Una Ultima Promesa 2

2 // Una triste mañana de navidad

El olor a café guio mi camino hacia la estancia, donde Georg miraba el televisor muy atento a las noticias matutinas. Envuelto aún en la frazada de la noche anterior, me acerqué a pasos lentos hasta que notó mi presencia en la habitación.

Buenos días —sonrió ampliamente— ¿Café?

Por favor —acepté bostezando perezosamente por las pocas o casi nulas horas en que había logrado dormitar un poco, no las necesarias para descansar, pero al menos las suficientes para mantenerme en pie lo que restaba del largo día.

¿Descansaste al menos?

Algo… —respondí sin entrar en detalles sobre la pésima noche que había tenido, mirando atento lo que restaba de un pequeño remolino en medio del color intenso del café que Georg dejó frente a mí.

No luces como alguien que haya descansado realmente —se sinceró apagando el televisor con un clic rápido, para centrar toda su atención en mi. Sabía lo que vendría, era el momento de responder al interrogatorio que la noche anterior se había reservado, para cuando estuviera en mejores condiciones para hablar. —¿Te pasaste toda la noche devanándote los sesos?

Algo así…

Imagino que sea lo que sea que haya sucedido, fue lo suficientemente fuerte como para hacerte venir aquí en medio de la madrugada como un cachorro abandonado, con la melena escurrida y el delineador de ojos por toda la cara —se burló logrando que una sonrisa escapara de mis labios; si, ya imaginaba la pinta de terror que llevaba la noche anterior y lo espantoso que lucía, sobre todo a las 3 de la mañana tocando a su puerta con los ojos como pelotas de pingpong.

Siento si te asusté con mi visita tan repentina.

¿Asustar? ¡Que va! Si la niña del Aro se presenta frente a tu puerta mientras duermes, lo menos que haces es asustarte, para nada.

¡Georg! —Alcancé a golpear su brazo con camaradería.

Ya, en serio Bill, me preocupaste bastante, estaba a punto de llamar a la policía, si no fuera porque encontré tu móvil sobre el sofá, habría pensado que te robaron o algo.

Fue mucho peor que eso, créeme…—di un largo trago de café, rogando para que las lágrimas no comenzaran a anegarse en mis ojos una vez más.

Georg no dijo nada, sólo se mantuvo mirándome y esperando a que continuara con la explicación del porqué había ido a refugiarme a su lado tan repentinamente y sin previo aviso.

No estaba bien, por supuesto, para ello suponía que hacía falta bastante tiempo, pero al menos, después de descansar un poco y darle un par de vueltas a la situación, me sentía capaz de explicar que demonios había sucedido la noche anterior.

Fue Ancel… —Solté por fin suspirando y removiendo la cucharilla del café insistentemente para evadir la mirada de Georg sobre mi.

¿Ancel tu novio perfecto y hombre ejemplar, o hablamos de otro? —preguntó sinceramente impresionado por escuchar quién había sido el responsable de todo el drama nocturno. No me sorprendía, todo lo que había hablado acerca de Ancel, con él y con todo el mundo, eran maravillas; durante tanto tiempo me esforcé por hacerlo lucir como el hombre de ensueño, que ahora sonaba irreal que dijera algo más que no fueran flores y corazones tratándose de él.

El hombre perfecto… —tallé mis ojos disimulando mis ganas de soltarme a llorar y continué para sacar de mi interior la agonizante verdad sobre la noche anterior —está comprometido…—solté por fin dejando a un lado los rodeos, notando que un gran peso sobre mis hombros se aliviaba al verbalizarlo por primera vez.

¿Me estás jodiendo, Bill?—Exclamó Georg más que sorprendido, a punto de escupir el café al escucharme.

Negué con la cabeza enérgicamente examinando la genuina expresión de sorpresa en el rostro de mi amigo; era de esperarse, tantas veces antes, mientras hablábamos de lo felices que éramos, había mencionado mis intenciones de pasar el resto de mis días al lado de Ancel y los cientos de planes que ya rondaban en mi cabeza para llevar a cabo juntos, como una pareja feliz y ahora, después de tanta miel sobre hojuelas, llegaba con una novedad tan desconcertante que parecía una broma de mi parte.

¿Cómo? Tú y él eran la pareja perfecta, quiero decir, lucían como una al menos.

Y creí que lo éramos, pero tal parece que sus planes eran muy diferentes a los míos.

