Día 25: Demostraciones de afecto descaradas.
Nota: En este fic, Bill es hijo de Tom, el título si bien hace referencia a un conocido cortometraje xd, no está basado en él, sólo fue un chascarrillo y considerándolo adecuado para quienes entienden la referencia. En fin, fuera de ello, no es apto para todo público porque se hace menciones de violación, coerción, drogar en contra de su voluntad, y homofobia hasta el punto de degradar. Si no te incomoda, adelante lee, si sí lo hace, bye, bye, bye, dirían los NSYNC.
Repito que la premisa es del día 25 del incestember 2026, evento organizado por Sunmess Odinson.

«Lo extraño de los Kaulitz»
(One-Shot de Kasomicu)
Bill apretaba sus puños mientras que se veía en el espejo, lucía bien, el traje había sido hecho a su medida, él mismo se había arreglado el cabello, estando hacia atrás, corto, pero con una leve elevación que había conseguido con laca, también tenía los ojos maquillados, sólo un poco de sombra en ellos, porque no quería que fuera algo tan llamativo pero sí lo suficiente para que fuera innegable que estaba en su rostro.
Bill quería al menos dejar en claro parte de su esencia aquel día, aunque si dependiera sólo de él, ni siquiera estaría casándose.
Pero sonrió nuevamente ante el espejo para adoptar aquella máscara que iba a ocultar sus emociones, como siempre había hecho.
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Un año después…
Tom había estado escalando unos meses fuera de su casa, y regresó agotado, porque si bien la adrenalina lo hacía sentir vivo, el bajón emocional que venía después sólo hacía que fuera consciente de lo sólo que estaba.
Tenía un montón de correspondencia por revisar, pero sabía que los recibos se debitaban automáticamente de su cuenta, por lo que no debía hacerles caso, aunque le llamó la atención una carta que venía de Alemania, por lo que la sujetó, de entre todas, abriéndola y fijándose que, en efecto, era dirigida hacia él.
No era ningún error ni nada, era una mujer llamada Sharon que le enviaba una invitación para una boda, pidiéndole que si fuera posible que estuviera presente porque Bill iba a casarse con ella, y la madre de Bill había fallecido, por lo que sería tal vez un buen momento para que retomara la relación con él, que había sido difícil dar con su locación y por lo mismo no había podido invitarlo antes.
Tom sintió que la noticia le cayó como un baldazo de agua fría, se fijó en la fecha, eso había pasado hace un año, sólo que el sobre tenía una nota de que se había retrasado la entrega por extravió, eso ligado a qué no estuvo allí en aquellos meses, él… No sabía nada, ni que Margaret hubiera muerto, ni que iba a casarse. Él… Se sintió un imbécil en aquel instante, golpeándose la frente.
Pero no habría podido adivinar que esto pasaría, Bill… Su hijo, ya se había convertido en todo un hombre al casarse con su novia, o esposa para este punto.
Tom era consciente de lo mucho que había querido mantener el contacto con Bill, cómo había intentado enviarle cartas, postales, o verlo a escondidas en la escuela, llamarlo o algo pero Margaret había sido tajante hasta el punto de poner una orden de alejamiento y luego amenazarlo de que sería peor si él no se iba del país.
No bastaba que se alejara del distrito o ciudad, sino que su ex, lo quería lejos porque era una mala influencia para su hijo.
Tom amaba a su hijo, fue lo único bueno que salió de aquella relación con su ex, sólo que Margaret lo hizo alejarse de su pequeño Bill de once años, sin ni siquiera poder darle una explicación, ni nada, y ahora su hijo ya no era ese niño, sino un adulto de veinticinco años que era un hombre casado, y Margaret ya ni siquiera estaba en la ecuación, porque había fallecido.
El pensar en su ex muerta, le daba un poco de alivio, aunque pudiera uno considerarlo un pensamiento horrible, Tom no tenía buenos recuerdos de Margaret, desde el inicio no había sido una relación que él quiso tener, y la maldijo en innumerables ocasiones cuando le hizo alejarse de Bill, sólo que ahora no podía pensar en ella como el monstruo que había sido para él, sino en el sufrimiento de su hijo, y cómo es que estaría con su muerte, y más si se había casado ya sin la presencia de sus padres.
¿Bill aún quisiera que él esté en su vida? Porque la carta la había enviado su esposa, Sharon, no su hijo. Habían pasado catorce años desde que vio a su hijo por última vez. Y sí, quizá podría considerarse algo inadecuado que Tom intentara sólo regresar a Alemania como si nada, con un: —Perdón por no ir a tu boda, ni estar presente los últimos catorce años, pero ya estoy aquí para intentar recuperar los años perdidos.
