Una Ultima Promesa 4

4 // Exhilio involuntario

De nuevo colgué el teléfono siquiera antes de que sonara por segunda vez.

Durante todo el día no dejó de pasar por mi cabeza lo que Georg había propuesto como solución a mis problemas. El buscar a mi hermano sonaba demasiado fácil, pero al final, era más complicado de lo que parecía. Por alguna razón me sentía aterrorizado de que mamá levantara la bocina del teléfono y me preguntara como iban las cosas. ¿Qué podría decirle? ¿”Bien, en realidad, de maravilla”? No, eso en automático me convertiría en el ser más mentiroso sobre la faz de la tierra y no tenía intención de serlo.

¿Ocupado?

Al escuchar la intromisión en mi pequeña oficina del fondo, levanté la vista asustado, teniendo la sensación de que, quien estuviera ahí parado en la puerta esperando, podría haber escuchado los pensamientos que me pasaban por la cabeza mientras terminaba la llamada a Mamá una y otra vez antes de que contestara el teléfono.

Khris se asomó con una enorme sonrisa dejando medio cuerpo afuera en el pasillo y saludo emocionado con la mano derecha, más radiante que de costumbre, sorprendiéndome en cuanto levanté la vista. Era regular que ese chico cambiara de color de cabello a la menor provocación y al menos desde que lo conocía, había pasando por toda una gama excéntrica de tonos, desde el azul eléctrico hasta el negro azabache, pero debía admitir que el tono gris que presumía esa mañana, le quedaba endemoniadamente bien, haciendo perfecta combinación con los tatuajes a todo lo largo de sus brazos y la pequeña pieza plateada en su labio, justo del lado derecho, con la que regularmente jugueteaba cuando estaba nervioso o aburrido en extremo.  Ahí a su lado, me sentí menos que una lagartija por las fachas que llevaba de nuevo al trabajo, sin ánimos de poner un mínimo esfuerzo por hacer maravillas con lo poco que podía encontrar en el apartamento de Georg, mientras que Khris parecía resplandecer por los pasillos con su irreverente estilo.

¿Puedo entrar?

Claro, pasa.

Te miré luchando contra una enorme torre de papeleo hace un rato y no quise molestar ¿Todo en orden?

Sí, algo así… —intenté sonreír, aunque no tuviera un buen resultado al final.

Pensé que te vería al menos en el almuerzo, pero no has salido de aquí durante el día completo, imaginé que estarías muriendo de hambre y te traje algunas provisiones mientras tanto —sin esperarlo dejó sobre mi escritorio un vaso de café, un emparedado y algunas bolsas de golosinas sorprendiéndome por su gesto tan desinteresado.

El emparedado es vegetariano, creo haberte escuchado al menos un centenar de veces explicarle a las personas porque no deberían de comer carne y cuanto amas a los animales—bromeó, aunque su comentario provocó que me quisiera esconder debajo del escritorio porque todo era verdad. Regularmente me apasionaba demasiado cuando se trataba de hablar acerca del maltrato animal y lo injusto que me parecía que tuvieran que matar a cientos de ellos sólo para alimentarnos egoístamente. Lo sabía, merecía una medalla por parte de Green Peace por ser su mejor embajador del año, pero también, un enorme reconocimiento como el imbécil más parlanchín y cansino de toda la editorial.

Creo que a veces soy todo un idiota con el tema, ¿Cierto? Lo siento tanto…—desvié la mirada apenado y torcí el gesto incómodo.

Un poco, pero tu discurso a veces da resultados, gracias a ti ahora sólo como costillas los fines de semana cuando miramos un partido de futbol en casa de papá y siento un tanto de lástima cuando debo llegar a casa tarde y lo único que encuentro es un trozo de jamón al fondo del refrigerador, ahora prefiero cereal y una manzana para que no me remuerda la conciencia antes de dormir —sonrió —lo haces bien, descuida.

