Una Ultima Promesa 23

23 // Nuestro lugar en la luna

Las estrellas se veían más que espectaculares sobre nosotros esa noche. El cielo estaba tan claro, que incluso podíamos jurar que la galaxia entera alcanzaba a divisarse entre el centenar de luces que adornaban el firmamento.

No sabía que decir o como comenzar, las palabras y justificaciones que por tanto tiempo habían rondado por mi cabeza, parecían haber desaparecido y de pronto sólo estábamos en silencio, mirando hacia el cielo sin atrevernos a decir una sola palabra.

Discretamente volteé la mirada hacia él, me sentía tan dichoso de saber que había vuelto a mi lado, que no quería arruinarlo, me aterraba la idea de decir algo estúpido que hiciera que la tranquilidad que reinaba se esfumase sin dejar rastro alguno. Había pasado tanto tiempo teniéndolo lejos, que me negaba a que ocurriera una nueva separación por malentendidos sin sentido; mi intención en absoluto era remover los recuerdos dolorosos que nos habían distanciado, por que lo único que importaba era que aún nos amábamos como unos locos.

Eran esos segundos en silencio y en completa paz a su lado, los que me confirmaban que no había nada que pudiera ir en contra de lo que sentíamos. No importaba mi temor a lo que todos dijeran, las constantes peleas, o las diferencias y mentiras; en medio de aquel bosque que nos ocultaba de la mirada de los extraños, las amenazas de mi padre o la rivalidad que tenía con Khris no existían, sólo estábamos él y yo disfrutando el uno del otro, re aprendiendo a escucharnos, a sentirnos y a amarnos.

Ya no eran necesarias mis disculpas ni las suyas, con un lenguaje ajeno a las palabras esa noche demostraba lo mucho que lo había extrañado, cuanto era que me dolía su ausencia y lo arrepentido que me sentía por ser un cobarde y no luchar por lo nuestro. Aun así, entre lágrimas me atreví a jurar que todo cambiaría, que lo dejaría todo por él, que terminaría por fin con la gran mentira de mi compromiso y valientemente retomaría lo nuestro, dándole el lugar que merecía en mi vida y que aceptaría por primera vez mi realidad.

Me perdonó y creyó de nuevo en mi, lo sabía porque sus brazos de nueva cuenta se enredaron en mi cintura y sus besos limpiaron el resto de culpas que se me habían amontonado de pronto en la comisura de los labios durante su ausencia.

—Mira, ahí está Saturno, donde viven las almas de los amores atormentados. —Su voz rompió la calma y su índice señaló de pronto hacia un punto distante donde una estrella enorme titilaba con fuerza. Yo no sabía mucho de estrellas, constelaciones o planetas, pero él parecía conocer el universo entero; a cada dirección que señalaba, me regalaba un nombre diferente aleccionándome acerca de las galaxias que observábamos.

—¿Y nosotros dónde estamos? —pregunté delineando su mejilla con delicadeza, admirando lo hermoso que se veía con la luz blanca bañando por completo su piel desnuda.

—¿Nosotros? —Sonrió tomando con suavidad mi mano para que fuera yo mismo quien encontrara el lugar—. Ahí estaremos por siempre —Señaló la enorme luna llena que rompía la monotonía de la obscuridad con su luz y volteó a verme con dulzura—. En ese lugar el amor es eterno y nunca termina. Cuando necesites escapar, recuerda que tenemos un espacio allá arriba sólo para nosotros, no importa qué y no importa cuando, ahí podremos ir para refugiarnos juntos.

Nuestros dedos se entrelazaron aún señalando el cielo, mientras que Bill se acomodaba sobre mi pecho, escuchando los latidos de mi corazón que se aceleraban por el simple hecho de tenerlo así, tan cerca, tan sereno, tan mío.

Si no fuese porque podía sentir lo tibia que era su piel desnuda sobre la mía, habría jurado que estaba alucinando; nunca antes me había parecido tan hermoso e irreal como en ese momento. Las bonitas pestañas que adornaban sus pupilas castañas, se abatían lentamente hipnotizándome y su tez se sentía aún más suave de lo que recordaba, como la seda misma, simplemente perfecta.

—Promete que siempre podré encontrarte ahí… en la luna. —Tomé su rostro después de soltar nuestras manos lentamente y busqué su mirada.

—Siempre —musitó—, te lo prometo. —Sus labios se curvaron en una sonrisa gentil y sus pupilas se encendieron con un brillo especial que nunca había visto.

La ansiedad recorrió mi cuerpo de pronto, necesitaba abrazarlo con fuerza para asegurarme de que no iría a ninguna parte sin mi, que ese momento no iba a terminarse nunca y que siempre estaríamos así, uno al lado del otro.

Con suavidad lo envolví en mis brazos y sus labios buscaron los míos con la misma ansiedad que le había conocido en el inicio de nuestra historia. De pronto sentí como su cuerpo se acomodaba con soltura sobre el mío y con habilidad se hacía un espacio entre mis piernas.

Sin reclamar le permití todo y agradeciendo su disposición enredé mis piernas a los lados de su cadera, sin quitarle mi atención a su boca que parecía hambrienta de repente, exigiendo que me entregara a él sin excusas.

Sus besos eran una mezcla excitante entre dulzura y pasión, puro fuego que ardía lentamente en su lengua, bajo su piel y en la yema de sus dedos; sus manos sobre mi pecho parecían arder al contacto con mi piel, mientras que su cabello erizaba cada poro que rozaba distraídamente en aquella lucha salvaje que estábamos manteniendo.

Me deseaba y yo lo deseaba de la misma forma. Mi cuerpo lo había extrañado tanto, que me emocionaba saber que estaba tomando el control una vez más.

Cerré los ojos y me dejé llevar.

Con delicadeza mis manos resbalaron por sus hombros recorriendo su piel desnuda, hasta detenerse en la curvatura natural de su espalda. Mis dedos intentaron aferrarse a él con fuerza, pero entonces lo único que obtuve fue la nada. Sus labios se esfumaron y el peso de su cuerpo sobre el mío desapareció en un segundo. El compás de su respiración se detuvo abruptamente y los leves gemidos que endulzaban mis oídos se desvanecieron dándole paso al silencio absoluto.

11:00 am.

Asustado abrí los ojos de golpe, tan sólo había sido un sueño. Aún me encontraba en mi apartamento y Bill no estaba ahí.

Como un idiota revisé ambos lados. Seguía tan sólo como la noche anterior cuando me había metido a tientas en la cama, dejando que la botella de Glenfiddich vacía y una más de Coñac a la mitad, resbalaran por la orilla de las sábanas para caer sobre la alfombra. Siquiera recordaba haber sacado esa segunda botella de la alacena, pero un detalle tan sutil como aquel resultaba ínfimo, cuando lo importante era que al menos había servido para ayudarme a conciliar el sueño.

La cabeza me dolía… Estaba a punto de estallarme, pero suponía que era un buen recordatorio de que aún seguía vivo y tenía cientos de obligaciones esperando por mí allá afuera en el mundo.

Torpemente deambulé por el apartamento abriendo las cortinas y ventanas de par en par. De pronto caí en la cuenta de que necesitaba llamar a alguien para que limpiara; las motas de polvo comenzaban a acumularse en las esquinas de los muebles, el filo de las ventanas y las pantallas de televisión. Irónicamente el panorama comenzaba a tornarse bastante deprimente a mi alrededor, retratando un imagen completamente opuesta a mi personalidad ordenada, pulcra y atenta a detalles como ese.

