
6 // Castillos de aire y sueños
Aquella vez, Berlín se había cubierto de nueva cuenta de blanco en su totalidad y el mercadillo navideño, que cada año llegaba para las festividades, ya ocupaba su lugar en la plaza principal. Un centenar de luces blancas adornaban los aparadores a lo largo de la calle, mientras que el persistente olor del vino caliente y los panecillos de temporada, inundaban arrebatadoramente el ambiente.
Algunas noches como esa, mientras me tomaba un segundo para fumar un cigarrillo en mi camino hacía el subterráneo, de la nada sentía como me atacaba la nostalgia. Mamá ahora estaba lejos, en Munich, junto con Gordon y yo, intentaba sobrevivir a mi primera temporada invernal sin ellos, fingiendo que todo estaría bien, que podía arreglármelas solo, aunque en el fondo moría de miedo por la soledad que me esperaba al llegar a casa, con el silencio inundando el piso completo y sin nadie que lo rompiera con un recibimiento cálido por mi regreso o una conversación divertida. Era sólo yo y los platos sucios de la cena anterior, las cuentas por pagar amontonándose en el buzón y la televisión con las noticias nocturnas.
Esa noche no quería volver a la monotonía de la soledad, me negaba a calentar en el horno una cena congelada para cambiar el canal del televisor una y otra vez hasta quedarme dormido en el sofá, así que dejé a mis pasos guiarme instintivamente hacia aquellas carpas blancas donde un tumulto de gente ya se aglomeraba para fisgonear un rato.
Era curioso, pero aún cuando afuera todo estaba cubierto de blanco y el viento amenazaba con congelarlo todo a su paso, en ese lugar, en medio de tantas luces brillantes y motivos rojos y dorados, la calidez trepaba por mis zapatos inundándome poco a poco, acompañado por los villancicos que sonaban alrededor. De pronto ya no me sentía tan solo, mucho menos triste y hasta me sentía de ánimo para recorrer todos esos pasillos, aunque fuera sólo para olvidar por un momento que debía volver a mi grisáceo apartamento que, después de todo, no era tan divertido como eso.
Con cuidado repasé mi dedo índice sobre un hermoso copo de nieve que colgaba junto con al menos un centenar de adornos más para los árboles de navidad. Cada una de las piezas era hermosa y delicada, desprendiendo un peculiar tintineo cada que movidas por el viento, terminaban golpeándose unas contra las otras, como si un ejército de hadas emocionadas y bailarinas, estuviera revoloteando alrededor de nosotros.
Una sonrisa infantil se me escapó de los labios, mientras levantaba ante mis ojos una curiosa esfera de cristal que tenía en el interior diminutas figuras de niños patinando en un río congelado, tan pequeñas y detalladas que me preguntaba cómo era que habían podido llegar ahí dentro, como una escena viviente atrapada por siempre entre las delgadas paredes de cristal que la contenían.
Repentinamente, entre mis divagaciones, tuve la extraña sensación de que alguien me miraba insistente desde algún punto cercano al alrededor, obligándome a desviar mi atención de los pequeños niños jugando sobre el espejo de hielo dentro de la esfera transparente. Jamás había sentido algo similar a la distancia, las personas siempre hablaban acerca de la incomodidad que la mirada fija de alguien más sobre ti, podía llegar a producirte, pero aquella noche, lo único que no sentí fue eso, incomodidad, al contrario, sólo me preguntaba cómo era que una conexión así, tan de repente, lograba sacarte de tus pensamientos bruscamente y sin aviso.
Curioso, coloqué de nuevo la pequeña esfera de cristal junto a las demás y busqué con la mirada al responsable de aquella sensación extraña. No necesité más de un minuto para resolver el misterio, ya que al otro lado, justo sobre el pasillo paralelo, Ancel me observaba fijamente, sonriendo con dulzura a la distancia.
Estaba ruborizándome, lo sabía porque sentí claramente como mis mejillas ardían de repente. Era como si no tuviera control de mí mismo, con un centenar de mariposas revoloteando en el estómago furiosas, acompañadas de una inexplicable sensación de vacío en mi pecho.
