Una Ultima Promesa 24

24 // Con cariño, “Gretel”

El desayunador donde acordamos vernos esa mañana Dago y yo, no era más que un pequeño lugar cercano a la editorial donde nos gustaba encontrarnos. El sitio no era nada ostentoso, por el contrario, era uno de los pocos restaurantes modestos que aún quedaban en Unter den Linden, lo que terminaba por ser una muy buena razón para frecuentarlo.

Estar en ese pequeño desayunador que aún conservaba su estilo tradicional y simpleza, nos hacía sentir cómodos casi como si estuviésemos en casa de nuevo, con el aroma del café abochornando el ambiente y los berlineses recién horneados regando su aroma por todo el local hasta alcanzar la acera de enfrente.

Disfrutando de mi primera taza de café del día, esperé paciente a que Dago llegara a nuestra cita. La noche anterior mientras conversábamos por teléfono, había prometido hacerse un espacio para vernos aún cuando su día estaba ocupado con una apretada agenda de grabaciones para la ZDF. El próximo mundial de fútbol estaba a nada de dar comienzo y siendo Dago el presentador estrella de deportes en el canal, tenía la responsabilidad de hacer todas y cada una de las cápsulas informativas a transmitirse al menos 4 veces al día durante la jornada, lo que significaba tener que cumplir con un centenar de horas de grabación que lo dejaban sin tiempo disponible.

Era justo por esa razón y muchas más, que no podía dejar de sentirme profundamente agradecido con él por tomarse tan en serio nuestra amistad, dedicando el tiempo suficiente para escucharme sin importar que eso le complicara el día entero.

Tal y como había prometido, vi a Dago entrar puntualmente en el local a las 9 menos 10. Sin miramientos se dirigió directamente hacia la terraza donde siempre lo esperaba y aprovechándose de la confianza que existía con la amable mujer que atendía las mesas, le pidió una taza de café sin detener sus pasos, ahorrándose así tiempo valioso omitiendo las formalidades.

—¿Qué noticias me tienes?. —Fue la primera pregunta con la que lo ataque en cuanto se sentó frente a mí, dejando sobre la mesa una elegante carpeta negra y una cajetilla de cigarros.

—Sí, buenos días Dago, espero que hayas tenido una excelente mañana —reprochó con sarcasmo ante mi impaciencia y escasos modales—. También espero que hayas tenido una mañana agradable, Ancel, muchas gracias por preguntar, tu siempre tan atento… —agregó llevándose un cigarrillo a los labios de forma automática.

—Lo siento, pensé que no tendrías tiempo para insignificancias, ¿no debes volver al canal cuanto antes? Dijiste tener apenas el tiempo justo para vernos. —insinué.

—Sí, es verdad, debo volver, pero tengo el tiempo de sobra como para tomarme una taza de café y comer un buen berlinés en paz, así que podemos hablar tranquilamente como personas civilizadas.

Indeciso sobre si encender o no aquel cigarrillo que se había llevado a los labios, lo miró por unos segundos y sin decir más lo volvió a meter en la cajetilla con pesar.

—Intento dejarlo —se justificó ante su comportamiento errático y empujó ligeramente la cajetilla hacía el centro de la mesa de nuevo—, pero es difícil, muy difícil.

—Lo sé, déjame ayudarte un poco. —tomé los cigarrillos para ocultarlos en mi bolsillo, eliminando así cualquier tipo de distracción entre nosotros.

Complaciente, Dago accedió a que los guardara sin oponer resistencia apenas suspirando resignado. Sabía que no era fácil para él dejar un hábito tan adictivo, después de todo era la única forma que había encontrado durante años para afrontar el estrés brutal al que era sometido a diario, y aunque me parecía del todo una acto masoquista, lo entendía, ya que incluso yo en las últimas semanas había vuelto a refugiar mi ansiedad en medio de la nicotina como hacía años no lo hacía y como tantas veces critiqué en él.

—Mientras estés conmigo, yo me encargo de hacerte cumplir. —Sonreí.

—Vaya, por fin vuelvo a ver una sonrisa tuya, pensé que habías olvidado cómo hacerlo. Desde que Bill te dejo, todo rastro de felicidad se extinguió de tu sistema.

La genuina sonrisa en mi rostro se desmoronó lentamente ante su comentario incómodo. Ese era precisamente uno de los temas que me negaba a tocar aunque tuviera toda la razón en mencionarlo.

Era cierto, desde que Bill se había ido todo rastro de felicidad y dicha se habían extinguido de mi vida, tal parecía que ya no era capaz de experimentar ningún tipo de emoción positiva aunque me lo propusiera. Después de su abandono, las cosas me eran más que indiferentes, tanto, que incluso aquello que antes me había provocado una sensación de satisfacción y dicha, ahora me parecía de lo más irrelevante. No era que intencionalmente me estuviera absteniendo de disfrutar de la vida como parte de una pataleta infantil, es que genuinamente me sentía incapacitado para estar mejor aunque lo intentara, al grado en que incluso provocar en mí un gesto tan simple como una sonrisa se había convertido en todo un logro.