No sonaba una excusa muy convincente, haciendo que Tom acariciara su frente y viera que si bien tenía la invitación de la boda, había un teléfono de contacto que le había dejado Sharon en la carta anexada, entonces podría hablarle al menos a su nuera, para disculparse y preguntarle si era posible que ahora viera a Bill.
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Sharon estaba bañándose en la tina cuando su teléfono sonó, por lo general, ella prefería darse su tiempo a solas relajándose, sin embargo, como lo tenía con sonido en caso su asistente le tuviera noticias sobre el trabajo, es que soltó un suspiro y lo sujetó, fijándose que era un número desconocido quien llamaba, pero con el código de otro país. No era como si Sharon pudiera creer que sería la típica estafa que te llamaban de otro país, porque por su trabajo lidiaba con varios inversionistas de otros lugares, por lo que terminó por contestar.
—Buenas noches —comentó en tono cordial.
—Buenas noches, ¿Sharon Kaulitz? Soy Tom Kaulitz, tu suegro, me enviaste una carta que recién pude abrir hoy, hubo un retraso por extravió de la carta, y tampoco estuve en casa —respondió Tom sorprendiéndose un poco por la voz de la mujer, quizá esperándose una voz más… Dulce o jovial, sólo que técnicamente no sabía qué edad tenía su nuera.
—Oh, señor Kaulitz, bueno, ¿me permite llamarlo Tom? Yo pensé que simplemente no le había interesado venir, me sorprende gratamente que se comunicara —musitó Sharon sin podérselo creer, porque había luchado tanto para tener la información de su suegro, ya que su suegra en sí había sido muy tajante al respecto, de que Tom Kaulitz no era bienvenido a la vida de Bill.
Sólo que cuando Margaret falleció, Sharon quiso que Bill pudiera hacer las paces con su padre, ya que no quería que él se sintiera solo en general, porque no había sido alguien pegado a su familia, que de por sí era escasa, sólo a su madre que… Bueno, había sido una relación un tanto complicada de por sí, bien lo sabía Sharon como amiga de Margaret, porque sí, en realidad habían sido amigas antes de que ella se volviera la novia y esposa de Bill, que su esposo tenía muchos problemas con su madre antes de que ella se enfermara y falleciera.
Y ahora, ella lidiaba con su matrimonio dónde Bill sabía que su trabajo era demandante, y que viajaba constantemente, sólo que también por eso la luna de miel se había realizado en Berlín mismo, antes de que pudiera volver a irse, y bajo esa premisa es que Sharon se emocionaba con la idea de que su suegro demostrará interés en arreglar la situación, ya que si es que todo salía bien, también podría ser una compañía para su esposo.
Mientras se ponían al corriente, es que Tom terminó por decirle que si Bill quería verlo, él iría como sea.
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Tom a sus cuarenta y cinco años, siendo un consultor en Logística de Rescate y Seguridad en Alta Montaña, le había permitido vivir aislado del mundo, ya que se la pasaba trabajando ya sea para empresas de turismo extremo o el gobierno mismo para diseñar rutas seguras y entrenar a equipos, ya fuera por rescate o para que sepan cómo guiarse, de ese modo es que también no tenía pareja en la actualidad, sólo algunos ligues para sexo casual con protección.
No tenía que darle justificación a sus padres, ya no era un niño ni adolescente, habían entendido que de algún modo había fracasado en lo amoroso tras el divorcio con Margaret, en un matrimonio que sus mismos padres y ella, le exigieron hacer, porque estaba embarazada.
Sólo que Tom tampoco buscaba mantener el contacto con sus padres, sólo esporádicamente en cartas o llamadas, sin intención de visitarlos. Pero ahora al volver a Alemania también sabía que podría existir la posibilidad de retomar el contacto, aunque ellos no vivieran en Berlín, sino en Loitsche, y ellos tampoco habían podido mantener el contacto con Bill porque no sólo lo excluyeron a él sino también a su familia entera del contacto con su hijo.
Tom se sintió extraño cuando tuvo que viajar, porque en sí, solía viajar mucho por su trabajo, sólo que lo hacía por trabajo, y no porque iría a… Tomar vacaciones o algo parecido, aunque no lo consideraba como tal un relajo, porque sabía que tendría mucha tensión al momento de ver a su hijo luego de catorce años, Bill ya no era un niño, así que se imaginaba que sería algo difícil, sólo que también era su hijo, y haría todo por él. Dejó sus asesorías pendientes a cargo de Georg, uno de sus colegas y se subió en el primer vuelo que lo llevara a Alemania.
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Cuando Tom llegó al aeropuerto, sabía que nadie lo recibiría, de hecho Sharon le comentó que esto sería una “sorpresa” para Bill, así que él salió del recinto, incluso aunque estuviera algo agotado, y se tomó un taxi dando la dirección de la casa de su hijo y nuera.
