
20 // Ferben
Después de que Dago volviera a casa confiando en que cumpliría mi promesa de que no me quedaría por mucho tiempo, me aseguré de no salir del Mopse Trinken Bier hasta que la botella de Vodka sobre la mesa se vació más allá de la mitad. Tenía recuerdos borrosos de la rubia coqueta del bar ayudándome a subir a un taxi a la salida del pub y de haber despertado en la puerta de mi apartamento unas horas después, sin saber exactamente como había logrado llegar hasta ahí.
Confundido y cansado, llené la bañera de agua helada sumergiéndome en ella valientemente. Las ondas de la superficie deformaban la imagen borrosa de los pequeños focos que colgaban en el techo, haciéndome sentir aún más mareado de lo que ya me encontraba. El agua se desbordó sin control cuando emergí a la superficie una vez más para tomar una larga bocanada de aire, derramando casi la mitad de su contenido sobre las baldosas negras del suelo.
Como un autómata encogí las piernas contra mi pecho y envolví mis brazos alrededor tiritando de frío, siquiera me había permitido esperar a que el agua se calentara lo suficiente como para que fuera un momento placentero, esa sensación de bienestar quedaba sólo en mi memoria y en recuerdos al lado de Bill.
Con fuerza tallé mis ojos para evitar que de nuevo el sentimiento de melancolía me invadiera haciéndome llorar, aunque no podía estar seguro de que parte de esas gotas de agua sobre mi rostro no fueran un rastro de lágrimas, ya que no podía dejar de recordar los últimos momentos felices que habíamos vivido juntos precisamente en ese mismo espacio.
El sonido suave del agua hondeando alrededor de nosotros me hizo abrir los ojos lentamente. Bill estaba a punto de quedarse dormido teniéndome entre sus brazos, mientras que yo paseaba mis dedos por la punta de sus cabellos jugueteando de forma mecánica, provocando que cayera en un profundo letargo.
Sentirme protegido entre sus brazos era una de las cosas que más adoraba de estar con él. Bill siempre daba la sensación de ser frágil, básicamente un ser indefenso que necesitaba de la protección de otros para poder estar bien, pero había ocasiones en que se convertía en el hombre protector que yo también necesitaba. Cuando me tomaba entre sus brazos y me cobijaba de aquella forma, sentía que podía dejar salir a mi yo más frágil, ese que rara vez le mostraba al mundo exterior e intentaba mantener en las sombras, pero que existía sin duda y moría de miedo e incertidumbre por no saber lo que el día siguiente podría depararnos juntos. Incluso yo, Ancel Friedman, tenía momentos en que necesitaba sentirme amado, deseado y protegido, permitiéndome cederle el control total a Bill con aquella forma desenfrenada que tenía para amarme. Él era la única persona sobe la faz de la tierra a la que en algún momento había dejado hacer conmigo lo que le viniera en gana, porque lo amaba y confiaba ciegamente en que jamás —no importaba lo que sucediera—, iba a utilizar mi docilidad como una ventaja en mi contra.
Con ternura hundí aún más mi rostro entre su cuello, regocijándome en silencio con aquella fragancia tan natural en él que se asemejaba al melocotón y que resultaba inconfundible. Con suavidad mis dedos resbalaron por su pecho, dibujando figuras inexistentes con las pocas gotas de agua que aún jugueteaban sobre su piel pálida.
De las burbujas violetas que había a nuestro alrededor, ya poco quedaba, poco a poco habían ido explotando mientras los minutos pasaban y el agua de la tina se volvía cada vez más tibia, indicándonos que pronto sería hora de salir de ahí, rompiendo la encantadora fantasía de paz que estábamos teniendo. No quería que aquella escena terminara, detestaba la idea de tener que alejarnos. Era reconfortante el acunarme de forma tan natural en su pecho, a tal punto en que parecíamos haber sido hechos el uno para el otro, con algún tipo de medida especial que nos hacía encajar a la perfección.