Me estaba marchitando, no había duda.

11:20 am.

Con una serenidad que siquiera yo reconocía, puse la cafetera a funcionar en la cocina, aun cuando sabía a la perfección que no tomaría ni una taza de café, ya que las nauseas me lo impedían, y abrí el portátil sobre la mesa. Miré la bandeja de entrada de mi correo electrónico que estaba a reventar y sin intenciones de contestar a ninguno de aquellos mensajes, cerré la página y comencé a leer las noticias del día.

Todas las notas que leía y dejaba a la mitad eran confusas, parecía que no existía coherencia entre sus líneas, mis ojos brincaban de un párrafo a otro en búsqueda de lógica en aquellas palabras, pero no la encontraban. ¿Era acaso que ya no existían buenos redactores en el mundo, o que yo no podía concentrarme en nada porque no dejaba de rondar por mi cabeza el recuerdo de aquel sueño tan vívido del que me había despertado esa mañana?

Era consiente de que nada de lo experimentado en ese sueño había sucedido en realidad, pero curiosamente aun podía sentir la tibieza de su piel arañándome la punta de los dedos y un hormigueo extraño en los labios que me provocaba una melancolía particular.

Mi inconsciente me había jugado una muy mala pasada tomando fragmentos de recuerdos y parte de mis anhelos para engañarme de forma cruel.

Nuestro lugar en la luna si existía y Bill había hablado de ello una de aquellas tantas noches juntos.

La primera vez que escuché sobre su dulce historia, no estábamos en un sorprendente bosque como el de mi imaginación, en medio de la nada, con los árboles coronados por la nieve de invierno y tampoco se podía admirar de forma espectacular la galaxia entera en el cielo, por el contrario, sencillamente nos habíamos encontrado en el apartamento, desnudos sobre la cama y agotados, a punto de quedarnos dormidos mirando hacía el cielo de Berlín que de espectacular no parecía tener mucho. Esa noche nos abrazábamos con fuerza, como si temiéramos alejarnos el uno del otro si nos soltábamos, ávidos de reconocernos como los amantes perfectos que ya habían encontrado a su otra mitad en el mundo. Ahí, en medio de divagaciones torpes entre el sueño y la conciencia, Bill habló románticamente de ese lugar que siempre nos pertenecería: La luna, y del como podríamos buscar refugio siempre que lo necesitáramos, porque en ese sitio no existía el tiempo, el espacio, o el mundo a nuestro alrededor. En la luna podíamos ser libres, amarnos intensamente y pasar una eternidad uno al lado del otro.

Fascinado lo escuché con atención y aunque sabía que todo era una ideación infantil de su parte, no tuve reparo en abrazar el juego de su inocencia y me convencí de que cada una de sus palabras eran ciertas. La luna siempre sería nuestro lugar y ahí podríamos volver un millar de veces para encontrarnos.

¡Como deseaba que aquel sueño hubiera sido realidad y que su promesa fuera cierta! Mi yo más idealista se había sentido realizado al creer que las cosas entre nosotros podían arreglarse fácilmente, que bastaba con un “Lo siento” sincero, algunos besos y un par de caricias para lograrlo, y que además, ese lugar en la luna del que Bill había hablado realmente existía y podíamos ir ahí una vez más para reencontrarnos.

Lo difícil al tomar la píldora de realidad que me regalaba el mirar a mi alrededor y encontrarme completamente solo y en decadencia, no era aceptar que tan bella utopía fuera un sueño, lo complicado en realidad era soportar el sabor amargo que provocaba el saber que, aunque pidiera perdón y accediera a aceptar mi realidad, las cosas no se arreglarían con un simple te quiero.

Sabía que la situación era mucho más complicada de lo que aparentaba, pero aún con ello, en el fondo deseaba fervientemente que Bill llegara a entender mi posición para aceptar mis disculpas; quería que se pusiera en mis zapatos por al menos unos minutos y comprendiera lo abrumador que resultaba estar en mi lugar, amándolo profundamente sin poder gritárselo al mundo entero y aún así, sintiendo la gran responsabilidad de guardar silencio.

Algunas veces tenía lapsos en que hubiera dado cualquier cosa por no ser yo mismo, por poder ser alguien más, cualquier sujeto con una vida mucho menos complicada que la mía, sin las responsabilidades que se me habían encomendado y sobre todo, con la libertad que necesitaba. Era en momentos de extrema debilidad como ese en que era consiente de lo mucho que envidiaba a Bill en el fondo y como nunca me había atrevido a decírselo.

Amaba mi vida y la suerte que había tenido hasta entonces; me encantaba mi empleo, la posición social de la que gozaba, el momento de gloria en que me encontraba y lo que estaba haciendo profesionalmente, pero había pequeños momentos en el día a día en que deseaba cambiar papeles con Bill. Él no tenía las grandes responsabilidades por las que yo velaba, ni estándares por cubrir o unos padres castrantes que decidieran incisivamente sobre su vida y odiaran todo lo que no cumplía con las reglas establecidas. Bill podía ser lo que quisiera, su madre lo apoyaba en cualquiera de sus decisiones y se mostraba claramente orgullosa de él aún cuando sus logros —a ojos de los demás— fueran insignificantes. Él podía tomar el camino que deseara, poseía el derecho a equivocarse abiertamente, arrepentirse e intentarlo de nuevo y no había nadie que lo pusiera en duda, porque cualquiera que fuera su camino, para los demás estaba bien y a la medida.

Bill además contaba con la maravillosa libertad de ser él mismo —bajo cualquier circunstancia— y se enorgullecía en demasía por ello. No importaba si el mundo entero lo miraba extraño por usar maquillaje o vestir de forma extravagante, si los demás murmuraban a su alrededor al encontrarlo atractivamente confuso y brincando descaradamente entre lo que la sociedad había designado como femenino y masculino, él de igual forma caminaba altivo con el rostro bien en alto, provocando a su paso envidia y a la vez, arrancando un centenar de cumplidos que le alimentaban caprichosamente el ego, porque había aprendido lo que a muchos nos costaba: a amarse a sí mismo.

Y sí, además de todo aquello existía una razón por la cuál deseaba ser él la mayor parte del tiempo, y es que Bill hacía lo que yo muchos años atrás me había prohibido: Se permitía amar a quien quisiera y no le era cuestionado, nadie se atrevía a descalificarlo o humillarlo porque el solo, sin esperar que nadie lo apoyara, se enorgullecía de ello.

No existía nadie a quien le sorprendiera su forma de amar o que la encontrara fuera de lugar y había una sencilla explicación a eso: Bill se sentía bien consigo mismo, se aceptaba, abrazaba la idea de sus preferencias con cariño y no sentía vergüenza, lo que lo volvía natural para quienes estaban a su alrededor acompañándolo.

Sí, él y yo éramos abismalmente diferentes en todos los sentidos.

Bill era libre y yo tan sólo un esclavo más de mis propios prejuicios.

Toda la agenda del día en la editorial tuvo que recorrerse por mi irresponsabilidad.

Durante la reunión nadie encontró el valor para demostrar abiertamente su enfado por haberlos hecho esperar al menos 2 horas después del horario pactado para la reunión de esa mañana, pero claramente podía leer en sus rostros lo molestos que estaban. Nunca, desde que había tomado el puesto de editor en jefe de Glück, llegué tarde a una reunión o cita, era la primera vez en que hacía esperar a todos mientras tomaba una ducha rápida y me dirigía a la editorial con un horrible dolor de cabeza y unas terribles nauseas.