Al observar que llegó a la dirección, se percató que era una casa en una zona exclusiva, elegante y que él empleando su mochila viajera, el cabello largo y barba, desentonaba por completo, sin embargo, su propósito era poder recuperar a su hijo, así que se bajó y tocó el timbre, y quién le abrió fue una mujer que más parecía de su edad, que de la de su hijo.
Sharon se quedó perpleja, porque sólo tenía fotografías del pasado de Tom, que había sido un adolescente de rastas cuando se casó con Margaret, es que usaba el cabello en trenzas africanas negras mientras que Bill iba creciendo, pero ahora se veía por completo distinto, ya que era un hombre maduro, con el cuerpo trabajado, cabello castaño con barba, y sintiendo que se le veía más imponente por la altura.
—¿Tom? Buenas noches, bienvenido, pasa —pidió la mujer, haciéndose a un lado.
—Buenas noches, Sharon, gracias —respondió Tom en lo ingresaba y buscaba con la mirada a su hijo—. ¿Él está aquí? —si bien la voz del mayor era grave, se notó el temblor en ella ante la pregunta que implicaba a su hijo, porque por más que fuera un hombre camino a los cincuenta, su debilidad siempre había sido su hijo, porque Tom fue consciente cómo cambió todo cuando tomó a Bill entre sus brazos desde el primer día, no importaba el cómo había sido concebido, que careció por completo de amor, pero Tom no podía pensar en Margaret al verlo, ya que sólo tenía el cabello oscuro de su ex, por lo demás, era un bebé precioso que hizo que Tom lo amara y dedicara su vida hacia él.
Cómo había sido verlo crecer, enseñarle a caminar, a andar en bicicleta, siempre cuidándolo de sus pesadillas, y buscando protegerlo hasta de su propia madre, sólo que no pudo hacer más, por más que lo dio todo, él al pensar en salir con otro hombre con quién se sintió bien, y aunque supiera que sí, que él era un hombre casado, sabía que detestaba estar casado con una mujer, que en muchas ocasiones cumplía sus “deberes conyugales”, sólo porque Margaret le hacía amenazas con desquitarse con Bill. Por eso cuando tuvo la opción de estar con un hombre, es que la tomó y… Margaret sólo lo usó para destruirlo, alejándolo por completo de Bill.
—Sí, está en la sala, no sospecha nada. Cree que es una cena normal —comentó Sharon con aire de complicidad mientras tomaba a Tom del brazo—. Déjame guiarte, es momento de sanar esta familia, Tom.
Tom asintió ante su nuera, mientras dejaba su mochila en el suelo, pensando cómo es que él que era precisamente un rescatista, sentía que sus piernas flaqueaban ante aquel encuentro, era algo irónico, sin embargo, tenía sentido porque su hijo había sido su debilidad desde siempre.
Cuando llegaron a la sala, Tom vio que al hombre que estaba observando de espaldas la ventana, no era ese niño tierno de once años con el cabello largo, que quería tenerlo así como su papi cuando se soltaba las trenzas, no, era un hombre alto, delgado, con una postura elegante, el cabello corto pero con una rigidez mientras tenía la mirada perdida en el patio.
—Amor, date la vuelta, aquí está la sorpresa de la que tanto te hablé —pidió Sharon con voz llena de orgullo y Bill se giró, mostrando su expresión apática habitual pero dispuesto a seguir más órdenes de su esposa, tal cual lo hacía con su madre, al ofrecer una sonrisa fingida de cordialidad, sin embargo, al ver al hombre parado al costado de su esposa, es que su expresión se descompuso, quedando paralizado por un instante…
Era como si el tiempo hubiera dejado de correr en aquella habitación. Bill reconocía ese rostro, incluso aunque los rasgos se hubieran avejentado por el paso inclemente del tiempo, él sabía a quién pertenecían esa mirada que se fijó en él.
El cuerpo era otro, notaba cicatrices en las manos del mayor, cómo la musculatura la tenía más trabajada también, era… Un fantasma que lo había acechado por catorce años, incluso antes de lidiar con el de su madre, era el hombre que lo había abandonado, y que aparecía frente a él como si nada, en lo que su esposa había dicho que tenía una sorpresa para él, jamás pensó que se tratara de hacer que su padre volviera luego de tantos años. El shock inicial se reemplazó por la rabia, haciendo que Bill pusiera una expresión furiosa aunque se mantuviera en silencio.
—Bill… —dijo Tom al ver su rostro, dando un paso titubeante hacia su hijo, identificaba el enojo, pero también sintió sus propios ojos humedecerse al ver el rostro de su hijo, porque él sólo recordaba al niño de once años, que se había convertido en el hombre frente a él.—Has crecido tanto, Dios mío… Hola, hijo.