Un largo suspiro se escapó de sus labios, estaba luchando contra sí mismo para no caer rendido ante el sueño, dejándose acariciar por mí, de forma tan dócil, que invitaba a no parar jamás.
—Deberíamos de ir a dormir ya. —pidió mirándome con ojos adormilados y una dulce sonrisa en los labios.
—Sólo un rato más… —lo besé, encantado de ver aquella carita tan tierna que ponía cuando estaba a punto de quedarse dormido, contrastando completamente con aquellas muecas llenas de sensualidad y seguridad que me había regalado un poco antes, cuando un arrebato de pasión había terminado por arrastrarnos hasta la bañera.
—Pero sólo un momento, mañana debo llegar un poco antes a la editorial para terminar con todo el trabajo… —bostezó, soltando su agarre ligeramente—Olvide mencionarlo —murmuró aún con los ojos cerrados, con un tono de voz bajo y acompasado, denotando lo cómodo que se encontraba—, Khris se ha ofrecido a ir conmigo a buscar un outfit adecuado para la fiesta de aniversario. Quiere que mañana después del trabajo vayamos a mirar algunas tiendas en Friedrichstraße… —comentó no muy convencido, entrelazando sus dedos con mi mano que descansaba sobre su pecho, comenzando a juguetear con ella.
—¿Con Khris? —intenté no sonar demasiado osco, aunque la verdad era que el siquiera escuchar salir de sus labios ese nombre, era razón suficiente como para volverme loco de celos— No necesitas ir con Khris, si puedes esperar al fin de semana, yo mismo te acompañaré…
—No te preocupes, siquiera estoy convencido de aceptar su ofrecimiento. Conozco a Khris y seguramente querrá comprar algo de Gucci o Louis Vuitton para impresionar a todos y es claro que ni lo primero, y mucho menos lo segundo, entran en mi presupuesto; mi cuenta bancaria no soportaría esos lujos… —rio apenas, no de forma simpática, sino con cierto dejo de frustración y melancolía que no podía ignorarse.
Ese era justo el tono característico que usaba cuando de dinero se trataba. Bill jamás me había pedido nada expresamente, incluso a veces tenía la tonta idea de que si se esforzaba en reducir sus gastos, sería capaz de aportarme algo para pagar por el apartamento, lo que era una completa locura. Era su jefe y sabía que el salario que tenía como asistente no era suficiente como para correr con los gastos de la universidad y además, para poder darse los lujos que tanto deseaba.
No me gustaba verme a mí mismo como un mecenas cumpliendo cada uno de sus caprichos, pero de vez en cuando me convertía en su “hada madrina” pagando por aquellas cosas que sabía no era capaz de obtener por sí mismo.
Estaba seguro de que mi dinero no era la razón por la que Bill estaba a mi lado, quería creer que tan sólo se trataba de un punto extra que le daba estabilidad a nuestra relación; sí la situación económica no era un problema, entonces no teníamos que perder el tiempo con ese tipo de detalles, aunque lo cierto es que había un ciento más de cosas que hacían peligrar nuestra relación y una de ellas la veía venir como una gran avalancha a lo lejos, sin saber exactamente como detenerla en su camino.
Sabía que Bill llevaba semanas contando los días exactos para que la esperada fiesta de aniversario llegara, los mismos días que yo había pasado devanándome los sesos tratando de encontrar una forma ingeniosa de evitar que todo lo que había construido con él se fuera al demonio en una sola noche.
—¿Sabes? Estuve pensando si es que realmente disfrutarás la fiesta de aniversario —insinué entre el silencio, sintiéndome más nervioso de lo que había estado en mucho tiempo—,ese tipo de eventos no son más que una bomba de egos y falsedad; he tenido que invitar a muchos editores de otras revistas sólo por compromiso, seguro que el ambiente no será el más idóneo para divertirse. Quizás no quieras ir en realidad… —comenté, rogando para que mis pretextos fueran tan persuasivos que lograran hacerlo cambiar de opinión.