Sintiéndome más culpable que nunca, agilicé todo para terminar antes de lo planeado y así, más temprano que de costumbre, un pequeño caos de pláticas en voz alta confirmaron que la sesión para hacer los cambios finales de la próxima publicación, había dado por terminada.

Con disimulo le hice un discreto gesto a Khris para detenerlo antes de que huyera de la sala como últimamente acostumbraba a hacer, sin siquiera detenerse a buscarme para saber si todo había ido bien.

La mueca de desagrado en su rostro fue obvia, pero aún en contra de su voluntad, permaneció recargado en el marco de la puerta esperando a que todos los demás salieran dejándonos a solas.

Aguardando el momento adecuado para hablar, eché una última mirada a la maquetación de portada para el número de edición especial que lanzaríamos dedicado a Lagerfeld y su indiscutible legado en la industria de la moda a nivel internacional.

Una delgada rubia de facciones andróginas y maquillaje cargado coronaba la fotografía que daría personalidad a la publicación; un pequeñísimo vestido de corte recto y estampados simétrico en blanco y negro era la joya de la imagen, el cuál había sido combinado audazmente con unas provocativas botas de ataduras griegas que le llegaban un poco más arriba de las rodillas. El fondo, de un sólido y brillante color carmín, hacía que la exótica chica resaltara en medio de la fotografía. La idea me hacía pensar de inmediato en una diosa Griega resurgiendo en pleno siglo XXI, después de una glamurosa transformación que la volvía un poco más sexual de lo que le era permitido a cualquier deidad. Sin duda el concepto y ejecución eran una apuesta arriesgada al igual que atrapante, lo que confirmaba lo obvio: Nuestro Director Creativo era todo un genio.

Resultaba irrefutable el que Khris poseía una visión inigualable y un gusto exquisito. Era —aún a mi pesar— un hombre con un talento único, por lo que resultaba entendible lo codiciado que se había vuelto en los últimos años dentro del mundo editorial.

Podía odiarlo, sí, pero eso no hacía que dejara de admirar cada uno de los talentos que poseía y lo lejos que me había ayudado a llevar a Glück en esos años con su colaboración, por lo que realmente me inquietaba que nuestra mala relación pudiera afectarnos en un ámbito profesional.

La verdad era que, aunque a nivel personal deseaba que Khris desapareciera de mi panorama para que no complicara más la inestable relación que mantenía con Bill, como editor en jefe me aterraba la idea de que nuestro desagrado mutuo lo orillara a buscar ofertas más atractivas en alguna otra revista de la competencia. Tenía la certeza de que bastaba con que Khristoph solicitara una oportunidad fuera de Glück, para que al menos una decena de publicaciones le hicieran propuestas tentadoras que lo alejaran para siempre de nuestras filas.

Khris me parecía un hombre astuto y muchas veces aprovechado y mal intencionado, pero como profesional no tenía una sola queja de su trabajo; era un director creativo en extremo perfeccionista, atrevido y con un estilo claro e inigualable, en pocas palabras: Khris era el Director Creativo de ensueño que deseaba cualquier publicación en el mundo.

Aunque me incomodara, no podía darme el lujo de orillarlo a buscar refugio en otra parte sólo porque estábamos obsesionados con el mismo hombre y ninguno quería ceder en la contienda, ni yo deseaba dejar ir a Bill, ni él planeaba respetar la relación que teníamos.

—Es maravillosa la portada para el especial de Lagerfeld, no podría haber imaginado algo más acertado para la ocasión —confesé buscando por fin su mirada, haciendo un gran esfuerzo para que se dignara a prestarme atención—. ¿Estás satisfecho tú también?

—Sí a ti te convence no creo que importe mucho mi opinión. —contestó con desprecio, cruzando los brazos sobre el pecho con arrogancia.

—No sólo es mi trabajo, es trabajo de todos, me gustaría pensar que estás satisfecho también.

Sin tomarse la molestia de responder, sólo se alzó de hombros como si no le interesara en absoluto mi pregunta y desvió la vista hacia otro lado para no tener que sostenerme la mirada.

Fingía, sabía que estaba intentando parecer desinteresado en hablar de su trabajo, cuando en realidad la portada le había fascinado al igual que a mí, lo comprobaba porque el brillo en sus ojos al presentar la editorial, había sido especialmente notorio esa tarde. Ese era —por mucho— uno de los mejores trabajos que había hecho y no podía evitar sentirse orgulloso con el resultado aunque fingiera modestia ante mi.

—¿En verdad quieres hablar de lo maravillosa que es la portada, o tienes algo más que decirme? —cuestionó con voz gélida—. Por favor, no estoy para tus halagos vacíos, ni tú para perder el tiempo conmigo.

Sorprendido por su brutal sinceridad y lo poco que le importaba conservar la diplomacia entre nosotros, dejé a un lado la portada y lo miré directamente a los ojos.

—Sí, tienes razón, no te pedí que te quedaras para hablar acerca del maravilloso trabajo que haces, pero aún así, espero que creas en la sinceridad de mis palabras. Te admiro y respeto como profesionista, de eso no debe quedarte ninguna duda.

—Como profesionista —soltó con burla—, sólo de esa forma, lo sé, me queda muy claro y espero que sepas que te respeto de la misma forma, sólo así.

—Khris, no es mi intención hacer a Glück un campo de batalla —agregué con voz calmada intentando decrecer la hostilidad de la situación—. Creo que no es nada ético dejar que nuestros intereses personales se mezclen con los intereses de la revista. Somos adultos, ¿sabes? Me parece ilógico llegar a estos extremos. Tú y yo hemos trabajado muy bien juntos durante mucho tiempo, no me explicó porqué llegamos aquí, es estúpido en realidad, muy inmaduro, ¿no te parece?

—Sí, tienes toda la razón, a mí también me parece que es muy inmaduro que alguien como tú, no pueda aceptar que su amante ya no esté interesado en seguir una relación insana como la suya y quiera buscar a alguien más para seguir con su vida.

—Khris, esto no se trata de ti, de mi o de Bill, ni siquiera deberíamos de mezclar las situaciones.

—¿No deberíamos?, ¿por qué?, ¿por qué debería evitar mezclar mis intereses, cuando tú lo has hecho todo este tiempo con tu asistente?. ¡Ah, ya entiendo! Es que cuando se trata de ti está permitido, pero cuando alguien más amenaza con quitarte lo que crees de tu propiedad, entonces se vuelve un conflicto de intereses con la editorial, ¿cierto?.

»Sí, me olvidaba que el mundo gira alrededor de ti y las situaciones se vuelven problemáticas sólo cuando alguien más es el protagonista.

—Sabes perfectamente que las cosas no son así. —Intenté defenderme.

—¿No lo son? Pues a mi me parece que sí. Curiosamente vienes a hablarme de conflictos profesionales cuando estoy intentando rescatar a Bill de tu lado, pero no pensaste en todos los problemas que podría conllevar el acostarte con tu asistente; para mí eso suena a aprovecharte del puesto que tienes para intimidar a los demás y sacar provecho de las situaciones como jefe editorial, ¿no lo crees? —bramó molesto— ¿O qué, me dirás que no harás nada para evitar que Bill y yo estemos juntos? ¿Vas a respetar la relación que tengamos sin hacer un drama por ello? No lo creo, me parece que no tienes la suficiente madurez para algo como eso.

—Bill aún está conmigo, que no se te olvide. —sentencié rígido.