Su sonrisa sincera logró aligerar la vergüenza que estaba carcomiéndome en ese instante. Khris no parecía ser una mala persona, por el contrario, la mayoría de las veces en que habíamos almorzado juntos, noté que era simpático y demasiado amigable como para tener malas intenciones en el fondo. En definitiva no podía decir que lo conocía realmente, apenas y charlábamos de banalidades cuando nos encontrábamos y una que otra vez habíamos vuelto juntos del trabajo, pero había algo en él que me agradaba, incluso sentía un poco más de simpatía que por cualquier otro dentro del equipo de redacción en la editorial y sin lugar a dudas, el gesto que había tenido conmigo preocupándose por no verme en el almuerzo, aumentaba por muchos mis puntos de confianza hacia él.

Gracias… por todo, no tenías porque molestarte con esto, no tengo mucho apetito en realidad.

Con una mirada aguda, Khris me examinó como si intentara leer mis pensamientos a través de las gafas obscuras que de nueva cuenta llevaba encima y me extendió el emparedado presionándome para comer algo. De inmediato y como si el tener compañía hubiera sido la receta mágica para mi poco apetito, el estómago comenzó a gruñirme al sentir el olor del pan recién horneado y el queso inundándome las narices.  

Sin reclamar, acepté su insistente invitación y abrí la bolsa marrón de papel que escondía aquel delicioso aroma, ansioso por poder sentir el sabor tan característico del pan crujiendo en mi boca y el queso derritiéndose como mantequilla en mi lengua.

 —¿En realidad no tenías hambre, o no tomaste el almuerzo por lo que sucedió con Justine y todos la última vez?

No quería responder a aquella pregunta, así que sólo me encogí de hombros y di la primera mordida a aquel suculento emparedado, que, después de toda la mañana sin comida alguna, sabía como el más exquisito manjar jamás antes cocinado sobre la faz de la tierra.

Yo no pienso igual que Justine —comenzó a hablar de nuevo sin esperar a que respondiera, tomando la silla frente al escritorio, dándome a entender que se quedaría ahí haciéndome compañía al menos hasta que terminara mí almuerzo. —Creo que es una arpía la mayor parte del tiempo y no sé porqué todos aceptan que se comporte como una niña malcriada. —sus dedos resbalaron juguetonamente por el escritorio, hasta que logró apresar un bolígrafo que estaba justo en su camino y comenzó a delinear círculos imaginarios sobre el cristal de la mesa. —No creo que fuera justo que te tratara de esa forma, después de todo, jamás te has metido con ella, ni con nadie, creo que esta vez sobrepasó los límites y por mucho.

Su mirada de nuevo se clavó en mi esperando al menos un asentimiento de mi parte para apoyar el monólogo que estaba teniendo, mientras que yo devoraba el emparedado más hambriento que nunca, muy poco interesado por participar en su conversación, sobre todo si el tema central de ella sería yo y los rumores que corrían a mi alrededor.

Bueno… —tragué con dificultad presionado para decir algo por la forma en que seguía esperando, mirándome fijamente como si pudiera hacer contacto con mis pupilas aún a través de las gafas obscuras — Supongo que no podemos hacer nada para cambiarla, sólo no hay que tomarse en serio sus comentarios…

Bill, no tienes que fingir conmigo, sé que lo que dijo te hirió, jamás te había visto mandar a la mierda a alguien de esa forma, te tocó el punto sensible y lo sabemos.

Tampoco es como que sea difícil sacarme de mis casillas…—mentí.

De acuerdo, la mayor parte del tiempo pareces antipático y vanidoso. Te paseas por los pasillos con esa pinta de altanería y perfección que intimida a unos cuantos, pero en el fondo eres dulce, no lo niegues, tan dulce y suave como un panecillo recién horneado y dudo que vayas por la vida golpeando personas y rompiendo cristales como todo un vándalo sólo porque tuviste un mal día —dejó el bolígrafo de nuevo sobre la mesa y se concentró en mi seriamente.