—¡¿Qué dices?! —espetó sorprendido, riéndose ligeramente por mis comentarios— ¿Estás loco?, ¿por qué no querría ir? He estado trabajando en cada detalle del evento desde hace meses Ancel, por supuesto que estaré ahí, sería una locura no hacerlo. ¿Sólo bromeas, no? —preguntó inseguro, tratando de descifrar si aquella era una las bromas de humor negro que a veces utilizaba para jugar con él, o sí estaba diciéndolo en serio—Esta es la quinta vez que haces un comentario de ese tipo, voy a comenzar a pensar que lo dices en serio.
—Por supuesto que no, sólo bromeo contigo, se lo mucho que te has esforzado en estos últimos meses por esa fiesta, seria tonto que no asistieras… —respondí fingiendo una sonrisa.
Ese había sido mi último y patético intento por impedir que asistiera, aunque en el fondo sabía que era algo inevitable. Era más probable que nuestra relación terminara por destruirse, que el que Bill se perdiera tan esperado acontecimiento. En las últimas semanas, cuando me encontraba disfrutando de su compañía, sentía unas irremediables ganas de confesarle lo que en realidad sucedería en la fiesta de aniversario. Era imposible saber cuál sería su reacción si de golpe tenía un arranque de sinceridad y confesaba los planes para esa noche.
Lo amaba y aunque quería que lo nuestro jamás terminara, había algunas prioridades que me obligaban a poner a nuestra relación en segundo plano, haciéndome sentir el peor hombre del mundo, deseando desde el fondo de mi corazón que, sin importar lo que sucediera esa noche, jamás dudara de que él era esa persona a la que en realidad quería en mi vida.
Estaba siendo orillado al límite y no tenía el valor para confesárselo.
La noche en que todos mis planes habían cambiado, había sido un mes atrás durante la glamurosa fiesta previa a la semana de la moda en Berlín, ofrecida por Demna Gvasalia, por la última colección de Balenciaga.
Bill en ese momento platicaba animosamente con Tomas Maier —Director creativo de Bottega Veneta—, quién más de un par de veces había estado en la editorial y con el que Bill había llegado a desarrollar cierta simpatía y confianza, mientras que yo pretendía estar interesado en su conversación, aunque en realidad sólo aprovechaba para admirar lo atractivo que era Bill mientras estaba distraído.
Sin prestar atención al tema de la noche, mis dedos iniciaron una caminata sobre su pierna izquierda — por debajo de la mesa para que nadie pudiera vernos—, provocando que un respingo lo asaltara por lo inesperado de mis caricias. Una sonrisa nerviosa se le marcó en los labios sin que dejara de prestarle atención ni por un segundo a lo que Maier le compartía. Me encantaba esa forma automática en que reaccionaba ante mis juegos traviesos en medio de tantas personas, dedicándome miradas —mitad amenazadoras y mitad pícaras— que pedían en silencio que parara con mis insinuaciones peligrosas.
Era contradictorio pero, aunque yo había sido el que rogara para que nuestra relación fuera lo más discreta posible y que nadie se enterara de lo nuestro, la mayor parte del tiempo era quién aprovechaba esos momentos para desafiarlo aún sabiendo que si cometíamos un error íbamos a terminar por quedar en evidencia frente a todos.
El largo trago de champagne que Bill dio a su copa, me indicó lo difícil que le estaba resultando el no distraerse con mis tonterías..
—Basta, Ancel… —rogó por fin deteniendo mi mano que amenazaba con subir un poco más allá de su muslo, en cuanto Maier se disculpó para seguir con su “recorrido social” en la fiesta y nos dejó a solas de nuevo.