Te juro que no lo creo —bebió su café apresuradamente aún con una marcada expresión de asombro en el rostro antes de poder seguir —¿Y te lo dijo así sin más o …?

Siquiera me lo dijo —suspiré recordando el momento exacto en que había hecho su entrada triunfal frente a todos —sólo se limitó a presentarla frente a la agencia completa como su hermosa prometida.

No te lo creo —se inclinó un poco más hacia delante impresionado —¿frente a todos?

Frente a todos y sin una pizca de remordimiento; demasiado sinvergüenza como para ser real… —bufé, derritiéndome sobre la silla como un trozo de mantequilla al sol, con la vergüenza subiéndome por el rostro hasta la punta de los cabellos—Soy un idiota y ahora no sólo yo lo creo, todos en la revista lo confirmaron. Oficialmente me convertí en el amante incómodo del editor en jefe, maravilloso ¿Cierto?

Ni que lo digas.

Los dos nos quedamos en silencio mirando la madera pulida de la mesa en el desayunador, mientras Georg procesaba toda la información tratando de encontrar una explicación lógica al comportamiento de Ancel.

Es increíble, quiero decir, nadie consigue una prometida de la noche a la mañana Bill, no imagino que un día decidas comprometerte con la primera mujer que se cruza por tu camino, sólo porque el horóscopo en el diario indicaba que era un buen momento para hacerlo, ¿De dónde demonios salió ella?

De Zúrich —solté sin pensármelo dos veces, lo suficientemente alto como para que Georg y todo el edificio escucharan. —Supongo… —corregí notando lo idiota que estaba siendo al hablar de más.

La mirada de Georg me taladró la sien por su insistencia.

¿Bill?—me llamó exigiendo que lo mirara, pero no podía, de pronto era tan sólo un niño pequeño a punto de recibir un regaño monumental por romper la ventana del vecino jugando al futbol. Georg podía ser la persona más generosa y paciente del universo, pero una vez que se enfadaba, ponía a temblar a cualquiera con su forma mordaz y temperamental de enfrentarte. —Bill —insistió.

¿Qué?—murmuré sin levantar la vista.

¿Sabías de ella?

¡No! —me crucé de brazos fingiendo indignación por su pregunta.

¿No?

Por supuesto que no, Georg… —lo miré, temiendo que su profunda mirada aceitunada tuviera la capacidad de leer mis pensamientos. —no mucho…—terminé por aceptar derrotado.

¡Oh Bill! ¿Es en serio?

¡Ancel jamás me lo dijo!

¡Pero tenías al menos una mínima idea de que ella existía!

¡Eran sólo rumores tontos! —gruñí caprichoso, sabiendo que nada de lo que dijera a continuación, podía ayudarme a justificar mi ego herido y mancillado. Era un imbécil.

En un esfuerzo sobrehumano por conservar la calma, Georg cerró los ojos por un segundo, respirando profundamente, haciendo todo lo que estaba en sus manos para no darme una paliza por idiota. Lo entendía, incluso escuchándome a mi mismo, empezaba a creer que merecía una para ver si de esa forma, al menos, lograba conectar un poco mejor mis acciones con mis ideas.

¿Hace cuanto lo sabías?

Que no lo sabía —insistí echándome hacia atrás en la silla, con los brazos cruzados y un puchero atravesado en los labios.

De acuerdo —suspiró —¿Hace cuanto lo escuchaste?

Un par de meses, un poco más… se decían cosas por los pasillos, cuando Ancel y yo comenzamos a salir quizá escuché algo, pero era tan esporádico que parecía irreal, lo tome como simples rumores, sólo eso.

¿Quieres la verdad? Me parece increíble que no sospecharas nada Bill.

¿Cómo iba a hacerlo? Jamás vi nada extraño, llamadas o salidas, todo el tiempo la pasábamos juntos, incluso su apartamento estaba libre de ella, nunca vi una fotografía entre sus cosas o algo que confirmara lo que todos decían al inicio, para mi estaba libre y más feliz que nunca…  

O al menos eso era lo que él quería que pensaras, ten por seguro que no estaba en sus planes siquiera mencionarla. Quizá si hubo algo, por pequeño que fuera, que debió de haberte alertado, pero lo dejaste pasar de largo…

Asentí distraído, esforzándome por encontrar entre mis recuerdos algún fragmento de la historia en donde ella apareciera y por más que pensé  que sería imposible hallarlo, de la nada un recuerdo vago y que en su momento había tomado como sin importancia, resaltó de los demás haciendo que mí pecho diera un vuelco.