No podía negarlo, Ancel me parecía terriblemente encantador; desde el primer momento en que había puesto un pie en la revista había sido casi imposible no notar lo atractivo que era, con esa sonrisa cautivadora que utilizaba para cualquier ocasión, no importaba si el momento era el adecuado o no, él siempre sonreía, con esa naturalidad propia de un súper modelo editorial, con el ángulo indicado para lucir perfecto en cada ocasión y momento. No era de extrañarse entonces, que por más esfuerzos que hiciera por memorizar lo imposible que era de alcanzar y la distancia que debía mantener por ser el jefe editorial, terminara siempre sonriendo como un idiota al encontrármelo por los pasillos o al escucharlo hablar tan elocuentemente frente a todos durante las reuniones que solíamos tener cada semana. Para mí, como para todos en la revista, era el hombre de ensueño, modelo de la perfección en cada una de las cosas que hacía y ejemplo a seguir, mientras que yo era sólo un aprendiz recién llegado a la editorial, de extraña personalidad y look rebelde, con el cabello azabache, tan largo, que me llegaba por debajo de los hombros y unas pequeñas rastas blancas contrastando con el obscuro delineado de mis ojos; demasiado extravagante para alguien como él, que ni en un siglo sería capaz de pensar que, mi inmadura y peculiar forma de vestir, era atractiva en absoluto.
En ese momento me sentía como un completo idiota en medio de tanta gente, mirando como un niño pequeño adornos navideños y sonrojándome sólo porque mi jefe editorial me miraba desde el otro lado, comenzando a sonreír como era su maldita costumbre, haciéndome desear que la tierra debajo de mis pies me tragara, para no seguir siendo el objetivo de su profunda mirada por un segundo más.
Aún luchando contra mí mismo y decidido a huir, lo salude con la mano derecha y di la vuelta sobre mis talones para escabullirme entre la gente, pensando en perderlo de vista entre todas aquellas personas que seguían haciendo sus compras muy animados, intentando mimetizarme con el ambiente, para que no pudiera notar lo nervioso que me había puesto con su mirada fija y su sonrisa resplandeciente.
Fingiendo seguir un camino ya establecido, fui por el largo pasillo que parecía no tener final alguno, tropezando torpemente con la multitud que caminaba justo al lado contrario de donde yo intentaba hacerlo, volviendo aún más complicado mi propósito de salir de ahí al instante. Con esfuerzo continué la tarea, rogando para que Ancel hubiera partido hacia la dirección contraria, justo la que parecía seguir todo el mundo. Temeroso, me detuve de nuevo y miré sombre mi costado izquierdo, a través de los cientos de Santa Clauses que se amontonaban uno contra el otro en el pequeño puesto de enfrente. Ahí lo vi nuevo, Ancel estaba siguiéndome definitivamente, logrando que me derritiera lentamente al sonreírme de nueva cuenta, en cuanto nuestras miradas se encontraron.
Era un idiota, por devolverle la sonrisa y por sentirme como comenzaba a hacerlo, por el simple hecho de que estuviera acosándome con la mirada a través del mercadillo navideño sobre la plaza principal, haciendo que todo tipo de frío y nostalgia en mi interior, se esfumara gracias a su infantil persecución nocturna sin propósito fijo.
No sé por cuantos minutos siguió mis pasos como un fiel reflejo de los míos, deteniéndose mientras yo fingía no notarlo al otro lado, pretendiendo mirar los cientos de adornos y regalos de la época que se me cruzaban por el frente, parando de vez en vez para devolverle la sonrisa a medias y sonrojarme por la forma en que mordía su labio inferior cada que a mis mejillas se les ocurría volver a teñirse de carmín, ante sus coqueteos malintencionados.