—Estaba, es más que obvio que ya no queda nada entre ustedes, de ti ya obtuvo suficiente y se ha cansado, en cambio en mí ahora ha encontrado ese refugio que ya no encuentra contigo, te guste o no, yo soy quien ahora está ahí para protegerlo.

—Protegerlo es lo último que quieres hacer con Bill, lo que en verdad deseas es que sea un check más en tu lista, ¿No lo dijiste claramente alguna vez? ¿Por qué finges genuino interés en él cuando lo único que quieres es llevártelo a la cama?

—Tenga un genuino interés en él, o sólo quiera pasar un buen rato, de igual forma te jode y te jode mucho, porque lo consideras de tu propiedad y no quieres que nadie más lo tenga. ¿Cuándo es que lo dejarás en libertad de una vez por todas? ¿Será hasta que des el sí en la iglesia y no puedas llevarlo a vivir con tu futura esposa? Eso es patético ¿Lo sabías?—Me cuestionó molesto.

—No sabes de lo que estás hablando… —reproché severamente.

—No, sí sé de lo que hablo, porque no serás ni el primero ni el último que finge tener la vida perfecta mientras esconde muchísimos secretos en su habitación. Crees que no sé lo que pasará, pero por desgracia esto lo he visto antes con mis propios ojos. Eres igual de cobarde que muchos allá afuera que viven una doble vida por miedo a lo que todos digan. ¿Por qué no lo aceptas de una buena vez, Ancel? Los cobardes no tienen derecho a ser felices y mucho menos a joderle la vida a los demás, sólo para hacerlos igual de desgraciados. ¿Acaso no presumiste frente a todos tu compromiso y próximo matrimonio? Asúmelo entonces, ten el valor para vivir la vida que pretendes hacerle creer a todos que tienes y deja en paz a Bill, él no se merece las migajas de tu atención, ni las humillaciones por las que ha tenido que pasar desde que hiciste tu fabuloso anuncio de compromiso. Sea conmigo o con alguien más, Bill va a desaparecer de tu vida y te guste o no, tienes que empezar a aceptarlo.

—Hablas como si fuera un hecho que estarán juntos y que él te corresponde; ambos sabemos que no es así. No te has cansado de acosarlo desde que viste la oportunidad de acercarte. El que seas tú quien está pegado a él esperando sus momentos de debilidad, no quiere decir que él esté interesado en ti.

—Me conmueve tu ingenuidad, ¿Crees que eres el único por el que Bill puede mostrar interés? Incluso si yo me alejara y dejara de prestarle atención, estoy seguro de que sería él mismo quien vendría corriendo a mi lado como abeja a la miel, por desgracia no sabe estar solo y es capaz de todo con tal de encontrar a alguien que le solucione la existencia.

—No hables así de él, Bill no necesita de nadie.

—¿Seguro? —rio burlonamente—. Bien, podríamos hacer la prueba si quieres y te aseguro que no tardará ni un día en rogarme atención. Aunque te duela aceptarlo, no eres indispensable en su vida, lo único que Bill necesita es remplazarte para superar lo que alguna vez tuvieron.

»Siento mucho tener que decírtelo Ancel, pero el cause natural de las cosas puedes intentar frenarlo, pero al final no lograras detenerlo. Sí Bill y yo debemos estar juntos, pasará, estés tú o no para aprobarlo.

—El jamás me remplazaría con alguien como tú, así que no te alegres tan pronto, lo nuestro no se ha terminado.

—¿No ha terminado? ¿En serio? —sonrió—. Curiosamente a mi me parece que lo suyo se hundió hace un buen rato. ¿Por qué te aferras a algo que no funcionará más? ¿Acaso le has preguntado si quiere continuar con la burla de relación que lo has obligado a tener? —Enarcó una ceja malicioso interpretando mi silencio—. Me lo imaginaba. Por supuesto que no se lo has preguntado, porque siquiera desea volver a hablar contigo. Dime, ¿cuándo fue la última vez que intentó estar cerca de ti por interés propio y no por que lo obligaste a responderte? Bill incluso me lo ha dicho, no te quiere cerca, pero es mayor su interés por conservar su empleo, que su desagrado por ti.—demandó con frivolidad.

Las palabras se me agotaron en un segundo. Podía ser que Khris tuviera razón, desde la fiesta de aniversario Bill siquiera quería acercase a mí, huía de cualquier situación donde tuviéramos que estar juntos a solas y se refugiaba en Khristoph para huir de mí y no encararme.

¿Era acaso que mi egoísmo me había vuelto tan ciego?

Mientras yo conservaba en el interior la estúpida esperanza de que lo nuestro pudiera sobrevivir aún en las circunstancias en las que nos encontrábamos, Bill parecía dispuesto a olvidarse de mí, soportando la insufrible tarea de convivir conmigo tan sólo para mantener su empleo.

—¿Lo ves? Ni siquiera recuerdas cuando fue la última vez que Bill hizo un intento por aproximarse a ti y arreglarlo ¿Y sabes por qué? Porque te detesta, no soporta el tener que verte a diario. ¿Es tan difícil de entender? Lo heriste, destruiste el amor que alguna vez te tuvo y ahora sólo te teme y siente asco.

Era irónico que el encargado de abrirme los ojos fuese justamente Khristoph. De forma maquiavélica y calculadora, había descubierto ese pequeño detalle que yo inconscientemente había pasado por alto y que temía reconocer. Quizás él no tenía idea de lo mucho que su descubrimiento significaba, pero para mi el que denotara aquella “particularidad” ponía en duda todas las resoluciones que había estado haciendo en silencio desde la partida de Bill.

Khris tenía razón, Bill siquiera parecía estar interesado en seguir con lo nuestro, por el contrario, cada vez se encontraba más lejos haciendo evidente el enorme esfuerzo que estaba poniendo para no tener que estar cerca.

Durante los tres años que pasamos juntos las peleas y distanciamientos no habían sido una novedad jamás. Al igual que cualquier pareja teníamos nuestros altos y bajos, meses en que lo pasábamos de lo mejor y parecíamos vivir en el mismísimo paraíso y otros momentos en que nos preguntábamos ¿Qué demonios es lo que estamos haciendo juntos?. La convivencia entre ambos no era sencilla, Bill poseía una personalidad egocéntrica, inmadura y por demás complicada, mientras que yo destacaba por mis arranques de celos y mi mal carácter y aunque en más de un par de ocasiones habíamos estado a punto de mandar todo al demonio y seguir nuestros caminos separados, con el tiempo habíamos adoptado una rutina enfermiza que en ese momento nos estaba faltando: El chantaje emocional y el dramatismo exagerado como salvavidas para rescatar nuestra relación.

En mi memoria existían al menos una decena de esos recuerdos agridulces en que las cosas habían ido al límite, antes de que volvieran a la normalidad que tanto nos esforzábamos por alcanzar, pero había entre aquellas memorias una en especial que era difícil de confundir con alguna otra.

Aún recordaba que la última vez que Bill y yo nos encontramos en Reinstoff, uno de mis lugares favoritos de la ciudad para almorzar, fue todo un desastre.

Antes de salir de casa con camino a la revista, ambos habíamos acordado que nos reuniríamos en Reinstoff después del medio día para tener un poco de tiempo libre juntos. Mientras yo terminaba un par de pendientes y revisiones, Bill debía de recoger algunos accesorios de Gucci no muy lejos del restaurante para la sesión de fotos del día siguiente, por lo que era mucho más sencillo vernos a mitad de camino que hacerlo volver a la revista apresurado, así que el citarlo justo ahí, era la solución perfecta para poder tomar el almuerzo juntos.

