Administración: Les presento a un nuevo miembro de nuestro staff, quien nos hace suspirar y sufrir con este one-shot. No olviden darle la bienvenida con sus lecturas y comentarios.

One-Shot de Lostdreamachine

Hab’dich verloren (Te perdí)

—¡Tom! —grita Bill, levantando una mano para saludarlo desde lejos, sonriendo ampliamente.

Tom finalmente llega hasta él, y Bill no duda en estrecharlo entre sus brazos. Se aferra a Tom y hunde el rostro en su cuello, aspirando ese aroma tan familiar, tan suyo.

Tom no responde de la misma forma. Sonríe levemente, pero sus ojos le delatan. Se obligaba a levantar la comisura de los labios. Siente el calor de su novio y solo descansa las manos ligeramente en las caderas de Bill, no parece muy emocionado por el tacto esta vez.

—Tomi… —susurra Bill, cómodo, apoyando las manos en los hombros de Tom antes de separarse apenas, dejando sus rostros a poca distancia. Aún sonríe, aunque su expresión se suaviza con un suspiro mientras lo mira a los ojos.

Algo dentro de él se revuelve incómodo. Conoce demasiado bien esa mirada; la ha visto en miles de sus peores pesadillas.

Bill prefiere ignorarlo. Piensa que, quizá, aplazando lo que sea que iba a ocurrir, si no lo enfrenta ahora, lo salvaría al final del día.

Aun así, le duele un poco el corazón.

Tom siente un nudo en la garganta, uno que le impide hablar con claridad. Todo lo que suelta es un: —Hey —con la voz rasposa, apagada.

Deja ir a Bill y empieza a fruncir el ceño levemente, algo incómodo. No sabe cómo decirle a Bill lo que lleva días pensando.

Bill, en cambio, simplemente lo toma de la mano y empieza a caminar, guiándolo. Ignorando como puede aquel doloroso sentimiento. “No es nada”, se convence. “Todo está bien.”

Se alejan de la sombra de los árboles y caminan por el sendero de tierra, hacia la pequeña colina verde. En la cima, un olmo solitario los espera, junto a una manta de picnic y una canasta con comida y champán. Bill lo había preparado todo entusiasmado.

Tom suspira, agotado. No de caminar, sino de pensar. Baja la mirada, aún con el ceño fruncido. Demasiado saturado por dentro, su cabeza lo está abrumando con tantos pensamientos.

Llegan arriba sin mucho esfuerzo; no caminaron mucho, en realidad. En eso, Bill siente cómo Tom intenta soltarle la mano.

Duele un poco más.

—¿Estás bien? —pregunta Bill, con su voz melodiosa de siempre, ocultando cualquier rastro de inquietud. Se obliga a mantenerse alegre, a no empañar el momento con una preocupación que, seguro, no es más que una exageración suya. Sí, eso debe ser.

Tal vez Tom solo se había decepcionado un poco por el pobre arreglo que había hecho Bill. Se suponía que un día de picnic de novios tenía que ser más elaborado, sobre todo después de tantos años de relación, y más ahora que habían sido meses difíciles, sin verse mucho; Bill se regaña por dentro, siendo más cruel que de costumbre, tiene que centrar su dolor en algo… en él, en lo que sea… Sabe que ahí pasa otra cosa.

—Estoy bien —responde Tom. Tragando con dificultad.

—¿No te gustó? —pregunta Bill, con el ceño fruncido, apenas perceptible. Hace un puchero inconscientemente. Vuelve a acercarse a Tom, apoyando sus manos en los hombros del de trenzas. Le tiemblan los labios, y se obliga a calmarse—. Está muy feo, ¿verdad? —Bill habla deprisa, exhalando en un intento torpe reír; ahora es más difícil mantener guardado el dolor, la ansiedad—. Perdóname, debí esforzarme más, soy un idiota…

—Billa, no…

—Yo suelo ponerle empeño a esto, tú lo sabes, Tomi. Me preocupo porque sea perfecto para los dos…

—Bill.

—Pero recordé que te gustaba lo simple, siempre me lo decías, entonces pensé…

—Bill. Bill, no es eso —interrumpe Tom con un tono más severo.