—Vamos, Ancel, tampoco tienes que poner esa cara por un comentario tonto, era sólo una broma… —intentó animarme palmeando con suavidad mi hombro al notar como mi rostro había vuelto a adoptar aquella mueca sobria a la que últimamente me estaba acostumbrando.

—Como sea… —minimicé aquel detalle incómodo apurado por cambiar de tema—, ¿Renzo te ha dicho algo nuevo en estos días entonces? —Retomé la conversación central de nuestro encuentro.

Renzo —como Dago acostumbraba llamar a Fiorenzo para evitarse la fatiga— era un joven italiano de encantadora personalidad y amena conversación que desde hacía un par de años se había convertido en un muy buen amigo de Dago y quien además de todo, —por una muy conveniente casualidad—, era el jefe de enfermería en el hospital Bethel de Berlín, el mismo sitio donde el hermano de Bill había estado recuperándose después del agudo cuadro de asma sufrido días atrás.

Yo no era del tipo de personas que creían en la suerte y las casualidades, pero no podía dejar de sentirme afortunado por el hecho de que mi mejor amigo conociera a un centenar de personas alrededor de toda Alemania, especialmente si estas tenían que ver con el hospital en el que el hermano de Bill estaba ingresado. Gracias al puesto que Dago tenía en televisión, poseía una infinidad de contactos dentro de los más diversos círculos de la ciudad. Sus relaciones públicas —por exótico que sonara— abarcaban desde el mejor médico veterinario, hasta el catador de vinos más experimentado de toda Europa, sin dejar pasar —por supuesto— al jefe de enfermería de Bethel.

Quizás había sido la amistad que Fiorenzo y Dago compartían, o posiblemente mi incómoda insistencia con el tema, por lo que Renzo había terminado por aceptar ser nuestro vínculo con Bill en el hospital para mantenernos informados acerca de todo lo que sucedía durante su estancia, además de cerciorarse de que su atención fuera la mejor mientras su hermano permaneciera hospitalizado. Él era, en pocas palabras, el ángel guardián que Dago y yo habíamos puesto a disposición de Bill en Bethel, sin que este siquiera se lo imaginara.

—En realidad no he hablado mucho con Renzo, todo parece indicar que han sido días tranquilos en el hospital.

—¿Y cómo está? —insistí.

—¿Quién?, ¿Bill o su hermano? —Dago enarcó una ceja divertido.

—Ambos, por supuesto. —mentí.

Por unos segundos me sentí culpable ante mi actitud. No era que el recién aparecido hermano de Bill no me interesara, sino que, dadas las circunstancias y el hecho de que hasta hacía unas semanas no tenía idea de su existencia, el pretender estar preocupado por él resultaba extraño, sobre todo cuando para mi era apenas un rumor confuso que necesitaba confirmar con mis propios ojos para darle la validez que necesitaba.

—Su hermano está mucho mejor, Renzo dice que mejora cada día, así que posiblemente pueda salir muy pronto —Dago hizo una pausa para disfrutar de mi impaciencia por saber de Bill y después de un par de segundos de tortura continuó—. En cuanto a Bill, el pobre hace lo que puede para no perder la cordura estando a su lado todo el día, no se despega ni un segundo del hospital más que para tomar una ducha y cambiarse, aunque eso sí, Renzo me aseguró que lo ha notado de mejor ánimo de unos días para acá, el ver a su hermano casi recuperado le ha hecho bien.

Saber que Bill estaba bien me tranquilizó de inmediato; pasar los días sin tener noticias tan constantes como esperaba era una verdadera tortura, así que cada vez que escuchaba actualizaciones acerca de su estado mi ansiedad bajaba en un porcentaje considerable.

—Cuando todo esto termine asegúrate de decirle a Renzo que puede pedirme lo que sea, no importa que, estoy en deuda con él por ayudarnos; sé que no es sencillo tener que ser un doble agente, medio espía y medio enfermero a la vez.

—Pues él parece estar encantado con todo este circo, incluso creo que lo disfruta más de lo que debería; se siente en medio de una de esas telenovelas latinas donde el protagonista hace hasta lo imposible por hacer feliz al amor de su vida en secreto —se burló con cinismo—. Se está tomando muy en serio su papel de celestino y sus actuaciones son gloriosas, dignas de un Oscar, créeme. —rio con gusto.

—A mi no me parece gracioso el asunto. —Le advertí serio.

—Se que a ti no te parece en absoluto gracioso, pero para mi lo es. Todo este asunto lleva demasiado drama implícito, lo sabes —Se encogió de hombros recibiendo la taza de café y el panecillo que la encargada le había llevado y le agradeció con una amplia sonrisa—. Como sea, Renzo además de sus saludos, te envió esto. Son los gastos de la última semana y necesita que los firmes. —Me entregó la carpeta que había dejado a un lado y le dio un gran mordisco a su berlinés.