¿Puedo ofrecerle algún vino de nuestra reserva, señor? —El Sumiller del lugar se acercó amablemente a la mesa notando mi espera por la forma insistente en que miraba hacia la entrada, esperando ver a Bill aparecer en cualquier momento—. Si me permite, me gustaría recomendarle una copa de Philipponnat Réserve Rosé antes de ordenar. —sonrió amable.

Sí, gracias. —acepté distraído mirando de nueva cuenta el reloj.

Bill 5 minutos antes había jurado estar a punto de llegar a Reinstoff y aún no podía verlo por ninguna parte. Estaba a nada de tomar mi teléfono y marcarle de nueva cuenta cuando lo vi al fin hacer su entrada en el restaurante, llevando consigo dos enormes bolsas blancas con el logo de “Gucci” al frente y unos llamativos lentes obscuros que le cubrían al menos la mitad del rostro.

Señor… —anunció su regreso el Sumiller llevando una botella de vino espumoso en la mano.

Lo siento mucho Ancel, tuve que volver por un par de carteras que olvidé en el mostrador. —Se disculpó Bill apresurado y apenas estuvo cerca, dejó las estorbosas bolsas en una de las sillas vacías al otro lado de la mesa.

Descuida, lo importante es que llegaste. —respondí agradeciendo al Sumiller por su atención, quien de inmediato al ver que tenía compañía, se aseguró de llenar la segunda copa sobre la mesa, sin quitarle de encima la mirada al recién llegado.

La ciudad es un caos, pero lo logré. —Bill se quitó los enormes lentes de sol y con naturalidad se inclinó sobre mí para besarme, como lo hacía regularmente en el apartamento cada que cualquiera de los dos llegaba, de la misma forma en que cientos de parejas en el mundo se recibían al verse de nuevo.

Incómodo mis ojos chocaron con la mirada indiscreta del Sumiller que aún se encontraba ahí y que de la nada parecía interesado en no perderse ni un detalle de la incómoda situación que se estaba presentando, como si jamás hubiera visto a una pareja de dos hombres demostrándose afecto.

Avergonzado por sentirme observado y juzgado, volteé el rostro hacia el lado contrario de donde estaba Bill evitando de forma más que obvia sus labios.

El desconcierto se apoderó de él, pero aún con ello, tan sólo se limitó a alejarse disimulando el desaire y se sentó a la mesa sin decir una sola palabra.

Irritado, le lancé una gélida mirada al indiscreto Sumiller quien hizo de inmediato una ligera reverencia y dio la vuelta de regreso a la recepción cuando notó la latente incomodidad que había generado por su interés mórbido.

Fue en ese momento, cuando Bill se quedó en silencio mirando fijamente las burbujas rosadas del vino subir y bajar dentro de la copa, que comencé a dimensionar el grave problema que me había echado a los hombros.

Si existía algo que a Bill pudiera enfurecerlo, era sentirse rechazado y aunque mi intención no había sido la de ofenderlo con mi negativa, a veces no me sentía cómodo con sus demostraciones de afecto en público, sobre todo si teníamos una mirada fisgona sobre nosotros. Fuera con él o con cualquier otra persona, siempre me había parecido inadecuado ir tomándolo de la mano y besándolo, sobre todo en lugares como aquel en donde todos alrededor podía vernos sin dificultad alguna. No era que jamás le demostrara mi afecto fuera de casa, sólo que prefería hacerlo en lugares mucho más informales, como fiestas o bares, donde la música y la iluminación tenue nos servían de escondite.

Después de mi desplante, su mirada no volvió a reparar en mi. En completo silencio y fingiendo estar solo, miró el menú y ordenó sin consultarme primero —como solía hacer para escuchar mis recomendaciones— y se limitó a ignorarme mirando su celular con insistencia, fingiendo responder una infinidad de mensajes para no tener que hablar conmigo mientras esperábamos. Con cinismo apuró la copa de vino y se propuso reír con descaro, dejándome muy claro que estuviera o no frente a él, poco le importaba mi presencia.

Bill me conocía y sabía a la perfección cuanto era que me desquiciaba el que se mantuviera en el teléfono, riendo como si tuviera un buen pretexto para hacerlo y sin que yo supiera la razón. Me provocaba, advertía que no podía evitar imaginarme que estaba teniendo una conversación más que maravillosa con algún otro hombre y por ello adoraba hacerme sentir celos, sobre todo cuando se encontraba enojado conmigo; esa era su forma inmadura de llamar mi atención y demostrarme lo mucho que en realidad me dolía su insolencia.

Lo peor de todo era que, aunque conocía sus tácticas, siempre terminaba por caer en sus juegos.

¿Puedes parar? ¿A quién demonios vas a enviarle eso? —Tomé su mano evitando que se tomara una selfie mientras se hacía el interesante.

¿Qué te sucede? —rechistó en voz baja dejando caer el teléfono sobre le mesa.

Miré la pantalla y al contrario de lo que había imaginado, tan solo estaba intentando subir una foto a Instagram, aunque a decir verdad no sabía que me parecía peor, que siguiera alimentando el morbo de sus seguidores, o que estuviera intercambiando fotos con alguno de sus siempre jurados “sólo amigos” por mensajería instantánea.

Como odiaba esa maldita cuenta de Instagram y su incansable manía por subir fotos a ella, aquello a últimas fechas se le había vuelto casi una obsesión insana, por lo que también, en varias ocasiones, había sido el eje central de nuestras discusiones.

Entendía que quisiera compartir con el mundo lo que le sucedía, e incluso ser un tanto narcisista haciéndose fotografías cada que tenía oportunidad aprovechando lo bien que lucía a diario, pero a veces publicaba imágenes tan sensuales que a mi gusto rayaban en lo erótico, dejando muy poco a la imaginación como si tuviera necesidad de exhibirse de ese modo. Comprendía lo seguro que era de sí mismo y lo consiente que estaba de su atractivo, pero incluso a mí, que me consideraba con la suficiente apertura mental como para entender sus aficiones, me parecía que se extralimitaba con tales provocaciones. No le veía la necesidad a tomarse fotos semi desnudo saliendo de la ducha, o incluso en la tina con la espuma apenas cubriéndole lo necesario y ni que decir de las veces en que subía alguna toma en ropa interior entre las sábanas de mi cama mientras yo dormía a su lado sin darme cuenta de lo que hacía.

Por supuesto las fotografías eran increíbles —y aunque no se lo dijera abiertamente—, me encantaba admirarlas en secreto para apreciar su belleza natural y deleitarme internamente sabiendo que yo no necesitaba de mi teléfono móvil para poder disfrutar de él en vivo y a todo color cada noche, lo que en realidad me desagradaba era que tales imágenes fuesen de dominio público y que gracias a ello tuviera cientos de seguidores y recibiera docenas de comentarios fuera de lugar por parte de hombres desubicados y demasiado calientes, que terminaban proponiéndole las cosas más obscenas e insultantes que podía imaginarme y que, aunque sabía que eran tan sólo coqueteos e insinuaciones a través de una pantalla, no dejaban de molestarme.

Pensé que por fin ibas a deshacerte de esa estúpida cuenta, fue lo que prometiste la última vez. —Le devolví el teléfono molesto.