 

 — ¿Qué es eso? —metí una nueva cucharada de cereal a mi boca señalando curioso la costosa caja envuelta en dorado que Ancel había dejado sobre la cama al entrar de nuevo a la habitación.

Es un regalo, lo enviaron por paquetería.

¿Es para mí?—pregunté ilusionado agitándola suavemente tratando de adivinar que contenía.   

No lo creo Bill —se rio dulce sin decir más, burlándose de mi inocencia.

El puchero infantil de mi rostro se mantuvo unos segundos a propósito aprovechando que Ancel me analizaba a través del espejo frente a nosotros, encantado por la forma en que a veces dejaba salir mi lado más inmaduro sin reparos, sólo frente a él.

¡Basta, no me mires así! — le lancé una de las almohadas notando como mis mejillas empezaban a arder por su mirada insistente sobre mí.

No puedo —se rió — me encanta cuando te enfadas como un niño pequeño.

Pensé que lo odiabas…

No cuando llevas un pijama de franela con ositos polares encima, es adorable.

Está helando —arrugué el rostro mostrándole la lengua juguetón, obligándolo a sonreír aún más ampliamente si es que era posible. —además, es navidad…

No reclamo, de hecho deberías considerar usarla todo el año, te hace lucir adorable, me encanta.

Creí que buscabas un novio sensual, no adorable…

Te buscaba a ti, tan perfecto como eso.

Torpemente tape mi rostro con ambas manos negando ligeramente con la cabeza, temiendo que notara la enorme sonrisa que una simple frase como esa podía colocar en mis labios, incluso temía que llegara a escuchar lo fuerte que mi corazón estaba latiendo dentro de mi pecho como un loco y es que no importaba cuanto tiempo lleváramos juntos, de alguna forma siempre lograba hacerme sentir como un pequeño niño a su lado, como un idiota, pero un idiota al que amaba intensamente.

¿Puedo abrirlo al menos? —traté de desviar su atención de mis torpes movimientos y sonrisas, sabía  que si seguía mirándome como estaba haciéndolo, terminaría por derretirme entre las sábanas de satín. 

Claro, sin problema —se encogió de hombros acomodando su corbata frente al enorme espejo.

Me sentía ansioso, era la mañana de navidad y ese parecía ser el único regalo que terminaría por abrir ese año; según Ancel, debía de ser paciente para recibir mi obsequio de navidad unas semanas después, aún cuando yo anticipadamente envolví para él una increíble bufanda gris que al menos había costado la mitad de mi sueldo de todo un mes. Me sentía frustrado por la espera, abrir regalos la mañana de navidad era una de esas pequeñas cosas que me hacían terriblemente feliz y tal parecía que por primera vez, desde que tenía memoria, tendría que aceptar la falta de obsequios como todo un adulto, sin poder armar una rabieta y encerrarme en mi cuarto hasta que Ancel volviera de aquel desayuno con sus padres, que llevaban a cabo cada mañana de navidad.

Lena—leí en voz alta el remitente de la tarjeta que acompañaba la caja misteriosa —¿Lena? —busqué la mirada de Ancel a través del espejo —¿Quién es ella?

Una vieja amiga —se le escapó una sonrisa melosa en el rostro —Mis padres insisten en que deberíamos comprometernos algún día —se burló terminando por fin con el complicado nudo de corbata que había elegido llevar esa mañana.

Pues esto luce costoso, no creo que sea tan mal partido —bromee abriendo por fin la caja y descubriendo dentro una hermoso reloj que estaba seguro, valía al menos unos cuantos miles de euros. — ¡Maldición! —di un brinco fuera de la cama emocionado —¿Quién envía regalos como esté, Ancel? ¡Es una belleza! —corrí a su lado mostrándole el interior de la caja.

Y por cosas como esta —tomó el reloj del interior y lo examinó a contra luz —es que mis padres insisten en que sería la  prometida perfecta.

Incluso yo creo que es una increíble idea.

¿Si? —Jugueteó dejando el reloj junto al espejo para atraparme entre sus brazos con fuerza antes de que pudiera reaccionar — ¿Crees en verdad que sería una increíble prometida para mi, Bill Kaulitz? —comenzó a hacerme cosquillas despiadadamente haciéndome tropezar sobre la cama al tratar de liberarme.