Bill apretó la mandíbula porque no creía que fuera posible que Tom Kaulitz le dijera “hijo” luego de abandonarlo por catorce años sin ninguna explicación, dejándolo con… Su madre, pero Sharon estaba allí, él no podía permitirse hacer un escándalo ni alterarse, no del todo al menos, pero no podía dejar de verlo, había desaparecido el mismo hombre de treinta y un años con trenzas que lo abrazaba y besaba en frente antes de irse a dormir, ni siquiera tenía el mismo piercing en su labio, su cabello estaba sin teñir, y parecía a punto de querer llorar al verle.
—Bill, cariño es tu papá. Lo busqué en todas partes, dejó su trabajo en el extranjero, dejó las montañas para venir a verte. Ahora que Margaret no está, es hora de dejar el pasado atrás —soltó Sharon con emoción enternecida, pero en un tono demandante, ya que era así, Bill sólo había cambiado de madre, de algún modo, Margaret siendo quien lo manejaba en una crianza castrante hasta casarse con su mejor amiga, que era una forma de sólo cambiar de dueña, como si él fuera un animal al que tenían sujeto con una correa.
Pero no miró a su esposa, sino a su padre, cómo es que Tom se encogía ante su mirada, los ojos húmedos, y las palabras cálidas, en una muestra de vulnerabilidad buscando su perdón, y Bill sintió que todos los años de abandono, hacían que en su cabeza retorcida, se fusionaran sintiendo un hambre posesiva hacia ese hombre roto que estaba en su territorio ahora, haciendo que Bill dejara de poner una expresión furiosa para ofrecerle una sonrisa carente de emociones.
—¿Mi papá? —repitió Bill lo que había dicho su esposa, mirándola un instante.—Vaya, Sharon, qué gran sorpresa me has dado —terminó por decir mientras que se acercaba a su progenitor, haciendo que Tom retrocediera un paso por inercia por cómo es que su hijo lo veía, con una intensidad que no comprendía, ¿era odio o enojo? Y observó que Bill le extendió la mano pero fijando sus ojos en los labios de Tom, con un descaro que lo dejó frío, porque no era muestra de curiosidad, sino hambre el que vio en su hijo—. Bienvenido a casa, papá. Tenemos muchas cosas que hablar… A solas —acotó mientras que apretó la mano curtida del mayor quien se estremeció ante el sorpresivo agarre firme de su hijo.
Sharon sonrió feliz, completamente ajena a aquella tensión que se formó entre ambos. —Qué bueno que ya estén llevándose bien, los dejo que se pongan al día en lo que termino de armar mi maleta y dejo los preparativos listos en la cocina para la cena —agregó para luego irse.
Apenas el taconeo de la mujer se perdió por el pasadizo, es que Bill soltó la mano de su padre con una brusquedad que dejó a Tom perplejo, haciendo que él mismo se sintiera en conflicto por lo que creyó fue una mirada de coqueteo, no, sólo era su cabeza traicionándolo, pero también le costó ver que su hijo mostrara frialdad, acercándose aún más, pero con las manos en los bolsillos, en una postura defensiva.
—No sé qué mentiras le inventaste a mi esposa para que te rastreara y trajera hasta aquí —soltó Bill con un tono venenoso, cuidando de no hablarlo lo suficientemente alto para evitar se oídos fuera de aquella habitación—. Pero a mí no me engañas con esa expresión de lástima. Te fuiste con todas tus cosas y me dejaste solo con Margaret catorce años. ¿Y ahora sólo pretendes volver como si nada hubiera pasado? —increpó el menor en un tono que hacía desestabilizarse a Tom, porque era más que claro que no quedaba la sombra del niño que él había dejado, o quizá sí, que ese dolor sólo había hecho que se convirtiera en rencor, haciendo que él mismo sintiera como si las palabras de su hijo fueran dagas atravesándole.
—No fue así, Bill —repuso Tom con la voz ahogada, sintiéndola atrapada en su garganta, intentando aferrarse a buscar desesperada al niño de once años en el contrario, el que lo amaba y quien no podía creer que estaba siendo algún tipo de estafador con su esposa o… Una mierda de padre, que probablemente según su versión sí era—. Tu madre no me dejaba verte, ni siquiera me permitió despedirme, me amenazó y quitó todo derecho legal contigo… Se encargó de destruirme para que no pudiera darte al menos una explicación o despedida adecuada. Cada maldito día de mi vida me la pasé extrañándote en esas montañas, si supieras todo el infierno que pasé…
—Me importa una mierda tus montañas y tu jodido infierno —cortó Bill en seco, porque no iba a buscar sentir algún tipo de empatía por su padre luego de todos estos años—. Margaret está muerta, y yo me quedé atrapado aquí, con sus exigencias, y tú… Siendo libre al otro lado del mundo. No juegues al padre protector conmigo ahora, Tom, eres plenamente consciente de que nos queda demasiado grande el papel a ambos —terminó por decir el menor con ese mismo resentimiento oscuro.