¿Y por qué debería de eliminarla?, ¿Sólo porque te molesta que los demás me miren? ¡Por favor…! —ironizó de forma retadora, dando otro trago a su copa.

No me molesta que te miren, lo sabes. —murmuré bajando el tono de voz en cuanto el mesero regresó a la mesa con nuestros platillos listos.

Cierto, el problema no es que me miren, el problema es que me deseen, lo sé. —Agregó Bill muy seguro, sonriéndole descaradamente al mesero antes de que nos dejara a solas de nuevo.

Sabes que no es eso —aseguré tajante—, son todos los comentarios que te hacen lo que no soporto. No necesitas que esos idiotas se toquen viendo tus fotos para sentirte bien contigo mismo.

¿Y tú que sabes? A mi me parece que es justo que pueda tener al menos a esos idiotas que genuinamente gustan de mí y fantasean conmigo, mientras que mi novio se avergüenza de tenerme a su lado. Por que, por si no lo notaste, el haberme dicho directamente que no querías besarme frente a todos, hubiera sido más sutil que lo que hiciste hace un momento.

Bill, por favor…

¡¿Por favor, qué?! ¡No soy tonto, ya entendí que en lugares como este no estoy a tu altura! —Alzó la voz lo suficiente como para que los comensales de al lado giraran sus cabezas hacia nosotros.

Y ahí iba de nuevo a sacar conclusiones apresuradas poniendo palabras en mi boca. Me frustraba que siempre terminara por sentirse ofendido y menospreciado, cuando los verdaderos problemas no eran por lo que se imaginaba.

Bill no me avergonzaba y mucho menos pensaba que no estaba a mi altura, por el contrario, era demasiado astuto y camaleónico como para comportarse según la ocasión y lugar que visitaba con una naturalidad intimidante. Bill era tan inteligente que era capaz de copiar a la perfección hasta el más ínfimo gesto de quien lo acompañara; si necesitaba comportarse con sofisticación y elegancia, le bastaba con observar a su alrededor por un momento para sentirse como pez en el agua, aún cuando jamás hubiera estado en una situación similar.

No era su posición social lo que me incomodaba, eran sus impulsivas muestras de afecto en público lo que no terminaban de convencerme, sobre todo cuando alguien estaba atento a cada movimiento que hacíamos, como si fuéramos una exhibición de feria.

No es que no estés a mi altura, es que no es el lugar para ese tipo de cosas, ¿De acuerdo? —gruñí intentando no exaltarme, lo último que quería era hacer todo un escandalo en medio del restaurante, suficiente incomodidad estaba ya pasando con tener la atención de las mesas vecinas, como para querer que todo el lugar se nos quedara mirando por su pataleta.

Nunca es el lugar, ya sé, ¡Para ti jamás es el lugar ni el momento adecuado! ¿Pero para mí? ¡No, eso no te lo preguntas porque no te importa! —Con desdén aventó la servilleta sobre la mesa haciendo que incluso los camareros clavaran la vista sobre nosotros.

Una gran diferencia entre Bill y yo, era que mientras yo intentaba ser discreto en cada situación que amenazaba con salirse de control, a Bill le encantaba llamar la atención de todos a su alrededor, como si disfrutara que los demás lo compadecieran por lo que estaba pasándole y que me vieran a mi como el tirano maltratador que lo hacía sufrir. No sabía si lo disfrutaba genuinamente, pero cada que sucedía algo similar, juraba que encontraba un dejo de sonrisa en su rostro al ceder y pedirle una disculpa esperando que parara con el espectáculo.

Yo deseaba en silencio pasar desapercibido y él hacía todo lo que estuviera en sus manos para ser visto.

Bill, por favor, no hagas un drama por una estupidez así, ¿quieres? —Le pedí ecuánime tomándolo del brazo para impedirle que se levantara.

Descuida, no te haré pasar mas vergüenzas con mis “dramas”. Tú puedes quedarte aquí a disfrutar de tu estúpida reputación, de tu estúpido vino y tu estúpida elegancia, ¡Yo me largo!, ¡Se me quitó el hambre, muchas gracias!

La tonta pelea que había iniciado en el restaurante al no querer besarlo, pronto tomó dimensiones estratosféricas. Como un idiota tuve que salir corriendo del lugar para perseguirlo en la acera de enfrente rogando que se calmara y viniera conmigo a casa, para después continuar la discusión en el auto, con cientos de reclamos más que no paraba de salir de su boca, como si sólo hubiera estado esperando la menor provocación para escupirlos.

Mi desplante fue el pretexto perfecto para comenzar una interminable cascada de incómodas situaciones que no recordaba con exactitud; aquello había sido como abrir la caja de Pandora intentando encarcelar de nueva cuenta todos los males que de ella brotaban.

Una vez en el apartamento las palabras comenzaron a ser insuficientes y de los insultos pasamos a los roces y de ello a los golpes. La triste realidad era que el contacto físico poco a poco se habían ido convirtiendo en la normalidad de nuestras discusiones, a veces no pasaba de algunos empujones y jaloneos bruscos, pero durante las últimas peleas era común que llegáramos a herirnos como unos verdaderos animales.

En absoluto me sentía orgulloso de nuestro comportamiento, ambos estábamos llegando a límites desconocidos de furia donde nos era casi imposible controlarnos, provocando que utilizáramos sin ningún reparo la fuerza natural que poseíamos. Al sabernos como iguales, como dos hombres adultos perfectamente capaces de defenderse, no había barreras de conciencia que nos detuvieran y no era hasta que había algo de sangre de por medio, que volvíamos a la realidad dimensionando la gravedad de nuestros arranques impulsivos.

Esa tarde una vez más cruzamos los límites y mi boca punzó de repente como consecuencia a su furia. Sorprendido llevé mis dedos a mis labios y sentí un líquido viscoso humedecer la yema de mis dedos, mientras que un sabor metálico comenzaba a impregnarme la lengua.

¿Cuál había sido mi error? Haberme atrevido a decir que estaba harto de todo, de su inmadurez, de nuestra relación, de sus celos estúpidos y su afán de protagonismo.

¡No puedo más, me cansé! —Solté frustrado, ensuciando el antebrazo de mi camisa blanca con la sangre de mi labio—. ¡Estoy harto de ti y de tus arranques! ¡Eres un imbécil inmaduro! —Sin atreverme a mirarlo, caminé decidido hacia la puerta del apartamento—. ¡No puedo continuar, se acabó Bill!

¡Ancel, no te atrevas a irte! —Me desafió tomándome con fuerza del brazo para detenerme.

¡Suéltame! —lo empujé alejándolo de mi.

Sabía que en momentos así de tensos, en alguien debía caber la cordura. Si permanecía ahí, las cosas iban a ponerse aún más violentas de lo que ya estaban siendo. A veces era un imbécil impulsivo, pero también solía ser el más mesurado de ambos y conocía bien cuándo era que las cosas debían de parar por el bien de los dos.

¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes terminar conmigo!

¿No puedo? ¿Quieres ver como lo hago? —Me burlé retándolo.

¡Si terminas con esto Ancel, me mato, te juro que lo hago!

¡Haz lo que te de la gana, por mi puedes irte directo al infierno!—espeté sin pensar, sabiendo que nada de las estupideces que decía iba a llevarlas a cabo, porque no era la primera vez que amenazaba con lo mismo; en el pasado ya habían salido de sus labios frases similares, como si esa fuera la forma más sencilla que tenía para apelar a mi lástima y por consecuencia, a nuestro confuso amor.