Ahí, en medio del cálido ambiente invernal, me sentí como en una pequeña bolita de cristal, igual a la que estaba sosteniendo en mi mano, removiéndola suavemente para hacer que la nieve del interior se arremolinara, bañando a la pareja de enamorados que se besaban al lado de una diminuta farola que completaba la escena romántica. En ese momento, sólo éramos nosotros, persiguiéndonos entre los pasillos de aquel mercadillo, buscándonos insistentemente entre los huecos libres que nos permitían enviarnos mensajes confusos entre miradas, sonrisas y una que otra mueca graciosa que nos obligaba a reír como unos tontos, sin importar las miradas extrañadas de las personas al rededor. Mágicamente la incomodidad que me había invadido por sentir su mirada fija sobre mí, se había transformado en unas incontrolables ganas por brincar al otro lado, para correr a su lado y dejar que me mirara de aquella forma tan suya, de frente, muy cerca, con su respiración mezclándose con la mía, para disfrutar de su sonrisa traviesa cuando apareciera entre sus labios, robándome la respiración como cada mañana cuando se asomaba en mi pequeña oficina al fondo, dándome los buenos días apresurado.
Fue ahí, en ese momento único, cuando por primera vez supe que para Ancel no era simplemente el aprendiz de la editorial que le provocaba ternura por su forma torpe de tropezar con todos en medio de la locura diaria en que estaba envuelta la oficina, o el extravagante chico que ahora arreglaba su agenda para que no perdiera ninguna de sus citas, por primera vez, estaba seguro de que me miraba y lo hacía porque le interesaba algo en mí, no estaba seguro de que era, pero, iba mucho más allá de mi inexperiencia y buena disposición para cualquier trabajo difícil que se le ocurriera encomendarme. En ese lugar, en medio de los cientos de luces navideñas, Ancel estaba sonriendo sólo para mí, buscándome entre tanta gente, sin pretensiones ni obligación, sólo porque quería hacerlo y ¡Maldición! La verdad era que en el fondo, yo también había estado esperándolo ansioso el momento en que sucediera.
— ¡Hey! Tierra llamando a Kaulitz —sentí un ligero golpe en las costillas. Al parecer Khris no había encontrado una forma más sutil de llamarme, haciéndome reaccionar para que dejara de mirar la ciudad a través de la ventana, con esa mirada tristona que desde hacía días no podía quitarme de encima.
— ¡Ouch! —me quejé sobándome discretamente el costado, temiendo que Ancel también se hubiera dado cuenta de lo tonto que me veía mirando a la nada, absorto en mis propios recuerdos, provocados por ver como el mercadillo navideño de la plaza bajo el edificio, comenzaba a tomar forma una vez más, como cada año que había pasado ahí.
—Apresurémonos para almorzar, muero de hambre —rogo Khris halándome de la sudadera, obligándome a tomar mis cosas a prisa ya que la junta semanal había concluido.
Sin pensarlo dos veces lo seguí casi corriendo, temeroso de tener que quedarme a solas con Ancel una vez más, sintiendo su mirada sobre mí, como en el pasado, siempre que de aquella forma silenciosa me pedía que me rezagara un poco para poder estar a solas unos minutos sin intrusos que nos interrumpieran.
—No quiero ser aguafiestas, Bill —me susurró Khris al oído volteando de vez en vez hacía atrás —pero Ancel no deja de mirarte…
— No lo creo…—fingí tranquilidad, aunque ya me había dado cuenta de ese pequeño detalle incómodo, mientras intentábamos huir detrás de todo el equipo de redacción delante de nosotros.
—Te lo juro Bill, no deja de mirarnos y está poniéndome nervioso —me jaló ligeramente hacia él, como si quisiera protegerme de esa mirada fija de Ancel, que amenazaba con hacerme caer de bruces por lo nervioso que me ponía. —Corre, corre — sentí sus dos manos sobre mi espalda empujándome suavemente.
—Bill —escuché con temor una vez que todos nos amontonamos para salir por la estrecha puerta de la sala de reuniones. Khristoph y yo nos echamos una mirada cómplice, aterrados por escucharlo llamarme después de ver la salida tan cerca de nosotros — ¿Podrías darme un momento?—pidió lo más amablemente posible, con un tono confuso, en el que era difícil distinguir sus verdaderas intenciones. No sabía si estaba molesto, nostálgico, o simplemente incómodo.
No, ese no era el mejor momento para pedirme que me quedara a hablar, o hacer lo que fuera que tuviera en mente, mucho menos cuando todo el equipo de redacción seguía saliendo de ahí, mirándome curiosos, tratando de adivinar cuál sería mi reacción ante su petición.