Bill se queda mudo, pestañeando varias veces, sin quitarle la mirada a Tom. Ya más consciente de que algo no anda bien.

Tom suspira exasperado, bajando la mirada.

Bill se da cuenta de que Tom mira con el entrecejo fruncido sus brazos sobre él, inmediatamente los quita y se aleja unos centímetros.

—Perdón —dice.

—No tienes por qué —responde rápidamente, absurdamente serio. Vacila un poco con la mirada, sin saber cómo soltar lo siguiente—. Mira, Bill, esto me está destrozando por dentro.

“¿Eh…?”, alcanza a pensar Bill, antes de que Tom le interrumpa por completo.

—Dejémoslo hasta aquí, quedemos como amigos —dice, mirándolo ahora a los ojos.

Pum. Headshot. Strike al corazón.

No era posible que doliera más.

Bill pestañea una vez más, quitando la mirada, intentando procesar las palabras. Se queda en silencio unos segundos, tiempo en el que mil pensamientos abordan su mente.

Era eso, tenía razón. Ya se lo esperaba.

Tom había intentado hacerlo otras veces antes, pero las cosas resultaban diferentes, él no se lo había pedido tan serio como ahora.

Se lo pedía. Joder… se lo pedía.

Solo en las pesadillas de Bill se cumplía este momento. Ya lo había meditado tantas veces antes, cuando su mente lo atormentaba en las noches con la idea. Antes le aterraba, lo destrozaba solo pensarlo… pero hoy, por alguna razón, simplemente se lo esperaba. Bill por alguna razón decidió no luchar, estaba abatido.

Le había dolido tanto las otras veces. Se acostumbró a ese miedo, a ese dolor. ¿Cómo podía ser tan insensible Tom al sugerirle la idea mil veces antes y luego volver a decirle que lo amaba con locura?

Y hoy volvía a abofetearlo con la idea. Bill se estaba quedando en blanco, un reflejo del cerebro ante tanto dolor.

Bill suelta una corta risa entre dientes, desganado, con la cara inexpresiva, sus ojos más tristes que nunca. La mirada fija en la camiseta de Tom, tenía el ceño apenas fruncido, le empezaba a picar la garganta.

—Me lo esperaba —suelta él.

Tom tenía sus ojos clavados en los de él, con el ceño fruncido, lleno de su propio dolor. Bill seguía con la mirada gacha.

—Tom, si esto es lo que tú deseas… —traga con dificultad, le escuecen los ojos, no podía pestañear en ese estado—. Está bien —dice, subiendo la vista y coincidiendo las miradas.

Tom se queda quieto, tal vez no esperaba esa respuesta. Estaba siendo un gran hijo de puta con la persona que más lo amaba, la persona que más amó, y aún así le dolía que Bill no insistiera esta vez. No pudo pronunciar palabra.

—Es tan raro que digas que te destroza por dentro y lo hagas igualmente…

Tom simplemente lo miraba.

Bill quita la mirada otra vez y mira hacia la manta de picnic. No lo entiende, pero no le quedan fuerzas para seguir humillándose de esa forma. Si Tom había querido esto tantas veces, ¿cómo era capaz Bill de impedírselo cada una de ellas?

Tom no quería seguir siendo su novio, ¿cuánto tiempo más iba a seguir evadiendo esa realidad?

Pero se amaban, pensaba Bill. Tom le decía que lo amaba… ¿Por qué ahora…? Él simplemente… ¿por qué?

¿Solo jugaba con Bill?

Estaba tan agotado, siempre supo que de una forma u otra terminaría pasando. Ni siquiera se molestó en preguntar porqué, en pedirle una explicación, simplemente ya no tenía fuerzas para seguir rogando; para seguir perdiendo la dignidad de la misma forma una y otra vez. Y ahora Tom solo le había soltado un “quedemos como amigos”, como si nada, como si no le importara. Como si nunca le hubiera importado.

Bill estaba dolido.

Dentro de la cabeza de Tom, era otro el torbellino de pensamientos que lo azotaba sin tregua.