Bill era encantador y terriblemente atractivo, pero esa noche lucía en especial espectacular. Estaba incluso seguro de que muchos de los que se encontraban en aquella fiesta, pensaban que se trataba de algún nuevo modelo a punto de debutar en pasarela o firmar con alguna importante agencia. Su aspecto andrógino en conjunto con su envidiable estatura y belleza peculiar, lo volvían un punto de atención entre el mar de personas que se habían congregado esa noche, volviéndolo con seguridad en tema de conversación del evento.
—Si no fuera porque en verdad aprecio a Demna, ya mismo te sacaría de aquí para ir a otro lugar donde podamos estar tú y yo a solas. —ronronee entre sus cabellos obscuros, tentado a besar su cuello con descaro, mientras que él sonreía satisfecho al comprobar lo mucho que me provocaba.
Había ocasiones como aquella, en que incluso me sentía tentado a cruzar mis propios límites, pensando solamente en los deseos que sentía de besarlo de forma apasionada importándome muy poco quien nos pudiera estar mirando. Controlarme cada día me parecía una misión más compleja. Bill ponía en peligro todo aquello por lo que había luchado por años y aún con ello, había momentos cargados de impulsividad en que parecía un precio muy bajo a pagar por poder besarlo libremente y sin remordimientos.
—Ancel, Geert Kähler acaba de llegar —musitó Bill en mi oído obligándome a parar con mis caricias clandestinas, señalando hacia la entrada con discreción— ¡Por Dios! Nos está mirando y se acerca hacia acá… —murmuró nervioso, como un niño pequeño ante su súper héroe favorito.
Curioso levanté la mirada corroborando que efectivamente, el tan conocido editor de moda y voz determinante para las tendencias de auge en todo Alemania durante la década de los 80’s, Geert Kähler , se aproximaba hacia nosotros de forma segura atravesando el vestíbulo con aquel porte elegante y vistoso que lo caracterizaba, sin quitarnos la mirada de encima ni por un segundo.
Con calma me llevé la copa de champagne a los labios y di un trago corto sin permitir que la mirada filosa de Geert me intimidara, por el contrario, su travesía hacia nosotros me permitía tomarme unos segundos para deleitarme con Bill, analizando como su mirada se había encendido de repente con la inocencia digna de cualquier novato en el mundo de la moda. Sabía la ilusión que le provocaba el conocer a personajes legendarios dentro del medio y aún cuando llevaba algunos años en la editorial, parecía que cada nuevo acercamiento con una figura reconocida dentro del pequeño círculo de la industria editorial, del modelaje o de diseño, lo volvía un manojo de nervios. De cierta forma me recordaba tanto a mí en mis inicios, que era inevitable no derretirme de ternura ante su ingenuidad.
—No puedo creerlo, es el mismísimo Ancel Friedman en persona —Fue lo primero que exclamó Geert en cuanto estuvo a unos cuantos pasos de nosotros—. Tenemos un mundo de cosas que hablar tú y yo. —sentenció señalándome..
Con una enorme sonrisa, Geert se inclinó hacia mí besándome en ambas mejillas, tal cual se acostumbraba hacer en París, Milán, o cualquier otra capital cosmopolita de moda, para después clavar de forma fiera sus característicos ojos ambarinos sobre Bill.
—¿Y tú eres? —Le cuestionó examinándolo de arriba hacia abajo, criticándolo descaradamente. No me sorprendió que un rastro de sonrisa se le asomara en los labios unos segundos después, indicando que le agradaba lo que estaba viendo; lo conocía bien y sabía que ese era el gesto que delataba su “aprobación” inmediata.
—Bill, Bill Kaulitz. —Respondió torpe, cambiando con rapidez la copa de champagne vacía que llevaba en la mano izquierda, para poder corresponder al saludo que Geert estaba ofreciéndole con gesto delicado y casi femenino.
—Es todo un placer, Bill. —Ronroneó sin dejar de mirarlo, como si de repente quisiera grabar en su memoria cada detalle de Bill y su peculiar aspecto.