Al abrirla me encontré con un varias hojas timbradas con el logo del hospital y el elegante bolígrafo que Dago había dejado para mí esperando que firmara.

Sin prestarle importancia a los montos descritos, comencé a firmar una a una las solicitudes que autorizaban los cargos a mi cuenta, pasando las hojas de adelante hacia atrás con rapidez.

—Bill iba a meterse en un gran lío si no estabas ahí para rescatarlo. —Dago curioseó por encima de la carpeta asegurándose de que no dejara ninguna factura sin firmar.

—¿Por qué lo dices? —Levanté la mirada apenas por un segundo pidiendo una mejor explicación al comentario que había soltado tan a la ligera.

—Renzo estuvo hablando bastante con él en estos días para investigar un poco de su situación, y resulta que el famoso hermano trabaja en una tienda de música que apenas le paga lo suficiente como para cubrir el alquiler mes con mes, fuera de eso toca algunos fines de semana en pequeños bares repartiéndose las ganancias de las propinas con los meseros en turno —soltó con cierto toque de malicia—, ¿crees que viviendo así, su hermano podría pagar las cuentas de ese hospital? ¡Por supuesto que no! Y dudo mucho que Bill cubriera los gastos con lo que gana en la editorial, porque siendo sinceros su salario es irrisorio. —aseguró cruel.

—¿Y él no sospecha nada del pago misterioso de las cuentas? —Cerré la carpeta y se la entregué sin perder tiempo.

—No sé si no sospecha nada o si sólo se hace el iluso, pero está muy agradecido por el hecho de que alguien más corra con los gastos. Renzo me aseguró que se creyó hasta la última palabra acerca de que la editorial le daba un seguro de gastos médicos que podía extenderse a familiares directos sin problema. Para tu muchachito Glück pagará todo y según parece, no tiene intención alguna de investigar más a fondo para cerciorarse de la veracidad del tema, cosa que, si me permites mencionarlo, no me sorprende en lo absoluto. Lo mejor que Bill sabe hacer es dejar que los demás le resuelvan la vida…

—Por favor Dago, no seas tan duro con él, no creo que se haga el iluso, es sólo que con todo lo que está pasando es normal que sienta alivio de saber que tiene un problema menos por el cual preocuparse en estos momentos.

—Puede ser, pero de cualquier forma no dejo de pensar que el que le sigas solucionando la vida no le va a hacer ningún bien a la larga. Míralo Ancel, se ha acostumbrado a tener soluciones sencillas con tan sólo extender la mano, por una vez deberías permitirle hacerse cargo de sus propios problemas, no le haría mal ser verdaderamente responsable. Esto para mí comienza a rayar en lo absurdo, ya bastante ha obtenido de ti en todos estos años en los que estuvieron juntos, como para que incluso ahora siga abusando de tu amor.

—¿Insinúas que se aprovecha de mí?

—No estoy insinuándolo, te lo estoy diciendo directamente. Sé que lo amas y que quizás él también lo hace, o lo hizo —acotó con frialdad—, pero de igual forma no dejo de pensar en que durante este tiempo le ha servido mucho más a Bill el estar contigo, que a ti el estar con él.

—Bill jamás me ha pedido nada, ¿Cómo puedes pensar así de él? —exclamé ofendido por su posición respecto al tema. Aunque algunas veces en el pasado Dago había hecho insinuaciones similares, no era hasta entonces que lo decía de forma tan frontal.

—Creo que hay algo que aún no has entendido, y es que él no está en la misma posición que tú y que yo. La verdad es que ni siquiera estoy seguro de que pueda seguir costeando sus estudios, ahora que se ha ido del apartamento y tiene que correr con todos los gastos por su cuenta ¿cómo podría dejarlo a su suerte en esta situación?, ¡eso sería inhumano!

—Entonces si no puedes dejarlo solo, al menos habrías de armarte de valor para decirle lo que está sucediendo en realidad. Lo más sincero que podrías hacer sería confesarle que ese seguro por parte de la revista no existe y que tú correrás con todos los gastos porque te da la gana. Si nunca te ha pedido nada expresamente y crees que no se ha aprovechado de ti, es justo que sepa la verdad.

—Ya habíamos acordado que respetarías mi decisión de mantenerlo en privado—suspiré con hastío—, lo último que Bill necesita es sentirse en deuda conmigo, sobre todo después de todo lo que está pasando.

—Y es justo por todo lo que ha pasado, que deberías aprovechar la oportunidad de dejarle en claro que no lo estás abandonando y sigues muy al pendiente de él, que te preocupa y que puede contar contigo.

—Lo último que Bill sentirá es agradecimiento. Lo conozco y si llega a saber que el dinero saldrá de mi bolsa, va a tomarlo como si con ello pretendiera limpiar mis culpas… sólo lo incomodaría.

—Sí es lo que crees… —soltó incrédulo.

—Lo conozco y sé que se sentirá mal con ello, aunque no lo creas, nunca le ha agradado la idea de que yo cubra sus gastos.