—Es un poco tarde para el almuerzo, Ancel, en realidad nosotros… —se atrevió a contradecirlo Khris, tratando de evitarme el sufrimiento de quedarme a solas con él, pero aún antes de que terminara de hablar, ya se había quedado callado por la incomodidad del momento.
—Gracias por el anuncio, Khris, pero sólo será un minuto —Ancel sonrió asesinamente fulminándolo con la mirada por decir una estupidez de aquel tamaño.
Incomodo, Khris dio un paso hacia atrás refugiándose detrás de mí, olvidando quién era el que estaba tratando de “protegerme”.
— ¿Bill? —Ancel me miró de nuevo, insistiendo con un tono más firme del acostumbrado, provocándome escalofríos de repente.
Tratando de parecer tranquilo, les sonreí a Khris esforzándome por mantener la calma, o al menos, intentando hacerlo, ya que por dentro sentía como el cúmulo de emociones que por días había almacenado, comenzaban a hacer una revolución en mi pecho exigiendo salir con fuerza en contra de Ancel y su perfecta actitud, su perfecta sonrisa y sus perfectas mentiras.
—Te esperare afuera, no tardes mucho, tengo hambre…—musitó Khris intimidado por la forma en que Ancel lo seguía mirando, exigiendo que saliera cuanto antes y cerrara la puerta sin decir una sola palabra más, con ese semblante duro que a veces utilizaba para infundir autoridad y algo de miedo entre el equipo.
—Gracias, Khris—murmuré notando claramente el temor que se había estacionado en su mirada. —no tardaré, lo prometo.
Una vez a solas, tuve que soportarlo analizándome de arriba abajo, como si nos hubiésemos separado por años, tratando de conectar su mirada con la mía. Era incómodo, el sólo pensar que estábamos ahí, encerrados entre esas puertas de cristal, con la mirada de toda la editorial espiando desde afuera, me molestaba. Ya había tenido suficiente con el centenar de rumores que existían a nuestro alrededor, como para seguir dándoles un gran espectáculo, aún en lo que parecía ser el final definitivo de nuestra relación.
—Te volviste muy escurridizo después de la fiesta de aniversario, Bill— inició con descaro, haciéndome sonreír amargamente por su impertinencia.
— ¿Lo crees? —reí burlón sin poder evitarlo.
—Por supuesto, no sé si lo notaste, pero tuve que quitarte de encima a Khris, tu nuevo “guardaespaldas” para poder tener un momento a solas. ¿No crees que hay ciertas cosas que debemos de hablar?
—Si es acerca de la propuesta para la próxima colección de primavera, la tendrás lista en un par de días, aún estoy recibiendo material de algunos diseñadores, pero puedes estar seguro de que estará lista a tiempo —me justifiqué de inmediato, temiendo que si no ponía yo un tema importante en la mesa, la conversación terminaría por dirigirse justo hacia lo que había sucedido en la fiesta de aniversario.
—Bill, se que trabajas duro —sonrió casi con ternura caminando lentamente, acercándose peligrosamente hacia mí. —pero no es por eso que te pedí un minuto a solas.
—Oh, pensé que era el único tema relevante entre nosotros…—di un paso hacia atrás.
—Sé que te molestaste porque no te busqué después de la fiesta, es sólo que tuve que salir de la ciudad por unos días, volví anoche, por si no te enteraste de ello… —se justificó, como si su ausencia hubiera sido el mayor de mis problemas en esos días.
—Oh, espero que hayas tenido un buen viaje entonces. —respondí apenas, sin saber exactamente qué era lo que quería al mirarme de aquella forma que rayaba en lo condescendiente.
—Lo que me sorprendió fue notar que no volviste al apartamento ayer y supongo que tampoco lo hiciste desde la noche del aniversario…
—Que observador —sonreí de mala gana burlándome por su comentario— pensé que sería obvio que no volvería después de lo que pasó…—gruñí sin creerme del todo su “inocencia”, haciendo muy obvio que el tema estaba de más dadas las circunstancias.
—Claro, debí imaginarlo —suspiró cansino.
De pronto se nos acabaron las palabras entre la incomodidad del silencio que reinaba. Era claro que yo no tenía la intención de mantener una conversación casual con él y que Ancel, por su parte, tenía muchas cosas que decirme en mente.