No quería reír frente a él por lo nervioso que estaba, pero en el fondo no podía dejar de parecerme cómico el efecto que Geert provocaba en la mayoría de las personas al conocerlo por primera vez. Sabía por su propia boca que esa actitud —mitad retadora, mitad superflua—, no era más que parte de su estrategia para enfrentarse al mundo. El temido Geert Kähler en realidad no era tan intimidante cuando se le ponía en un ambiente discreto y un tanto hogareño, en dichas condiciones incluso llegaba a ser cálido y sobreprotector, como un segundo padre que daba buenos consejos y actuaba de forma educada y sin rastro de pedantería, pero cuando se trataba del mundo de la moda, podía llegar a transformarse en un ser arrogante que disfrutaba profundamente el hacer sentir incómodos a los demás como método de sometimiento.
—Creo que iré por un trago, ¿De acuerdo? —Bill me miró incómodo, como rogando para que no dijera nada y tan sólo lo dejara huir, antes de que Geert siguiera acosándolo con la mirada de aquella forma tan insistente— Ahora vuelvo, no tardo… —Se disculpó antes de caminar apresurado lo más lejos de nosotros sin siquiera esperar una respuesta.
—Eso fue sencillo…
La risa profunda e inconfundible de Geert que siguió a su comentario, confirmó que su actitud había tenido como objetivo el alejar intencionalmente a Bill para estar a solas conmigo aunque fuese por unos minutos y de nueva cuenta —como parecía ser su costumbre— había ganado.
—¿Así que viene contigo? —comenzó el interrogatorio sin quitar la mirada del pobre de Bill que se escabullía despavorido entre la gente buscando un refugio alejado de nosotros.
—Sí…
—¿Y qué es de tí exactamente? —sus felinas pupilas me escudriñaron agresivamente esperando ya una mentira de mi parte.
—Es mi asistente… y amigo. —respondí incómodo, dando un trago más al champagne al sentir que mi garganta y boca se habían secado súbitamente ante su cuestionamiento.
—Es muy interesante —aguzó la mirada meditando en silencio por unos segundos antes de volver a atacar—. Hubiera jurado que era alguno de esos nuevos modelos que vuelven locos a la industria de la moda de un día para el otro. Tiene la figura perfecta, la altura requerida y sobre todo, una belleza muy particular; me sorprende que nadie lo haya orillado hacia las pasarelas hasta ahora… en especial tú, sé que tienes una intuición admirable para reconocer el talento, estas perdiendo el tiempo definitivamente.
—No lo creo Geert, Bill no está interesado. —aseguré como si alguna vez se lo hubiese preguntado, aunque no hacía falta, creía conocerlo lo suficiente como para saber que ese tipo de ofertas no le atraían en lo absoluto, o quizás era que así lo quería creer, ya que no podía soportar la idea de que el mundo entero se lo apropiara cuando lo quería sólo para mí.
—Supongo entonces que lo conoces suficientemente bien como para poder asegurarlo.
Sabía a donde quería llegar, me estaba provocando haciéndome saber entre líneas sus sospechas sobre la relación exacta que teníamos. Resultaba obvio el hecho de que Bill fuera sólo uno más de mis amigos y colegas cuando era tan atractivo, pero aún cuando parecía ser lo evidente, nuestra discreción abría un pequeño hueco a la especulación. Geert lo deseaba al igual que lo hacían muchas de las personas a nuestro alrededor, pero sabía muy bien que si Bill tenía algo que ver conmigo, eso lo convertía automáticamente en alguien intocable para él y para todos los demás.
Por un par de minutos nos quedamos en silencio, yo preparándome para cualquier otra estocada que Geert pensara dar disfrazada de charla casual y él pensando detenidamente cuál sería el camino por el que llevaría nuestra conversación después de tan incómodo momento.