Tom tragó saliva, sintiendo las lágrimas que amenazaban con salir, mientras que era preso de la impotencia, porque sus manos cosquilleaban por querer abrazarlo, que lo dejara explicarse por completo, que ambos habían sido víctimas de aquella situación por culpa de Margaret, pero la frialdad con que le hablaba su hijo, como si él no fuera su padre, sino un extraño, sentía que… Era merecedor de todos los insultos que le decía, ya que si bien él sufrió, Bill también, y al menos él fue un hombre de treinta y un años cuando se fue, y no un niño de once que no supo comprender lo que sucedió y sólo vio que su padre se había ido sin razón alguna, que la misma mujer que abusó de él, y lo torturó por tanto tiempo, era quien se había quedado a cargo de Bill, por lo que tampoco sabía qué había hecho su ex en aquel tiempo, fuera de traumatizar a su hijo lo suficiente para que incluso muerta, Bill siguiera pensando en sus exigencias.
Bill estaba evaluándolo en silencio, porque esos brazos no parecían ser los mismos que lo habían cargado de pequeño, ni ese el mismo pecho por el que se había apoyado para dormir tranquilo, a sabiendas de que su padre solía colarse en su habitación para no dormir con su madre, y Bill se sentía feliz con ello, porque amaba a su padre, y sabía que su madre siempre había sido difícil, sólo que… En estos momentos el que Bill observara la fuerza física que poseía su padre no tenía que ver en absoluto con un respeto filial.
—Mírate —susurró Bill casi contra su oído, haciendo que Tom mismo sintiera el aliento cálido de su hijo, y el aroma de su perfume, cuando lo vio separarse levemente, con ese brillo extraño en él—. Te ves tan fuerte… Margaret siempre repetía que eras un cobarde que huyó porque no pudo soportar el tener una familia, pero tienes el cuerpo de alguien que puede aguantarlo todo. Vamos a ver qué tanto aguanta tu cuerpo ahora que estás aquí —terminó por decir.
Tom sintió que su instinto de supervivencia que había desarrollado y explotado en la montaña, se activó, porque esa última frase de su hijo, no había sonado como el reclamo de un hijo abandonado, sino más bien con una posesividad implícita, una que su cerebro no alcanzaba a procesar, pero que le revolvió el estómago.
Antes de que Tom pudiera preguntar o decir algo, el taconeo de Sharon volvió a escucharse en la estancia, y en un segundo Bill cambió su frialdad para separarse de Tom y acercarse a su mujer con una sonrisa ensayada.
—Todo listo para ir a cenar, mis muchachos —anunció Sharon, completamente ajena a lo que había pasado en su sala—. ¿Cómo va todo aquí? ¿Ya rompieron el hielo? —cuestionó en su burbuja de ingenuidad.
—De maravilla, mi amor —respondió Bill en un tono de falso afecto, pasando su brazo por la cintura de su esposa, y regresó la vista a su padre—. Mi papá me contaba lo mucho que le gusta su trabajo en las montañas. Y le comenté que tendremos mucho tiempo para ponernos al día ahora que está de vacaciones.
Tom sintió que había una diferencia abismal en el Bill de hacia unos segundos, al mismo hombre que abrazaba a su esposa y también se refería a él como su papá, el contraste era más que evidente, hacía que se preguntara qué tanto había hecho Margaret para dañar a su hijo al punto de quebrarlo de esa forma. Sólo que aún así, no quería pensar en dejarlo, no otra vez, no podía sólo agarrar su mochila y regresar a las montañas, no, tenía que quedarse con Bill, se lo debía, y lo necesitaba, incluso aunque él lo odiara, era su hijo al cual amaba.
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El estar sentados en la mesa comiendo como si fueran la puesta en escena perfecta de una familia salida de una revista, era algo inquietante, pero es que Sharon se mantenía completamente ajena a la tensión que había entre su esposo y su padre, Bill que estaba comiendo, pero observando a Tom en cada movimiento que hacía, como si se tratara de un depredador acechando a su presa, y haciendo que Tom mismo no sintiera hambre aunque supiera que había comido algo ligero por el viaje.