¡Maldición! Odiaba que todos pensaran de mí de aquella forma, como un pobre perdedor que no podía llegar a ser realmente malvado. Era frustrante darse cuenta de que, no importaba quien fuera, todos estaban seguros de que era tan frágil, que romperme no les llevaría ningún tipo de esfuerzo. Una parte de ello era verdad, a veces resultaba ser demasiado blando sin siquiera notarlo, pero también tenía aquel otro lado que no era tan amable y dulce como todos pensaban. ¿Acaso ese era el problema? Siempre terminaban rompiéndome y tocándome la moral, simplemente porque les parecía un blanco fácil para atacar. Me enfermaba.

Bill, yo no tenía idea de que era lo que sucedía con Ancel… —comenzó a justificarse como si fuera necesario a esas alturas.

Con una mueca de arrogancia lo hice retroceder un poco tragando otro enorme bocado con prisa —No necesitas mentir, sé que todo el departamento de redacción y la revista completa lo sabían…

Khris tragó saliva con dificultad, incómodo por mi acusación tan directa y poco amable en su contra.

No reclamo —seguí, sintiéndome un tanto culpable por la forma tan cortante que había tenido de pedirle que no fingiera inocencia, cuando ambos sabíamos que era el tema de conversación en general desde la fiesta de aniversario —Sé que gran parte de la culpa es mía, como un tonto enamorado fui gritando durante 3 años la maravillosa relación que tenía con Ancel, sin pensar en las consecuencias a futuro y bueno, bienvenidos, ¡estamos en el futuro! —Bufé sarcástico y sin intenciones de seguir callando —supongo que lo merezco por iluso, aprender algunas lecciones, duele…—encerré en mi puño la bolsa del emparedado que ahora estaba vacía, hasta reducirla a una pequeña bolita marrón que lancé ágilmente al cesto de basura, atinando de lleno y a la primera.

Pues creo que nadie debería recibir lecciones de esa forma, Bill, al menos no haciéndote quedar como un idiota frente a todas las personas que trabajan diario al lado de tu pequeña oficina. —Suspiró levantándose de la silla por fin — Tengo que decirlo, Ancel es un imbécil, el más grande que he conocido jamás. No preguntaré como sucedieron las cosas entre ustedes, ni tampoco me interesa escuchar como todos arman historias allá afuera acerca de los 3 años de relación que mantuviste con él y el cómo te dio una patada por el trasero, para irse con esa rubia perfecta recién importada de Suiza, lo único que sé es que, sin importar nada de eso, jamás debes de jugar con el corazón de alguien que tiene una mirada tan dulce e inocente como la tuya, él simplemente es un hijo de puta y ya está.

Impresionado por sus palabras, me quedé helado viéndolo acercarse a la puerta para marcharse al fin. No tenía idea de que debía responder, si es que en realidad buscaba una respuesta, porque más parecía haber necesitado un buen pretexto para sincerarse, que una negación o afirmación acerca de su punto.

Quizá podría traerte el almuerzo de nuevo mañana si sigues con tu plan de no salir de aquí por algunas semanas, haciendo ayuno sin necesitarlo —se detuvo antes de salir al pasillo y sonrió ampliamente —sólo no tengas miedo de unírtenos por culpa de Justine o cualquier otra arpía que ande rondando, no mereces quedarte encerrado en este cuarto de 2×2, sólo porque algunas personas no tienen nada mejor que hacer que fijarse en la vida de otros ¿Quieres?

Deseaba agradecerle por sus palabras, pero no podía, de una forma que siquiera él tenía idea, había llegado a un punto en mí que creía haber olvidado hacía mucho. La forma en que su discurso sonaba, me era completamente familiar. De repente sentí como si me hubieran transportado hacía el pasado, a la edad exacta de 12 años, mientras lloraba escondido en el último cubículo del baño de la escuela, con el delineador corrido por las mejillas y mis brazos alrededor de las piernas tratando de ahogar mis lamentos.

¡Bill! ¡Bill! —Escuché a alguien llamarme con fuerza mientras abrían de par en par todas las puertas de los cubículos al lado, ahogando el ruido de mis lloriqueos por un momento — ¡Maldición, Bill, soy yo, Tom!

De inmediato paré de llorar, asustado por que mi hermano me viera de nuevo en aquellas condiciones tan lamentables, llorando una vez más acurrucado sobre la tapa del excusado, temblando como una niñita.

