de los errores que comete y lo insoportable que se pone cuando se acercan las fechas de entrega.
—¿Incluso tú? —Fui ahora yo quien me detuve intempestivamente, mirándolo de forma acusadora.
—¿Incluso yo, qué? —Se encogió de hombros sin que la sonrisa se le perdiera entre los labios.
—¿Incluso tu hablas mal de él a sus espaldas?
—¡Oh, por favor Bill! No pretendas ser inocente sólo porque mantenías una aventura con él. No soy el único que lo hace, así que espero que no pretendas hacerme sentir mal con ello, porque no vas a conseguirlo. Sí, Ancel es simpático cuando quiere, pero, de eso a que seamos mejores amigos, existe una enorme diferencia. Para él, sólo soy el director creativo de Glück y ya está.
—Significas más para él que sólo ser el director creativo… —murmuré entre dientes.
Sabía por supuesto que no todos tenían la obligación de profesarle un cariño genuino a Ancel; en absoluto era la persona más sencilla de tratar sobre el planeta tierra, pero me dolía escuchar aquellas cosas que Khris decía tan desenfadadamente. Conocía a Ancel y había comprobado durante años, el aprecio sincero que tenía por todos y cada uno de los que conformaban la editorial, incluso por Khris, quien aunque en las últimas semanas parecía no agradarle demasiado, lo seguía considerando uno de los mejores de su equipo, e incluso, como su amigo. ¿Cómo era que debía de tomarme entonces aquello que estaba escuchando, cuando sabía que para Ancel no eran sólo un grupo de empleados más, si no que, hasta cierto punto, se habían terminado por convertir en una segunda familia para él?
Escuchar a Khris, era como entrar en un mundo extraño, o una dimensión desconocida que, hasta entonces, había estado prohibida para mí por ser el “amante” del editor en jefe. Ahora que Ancel y yo nos habíamos distanciado, acababa de ganarme la entrada al pequeño círculo de realidad que envolvía a la editorial, y al que no había sido invitado hasta que dejé de ser parte del “bando enemigo”.
—A él de verdad le agradan todos, lo sé muy bien… —agregué entrando por fin a mi pequeña oficina al fondo del pasillo, con Khris detrás de mí pisándome los talones.
—¡Oh, Bill, por favor! ¡Olvídalo! —Rodeó mis hombros con aquellos fuertes brazos decorados con increíbles tatuajes y me apretó suavemente con camaradería—. Relájate un poco, ¿quieres? Te noto tenso desde hace unos días, deberías tomarte un descanso.
Lentamente, Khris comenzó a masajear mis hombros incitándome a relajarme, aunque lo menos que podía hacer era eso; en el fondo estaba enojado con él por su comportamiento. Sí, posiblemente ya no me correspondía indignarme por lo que pensaran o no de Ancel, pero, ¿Cómo no hacerlo? Nuestra relación estaba extinta, pero aún así, no podía dejar de importarme de la noche a la mañana, aún cuando había estado esperando que así sucediera.
—Oh vaya ¿Pero qué tenemos aquí? —Khris dejó el masaje que estaba haciéndome para correr hacia mi escritorio de repente— Ummmm ¿Plätzchen? —Tomó la pequeña caja azul que había en mi escritorio, olisqueando el contenido de forma muy animada, como un pequeño niño emocionado por haber encontrado una fuente inagotable de azúcar—. Veamos que hay por aquí… —Miró la tarjeta que llevaba la caja y aclarándose la garganta para leer en voz alta la dedicatoria, comenzó la lectura— Dice: Gracias por el detalle, Bill, pero creo que Khris y tú podrían disfrutarlas más que yo. Diviértanse, Ancel.
