Una Ultima Promesa. Intro

0 // Nuestra primera promesa

Era extraño escuchar la voz de Tom a través del teléfono sabiendo que estábamos a cientos de kilómetros de distancia; aún me parecía difícil de creer que mamá y yo estuviéramos en Berlín, mientras que mi hermano se había quedado atrapado en el pequeño Magdeburg del que por tanto tiempo habíamos soñado salir.

Una extraña sensación de vacío me inundó las entrañas cuando papá se despidió y escuché a mi hermano arrebatarle el teléfono. Siempre había sido ansioso y testarudo, así que ya podía imaginarme sus muecas de fastidio estando al lado de papá, apresurándolo para que le pasara la llamada cuanto antes, como si hubiéramos pasado años enteros sin saber el uno del otro.

¿Bill? —fue lo primero que preguntó inocente, buscándome con esa voz que, a la distancia, sonaba hasta un poco tierna.

Si… —sonreí.

¿Cómo… estás? —continuó nervioso sin saber cómo iniciar una verdadera conversación ya que jamás habíamos necesitado un protocolo para comunicarnos, por el contrario, eran suficientes un par de miradas cómplices o frases en clave para entendernos a la perfección sin usar las palabras, pero ahora, necesitábamos más que eso para poder saber uno del otro. No más travesuras en silencio, ni muecas testarudas, tan sólo nos quedaba el teléfono para hablar y dudaba que pudiéramos tener una comunicación exitosa tan solo con ello.

Bien, supongo —suspiré viendo como mamá seguía desempacando algunos utensilios de cocina sobre la mesa del comedor, ensimismada con la tarea y ansiosa por terminar de establecer un poco de orden en lo que parecía, sería la nueva casa que habitaríamos por un largo tiempo. —es aburrido, mamá no deja de mover cosas de aquí para allá, estoy harto de subir y bajar cajas, desempolvar esquinas y mirarla ponerse histérica por la porcelana que se rompió en el camino, supongo que la única recompensa son las toneladas de plástico de burbujas con que envolvieron todo en la mudanza —me encogí de hombros resbalándome lentamente por la pared hasta quedar en el suelo — ¿Y ustedes? ¿Cómo lo llevan?

La casa está semivacía, así que supongo que habrá mucho menos que limpiar —rio apenas, con ese sentido del humor tan característico que tenía —por suerte dejaste la play para jugar, aquí es muy aburrido con papá…

Me debes una por eso, la play es sagrada.

Deja de lloriquear, mamá seguro que te compra otra al instante, eres su favorito.

Seguro que si —acepté satisfecho por mis propias palabras, aunque en el fondo, sabía que mamá no tenía favoritos, nos amaba a ambos por igual y el separarse de Tom también le estaba provocando grandes dolores de cabeza y nostalgia  como a mí, aún cuando apenas habíamos pasado un par de días lejos.

Tom se quedó en silencio, seguramente pensando cómo es que debía continuar la conversación o, meditando muy seriamente lo de que yo era el favorito de mamá, aún cuando no lo fuera. Sabía que Tom regularmente no dejaba escapar sus pensamientos, se los reservaba para sí mismo hasta que estaban bien digeridos y entonces, los soltaba de la forma más astuta posible. Éramos justamente dos lados opuestos de la misma moneda, mientras que yo actuaba impulsivo y sensible ante toda situación, él era reservado y tranquilo, como el mar en calma antes de la más inesperada tempestad.

La casa… ¿Es bonita?—se atrevió a hablar de nuevo después de unos segundos en que sólo pudimos escuchar la respiración del otro.

Es una casa… normal —di un vistazo alrededor confirmando mi respuesta.

Pero… ¿Es bonita? ¿Te gusta? ¿Es grande? ¿Es mejor que aquí, en Magdeburg?—su voz se escuchaba intranquila, no sabía si por la emoción o por la angustia de estar lejos.

Es igual —mentí descaradamente, porque sabía que nada era igual que en Magdeburgo, comenzando porque el patio era el doble de grande, las habitaciones mucho más espaciosas, la estancia realmente impresionante y el barrio mucho más colorido y limpio. No era justo comenzar a contarle acerca de lo maravilloso que parecía todo en Berlín, cuando él seguía atrapado en aquella pequeña ciudad sin posibilidades de escapar. ¿De qué serviría darle detalles acerca del nuevo lugar, si él no podía estar para comprobarlo?

Oh… pensé que sería un poco mejor que aquí—la desilusión de su voz se marcó claramente y hasta creí haber escuchado un suspiro lastimero al otro lado.

Si fuera mejor, ¿Cómo me darían ganas de volver, Tom? —reí bajito, esperando que mi hermano lo hiciera también, pero no lo hizo, tan sólo se quedó en silencio de nuevo poniéndome los nervios de punta.