Bill había cambiado. O al menos, eso sentía Tom. Quizá los meses de distancia habían desviado a Bill por otro rumbo, convirtiéndolo en alguien menos fascinante a sus ojos. O tal vez era él mismo quien había cambiado. Tal vez todas esas experiencias, buenas y jodidamente malas, lejos de Bill la última temporada, lo habían hecho desenamorarse sin darse cuenta. ¿Era por eso que ahora lo sentía tan distante?

Los últimos días, la conexión entre ellos se había vuelto frágil, casi inexistente. Bill hablaba, pero Tom ya no sentía lo mismo. Las palabras de su novio se deslizaban sin dejar huella, como si cada vez tuvieran menos peso, menos significado. Y eso era lo que más le dolía a Tom.

Sufría porque no sabía cómo seguir. Con Bill. Con el amor de su vida. Con la persona que lo había acompañado en cada etapa, con quien había compartido los mejores momentos, con quien había sido verdaderamente él. Bill, el bendito ser de luz más puro que jamás había conocido. La única persona con quien había imaginado un futuro. La maldita persona más bella del mundo a sus ojos.

Le desgarraba el alma no entender qué había pasado. Y peor aún, no saber cómo seguir adelante cuando lo único que tenía claro era que aquello… ya no tenía futuro.

Tom sentía los ojos aguados, pero con la mirada baja nadie lo notaría. Quería mantenerse firme en su decisión. Las veces anteriores se había echado atrás, acobardándose, convenciéndose de que tal vez aún se podía solucionar. Pero ya no.

Otras veces había pensado en terminar, sí, y había hecho la sugerencia muy a su pesar, pero siempre por razones que giraban en torno a Bill, a su dolor, a lo mucho que él mismo le hacía daño a Bill sin querer. Por su simple relación Bill tenía problemas horribles en su vida. Y a Tom le pesaba en la conciencia cada día. No quería verlo sufrir, no de esa forma. Pero ahora… ahora era diferente.

Quizá ya era demasiado tarde. Por primera vez, extraño y desgarrador suceso, la flecha de Cupido había perdido su efecto en él. Y eso no tenía arreglo.

Simplemente ya no entendía a Bill. No comprendía lo que decía ni por qué lo decía. ¿Siempre había sido tan extraño? ¿Siempre había hablado así? ¿Por qué le importaban tanto esas mierdas? ¿Siempre había tenido esos gustos? Antes, Bill le parecía fascinante. Pero ahora, lo sentía como un rompecabezas imposible de armar. Como si, de repente, las piezas ya no encajaran.

¿Cómo era posible que Bill hubiera cambiado tanto?

No… No era Bill. Era Tom. Se había desenamorado, para desgracia de todos. Y él no quería. Nunca quiso. Pero amar o no amar no era algo que pudiera decidir.

Aún estaba tan acostumbrado a Bill, a escucharlo, a leer sus mensajes de texto cada cierto tiempo, cuando la distancia los separaba… Dejarlo lo jodería un poco. Le jodería la rutina, el hábito de tenerlo ahí, de saberlo cerca. Pero por ello había mencionado lo de quedar como colegas, al menos… Así seguirían viéndose de vez en cuando. Simplemente ya no tendría que forzarse a verlo de una forma que ya no existía, a actuar como pareja de alguien que ya no conocía más. Porque ese Bill, el que un día había amado, ya no estaba. O quizá sí, pero Tom ya no podía verlo. En todo caso, lo de mantenerse como colegas, lo haría por Bill. Recordó que alguna vez le había hecho la tonta promesa de no dejarlo solo nunca. Ahora el recuerdo flotaba en su mente.

Y aun así, la idea de verse, probablemente sería incómoda para los dos. Ni siquiera sabía si Bill querría verlo de nuevo después de esto.

Lo había roto. Y él también se había roto.

Muñeco y titiritero hechos trizas… ¿Cómo había pasado?

Tom había estado tanto tiempo en silencio, que a Bill no le quedó más que aceptarlo.

Después de un rato, habló:

—No creo que quieras hablar sobre ello ahora. Te daré tu espacio —dijo Bill, agachándose a recoger la manta.