Por fin llegó hasta el último de los cubículos, abriendo con un fuerte manotazo la puerta, sabiendo que ahí era exactamente donde terminaría por encontrarme, justo como la última vez que había escuchado el rumor de que salí corriendo de la clase de matemáticas para encerrarme en los baños del último piso, esos donde nadie iba por la pereza de subir tantas escaleras de por medio.

¡Aquí estás, Gizmo! —gruño furioso.

¡No, vete! —le grité tapándome el rostro con fuerza.

¿Irme?— tomó mis manos quitándolas de mala gana de mi rostro.

¡No, no me mires!—rogué tratando de volver a cubrirme en vano, ya que me tomó por las muñecas y las alejó para poder verme el rostro de lleno.

¿Eres idiota? ¡Yo te miraré cuanto se me antoje, tonto! —me jaló con fuerza haciéndome chocar contra él de la forma más brusca posible, para después, pegarme a su pecho envolviéndome con fuerza, haciendo que mi rostro se escondiera entre sus brazos obligándome a llorar un poco más. — ¿Entendiste? —le tembló la voz ligeramente al decirlo y sentí como me estrechaba aún con más fuerza contra su pecho.  

No importaba lo fuerte que quisiera parecer ante Tom, con el simple hecho de saberlo cerca, me convertía en la persona más débil del mundo, sin control sobre mis emociones, propenso a llorar largas horas hasta que me faltaran lágrimas para sacarlo de mi pecho.

Ni siquiera sé por cuánto tiempo nos mantuvimos así, abrazados, yo llorando y manchándole la enorme sudadera con el delineador negro que me corría por los ojos, mientras que él repasaba sus manos por mi espalda tratando de consolarme, como acariciando a un cachorrito desvalido. No era mucho lo que hacía por mí, tan sólo me soportaba mientras dejaba que toda la frustración y tristeza se disiparan, sin dejar de acariciar mi espalda de forma automática, sirviéndome de soporte durante los malos ratos que regularmente terminaban por asfixiarme.

¿Quién fue esta vez? —se atrevió a preguntarme dejando a un lado su tono mordaz y desesperado, apenas y alzando la voz lo suficiente para que lo escuchara.

Nadie…

Ni siquiera intentes mentirme, puedo leer tus pensamientos ¿recuerdas? —bromeó en parte, porque sin saber cómo lo lográbamos, a veces incluso teníamos la capacidad de adivinar lo que el otro estaba pensando, sin esfuerzo alguno y de forma natural.

Falkenhorst…—murmuré aún sin alejarme de su pecho, ahogando las palabras entre su ropa.

¿Quién?—sonrió por mi balbuceo entre el algodón de la sudadera, haciéndole imposible el escucharme. Con cuidado me alejó tomando mis hombros, obligándome a separarme y hablar fuerte y claro.

Falkenhorst…—repetí temeroso.

¿El profesor de álgebra? —escupió furioso reaccionando de inmediato al escuchar el nombre del profesor más odiado de todo el colegio, sobre todo por mí. 

Dijo que no volvería a entrar si llevaba maquillaje encima y que a partir de mañana sólo tendría permitido tomar la clase de las chicas después del almuerzo, porque así es como lucía con delineador en los ojos.

Su pequeño puño derecho se cerró mientras hablaba, haciendo que sus nudillos lucieran blanquecinos por el esfuerzo y su rostro tomara un ligero tono carmín. Estaba furioso, más que eso, era casi como si estuviera dispuesto a matar a cualquier que se le cruzara por el frente en aquel preciso momento.

¡Todos se rieron de mi porque parezco una maldita niña! —me solté de su agarré y corrí hacia los lavabos empujándolo con fuerza, sintiendo un ataque de angustia que me oprimía con fuerza el pecho. — ¡Soy un mounstro! —abrí el grifo del agua fría y comencé a tallar mi rostro con fuerza.