—Y… ¿cómo estás?
— ¿Cómo estoy?— escupí incrédulo por la forma tan sínica que tenía de preguntarlo. ¿Cómo estaba? Como era de esperarse, pésimo, destrozado, con un maldito sentimiento de traición que me atravesaba el pecho de lado a lado y la vergüenza estacionada en mis mejillas todo el día, cada que veía a alguien de los cientos de personas que ahora sabían el lugar que ocupaba realmente en la vida de Ancel, el de su amante. — De maravilla ¿Cómo debería de estarlo pasando? —respondí sarcástico, notando un sabor amargo en la garganta.
—Bill… —dio tres pasos más hacia mí intentando alcanzar mi rostro con su mano para acariciarme, como tantas veces antes, provocándome una sensación de repulsión con la simple intención de hacerlo.
Descortés voltee el rostro a prisa, negándome que nuestra piel hiciera contacto una sola vez más; se me revolvía el estómago con la idea de que, de forma tan sencilla, pretendiera acercarse a mi después de todo lo que me había hecho pasar en esos días de tortura.
—Siento si fue muy repentino lo que sucedió en la fiesta, debí avisarte que ella iría conmigo, no pensé que te molestaría tanto…
— ¿Molestarme? — Gruñí mirándolo de nuevo — Ancel en verdad espero que estés bromeando, porque no tienes una mínima idea del infierno que he pasado desde ese día hasta ahora.
—No bromeo, fue una estupidez, sólo eso, debimos hablar de esto hace mucho Bill, no pensé que simplemente desaparecerías como un niño inmaduro incapaz de esperar una buena explicación antes de llorar por los rincones.
— ¿Cómo un niño inmaduro, dices? Disculpa, pero no sé como una persona madura debería de reaccionar si de la nada, la persona a la que crees amar, comienza a presentar a su nueva prometida, dejándote como un idiota frente a todos. Perdón por no reaccionar como previste, pero no encuentro otra forma de sentirme en este preciso momento. ¿Qué esperabas de mi, Ancel? ¿Que me riera de lo ocurrido y corriera a tus brazos para seguir con todo como hasta ahora? ¿Que me metiera en tu cama la noche siguiente sólo para borrar el trago amargo? O mejor aún, ¿Que la llamara para conversar acerca de ti y todos los momentos maravillosos que pasaste a mi lado, aconsejándola para su futuro matrimonio?
—No, esperaba que entendieras como es que las cosas deben de ser, creí que estaba muy claro el cómo sería todo entre nosotros y que tomarías el lugar que te corresponde.
—¿Y cuál se supone que es ese lugar, como tu amante?
—No, simplemente como alguien a quien amo pero que no pasará el resto de sus días a mi lado —se sinceró por fin, congelándome con su perspectiva de los 3 años que habíamos pasado juntos hasta entonces— todo tiene un orden Bill y sabes que el nuestro no es estando juntos por siempre; esto no es un maldito cuento de hadas donde encuentras a tu príncipe azul y pasas el resto de tu vida a su lado en un castillo de ensueño, por desgracia esto es la vida real y suele ser mucho menos azucarada de lo que imaginaste. Por un momento imaginé que ambos lo teníamos muy claro cuando comenzamos con esta locura, pero fuiste tan rápido que siquiera me di cuenta de en que momento me convertí en tu tabla salvavidas, supongo que fue mi error no detenerte a tiempo y en verdad lo siento por eso.
— ¿Lo sientes? No, no lo sientes, ¡jamás lo sentiste! Yo pensé… —balbuceé con esfuerzo notando las lágrimas amontonarse en mis ojos al escucharlo. —estábamos juntos en esto, ambos lo deseábamos ¿Cierto? ¿Desde cuándo se volvió sólo algo mío? ¿Una fantasía en mi cabeza? —Lo enfrenté temiendo que las fuerzas me fallaran de repente — ¿Y nuestros planes?, ¿Todos esos viajes juntos?, ¿Las promesas de conocer el mundo entero de la mano y de amarme como jamás nadie lo había hecho?, ¿Dónde quedaron tantas promesas, en mi imaginación? ¡Incluso compartíamos apartamento! ¿Y ahora fui yo quien iba demasiado rápido? ¡Maldición, Ancel!