—Mi vuelo sale mañana a las seis de la mañana, pero ya saben, se debe estar tres horas antes, así que prácticamente dormiré en el aeropuerto —comentó Sharon luego de limpiarse los labios con una servilleta—. Son dos semanas completas para el congreso de la firma, pero me dejas más tranquila, Tom, no sabes cómo me siento culpable cada que tengo que dejar solo a Bill en esta casa.
—No te preocupes, mi amor, ahora que mi papá está aquí, dudo mucho sentirme solo. Tenemos catorce años de historias que recuperar —mencionó Bill con una suavidad que sonaba tan antinatural en él.
—Es exactamente lo que quería escuchar, mi vida —musitó Sharon con una sonrisa, acercando la mano para acariciar la mejilla del menor—. Me siento tan en paz de verlos así, Tom —agregó viendo a su suegro—. Siéntete en tu casa, por favor, puedes usar el gimnasio del sótano, salir a correr por el vecindario, aunque entiendo que extrañes tus montañas.
Tom miró a la mujer rubia y se forzó a sonreírle, porque Sharon no tenía la culpa de nada y sólo estaba siendo amable. —La ciudad está bien, Sharon, sólo quiero pasar tiempo con Bill. Es lo único que me importa.
Bill volvió la vista a su padre, y le posó la mano sobre el antebrazo, apretando el músculo firme con fuerza innecesaria, haciendo que Tom se tensara al instante, conteniendo el aliento, intentó mover su brazo, que podía hacerlo, era más fuerte que su hijo, pero la presión de Bill aumentó.
—Míralo, Sharon —comentó Bill sin dejar de ver con fijeza a Tom—. El escalar montañas da buenos frutos, porque tiene músculos como piedra, y aparte su rostro demuestra que está muy bien conservado para su edad, pareciera que es mi hermano mayor en vez de mi padre —acotó y Sharon soltó una risilla ante el comentario, sirviéndose un poco más de vino.
—Es verdad, Tom, te conservas increíblemente bien. Me alegra que estén en una confianza física en este punto. Muchos hombres son algo distantes y fríos, no buscando demostrar sus emociones o afectos, pero Bill siempre demostró ser más sensible, qué bueno que también lo seas tú —masculló Sharon.
—Oh, es que sí, somos muy diferentes a los hombres en general, Sharon —aseguró Bill pasando sus dedos del antebrazo hasta dar con la muñeca del mayor, en un agarre firme—. Papá y yo vamos a entendernos perfectamente porque de niño éramos muy unidos, y él sabe muy bien el someterse a la disciplina de la naturaleza y yo… Sé lo que es aprender a obedecer —agregó el menor, en una demostración que era cada vez más descarada de lo que estaba pulsándole en la cabeza porque lo entendía, ese roce, esa forma, esa amenaza sutil… No era su cabeza jugándole en contra, sino que Bill estaba hablándole como hombre, no como un hijo, pero Sharon no se percataba de esto, sólo pensando que era un comportamiento normal de reconciliación entre ambos.
—Bueno, mis muchachos, el deber me llama, debo descansar al menos un poco si quiero llegar a las tres de la mañana al aeropuerto —mencionó Sharon cuando terminó de cenar—. Bill, ¿le muestras a tu padre dónde está la habitación de huéspedes por favor? —pidió la mujer en una tácita orden.
—Por supuesto, mi vida, yo me encargo de acomodar a papá, y tú descansa, nosotros limpiaremos esto y nos iremos a dormir —le tranquilizó Bill, a lo que Sharon le sonrió, besándolo antes de mirar a su suegro.
—Buenas noches, Tom, nos vemos en dos semanas, disfruta a tu hijo.
—Buenas noches, Sharon, buen viaje —respondió Tom, incluso aunque él mismo no se sintiera del todo bien para articular una frase, sabía que debía pretender estarlo, pero apenas se fue su nuera, es que Bill volvió a verlo.
—Levántate, Tom, agarra tu mochila y nos iremos a tu habitación —demandó Bill poniéndose de pie, y el mayor obedeció en silencio, agarrando la mochila que había dejado en la entrada, mientras seguía los pasos de su hijo.
Aquella casa era grande, se sentía inmensa, era evidente que Sharon no tenía ningún tipo de problema económico para vivir así, y conforme avanzaron, vio algunas fotos en la pared, que era de Bill con Margaret, notándose que no estaban las fotos de Bill con él cuando era niño, y que Bill dejó de sonreír en los retratos familiares al sólo estar con su madre.
Bill abrió la puerta del cuarto de huéspedes, Tom entró y dejó la mochila en el suelo, junto a la cama, iba a girarse para agradecerle a su hijo, pero notó cómo es que el menor había cerrado la puerta tras de su sí, bloqueando la salida con la espalda contra la madera.