—¡¿En serio?! —cuestionó con una risa burlona— pues durante años no pareció estar incómodo en lo absoluto.

—Dago… —lo reprendí.

—Bien, solo digo que a mí no me parece tan mala idea el que, orillado por la incomodidad y el compromiso, intente devolver al menos una parte de todo lo que has invertido en él desde hace mucho. Y no me refiero sólo a las facturas del hospital, también habría de hacer cuentas sobre la matrícula en la universidad, los viajes, lujos, manutención diaria y un sin fin de cosas más de las que te has hecho cargo “incomodándolo con tu generosidad”. Sería muy sensato de su parte que encontrara alguna forma de pagarte y si no puede hacerlo con dinero, ya habrá otra solución, a final de cuentas no creo que le cueste mucho trabajo hacerlo.

—¡¿Eres imbécil?! —espeté ofendido— ¿Crees que Bill es una prostituta barata a la que voy a cobrarle por estar conmigo?

—Siento si te incomoda pero, ¿qué quieres que piense?. Ancel, sé que los dos terminaron por enamorarse, ¡pero vamos!, ¡ese chico tiene diez años menos que tú y es tu asistente! Y no, no dudo en lo absoluto de lo bien parecido que eres y tus habilidades románticas, pero ¿eres estúpido? Nadie diez años menor que nosotros se fijaría únicamente en lo bien que lucimos o lo encantadores que somos, hay un centenar de cosas más que te hacen un blanco fácil para tipos como él. ¿En verdad nunca sopesaste la idea de que tu dinero o el puesto que tienes en la editorial, fueran una de las razones de su interés? Y no me mal interpretes, nunca he dudado del amor que surgió con el tiempo entre ustedes, pero tampoco seamos tan ilusos como para no entender que todo tiene un inicio y que ese inicio seguramente, fue promovido por otro tipo de intereses que poco tenían que ver con el amor que te profesó.

—¿Eso es lo que crees? ¿Es lo que pensaste de lo nuestro desde un inicio? —reproché sorprendido por escucharlo expresarse así por primera vez.

—¿La verdad? Sí. Nunca se me ha quitado de la cabeza que además de amor, eso tan intenso que Bill dice sentir por ti, es simple interés.

—No puedo creerlo, pensé que tu nos entendías…

—Ancel, yo te entiendo, en verdad que lo hago, pero tampoco voy a mentirte, no soy estúpido y sé que tú tampoco.

—¿Por qué lo dices hasta ahora?, ¿por qué te callaste y me mentiste acerca de apoyar lo que sentía y lo mucho que nos amábamos, fingiendo que estarías de nuestro lado?

—No mentí nunca, por supuesto que te apoyo, eres mi mejor amigo y siempre voy a estar de tu lado.

—¡Pues ahora mismo no lo parece, estás hablando de la peor forma acerca del hombre al que amo, como si jamás hubieses querido que lo nuestro existiera!

—No te confundas. Yo en verdad esperaba que lo suyo funcionara, él logró hacerte inmensamente feliz, como nadie nunca lo hizo antes, pero terminó Ancel, no funcionó, se arruinó y es momento de que lo aceptes. Te lo dije claramente aquella noche en el bar cuando hablaste conmigo, si vas a luchar por él, hazlo, yo estaré contigo, pero ni tú, ni él parecen decididos a recuperar su relación, así que sí Bill ya no está en la ecuación, mi deber ahora es apoyarte sólo a ti. Si voy a velar por los intereses de alguien, serán por los tuyos y los de nadie más y es justo por eso que me parece abusivo el que sigas corriendo con gastos que ya no te corresponden, sobre todo cuando él no quiere volver a saber nada más de ti.

—¿Entonces qué? ¿Si él ya no se acuesta conmigo debo darle la espalda y esperar a que se hunda solo? ¿Esa es tu lógica, Dago?

—Pues no sería la primera, ni la última persona en el mundo que se las arregla por sí mismo. Yo lo considero perfectamente capaz de conseguir por cuenta propia todo lo que ha tenido a tu lado y mucho más.

—Claro… —bufé levantándome de golpe de la mesa— ¿Sabes? Siento mucho si no coincido con tu forma egoísta de amar, pero no voy a abandonarlo sólo porque las cosas salieron mal entre nosotros. No me olvidaré de lo feliz que alguna vez me hizo y lo mucho que nos amamos. Aún cuando te parezca estúpido, seguiré siendo quien lo apoye aunque él no quiera saber nada más de mí, ¿entiendes?

—¡Hombre, no te lo tomes tan mal! Lo siento, sólo estoy siendo sincero, ¿no es que siempre me pides que te diga la verdad? Pues ahora te la digo, la verdad es que se me hace un desperdicio el que sigas gastando una fortuna en alguien que no lo merece más.

—El dinero es mío y es mi responsabilidad en qué o quién quiera gastarlo, así que espero respetes mi decisión de seguir con esto como hasta ahora y me ayudes hasta que todo termine, aunque te parezca estúpido.