¡Te vas a arrepentir de esto, te juro que te vas a arrepentir! —amenazó.

No respondí, estaba cansado de sus lágrimas, sus grito y sus impulsos, lo último que quería era seguir viéndolo y discutir incansablemente con él, porque aquello no iba a terminar ahí, seguiría por horas y horas hasta que algo mucho más grave sucediera.

Necesitaba un respiro.

Sin más cerré con fuerza la puerta dejándolo solo adentro del apartamento, lo mejor era que se calmara, quizás llorara un poco y después, cuando ambos nos encontráramos más serenos, hablaríamos como dos personas civilizadas.

Eran ese tipo de momentos vergonzosos donde agradecía que mi apartamento fuera el único en el piso, así al menos el pasillo se encontraba desierto y podía estar seguro de que nadie en el edificio se daría cuenta de las intensas peleas que Bill y yo protagonizábamos por meras estupideces; nadie tenía porque estar enterado de los problemas que teníamos y mucho menos de lo violentos que nos volvíamos últimamente.

Exhausto me resbalé contra la puerta, siquiera tenía intenciones de ir lejos, no poseía los ánimos y mucho menos la fuerza para hacerlo, sólo quería romper con la dinámica destructiva en que nos enfrascábamos al discutir.

Con cuidado volví a tocar mi labio, una punzada de dolor me hizo dar un respingo, pero por suerte la sangre había parado, lo cuál me indicaba que no había sido tan grave, apenas era un rasguño escandaloso e incómodo.

Durante los primeros minutos fuera escuché como algunas cosas se rompían en el interior, esa era otra de las formas en que Bill desataba su frustración, tomaba cualquier cosa que tuviera a la mano e intentaba destruirla, como si con ello pudiera calmarse. Algunas veces sus blancos eran objetos intrascendentes, las copas en la alacena, el reloj al lado de la cama, algún espejo en su camino, pero en otras ocasiones arremetía contra lo que más me dolía: algún cuadro costoso en la estancia, botellas únicas de mi colección de vinos privada o lo que había en mi closet, pero cualquier que fuera la víctima en medio de su rabia, sabía que cuando todo se calmara me pediría perdón y juraría no volver a hacerlo, e incluso inútilmente ofrecería pagar por los daños, aún cuando sabía que no lo dejaría hacerlo.

Ni siquiera supe por cuanto tiempo me quedé ahí afuera en el pasillo, pero durante el rato que permanecí ahí en silencio, pensé en todo, en Bill, en mí, en nuestra relación, en qué demonios era lo que estábamos haciendo y el por qué parecíamos estar tan enojados el uno con el otro, llegado a los límites que estábamos cruzando peligrosamente.

Sabía que era una estupidez mi amenaza de dejarlo todo, ni siquiera quería terminar con él, lo amaba demasiado como para que mis palabras fueran verdad, pero a veces ese tipo de amenazas me salían sin pensar y causaba mucho daño a su paso.

Quizás pasó una hora o dos antes de que me sintiera preparado para pedirle que habláramos. Lentamente entré en el apartamento, el ruido había parado hacía mucho y estaba seguro de que Bill ya se encontraba más tranquilo y dispuesto a platicar de lo sucedido al igual que yo.

Tal y como lo había imaginado, había algunas de mis cosas tiradas en la estancia del apartamento, un par de botellas rotas junto a la puerta y pedazos de cristal en el suelo. Lo típico en sus arranques.

Con cuidado crucé el campo de batalla que había dejado en medio de la estancia y me dirigí a la habitación, la puerta medio abierta me confirmaba dónde es que se estaba refugiando, así que caminé hacía allí sin dejar que el desastre a su paso me hiciera perder la cabeza de nuevo, una vez que nos reconciliáramos sabía que íbamos a limpiar juntos y en silencio.

Bill… ¿Podemos hablar? —pregunté con voz calmada empujando suavemente la puerta sin escuchar respuesta alguna.

Esperaba encontrarlo sentado en la cama, limpiándose las lágrimas que le corrían por el rostro y abrazado alguna de mis camisas como solía hacerlo, pero al contrario de la expectativa, la cama estaba vacía, Bill no se encontraba llorando como esperaba y entonces fue cuando el sonido del agua corriendo en el baño me distrajo. La llave se encontraba abierta y no se detenía, mientras que el agua ya para ese momento comenzaba a salir por debajo de la puerta cerrada.

Asustado corrí hacía ahí.

¿Bill, estás bien? —pregunté nervioso intentando abrir la puerta que estaba cerrada por dentro— ¡¿Bill?!

Los dos minutos en que intenté abrir la puerta sin éxito, me parecieron los más largos de toda mi vida. Estaba seguro de que aquello no era más que parte de la gran rabieta que Bill estaba haciendo por nuestra pelea, pero también en el fondo, un miedo inexplicable se apoderó de mi al imaginar que quizás, por primera vez desde que las peleas habían comenzado a salirse de control, hubiera tenido la iniciativa de cumplir con sus amenazas.

El resbaloso piso de mármol me hizo caer de bruces en cuanto logré abrir la puerta a la fuerza. El agua que se desbordaba de la tina lo había inundado todo, por lo que el rostro y la ropa se me empaparon al caer de lleno sobre el suelo.

Casi a gatas y resbalando a cada paso que daba corrí hacia la tina. Asustado me di cuenta de que en el piso había varios frascos de pastillas abiertos y algunas de las píldoras flotaban a la deriva a la par de la pequeña marea que se había alcanzado a formar en el agua anegada.

¡¿Qué hiciste, idiota?!—murmuré angustiado llegando por fin a la orilla de la bañera.

Temeroso de lo que iba a encontrarme, me asomé y lo primero que distinguí fue a Bill a través del espejo translucido; su piel se veía aún más pálida de lo normal y algunos mechones de su cabello obscuro flotaban meciéndose lentamente a la par de las ondas que provocaba la caída del agua sobre la superficie líquida.

No, no, amor, no, por favor no… —repetí apesadumbrado, dejando que las peores suposiciones se apoderaran de mis nervios al verlo ahí dentro inmóvil.

Desesperado metí mis brazos en la tina y lo tomé con fuerza sacándolo del agua, haciendo que la bañera se vaciara casi por la mitad con un estrepitoso sonido.

En el instante que logré sacarlo, Bill abrió los ojos de golpe y con desesperación tomó una bocanada de aire para poder respirar. Fue en ese segundo que el alma me volvió al cuerpo al saber que estaba vivo. Mis peores temores se disiparon de inmediato y una carga de adrenalina se disparó por mi cuerpo cuando comenzó a toser con fuerza y a escupir el agua que había tragado al sacarlo tan repentinamente.

¡Bill, mírame! —lo llamé tomando su rostro aliviado de que estuviera consciente— ¿Estás bien?

No respondió, tan sólo agachó la mirada y comenzó a temblar violentamente dentro del agua, mientras que sus manos se aferraban a las mías con temor.

¡¿Qué tomaste, tonto?! —lo cuestioné con insistencia rebuscando con la mirada los frascos de pastillas a nuestro alrededor, temiendo que en cualquier momento Bill se desvaneciera entre mis brazos por haber tomado todos aquellos fármacos que guardábamos en el baño.

Sin esperar a que respondiera, intenté sacarlo para llamar a emergencias si era necesario, pero sus manos se aferraron en automático a la orilla de la tina y comenzó a negar con la cabeza sin decir una sola palabra, resistiéndose a salir del agua.