—Por cierto, Ancel, quería agradecerte personalmente el gesto tan generoso que tuviste. Ayer llegó a mi oficina la invitación para la celebración del décimo aniversario de Glück y no puedo sentirme más dichoso de que hayas tomado en cuenta a este “viejo” para un acontecimiento tan relevante. Diez años son un número sin duda de importancia. —sonrió complacido, sabía que el adjetivo “viejo” no era por su verdadera edad, más bien, porque a aquel tipo de fiestas solía invitarse a los editores de moda, incluso aquellos que eran una competencia —y en cierto grado enemigos—, así como a cualquiera que fuera influyente en el mundo de la alta costura y pasarelas, más no a editores retirados como él.
—Sabes que será un honor tenerte ahí, Geert.
Era verdad, me sentía en deuda con él por todo lo que había hecho por mí y esa era una forma de mostrarle mi respeto y agradecimiento. Por años él había sido quien me diera el apoyo y reconocimiento que no había recibido por parte de nadie —incluso de mi padre—, al tomar la descabellada decisión de adentrarme por completo en el mundo de la moda, abriéndome el camino en aquellos difíciles primeros años. El que Geert creyera en mí, siendo uno de los editores de moda más importantes de Alemania, sin lugar a dudas había sido esa gran ayuda que cualquiera deseaba para comenzar su carrera en un ambiente tan hostil y salvaje como en el que había pretendido sobresalir.
—¿Quién lo diría? Ancel Friedman siendo un editor élite al igual que su padre, claro, en sectores completamente diferentes, pero aún así, imprescindibles en la escena nacional. Tu padre debe de sentirse más que orgulloso.
—¿Lo crees? —pregunté con ironía, sabiendo a la perfección que lo menos que mi padre sentía era orgullo.
—¡Por supuesto que sí! Eres su único hijo. Sé que Egbert no es de lo más expresivo pero…
—Y tampoco de lo más simpatizante con el ambiente de la moda, si me dejas agregar…—bufé de forma osca provocando en Geert una mueca de exasperación por mi terquedad.
—De acuerdo, sí, no era precisamente lo que tu padre esperaba para ti, pero aún con ello sigues siendo su hijo y está muy orgulloso de cada logro que consigues.
En el fondo quería creerle, deseaba que él supiera algo que yo aún no lograba escuchar de mi padre, esperaba que las palabras de Geert no fueran sólo un premio de consolación y que al menos contuvieran un tanto de verdad. Papá y él se conocían bien ya que habían sido compañeros durante la escuela de periodismo, e incluso al iniciar su carrera, habían trabajado codo a codo como ayudantes de redacción y aunque nunca fueron los mejores amigos, se tenían cierto cariño, lo que los hacía mantener bastante contacto aún después de tantos años. Lo cierto era que, aunque sus carreras habían tomado cursos bastante diferentes y mi padre no compartía la simpatía de Geert por “temas banales” —como solía calificar a la industria— sentía respeto y aprecio por su colega. Lo curioso era que, en los últimos años, yo era más allegado a él, que lo que mi padre alguna vez lo había sido en todos los años que llevaban conociéndose.
—De cualquier forma, Ancel, no es fácil mantener el prestigio de una revista como Glück por cinco años y aunque no lo creas comienzas a convertirte en una leyenda. Eres, por mucho, uno de los editores más influyentes de la última década y eso comienza a saberse no sólo aquí en Alemania, sino en todo el mundo, deberías sentirte muy orgulloso por lo que has logrado.
—No ha sido fácil, pero definitivamente me siento feliz con los resultados.
—Imagino que sí… —Cambió de posición con delicadeza y elegancia, acomodando el pañuelo rojo que llevaba en el cuello en contraste con su chaqueta azul marino, como todo un gurú del estilo, denotando así sus más que amanerados movimientos— Habrás de saber que he escuchado hablar mucho de ti últimamente, tanto dentro del mundo editorial, como fuera de el. —Me lanzó una mirada confusa, que sabía, llevaba doble intención en el fondo.
—¿Ah sí? Y me pregunto, ¿han sido cosas buenas o malas?