Aún podía escuchar las burlas a mi espalda mientras Falkenhorst me miraba desde arriba tirando todos mis libros y lápices sobre el suelo, buscando el delineador que había utilizado para mis ojos, dispuesto a tirarlo a la basura frente a todos, dejándome como el idiota del siglo, mientras que la frase “Kaulitz es una niña, se pinta como niña y se viste como niña” era coreada por todos los chicos del salón que disfrutaban del espectáculo.

Era un fenómeno, lo sabía, pero pensaba que al menos era un fenómeno feliz por como lucía, aunque el mundo no lo comprendiera del todo. No era una niña, jamás había querido ser una y me hería escuchar aquellas burlas malintencionadas sin merecerlas.

¡Hey, hey! ¡Basta! —Tom cerró el grifo del agua y me abrazó de nuevo con fuerza obligándome a mirarlo a través del espejo frente a nosotros —Vas a hacerte daño con eso — tomó mis manos evitando que volviera a tallar mis ojos y suspiró—No eres un mounstro, Bill ¿Escuchaste? ¡Tan sólo mírate! —la forma en que tomó mi rostro fue aún más delicada de lo que esperaba, como si temiera romper una frágil pieza de porcelana, resbalosa por el agua que aún caía por mi rostro dejando enormes gotas a su paso —aún con el delineador corrido por toda la cara, luces más hermoso que todos aquí juntos — sonrió —aunque parezcas un tonto panda. —Apenado agaché la mirada sin creer lo que estaba diciéndome — ¡Hey! —me levantó un poco más la barbilla para que volviera la mirada al espejo mientras me hablaba —Eres al menos unos 20 centímetros más alto que todos los de tu clase y ya quisieran ellos tener ese rostro tan perfecto, porque, es igual al mío y yo no sólo soy tu hermano mayor, también soy el más apuesto de todo el colegio, ¿Dije el colegio? ¡Qué va! De todo el vecindario, el condado, Magdeburg e incluso el continente completo ¿Te queda claro?

Era verdad, estando así, uno junto al otro frente al espejo, era más claro notar lo parecidos que éramos. Podía ser que el cabello de Tom luciera diferente y sus expresiones fueran aún más toscas que las mías, pero ahí, aún con el delineador por todo el rostro, podía darme cuenta de que éramos como dos gotas de agua. La misma nariz, las mismas mejillas, los mismos labios y sobre todo, los mismos ojos profundos color almendra.

Teniendo ese rostro, puedes usar lo que te venga en gana, porque juro que se te verá jodidamente espectacular ¿Me escuchaste? Así que vas a lavarte bien esos círculos negros de los ojos, e irás a tu clase y mañana te pondrás cuanto delineador se te cruce por el frente, no me importa si incluso le agregas labial a la formula, haz lo que quieras, pero saldrás con la frente en alto y le enseñarás el dedo de en medio al maldito Falkenhorst en cuanto te lo cruces por los pasillos, me importa muy poco si llaman a mamá y te expulsan del colegio por ello, igual me iré encantado de la vida contigo ¿Quedó claro?

Aún con las lágrimas cayéndome por el rostro, asentí torpemente sin dejar de mirarlo a los ojos.

Y vas a prometer algo Billy —tomó mi mano y la extendió al frente como símbolo de juramento —nunca más dejarás de ser tu mismo, sólo porque algunas personas no tienen nada mejor que hacer que fijarse en la vida de otros ¿De acuerdo?

Si —respondí bajito.

Entonces es una promesa,  ¿Y las promesas…?

No se olvidan —respondí con la voz aún quebrada por tanto llorar.

Una pesada pared de realidad me golpeó de repente estando en medio del papeleo pendiente y el café medio frio que Khris había dejado para mí sobre el escritorio.

No quería soltarme a llorar por aquel recuerdo, pero era inevitable que un nudo se formara en mi garganta por la culpa al saber que, la promesa que le había hecho a Tom aquella vez en medio del llanto, había terminado por olvidarla sin posibilidades de evitar romperla. De nuevo estaba escondiéndome de todos, como cuando lo hacía en el baño del último piso a los 12 años, temeroso de que me miraran por lo sucedido.

Era un idiota…

por admin

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