—Ancel… —miró incrédulo como tomaba mi abrigo decidido a salir de ahí— ¡Vamos! ¿En serio vas a irte por esto?

—Dale las gracias a Renzo de mi parte por favor.

—Ancel no te vayas así, ¡Lo siento! ¿De acuerdo?—intentó detenerme.

No respondí. Molesto dejé sobre la mesa el dinero suficiente para cubrir la cuenta y salí del lugar aún cuando Dago siguió rogando para que no me fuera de aquella forma tan precipitada.

Nada podía detenerme, lo mejor era terminar ahí la conversación antes de que las cosas empeoraran. Dago solía ser muy determinante con sus ideas al igual que yo, así que ninguno terminaría por ceder de buena forma, aunque eso significaba dejarlo a él con las disculpas en la boca y a mi con una enorme decepción trepándome abrazadoramente por el pecho.

 

 

La agradable comida con Silvia Venturini esa tarde de viernes se había alargado un poco más de lo esperado. Los múltiples compromisos que la directora creativa de Fenti tenía, eran siempre la razón por la que resultaba casi imposible verla en Berlín a excepción de la semana de la moda.

El tenerla en la ciudad siempre era una ocasión rara y especial, por lo que cada que hacía una escala en Alemania, me aseguraba de conseguir una cita con ella apelando a nuestra buena amistad y relación laboral de años.

Cada una de nuestras reuniones la aprovechaba al máximo para hablar de los proyectos en desarrollo de Fendi y adelantos sobre las próximas colecciones masculinas en puerta, cerciorándome de conseguir al menos un par de primicias que ninguna otra revista tuviera a esas fechas y que permitieran a Glück mantenerse a la cabeza en la información.

Como ya parecía ser la costumbre cada que volvía de una cita con Silvia, me dirigí a la editorial con una infinidad de datos que entregarle al área de redacción y unas cuantas ideas rondándome la cabeza que no podía esperar para trabajar junto con Khristoph.

Distraído seguí repasando mentalmente las fechas en que debía de programar mi próximo viaje a Milán para estar en la presentación de accesorios otoño-invierno que Fendi tendría a inicios del año siguiente y la cual, a petición personal de Silvia, no podía perderme por ninguna razón.

Apenas crucé por las puertas de entrada reconocí a Igor caminando apresurado hacia mí para interceptarme antes de que alguien más lo hiciera, lo que significaba que algo importante había sucedido mientras estaba fuera de la revista.

Desde que Bill había estado lejos de la editorial, Igor y Justine —más frecuentemente el primero que la segunda— se habían convertido en una especie de asistentes de reemplazo. Su desempeño en tal puesto no se comparaba en lo absoluto con lo que Bill ya había aprendido a hacer con maestría en aquellos años, pero aún así se las arreglaban bastante bien para tomar gran parte de mis llamadas, atender a mis citas, ayudarme con la agenda si tenían la oportunidad y además hacerme llegar todas las noticias de lo sucedido en mis ausencias con todos los detalles posibles e importantes incluidos.

—Ancel, que bueno que estás aquí, por un momento pensé que no volverías esta tarde.

—¿Por qué no habría de hacerlo? —pregunté sin detener mi camino, obligándolo a seguirme por el pasillo intentando igualar mi paso con rapidez—. ¿Qué tienes para mí?

—Vino alguien buscándote hace un rato, dijo que era importante.

—Muchas personas me buscan a diario y juran que es importante. ¿Algo bueno al menos? —lo cuestioné llegando por fin a mi oficina haciéndolo pasar junto conmigo—. No recuerdo haber tenido ninguna cita para esta tarde, desde que supe de la visita de Silvia en la ciudad cerré lo que restaba del día.

Dudoso tomé la agenda sobre el escritorio y comencé a repasar con rapidez los pendientes escritos, confirmando que efectivamente no tenía ninguna cita pendiente.

—No tenía ninguna cita, pero dijo ser un buen amigo tuyo.

—¿Amigo?, ¿Acaso era Dago? —pregunté incrédulo aprovechando el tener la agenda a la mano para darle una mirada a los pendientes para el inicio de semana.

Conocía a Dago y sabía que después de una fuerte discusión como la que habíamos tenido, era casi imposible que se presentara en Glück para pedirme una disculpa movido por el arrepentimiento, pero aún cuando sonaba como la opción menos probable, seguía siendo la única idea que llegaba a mi cabeza.

Lo cierto era que podía ser que conociera a muchas personas gracias a la revista, pero eran muy pocas a las que podía considerar realmente amigos.

—No, no era Dago, aunque dudo que lo conozcas, era un hombre un tanto extraño y con un marcado acento ruso que dijo llamarse Lyosha… sólo así: Lyosha. Se negó a darme su nombre completo o a dejar algún número donde pudieras encontrarlo.

Con rapidez dejé la agenda a un lado y levanté la vista al oír ese nombre, sintiendo como una infinidad de sensaciones comenzaban a arremolinarse en mi estómago.