—Supongo que buenas, todo depende del modo en que se mire —sonrió astuto—. El mundo de la moda se ha vuelto loco contigo Ancel, al punto en que hace unos días escuché un rumor de que Farben planea dedicarte un extenso artículo de 4 páginas en su siguiente número, según ellos, sólo por ser uno de los personajes más influyentes del año.
—¿Farben? —me incliné ligeramente hacia delante por la sorpresa de lo que acababa escuchar.
Conmocionado tuve que tomarme un momento para tragar saliva intentando no atragantarme. Cualquier editor en Alemania sabía lo que estar en la mira de Farben significaba socialmente hablando. Ferben era la revista con contenido homosexual más conocida de todo el país, en pocas palabras, era uno de los referentes editoriales más sonados de la comunidad LGBT alrededor del mundo y aparecer entre sus páginas te regalaba una etiqueta social difícil de evadir.
—¿Por qué habría de interesarle a Farben, Geert? Quiero decir… —carraspee intentando no sonar de ninguna forma como un estúpido— No encuentro razones por las que me elegirían…
—¿En serio no sabes por qué eres su “figura del año”, Ancel? —rio él suavemente, burlándose de mí con petulante elegancia.
Resultaba tonto intentar engañar a Geert, una de las personas que mejor me conocían en el mundo. Era asfixiante tener que quedarme callado, pretendiendo no saber las razones exactas por las que dudaba de mí, sobre todo cuando estaba ahí delante, escrutándome con aquellos ojos ambarinos —tan profundos—, que daban la sensación de estar mirando hasta el último rincón de mi ser.
—Me preocupa lo que esto pueda llegar a significar en tu vida Ancel, sabes que conozco a tus padres hace muchos años y estoy seguro de que leer un artículo sobre ti en Farben no es para nada algo que esperen y mucho menos, que vayan a tomarse con buena cara —El tono serio que adoptó de repente, me confirmó que en ese momento no era Geert el gurú de estilo quien me hablaba, era más bien Geert “Mi segundo padre” quien estaba intentando razonar conmigo—. Hablé con tu padre hace unas cuantas semanas y parece que él y tu madre están muy emocionados por tu reciente compromiso con Lena Wolff, así que no quiero imaginar el shock que sería el leer un artículo de ese tipo después de comprometerte oficialmente.
—Lo de Lena…
—No sé en que términos ella y tú hayan llegando al acuerdo de compromiso— Me interrumpió hosco antes de que comenzara a explicarme— y si debo ser sincero, tampoco me interesa. Sabes que no apoyo, ni apoyaré tus razones para creer que comprometerte en matrimonio es lo correcto para tu carrera, pero de igual forma me parecería absurdo que todo lo que has construido hasta ahora se venga abajo por la especulación pública. Ferben puede destruirte con una sola página, no deberías subestimarlos. Si tu preocupación por años ha sido el que te encasillen como otro más de los editores homosexuales de revistas de moda, entonces este es el momento de defender tu postura y velar por ella más que nunca.
El mundo en menos de cinco minutos, se estaba desmoronando a mis pies, todos aquellos feroces miedos que por tanto tiempo me habían atormentado, estaban materializándose frente a mis ojos. Perder credibilidad, decepcionar a mis padres y renunciar a Bill de la noche a la mañana, comenzaba a sonar como una realidad inmediata que me aterraba. Me encontraba entre la espada y la pared; la aparente estabilidad que tanto me había costado conseguir, se desmoronaba frente a mis ojos con la simple amenaza de que 4 páginas en Ferben revelaran la pesada verdad que por años había intentando mantener alejada del ojo público por mi bien y el de todas las personas involucradas.
—Si quieres mi consejo, creo que tienes frente a ti una oportunidad de oro para arreglar todos los malentendidos. La fiesta de aniversario será en unas semanas y es la ocasión perfecta para desmentir muchas creencias a tu alrededor. Si presentas públicamente a Lena como tu prometida, disiparás los rumores y le dejarías muy en claro a Farben que no estás interesado en ser parte de sus publicaciones.