No necesité más de un segundo para reconocer aquella caja; ese era el insignificante presente que había dejado sobre su escritorio muy temprano por la mañana, cuando aún la editorial estaba desierta. De forma ilusa había pensado que algunas de mis galletas serían un decente presente en su cumpleaños, aún cuando las cosas no funcionaban del todo bien entre nosotros, me resultaba imposible dejarlo pasar. Un hueco en el estómago se me hacía de tan sólo pensar en fingir indiferencia. Habíamos compartido 3 años de nuestra vida juntos, por lo que era completamente injusto pretender que en unas cuantas semanas ya no formaba parte de mi vida, ni de mis pensamientos…
—¡Ja! ¿Lo ves, Bill? Todo se lo toma tan personal, es molesto —refunfuño Khris lanzando la pequeña tarjeta al bote de basura, para después abrir la caja de galletas con total descaro—. Como sea, estas galletas se ven bastante bien, ¿Deberíamos enviarle una tarjeta de agradecimiento de vuelta? —Se rio divertido crispándome los nervios.
¿Acaso era que Khris no podía tomarse nada en serio? ¿Tenía que ser un completo idiota las 24 horas del día?
—¡Dame eso! —Molesto le arrebaté la caja furioso, sin poder creer lo que había escuchado. Con nerviosismo, rebusqué entre la papelera la tarjeta que había tirado, ansioso por ver con mis propios ojos aquella dedicatoria tan sencilla, pero en el fondo, dolorosa— ¿De qué está hablando, Khris? ¿Qué le dijiste a Ancel para que mandara una nota como esta?
—¿Yo? ¡Nada! —Se encogió de hombros tratando de fingir inocencia, lo cuál era inútil, ese tono autosuficiente y su sonrisa burlona lo delataban por completo.
—¡¿Nada?! —Tiré la caja sobre el escritorio furioso, sintiéndome completamente decepcionado de él— ¿En serio, nada?
—De acuerdo, sólo fue una estupidez ¿Ok?, Ancel es demasiado dramático, se toma todo muy personal.
—¡¿Qué demonios le dijiste?!
—Sólo hice un comentario idiota frente a todos…incluido Ancel. Estaban organizando una pequeña fiesta para celebrar su cumpleaños esta noche; quizá se me ocurrió comentar que sería mejor que no contaran con nosotros… porque tendríamos una cita —Temeroso de mi reacción al escucharlo, tomó mis manos casi suplicante—. Lo sé, sé lo que estabas pensando y lo estúpido que te podrá parecer, y sí, fue una tontería de mi parte, pero sólo fue eso, lo juro.
—¡¿Sólo fue eso?! —gruñí soltando sus manos con desdén, incrédulo de lo que estaba escuchando. Ya podía imaginarme la reacción de todos después de que Khris mintiera de esa forma tan descarada.
¿Por qué lo había hecho? ¿Acaso sólo era para que lo vieran como alguien interesante, o como una tonta competencia con Ancel? Porque eso parecía que habían estado haciendo desde hacia unas semanas, compitiendo por demostrar “algo” que sinceramente aún no terminaba de comprender. ¿Era acaso que sin saberlo me había convertido en un trofeo que definía quién era el mejor a final de cuentas?
—¿Estás demente?
—Bill, jamás pensé que Ancel se lo tomaría en serio, tan sólo intentaba protegerte,
—¿Protegerme? —bufé dando un paso hacia atrás cuando sus dedos intentaron tomar mi rostro, sintiendo como todas mis entrañas se revolvían con asco— ¿De quién? ¿De Ancel?
—De Ancel, de Justine, ¡de todos! —Nervioso atinó a alejar sus manos de mí, deduciendo que el tocarme era la peor idea que podía cruzarle por la cabeza en ese momento—. Bill, te hice un gran favor. No creo que tuvieras la intención de ir a esa fiesta de cumpleaños de cualquier forma ¿Cierto?
—¡Esa era una decisión que debía de tomar por mí mismo!
—¡Vamos Bill! Nadie sabía cómo invitarte después de lo que ha pasado en las últimas semanas entre ustedes, les ahorré la incomodidad a todos; a ti, a Ancel y a la editorial completa, no sé porqué te lo tomas tan mal, hice lo mejor para ti. —Con descaro se cruzó de brazos pretendiendo ofenderse por mi reacción, aun cuando estaba en todo el derecho de sentirme furioso por su atrevimiento.
—¿Porqué me lo tomo tan mal? ¡Les mentiste a todos haciéndoles creer que tendríamos una cita! ¡Ahora Ancel pensará que hay algo entre tú y yo! ¿No entiendes lo grave que es eso?