Necesitamos ir al hospital —Agarré su rostro de nuevo con firmeza obligándolo a mirarme—, pero tienes que decirme que fue lo que tomaste. —Le rogué sintiendo como un gran vacío se abría debajo de mí amenazando con tragarme por su silencio.

Bill estaba aterrado, siquiera podía hablar, se encontraba en shock y lo único que hacía era temblar como una hoja de papel, mientras luchaba por aferrarse de nueva cuenta a mis manos que lo sujetaban aprensivamente.

Dime que hiciste amor, por favor… necesito saber —supliqué desesperado a punto de comenzar a llorar por la frustración e impotencia que sentía por haberlo dejado solo, por no haber escuchado sus amenazas y por haberlo orillarlo a una locura como aquella—. Te lo ruego, quiero ayudarte, pero tienes que decirme qué fue lo que hiciste.

¡No pude! ¡No puede hacerlo! —confesó al fin de golpe, rompiendo en llanto con la voz quebrándosele a cada palabra.

Débil, terminó por echarse a mis brazos derrotado, apagando así sus amargos lamentos en mi pecho.

Ningunas palabras antes me habían hecho sentir tan feliz y tranquilo en el pasado. Escuchar que estaba bien y no había tenido el valor para cometer una estupidez como la que tenía en mente, me hizo sentir más agradecido que nunca. Bill estaba bien, ¡Bill estaba sano y salvo! No había nada que lamentar.

¡Gracias al cielo! —exclamé aliviado—. Si te sucede algo, te juro que me muero.

¡Soy un idiota!

No, no, no lo eres —Lo abracé con fuerza y comencé a acariciar su cabello mecánicamente—. No lo eres, amor.

Sin moverme demasiado para no asustarlo, cerré la llave del agua y comencé a deslizar mi mano sobre su espalda desnuda para tranquilizarlo, mientras él seguía llorando sin control.

Por fin, cuando el agua tibia se tornó casi helada, logré convencerlo para salir de ahí, envolviendo su cuerpo desnudo con una bata de baño y lo llevé en mis brazos hasta la cama.

Esa tarde perdí la cuenta de las veces me pidió perdón por todo lo que había hecho, por su comportamiento, por haberme asustado de aquella forma y sobre todo, por tener la idea siquiera de quitarse la vida. Se sentía mal consigo mismo y conmigo, parecía sinceramente avergonzado y arrepentido.

Nos abrazamos por un largo rato, lo cobijé entre mis brazos con fuerza para darle la seguridad de que no me iría de su lado, mucho menos en la situación en la que se encontraba. De pronto, la forma en la que hundía su rostro entre mi cuello comenzó a ser diferente, de un momento a otro, sin avisar ni dar señales previas, comenzó a darme pequeños besos en los hombros, de inicio inocentemente y después de forma un poco más insinuante. Con un tanto de desasosiego comenzó a comerme la boca con desespero, ansioso por sentirme cerca, enredando sus piernas con las mías como hiedra venenosa buscando un sitio al cual aferrarse.

No podía entender qué sucedía, como era que un momento antes hubiera estado a punto de matarse en el baño y al otro pareciera más excitado que nunca. Quizá su comportamiento era sólo producto de la adrenalina que tenía acumulada o la ansiedad por pensar en lo que hubiera podido pasar, pero de igual forma prefería no hacer preguntas, no quería romper como un idiota la fragilidad de sus emociones. Lo último que Bill necesita de mí eran cuestionamientos estúpidos, cuando lo que debía de sentir en ese instante era agradecimiento por tenerlo aún vivo y entre mis brazos. ¡Vivo, más vivo que nunca!

No vas a dejarme nunca ¿cierto? —preguntó entre besos, desabrochando mis pantalones con desesperación.

No… —respondí comprometido y temeroso.

Intenté seguir su ritmo para besarlo de la misma forma salvaje y hambrienta en que estaba haciéndolo conmigo; tal parecía que Tanatos le había dando impulso a Eros en su boca, en sus manos, en su piel pálida que podía sentir claramente como ardía con cada caricia lasciva que estaba grabando en mi.

No importaba lo sucedido antes, ahí estábamos enredados confusamente y con ansias, porque él me hablaba y yo perdía; me besaba, me acariciaba, me seducía y yo caía en su juego a velocidades obscenas, permitiéndole que con una facilidad insultante pusiera en vergüenza a mi fuerza de voluntad y me demostrara lo esclavizado que estaba a sus deseos y perversiones.

No vas a dejarme nunca, porque nadie más te da lo que yo te doy. —determinó incitando a mis más bajos instintos que en ese momento se encontraban encerrados bajo una cortina de miedo, pero amenazaban con liberarse si seguía con ese juego peligroso de sus manos explorando entre mis piernas con urgencia.

Por un segundo se detuvo y ante mi silencio buscó mi mirada reclamando por una confirmación inmediata y satisfactoria a su aseveración.

Nunca vas a dejarme… —repitió tajante, con la respiración agitada y los labios encendidos por el arranque de pasión que había desencadenado.

No, nunca voy a dejarte. —musité temeroso de su mirada fiera e intimidante.

¡Júralo! —exigió.

Te lo juro. —accedí de inmediato.

Como si mi respuesta hubiera sido incorrecta, se echó llorando sobre mi pecho de nueva cuenta, aferrándose con fuerza a mis brazos, como si temiera perderme en ese preciso momento y no creyera en mi juramento.

Si me dejas me muero, te juro que me muero. —gimoteó con fuerza provocándome un escalofrío.

Esa tarde no pude entender sus cambios de humor repentinos y esos arranques tan suyos que me dejaban desconcertado, pero de igual forma, después de que pasó un rato más llorando y yo consolándolo, se tranquilizó poco a poco entre mis brazos.

Esa noche hicimos el amor, o quizá tan solo accedí a tener sexo con él, porque en medio de aquello no hubo ni una pizca de amor, tan sólo culpa, desenfreno y una mezcla peligrosa de angustia y desesperación. Acepté, no porque quisiera hacerlo, sino porque sabía que eso lo hacía sentir bien, más seguro consigo mismo y con nuestra relación.

Bill creía que acostarme con él era la única razón por la que estaba a su lado y que si no me complacía aunque fuera en ese aspecto, terminaría por remplazarlo con alguien que si llenara mis expectativas; la realidad era abismalmente diferente a lo que él pensaba.

Me era imposible alejarme de él por lo mucho que lo amaba, no por lo que hacía o no en mi cama. Existían millones de razones mucho más poderosas que el desear su cuerpo, por las que estaba obsesionado con él, las cuales muy poco tenían que ver con lo que ocurría a puerta cerrada y entre las sábanas. De forma errónea se minimizaba al encanto y deseo sexual que provocaba en los demás, cuando tenía miles de cualidades alejadas de su aspecto físico e innumerables talentos eróticos, que lo hacían valioso e interesante para mi.

Bill no estaba bien, nosotros no estábamos bien, lo que pasaba tampoco estaba bien, pero al final, ¿Quién era yo para decírselo tan cruelmente?

Continuará…

por admin

Un comentario en «Una Ultima Promesa 23»
  1. Sigo teniendo dudas sobre si Bill debe perdonar a Ancel, mi lado egoísta dice que de hacerlo no arreglará las cosas con su hermano y si lo hace después de eso es para sentirse bien y que no sea opacada su felicidad.
    Lo único que tengo claro es que me gusta leer sobre Ancel y esa vida malsana que tuvieron, es desagradable, y no puedo evitarlo.
    Gracias por continuar.

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