—¡¿Lyosha?! —exclamé sorprendido— ¿Dijo algo en especial?

—No en realidad. Le ofrecí esperar a que volvieras, pero llevaba demasiada prisa como para quedarse, aunque dejó esto para ti —me extendió un pequeño papel doblado a la mitad esperando a que lo tomara—. Fue muy insistente en que te lo hiciera llegar en cuanto estuvieras de vuelta.

Confundido tomé el mensaje y lo abrí ansioso, sintiendo como la respiración se me aceleraba de pronto.

B.L.O.N.D.

8:30 pm

Con cariño, “Gretel”.

Un escalofrío me recorrió la espalda con ese mensaje, que aunque era corto, resultaba tremendamente comprometedor.

Ver de nuevo esa firma trajo a mi mente un sin fin de recuerdos agridulces que me perturbaron e hicieron a mis manos temblar ligeramente.

Con cariño, Gretelsolía ser una vieja broma en común con la que él y yo jugábamos durante nuestro tiempo de universidad. Lyosha decía que el único “Hänsel” que alguna vez había escuchado mencionar era el del cuento de hadas, por lo que le gustaba que le llamase “Gretel” para sentirse como mi complemento perfecto cuando salíamos juntos a buscar “La casa de los dulces” cada fin de semana.

“La casa de los dulces” como a él le encantaba llamarle, podía ser cualquier lugar en el que pudiéramos encontrar diversos estupefacientes que fueran de su agrado, sitios que por lo regular terminaban por ser fiestas ofrecidas por las casas estudiantiles en las facultades vecinas, o bares de extrema tolerancia al rededor de la ciudad —en su mayoría escondrijos gays de baja reputación—, donde las mejores y peores cosas terminaban por sucedernos.

Era increíble como un simple mensaje como ese, podía remover con facilidad la pesada cantidad de años que separaban a aquel inexperto Ancel de tiempo atrás, del hombre en el que me había convertido entonces y el cuál parecía ya no tener nada en común con Lyosha, la universidad, o las noches alocadas en que habíamos disfrutado al máximo juntos.

—Ancel, ¿está todo bien? —preguntó Igor después de un momento al notar mi clara consternación.

—Sí, por supuesto, todo bien —reaccioné de pronto saliendo del shock momentáneo y fingiendo ecuanimidad a regañadientes—. Gracias por el mensaje, Igor. —agregué, metiendo la nota en mi bolsillo, ansioso de ver salir a Igor de mi oficina para tener la oportunidad de leer una y otra vez su contenido, al menos hasta que pudiera confirmar que era real.

—Bien, si no necesitas nada más, volveré a lo que estaba; es viernes y mi novia me matará si vuelvo a dejarla plantada como la semana anterior, no quiero regresar soltero el próximo lunes, así que… —bromeó.

—Claro, apresúrate y muchas gracias por todo.

Con un enorme esfuerzo esperé paciente a que Igor se alejara por el pasillo, sintiendo como la punta de mis dedos rozaban con capricho el mensaje de Lyosha que aguardaba en mi bolsillo.

Durante muchos años había imaginado un reencuentro trivial con Alexei, algo no planeado que nos hiciera coincidir en algún punto, y aunque en mis fantasías el volver a verlo me llenaba de entusiasmo, jamás hubiera pensado que al estar a punto de suceder, el corazón se me comprimiría con fuerza provocando que una mezcla confusa de sentimientos me golpearan con brutalidad noqueándome por completo.

Nervioso me senté detrás del escritorio sacando su mensaje y releyendo al menos unas 10 veces más, como si temiera olvidarme de algo importante aunque ya me lo había aprendido de memoria. Por más que intentara omitir aquella cita, la hora y el lugar se me habían quedado grabados a la perfección dando vuelta una y otra vez en mi mente.

Perdido en un extraño limbo entre la emoción y el desconcierto, mis ojos se cerraron por apenas unos segundos devolviéndome muchos años atrás, al momento preciso en que éramos sólo nosotros dos, con su boca deslizándose lentamente por el borde de mis hombros y su respiración golpeando mis oídos provocando que mi piel se erizara.

Acompañado de una abrazadora sensación de vértigo su nombre volvió a mis labios sin provocarlo, haciendo que un cosquilleo sutil envolviera mi boca una vez más: Alexei Romanovich Vasiliev —musité de forma hueca con la respiración extinta.

Mi perdición, mi amigo y también mi maestro. La mejor y peor experiencia que había tenido alguna vez en la vida y aún con ello uno de los mejores recuerdos.

A Lyosha —como Alexei insistía en que lo llamara la mayor parte del tiempo— lo había conocido durante los primeros días en la universidad de periodismo.

En aquellos primeros años de rebeldía me había obstinado en ir en contra de la voluntad de mis padres alquilando una pequeña habitación en un conjunto de apartamentos para universitarios cerca de la facultad de literatura.