—¿Grave? Pero si jamás dije que tuviéramos algo, si Ancel lo piensa de esa forma, es su problema, yo lo hice sólo por tu bien ¿Acaso no te das cuenta?
—¡¿Por mi bien?! Claro, igual que por mi bien te entrometiste en mi trabajo y por mi bien te la has pasado detrás de mi “protegiéndome” de Ancel y de cualquiera que piense en acercárseme ¿No es así?
—Bill…
—Pues sabes algo ¿Khris? Por mi propio bien, deberías dejar de entrometerte en donde no te llaman y habrías de dejar de decir estupideces cuando no se te pide que abras la maldita boca, y por tu propio bien, Khris, en serio, ¡deberías de dejarme en paz! —solté sin pensarlo ni un segundo, furioso por saber que Khris estaba poniendo todos sus esfuerzos en arruinar lo poco que quedaba entre Ancel y yo, aunque ya no fuésemos nada.
—¿Estás hablando en serio, Bill? —Por fin la sonrisa burlona que siempre lo acompañaba, se le borró por completo del rostro, dándole paso a una mueca confusa, que era mezcla de desilusión y enojo.
—Es muy en serio Khris. Estoy hartándome de ti, como no tienes una idea; cruzaste la delgada línea entre ser un buen amigo y comenzar a ser un dolor de cabeza.
—¿Por querer ayudarte?
—Lo que hiciste no es ayudar, ¿No lo entiendes? Tan sólo te estás convirtiendo en un controlador más de mi vida, tomando decisiones que no te corresponden. ¡Maldición!
Por unos segundos Khris se quedó mirándome anonadado por todas aquellas cosas que de pronto habían salido de mi boca sin remordimiento alguno, hiriendo de pronto su ego de “súper héroe del año”
— ¿Todo esto lo dices por Ancel y su paranoia de que alguien más salga contigo, o es porque en verdad lo sientes?
—Lo digo porque comienzo a perder la paciencia, no necesito de la paranoia de Ancel para saber que estás tomándote atribuciones que no te corresponden, así que será mejor que te vayas ahora mismo, antes de que termine por enloquecer de verdad en tu contra. —Furioso le di la espalda cruzándome de brazos, asqueado siquiera de escuchar su voz, profundamente decepcionado por su comportamiento que rayaba en lo ridículo.
—De acuerdo, me voy, Bill —gruñó acercándose peligrosamente a mi oído antes de salir —. Es una lástima que Ancel siga controlándote, aún cuando nunca le importaste en realidad. Ahora entiendo que es una pérdida de tiempo tratar de ayudarte, eres un caso totalmente perdido. Espero que lo pases muy bien ahí afuera, cuando no tengas a nadie que te proteja de las fieras que están esperando ansiosas por verte caer.
»Bienvenido al mundo real, Kaulitz, ya no habrá príncipes azules que te hagan todo mucho más fácil, tu fantasía ha terminado por disolverse esta vez.
Siquiera me esforcé por mirarlo salir de la oficina, sentía como la sangre me hervía en el interior. ¿Acaso creía que había sobrevivido ahí, después de lo de Ancel sólo por su ayuda? Sí, por supuesto aceptaba que había sido de gran ayuda después de que mi relación terminara por fracasar monumentalmente; agradecía su compañía y en algunas ocasiones, la forma en que terminaba por defenderme del mundo exterior, pero eso en absoluto significaba que fuera la única razón por la que había logrado mantenerme en la editorial. No necesitaba de un héroe, tan sólo había necesitado de un amigo, pero tal parecía que el verme solo y desvalido, había sido el pretexto perfecto para enaltecer sus ansias de protagonismo. Ahora era que me daba cuenta de que Khris era un ególatra sin control; me sentía terriblemente decepcionado de él y de su comportamiento egoísta, sobre todo después de pensar que al fin tenía un amigo ahí dentro en quién pudiera confiar.
Era increíble que todas las personas terminaran por decepcionarme y no sabía si eran ellos los que fallaban, o yo el que esperaba demasiado de los demás.