—Mañana Sharon se va, ella cree que vino el padre ejemplar a remendar su pasado, cree que iremos a pescar, hablar de deportes, y a fingir que somos una familia normal. Pero tú y yo sabemos que eso es una farsa. Así que voy a dejarte claras las reglas desde esta noche —sentenció Bill con esa misma frialdad que siempre se estaba refiriendo a Tom a solas, con esos ojos tan parecidos a los suyos, pero más perfilados, y haciendo que el mayor se sintiera en parte atrapado en aquellas cuatro paredes.
—Bill, sé que estás enojado, tienes derecho a estarlo, a odiarme, pero déjame explicarte cómo pasaron las cosas con tu madre, yo no… —intentó hablarle Tom de nuevo.
—Regla número uno —interrumpió Bill, elevando apenas su tono, lo suficiente como para que el mayor se callara—. No vas a usar el nombre de Margaret como un escudo. Me importa una mierda lo que ella te hizo o tú le hiciste. El hecho real es que me dejaste solo en sus manos. Toda mi puta vida he tenido que cumplir los deseos de alguien más. Me forzó a ser el hijo perfecto, me forzó a casarme con su mejor amiga para “corregirme”. Pasé veinticinco años obedeciendo, donde al menos hasta los once tenía un respiro contigo, pero cuando te fuiste se acabó. Margaret está muerta, Tom, y en esta casa, el que va a obedecer ahora, serás tú.
Tom sintió que las palabras de su hijo le dolían, en más de un sentido, porque el que se refiriera hacia alguna “corrección” y casándose con una mujer mayor, que podría ser su madre, pero había sido la mejor amiga de Margaret, sólo lo hacía sentir peor, porque eso le sonaba demasiado parecido a lo que él mismo había tenido que escuchar de Margaret en su momento.
—Puedes cambiar, puedes corregirte y ser un buen hombre y esposo, ¿ves que pudiste poner un bebé en mí? Es porque tu naturaleza te lo indica, deja de ir contra natura, Tom —le había dicho Margaret en su juventud cuando estaba embarazada de Bill.
—Tú me violaste, Margaret —le había soltado el de rastas en aquel momento, y ella se rió.
—No fue así, no puedes ser violado si eres hombre e hiciste lo que tu naturaleza te pedía —arguyó Margaret y Tom apretó los puños, sintiendo la frustración recorrerle.
—¡Me drogaste y me utilizaste, por supuesto que fui violado! ¡A mí no me gustan las mujeres! —rebatió Tom mientras sollozaba.
—Esto es sencillo, Tom Kaulitz, o te casas conmigo, y te responsabilizas, o todo será peor para ti, ¿quieres eso? Porque tus padres no saben sobre tus desviaciones, ¿verdad? Y no serán felices si se los digo y te acuso de violación —masculló Margaret, a lo que Tom sintió el peso de las palabras de la mujer, cómo lo tenía arrinconado, haciéndolo que terminara por ceder, casándose con ella y diciéndole a sus padres que iban a convertirse en abuelos.
Bill era gay, y Margaret había considerado que lo mejor era darle un correctivo, forzándolo a casarse con una mujer, por eso es que él… Tenía tanto resentimiento y odio, y su ex, ella… Evidentemente había rechazado el que Bill fuera como él.
—Regla número dos —continuó Bill, sacándolo de su ensoñación, haciendo que Tom se sorprendiera por la cercanía abrupta de su hijo, retrocediendo hasta que el doblez de sus rodillas chocara contra el borde de la cama—. No vas a intentar ganarte a Sharon, ella es mi esposa, mi proveedora y pantalla ante el mundo. Vas a sonreír, ser el suegro agradecido y vas a aceptar cada maldito viaje que ella haga sin rechistar. Si intentas abrir la boca para decirle quién soy en realidad, te juro que te vas de esta casa esa misma noche, y no volverás a saber de mí el resto de tu vida, ¿me estás entendiendo?
El corazón de Tom dio un vuelco salvaje ante el inminente temor de ser expulsado, otra vez, pero en esta ocasión directamente siendo botado por su hijo, el que había sufrido por su culpa, porque sí, lo abandonó y… Dejó en manos de Margaret, que evidentemente al saber que su hijo salió gay, también ejerció un maltrato psicológico que había quebrado lo suficiente a Bill para que estuviera así, cargado de resentimiento hacia él, y con esos comportamientos impropios. Tom no podía regresar a las montañas sin haber recuperado a su hijo, esto no podía permitírselo, era superior a cualquier pizca de orgullo que pudiera quedarle, por lo que tenía que ceder.
—No voy a decir nada, Bill. Te lo prometo. Sólo quiero estar aquí, contigo, no me eches —soltó Tom sin dignidad, porque si tenía que rogarle a alguien, prefería que fuera a su propio hijo.