Sí, sí lo sería —respondí apenas con un hilo de voz encogiéndome por la risa, notando el peso de su cuerpo sobre el mío al atacarme, con la reconfortante sensación de sentir su respiración cerca de mi oído y sus manos por debajo de mi pijama.

Con un par de besos en la mejilla, terminó su ataque, paseando sus dedos por mi cabello obscuro entre los últimos suspiros que nuestras carcajadas habían dejado, buscando mi mirada entre esas tontas sonrisas, logrando clavar sus pupilas en las mías de repente. 

Si tus padres te obligan a casarte con ella, no olvides llevarme con ustedes, seguro tendrá una mansión o algo, jamás he vivido en algo más grande que esto —posé mis manos sobre sus hombros, tentado a acariciar su rostro tan cerca del mío, resplandeciente por la luz que se colaba por entre las cortinas abiertas a medias.

Seguro te encantaría —repasó mis labios con su dedo índice delicadamente erizándome la piel al instante con sus disimuladas intenciones de besarme.

Sólo no te olvides de mi después de la boda ¿Quieres? —me incliné hacia delante buscando sus labios, ansioso por besarlo antes de que tuviera que marcharse dejándome sólo todo lo que restaba del día.

¿Cómo podría Bill? —sonrió echándose ligeramente hacia atrás impidiéndome llegar a sus labios — Eres imposible de olvidar, ¿Quién podría?

Mordí apenas la punta de su dedo índice que seguía paseándose por la comisura de mi sonrisa boba, en un intento vano por hacerlo quedarse conmigo y olvidar el desayuno en casa de sus padres, dejándome solo en casa, mirando las mismas películas navideñas de siempre por televisión y comiendo pizza fría hasta la hora en que llegara de nuevo para abrazarme y hacerme sentir amado.

Debo irme —se resistió mordiendo su labio inferior ante mi provocación.

Llama y discúlpate con ellos… quédate conmigo. —rogué ansioso, tentado a quitarle aquella corbata con la que había estado luchando frente al espejo.

Bill…—suspiró deteniendo mi mano cuando amenacé con desabrochar los primeros botones de la impecable camisa que llevaba puesta.

Por favor…—musité apenas, halándolo con un poco más de fuerza alcanzando al fin sus labios, depositando pequeños besos en ellos para hacerlo cambiar de opinión.

Sabes que no puedo… —sus manos comenzaron a recorrer mi cintura provocándome una serie de cortos escalofríos que iban y venían junto con sus caricias en mi piel blanquecina.

Sólo esta vez…

No, Bill… — me alejó con suavidad tratando aún de sonreírme, con la respiración agitada alejando sus manos de mi costado, dejándome un hueco en el estómago al sentir el frio sobre la piel que había descubierto debajo de la pijama con sus caricias—No esta vez… ¿De acuerdo?

Ancel…

No ahora, juro que volveré temprano —dio un último beso en mis labios antes de levantarse apresurado. — Es tarde —se miró frente al espejo arreglando de nuevo su corbata —prometo que intentaré volver pronto ¿Si?

Supongo…—sonreí a la fuerza con la intención de mostrarme comprensivo, aunque en el fondo me carcomía la rabia por tener que compartirlo con el mundo, un mundo al que yo claramente no pertenecía y al que dudaba, llegara a pertenecer en algún momento.

Estaba confundido por mis propios sentimientos. No deseaba en absoluto que Ancel me tomara de la mano y le mostrara a todos que me amaba y que estábamos juntos, entendía su preocupación por mantenerme a salvo, no de él, si no de cualquier que no llegara entender lo que teníamos, pero, una pequeña parte de mi deseaba fervientemente que no tuviera miedo de aceptar abiertamente a quién había decidido amar; quizás el ya institucionalizado desayuno familiar no era el mejor momento para presentarme a sus padres, pero al menos esperaba que hablara de mi para dejarles bien en claro que ya había alguien en su vida que lo amaba profundamente y que estaba dispuesto a enfrentar a su lado aquellas tediosas mañanas navideñas, ante la mirada atónita de todos, si es que él quería que lo hiciera.  

Saluda a tus padres de mi parte…

 

Claro, lo haré con gusto—mintió con descaro saliendo de la habitación, dejándome con un enorme hueco en el estómago, obligándome a envolverme entre las sábanas con fuerza, cerrando los ojos para no ponerme a llorar como un idiota en la mañana de navidad por su abandono.

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