—Lo de Farben debe der ser sólo una equivocación Geert, a veces…
—¿Una equivocación? ¿En serio crees que somos idiotas? —Cuestionó de golpe riendo con sarcasmo— ¿Acaso vas a decir que Ferben no tiene razones suficientes como para creerte el homosexual del año? Créeme Ancel, estás en la mirada de muchos allá afuera y es más que evidente la relación que tienes con tu asistente. Te has dejado ver con él por todos lados sin restricción alguna y ni que decir de lo que todo tu equipo de trabajo habla acerca del tema. Es demasiado obvio para todos y sí, no negaré que incluso yo me hubiera visto tentado con un chico como él, pero a veces hay que aprender a sacrificar algunas cosas para mantenerte fiel a tus convicciones.
»¿Cuántas veces no lo discutimos? Has sostenido hasta el cansancio que tu objetivo principal es demostrar que un hombre heterosexual también es capaz de triunfar dentro del mundo de la moda ¿No es cierto?, pues bien, ha llegado el momento de que lo sostengas y dejes de jugar con fuego exponiendo tu credibilidad. Si querías ser el modelo heterosexual de éxito en el ambiente, entonces demuéstralo, sé ese “tú” que has querido dejar en alto por tanto tiempo, de lo contrario, acéptate y vive en paz con los estereotipos a los que estás condenado.
¿Por qué demonios al final del día resultaba tan importante con quién me iba a la cama? ¿En que momento mis preferencias pesaban mucho más que mi trabajo y esfuerzo? Geert tenía razón, yo mismo me había condenado a seguir un rol que no cubría al cien por ciento, pero eso no quería decir en absoluto que esperara que mis preferencias sexuales fueran el referente para calificar mi desempeño en Glück o cualquier otra editorial de moda. Odiaba tener que decidir entre darle la razón a todos aquellos que no creían en mi, aceptando mi yo abiertamente homosexual, o ir en contra de mi naturaleza negando que estaba profundamente enamorado de un hombre maravilloso, arriesgándome a perderlo para siempre.
—No es tan sencillo como lo planteas Geert, es que tu no entenderías… —bufé frustrado.
—¿Qué es lo que no entendería? ¿Que te estás tirando a tu asistente y lo has llevado a vivir a tu apartamento? ¿O que estás como un idiota por él? Porque si me dirás que no entiendo eso, déjame decirte que no serás el primero, ni mucho menos el último, que haga estupideces por un poco de sexo con un chico increíblemente atractivo, pero las aventuras son eso, simples pasatiempos… ¿O es que en serio te enamoraste de él?
Ante su pregunta lo único que pude hacer fue guardar silencio, quizás por idiota o por cobarde, pero simplemente las palabras “Sí, me enamoré” no se permitieron salir de mis labios ante la mirada fiera de Geert que no hacía más que intimidarme.
—Bueno, si no te enamoraste, entonces sólo lo pasaste bien, fue divertido y por demás satisfactorio pero lo suyo debe terminar por tu bien y el de tu carrera; en el momento menos esperado él o cualquier otro van a dejarte y lo único que quedará es lo que todos los demás concluyeron con ello. Si yo fuera tú, no pondría en riesgo mi reputación por algo pasajero como lo que ustedes tienen. Piensa en tus padres, algo así les rompería el corazón, ¿En serio crees que vale la pena dejarlo todo por él? Yo realmente no lo creo…
Aunque doliera y pareciera injusto, la verdad era que Geert tenía razón, si ponía todo en la balanza, tenía mucho más que perder si aceptaba una relación con otro hombre, que si seguía siendo coherente con el discurso que hasta el momento había defendido. El problema era que, por más lógica que sonara la solución, mi corazón se negaba a aceptar la realidad y me rogaba que no cometiera un error como aquel, porque al final de cuentas, jamás se había enamorado con tanta intensidad de alguien como lo había hecho con Bill.