Vas a volver ¿Cierto? Aún cuando la vida sea mejor allá, no vas a olvidarte de mí… ¿Verdad Bill?

¿Olvidarme de ti? ¿Estás loco? ¡Por supuesto que no! Llamaré cada hora del día para saber que tonterías se te pasan por la cabeza mientras no estoy, vas a terminar por pedir una orden de restricción para que no llame más, por lo harto que quedarás de escucharme al teléfono —lo amenacé.

Esperé por la risa de Tom al otro lado de la línea, pero no llegó, ni siquiera mis bromas tontas le estaban causando la suficiente gracia como para hacerlo sonreír un poco y dolía. Desde que mis padres nos habían dicho sus planes para vivir uno lejos del otro, una inquietante sensación de vacío se había apoderado de mi pecho, como si de pronto, me fueran a extirpar una parte de mi que no sabía si recuperaría algún día, haciendo que por las noches me despertara alterado y sudoroso, después de tener los sueños más extraños y locos provocados por la ansiedad de ver marcada la fecha de nuestra partida en el calendario. Ahora, no sólo sentía un vacío, también sentía los ojos llenárseme lentamente de lágrimas al oír lo mal que Tom lo estaba pasando, temeroso de que poco a poco, esa tristeza que disfrazaba la mayoría del tiempo con indiferencia, terminara por cambiarlo al punto en que me fuera imposible reconocerlo para cuando volviéramos a vernos.

¿Bill?…

Tom…

Promete que será verdad.

¿Qué?

Que no dejaras de llamar, nunca, no importa que comiences a tener nuevos amigos por ahí y conozcas lugares extraordinarios, no habrá día en que no llames para decirme que sucedió y si estás bien, aún cuando mueras de sueño o mamá te haya puesto de malas durante el almuerzo… ¿Lo prometes?

Lo prometo, Tom,  jamás nos alejaremos ¿De acuerdo?

Es una promesa, y las promesas no se olvidan Bill.

Jamás.

Mamá con un gesto silencioso, me llamó desde el otro lado de la cocina apurándome para que colgara el teléfono, ya tendría tiempo de llamar a Tom de nuevo cuando le ayudara a sacar un par de cosas que seguían en las cajas sobre el comedor y tomáramos la cena a tiempo.

Debo irme Tom, mamá tiene los nervios de punta desde hace unos días y no quiero provocar la segunda guerra mundial en la cocina —bufé cansino.

La tercera, tonto —se rió apenas.

Como sea, te llamaré después de la cena ¿De acuerdo?

Saluda a Mamá de mi parte yo le diré a Papá que lo extrañas un poco también.

Gracias —suspiré.

Cuídate bien en Berlín, Gizmo, no dejes que los chicos malos te molesten demasiado.

¡Hey! Deja de llamarme así, tonto —le reproché, aunque una sonrisa se plantó en mi rostro de inmediato al escucharlo.

Odiaba ese horrible sobrenombre que se le había ocurrido ponerme después de un maratón de películas en casa la noche de brujas hacía un par de años. Según sus propias palabras, esa pequeña bola de pelos con enormes ojos dulzones, le recordaba a mí, con su torpe comportamiento y la forma en que pasaba de una criatura encantadora, al demonio personificado. Me molestaba que lo dijera, pero viniendo de él, sabía que era una forma cariñosa de demostrarme cuanto era que me quería, aunque fuera tonto para decirlo y demostrarlo con más palabras.

Te extrañaré, Gizmo…—insistió sin mala fe.

Yo también, no sabes la falta que me harás por aquí, mucho más de lo que imaginas.

Silencio de nuevo y su respiración al otro lado. No estaba seguro, pero un leve lamento se alcanzó a escuchar entre el ruido que hacía mamá al terminar de sacar la vajilla sobre la mesa. Tom lloraba y yo no estaba ahí para consolarle. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero al imaginarlo con los ojos llorosos limpiándose las lágrimas con el antebrazo para que Papá no lo viera quebrarse de aquella forma con tan sólo una llamada telefónica.

Te quiero…

El sonido de vacío me detuvo antes de que pudiera responder y el característico bip del término de la llamada, hizo que una lágrima se me resbalara por la mejilla.

¿Qué era lo que estábamos haciendo? Dolía demasiado dejar a mi otra mitad lejos, esperando que un estúpido teléfono fuera suficiente para disminuir la soledad que nos provocaba el separarnos.

Tom y yo habíamos nacido juntos por una razón y era imposible pensar que en algún momento podríamos acostumbrarnos a estar lejos.

 

Odiaba a Mamá, a Papá y odiaba los malditos kilómetros que nos separaban, quería abrazar mi hermano con fuerza para no soltarlo nunca más, dejando que me protegiera como siempre,  de todos los peligros que nos podían llegar a amenazar.

Notas finales: Espero que esta introducción les haya gustado *O^

Akknys.

por admin

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