El primer recuerdo que tenía del piso que había elegido para pasar mi estancia en la universidad es que era demasiado pequeño — por no decir: minúsculo—. Su constitución se basaba en una pequeña estancia, una incómoda cocina que rara vez utilizábamos, un baño diminuto e irrisorio y dos habitaciones donde los 4 inquilinos nos acomodábamos en pares.

Como era de esperarse siendo hijo único, teniendo todo el apoyo de mis padres y estando acostumbrado a todo tipo de comodidades, había logrado negociar con éxito el pagar por el alquiler equivalente al de una habitación completa, lo que significaba tener mi propio espacio aún en un apartamento tan pequeño como ese, evitándome la incomodidad de lidiar con desconocidos.

Quizá había sido la emoción inicial de libertad lo que al final había provocado que aceptara de último minuto el que acomodáran en mi pieza a un nuevo chico recién llegado de Moscú, quién curiosamente resultaría estar inscrito en el mismo curso de periodismo que yo.

El inicio de nuestra relación como compañeros había sido tan común y corriente como cualquier otro. Lyosha era educado y encantador, mesurado con las palabras y la mayor parte del tiempo un poco más atento de lo esperado; en general denotaba ser un chico carismático y confiable, demasiado educado como para incomodarnos y bastante tranquilo como para desconfiar de él.

Recordaba perfectamente que Lyosha al comienzo no era bueno iniciando conversaciones si es que otro no tomaba la iniciativa, su desconfianza natural a expresarse en un idioma que no era el suyo había sido la primera conclusión a la que llegamos acerca de su silencio y timidez, aunque al pasar de los días descubriríamos que en realidad Alexei no se sentía avergonzado al utilizar un idioma diferente, por el contrario, era sorprendente y admirable el dominio que tenía del Alemán, más bien era su naturaleza precavida lo que lo había llevado a ser extremadamente reservado durante los primeros días, característica que terminaría por esfumarse, dejándonos en claro que una vez que comenzaba a hablar su encanto y retórica convencían a cualquiera de no querer parar de escucharlo.

Sus discursos solían ser sólidos y cautivadores, no importaba el tema a discusión, Lyosha jamás se quedaba en silencio, existía siempre en su boca una buena respuesta a todo, la cuál acompañaba sin falta con una trémula sonrisa que suavizaba su discurso, o en su defecto una mirada hosca que reafirmaba su posición respecto a temas controversiales sin incomodar demasiado a los otros, demostrando con ello lo inteligente y persuasivo que era.

Supongo que el primer error que había cometido con él había sido el de alabar su inteligencia y sensatez de inmediato; el segundo: subestimar su naturaleza sutil y astuta.

El chico que de inicio me había parecido inofensivo e incapaz de atentar contra mi estabilidad emocional, en un par de meses terminó por demostrar que además de una mente brillante, también tenía en el interior una peligrosa fiera en cautiverio esperando el momento correcto para conseguir a la presa indicada.

Sonriente y reservado por fuera, pero intenso y explosivo por dentro, Alexei era dinamita pura, un volcán de emociones que llegó a remover en mí todo aquello que alguna vez había considerado prohibido y lejano, mostrándome un mundo maravilloso que existía fuera de la pequeña caja de cristal que mis padres habían construido a mi alrededor para protegerme.

Su naturaleza aventurera y apasionada lograron que aquel chico con rostro de niño y mirada inocente, me aproximara de forma apresurada a la libertad y el autoconocimiento. Con él no sólo había descubierto un abanico sexual que irremediablemente despertó aquella atracción confusa que por años me había propuesto mantener dormida y alejada de la mirada crítica de los demás, sino que también había hecho explotar todos aquellos deseos —hasta entonces atemorizantes y confusos— que terminarían por definir quién era realmente.

Mi sexualidad por mucho tiempo había sido una confusa carga que llevaba en secreto. Habiendo crecido en un ambiente conservador y con una importante carga moral gracias a mis padres, el simple hecho de cuestionar la “norma” de las relaciones amorosas y sexuales, era razón suficiente como para hacerme sentir confundido e incómodo con lo que sentía.

Desde la adolescencia había sido obvio que existía una gran diferencia entre los demás y yo. En el despertar de mi naturaleza sexual, la atracción que sentía por hombres y mujeres por igual, había representado una incipiente angustia que prefería callar por miedo a declararme diferente a todos.

Mientras que comprendía que el sentirme atraído por las chicas era la norma de mi entorno, con vergüenza notaba también que era incapaz de inhibir la explosión de hormonas que me volvían loco al tener acercamientos indecentes con mis compañeros de clase, o incluso con algunos de mis mejores amigos.

Con frecuencia durante los descansos, los varones del colegio hacíamos pequeños grupos para mirar a escondidas revistas para adultos y contar las veces que habíamos espiado a las niñas en los vestidores, sin que ellos supieran lo atemorizante que me resultaba la simple idea de confesarles en tales reuniones, que también sentía curiosidad por las reacciones insensatas que hacían cosquillear mi vientre no sólo al mirar a aquellas mujeres desnudas entre las páginas, sino también al entrar en las regaderas después de la clase de gimnasia y tener acercamientos accidentales entre bromas y juegos bruscos estando completamente desnudos.