Tom siguió callado. No supo pronunciar ni una jodida palabra. Ni siquiera un gesto. Y eso fue lo que más le dolió a Bill.

—Pero está bien, yo… Yo de todas formas estaré ahí por si necesitas algo —dijo, tomando una agobiante pausa—. Por si me necesitas otra vez.

Bill se quebraba más con cada palabra que soltaba. Le salían solas, sin pensar… No quería pensar.

Y Tom sentía el estómago revuelto. Lo había jodido todo. Se acabó. Acababa de romper definitivamente a la persona que más confiaba en él. Y fue demasiado. Quizá no pensó en eso cuando decidió terminar de una vez con esa angustia.

Pero esto solucionaba su vida, ¿no? Era imposible estar con alguien a quien ya no encontraba interesante, alguien con quien ya no compaginaba. Alguien que incluso ahora lo incomodaba por su forma de ser… cuando Bill siempre había sido así.

La única diferencia era que antes, enamorado, Tom no lo veía tan mal. Le gustaba.

Tom estaba siendo el capullo más egoísta del mundo, pero no podía seguir con eso. El único que seguía poniendo esfuerzo y cariño era Bill. Bueno, también era cierto que Bill había tenido una complicada racha últimamente, y lucía perdido, extraño, desconectado, pero aún lo intentaba con Tom, con su amor. Pero de esa forma, él era el único. Y una relación así, pensaba Tom, nunca iba a fluir. Él no podía obligarse a sentir algo que ya no existía más.

Bill terminó de recoger todo, guardó las cosas en la canasta y se levantó. No lo miró. Mantuvo la vista a un lado, evitando su mirada.

—Había pensado tanto en que esto pasaría finalmente… que no me sorprendió —dijo Bill.

Tom permaneció en silencio, cobarde. No quería retractarse esta vez. Esta tenía que ser la mejor opción… tenía que convencerse de ello.

—Bueno —murmuró Bill, mirándolo apenas, sin atreverse a cruzar sus ojos—. Nos vemos mañana —empezó a caminar de vuelta, con la canasta en la mano. Pero antes de dar el siguiente paso, se detuvo—. Si es lo que tú quieres… —susurró.

No lo dijo para herirlo, pero a Tom le caló hondo.

Podía ya no estar enamorado. Podía sentirse incómodo en una relación que antes le hacía feliz. Pero todavía tenía conciencia. Todavía era humano.

Y en su cabeza comenzó a rondar, una vez más, la idea de echarse atrás. Porque aunque no pudiera volver a besar a alguien que ahora se sentía tan distante, tan extraño, no significaba que su corazón se hubiera enfriado lo suficiente como para soportar lastimarlo. Lastimar a alguien como Bill.

Y Bill se marchó. Bajó la colina con pasos firmes y desapareció entre la espesura del bosque que separaba los campos de la carretera.

Tom se quedó ahí, mirándolo hasta que lo perdió de vista. Luego, siguió observando el camino por donde Bill se había ido, como si esperara verlo volver. Pero no pasó. Y cuando finalmente aceptó que no lo haría, se rindió.

Se dejó caer sobre las raíces del olmo, apoyando la espalda contra el tronco. Subió las rodillas y se abrazó a ellas, sollozando en silencio.

Se sentía como el cabrón más grande del mundo. Y es que lo era.

Pero ya no amaba a Bill. Tenía que recordarlo. Recordar que de eso se trataba todo esto.

Tom ya no podía ver el mismo brillo que solía ver en Bill, era como si su Bill… ya no existiera. Y se odió por eso, por haberlo echado a perder así.

No tenía la culpa.

Pero aún así se sentía muy culpable por haberse desenamorado.

Y ahí se quedó, sentado bajo el olmo durante una larga hora, hasta que el llanto se apagó y las lágrimas dejaron de brotar. Le desgarraba el alma el estar con Bill sin sentir lo de antes… pero dejarlo ahora, lo había roto por completo.

Había hecho desvanecer a Bill.

Mientras tanto, al otro lado, Bill lloraba desconsolado. Se sentía el ser más miserable de todos.

La única persona en quien había confiado tanto… lo había abandonado, como el resto.

F I N

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por admin

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