—No, no compartíamos apartamento, invadiste mi piso lentamente, que es muy diferente, pero jamás fuiste invitado a quedarte de forma permanente. —corrigió molesto— Lo pasamos bien, sí y por supuesto que te quiero, me importas demasiado, pero me temo que soñaste mucho más alto de lo que debías, creíste que podía darte más cosas de las que en realidad podía —su expresión por primera vez me pareció fría, como si no tuviera sentimiento alguno al decir aquellas palabras tan duras contra mí —Bill, siento si llegaste a pensarlo, pero, en realidad no creo que yo sea el verdadero amor de tu vida, ni siquiera lo merezco —enredo sus dedos entre mis cabellos obscuros, aprovechando mis pocas fuerzas para alejarme, huir o siquiera seguir respirando.
—Pero lo dejé todo por ti… —una primera lágrima comenzó a recorrer mi mejilla obligándome a agachar la mirada, negándome a mostrarle mi rostro después de destrozar lo último que quedaba de mi corazón tan desinteresadamente, como si fuera una simple envoltura vacía que fácilmente podía arrugar y desechar en el primer contenedor que tuviera a la mano, olvidando que era un ser humano y no sólo eso, quizás, el ser humano que lo había amado con más pasión e intensidad sobre toda la faz de la maldita tierra.
—Si lo dejaste todo por mí, es porque así lo quisiste… yo jamás te pedí que lo hicieras.
¿Cuál era la forma correcta de responder a una desgarradora confesión como esa? Apenas le había tomado un par de segundos derrumbar todos y cada uno de los castillos que había construido en el aire con su ayuda, en mi imaginación, con trocitos de mi propio corazón para cimentarlos, sin que ahora se responsabilizara por ello. Lo entendía, no se trataba de lo que yo había sentido todo ese tiempo, tampoco de los planes que construí a su lado, no, todo se resumía a la forma en que él no me había amado, a mi irrelevancia en su camino. Mientras que Ancel significaba el mundo entero para mí en los últimos años, yo sólo era una atracción interesante y pasajera. Él no esperaba nada de nosotros y tampoco iba a esperarlo, su camino se alejaba mucho de aquel que yo pensé recorreríamos y eso dolía, no por su sinceridad, sino por lo iluso que yo había sido durante todo ese tiempo, imaginando una vida maravillosa juntos.
Sintiendo como el corazón lo arrastraba entre mis pies y en el pecho me quedaba sólo un espacio vacío, me limpié las pocas lágrimas traicioneras que mis ojos no habían podido detener.
—Tienes toda la razón, tu jamás me lo pediste, pero lo hice porque quise —me hice a un lado entendiendo que era el momento de salir de ahí, antes de que comenzara a caer a pedazos frente a él.
—Bill — su mano trató de detenerme en mi camino y noté que casi me quemaba, aún sobre la ropa que llevaba puesta.
—No— apenas y pude hablar, sin fuerzas suficientes para soltarme de su agarre.
—Por favor Bill, sabes que no quiero perderte, pero… —intentó abrazarme aún contra mi voluntad, halándome con fuerza hacia su pecho, como tantas veces antes cuando discutíamos por cosas estúpidas y no podía soportar más mi comportamiento caprichoso, logrando que al final, terminara por sonreír entre sus brazos, doblegándome de nuevo ante su voluntad impetuosa.
— ¡Basta Ancel! —Lo empujé con fuerza negándome a caer de nuevo entre sus brazos, aquellos que tantas veces antes había sido mi mayor refugio. Sabía que si tan sólo dejaba que me envolviera como antes lo había hecho, terminaría por derretirme entre lágrimas.
— ¡Bill! —me gritó de nuevo, pero para ese momento yo ya estaba corriendo por el pasillo, con los ojos nublados por las lágrimas y la impotencia corriéndome por cada centímetro de la piel.
Era un tonto por soñar demasiado y amarlo sin restricciones.
Quizás Ancel tenía la razón después de todo… el problema había sido yo desde un inicio, por amarlo tanto y no él por ser todo un idiota.