En aquellos días resultaba estresante para un chico como yo preguntarse constantemente si era el único que experimentaba aquellos cambios en mi cuerpo gracias a ellas y también a ellos, o si existían más como yo, sujetos que simplemente no podíamos corregir nuestros instintos.

¿Acaso eso que sentía debía avergonzarme o simplemente no tenía porqué preocuparme por ello?

Esas preguntas jamás las hice y las respuestas tampoco llegaron; con el tiempo el desconcierto e inseguridades se fueron convirtiendo en compañeros habituales, después de todo era lógico que me sintiera confundido cuando en los libros se estudiaba con naturalidad lo que pasaba cuando un hombre y una mujer tenían sexo, pero en ningún momento se mencionaba lo que sucedía si dos hombres decidían pasar la noche uno al lado del otro; tal parecía que la simple idea de que surgiera el amor entre dos seres sexualmente idénticos era considerado aborrecible y extraño, un tema intocable por el que era mejor mostrar asco y no curiosidad, porque tener dudas era sinónimo de estar equivocado y estar equivocado era algo que no debía sucederle a ninguna persona “normal” que esperaba recibir el respeto de los demás.

Vivir avergonzado y mantenerme en silencio por sentirme atraído a alguien del mismo sexo que yo, se volvió entonces parte de la cotidianidad en mi vida. Tenía miedo de ser señalado por todos como un desviado e indeseable, alguien de quien los demás chicos debían alejarse por miedo a que no pudiera controlarse y terminará por tocarlos indebidamente, como si fuese un animal salvaje incapaz de respetar su espacio.

En secreto me sentía menospreciado y ofendido día con día, fingía no tomármelo personal cuando los demás chicos utilizaban la palabra “marica” tan deliberadamente para hacer sentir sobajados a los otros, e intentaba minimizar el asco que me provocaba el saber lo terrible que se consideraba desear tener experiencias sexuales con otros hombres, como si aquello fuese un pecado innombrable.

Lo más curioso era que al pasar de los años había aprendido un sinfín de formas en las que se podía llamar a un “marica” pero no cuál era la definición –ya fuera positiva o negativa—, para lo que yo sentía, lo que era, para esa dualidad que experimentaba y me inquietaba en el interior manteniéndome en una inconformidad constante.

Las personas como yo nos encontrábamos en un limbo alejado de toda explicación. En el mundo real y tal cual estaba formado, nadie iba a considerarme normal por estar genuinamente atraído a las chicas del colegio, pero tampoco tendría el privilegio de encajar del todo en la “anormalidad” que todos llamaban homosexualidad, si sólo algunas veces mis deseos eran tentados por mis compañeros del fútbol y sentía que las mariposas en mi estómago se volvían locas al caer con torpeza debajo del chico más atractivo de nuestro grado, lo que después me provocaría sueños extraños en los que en la intimidad cumplía mi deseo de besar su boca a mi antojo.

Era consciente de que “según los estándares” yo nunca podría llegar a ser un “hombre completo”, pero de igual forma me creía totalmente capaz de cumplir con el rol masculino que cualquier mujer buscaba en una pareja si era necesario. Independientemente de la atracción que sentía seguía siendo el mismo, me gustaran ellas, ellos, o ambos y eso estaba seguro de que no cambiaría. El que deseara estar con otro chico no me haría menos hombre que los demás, me sentía bien con lo que era y como me identificaba, estaba a gusto con mi rol y mi género, pero tal parecía que el mundo afuera no podía entenderlo y que mis puntos de masculinidad estaban destinados a disminuir si aceptaba lo diferente de mis preferencias. La sociedad condenaba en automático a la homosexualidad a cargar con una femineidad obligada y ficticia con la cual —aunque no me molestaba—, tampoco podía identificarme. ¿Era acaso que la preferencia sexual no podía separarse de los estereotipos de ninguna forma, o que simplemente yo me negaba a encajar en ellos porque no me pertenecían del todo?

Ancel Friedman era una mezcla confusa entre dos mundos que a los ojos ajenos eran completamente distantes e imposibles de juntar, lo que me tranquilizaba e irónicamente, también me aterraba por completo.

Quizá sí era un extraterrestre, un ser complejo que jamás encontraría su definición en el mundo, un lobo estepario condenado a la soledad y el destierro. Un alma destinada a no encontrar a su par en el mundo.

por admin

Un comentario en «Una Ultima Promesa 24»
  1. Me encanta esta historia, provoca en mi sentimientos encontrados, pero estoy clara en algo y es que Ancel se merece un buen golpe ahi abajo 😁, espero que con la llegada de «Gretel» deje en paz a Billy, pero si Bill descubre ese romance pasadi y porque no presente, le hará sufrir mucho porque es muy pronto para superar al …. de Ancel.
    Gracias!!
    PD: Extraño a Tom y claro tb a Bill. 😥

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