Bill observó a Tom, fijándose en sus labios temblorosos con fascinación oscura antes de posar su dedo sobre su pecho, a la altura de su corazón, que latía desbocado por la tensión del ambiente.
—Y la regla más importante, papá —habló Bill, haciendo énfasis en la última palabra, porque no buscaba hacerla sonar con afecto, sino despectivamente, haciendo que a Tom le doliera escucharlo, y más cuando lo veía de aquella forma—. Vas a aguantar mi rabia, mi desprecio y cualquier cosa que decida hacer contigo en estas dos semanas. Me debes catorce años de mi vida, y me las vas a pagar todos, uno por uno, bajo mis propios términos.
Tom se dejó caer sobre el colchón luego de oír la amenaza de su hijo, el monstruo que Margaret había moldeado, pero si bien tenía miedo, había una extraña sensación de alivio con que Bill estuviera imponiéndole un castigo, porque en su mente que era carcomida por la culpa de años, el castigo era la única forma de redención.
Bill apreció la sumisión inmediata que había demostrado su padre con aquel acto, incluso aunque no hubiera emitido una respuesta verbal, era más que obvio que había entendido y aceptado en silencio, por lo que salió de la habitación, dejando a Tom solo en la oscuridad, sumamente agotado tanto físico como mentalmente, porque había venido de un viaje de horas, y se había sometido al estrés que había tenido con Bill, por lo que sólo alcanzó a echarse en la cama y dormirse así, incluso aunque no se sintiera en paz, el desgaste fue mayor, encontrando que la única manera de apagar su mente era esa.
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A la mañana siguiente, Tom tomó una ducha en su baño privado, pero mientras se secaba, escuchó cómo es que la puerta de su habitación se abría, haciendo que se tensara, vistiéndose y saliendo para ver a la única persona que podría ser, su hijo, que estaba sentado sobre su cama con total naturalidad.
—Qué bueno que ya despertaste, papá, espero que hayas dormido bien, porque ya estamos solos y tenemos mucho tiempo qué recuperar, ¿no es así? —mencionó Bill en un tono cínico.
—Bill, por favor, hablemos, tú debes necesitar respuestas, ¿no es así? Luego de tantos años, y sé que me dijiste que en tus reglas que no quieres que hable de tu madre, pero déjame decirte que nunca pude volver, por más que quise… —intentó nuevamente Tom apelar a su lado humano, pero Bill otra le interrumpió.
—¿Quieres saber qué me hacía mi madre? —preguntó Bill, en lo que se ponía de pie arrastrándose hasta hacer que Tom retrocediera contra la pared.—Apenas te fuiste, me cortó el cabello, diciéndome que así no era como se comportaba un varón, que tenía tu misma sangre sucia, que si te fuiste como un cobarde, fue porque eras un enfermo. Y no quedó así, a mis quince años, se dio cuenta que también me gustaban los hombres, y te imaginarás que no le sentó bien, porque me metió a una clínica de terapias de conversión, Tom. Tres años metido ahí dentro —agregó, y Tom sintió cómo se le revolvió el estómago, mirándolo horrorizado—. Evidentemente no puedes hacerte una idea de lo que pasa ahí, ¿crees que me volví obediente porque quise? —continuó hablando Bill mientras le temblaba la voz por la rabia contenida.—Me doblegaron a la fuerza. Me enseñaron a odiar lo que soy, a fingir, a enterrar mis deseos bajo el miedo al dolor físico y psicológico. Soportar las terapias eran un infierno peor que cualquier cosa. Así que era obedecer para sobrevivir o terminar por suicidarme, y me volví el hijo perfecto… El títere que ella quería, que cuando se enfermó… Tuve una mezcla de alivio, pensando que me liberaría de ella, más cuando supe que se estaba muriendo, sólo que… Jugó con su última carta para asegurarse de que nunca sería libre: Sharon, y no es una mala mujer, Tom, es buena, atenta… Y ese es jodido problema, Margaret la manipuló en su lecho de muerte, haciéndola jurar que me salvaría de mí mismo. “Bill es un chico frágil y tímido, Sharon, por eso tuvo que estar en el psiquiátrico por años, por el abandono de su padre. Te lo encargo, cásate con él y dale la estabilidad que necesita, mantenlo por el buen camino” —terminó por decir en un tono agudo que buscaba imitar la voz de su madre.
Bill soltó una risa carente de humor, para terminar por apoyar su mano contra el costado del rostro de Tom, inclinándose más sobre él.
—Sharon me ve como su obra de caridad, como su hermoso esposo trofeo joven al que tiene que cuidar y mantener en el camino correcto que Margaret diseñó. Se casó conmigo creyendo que me hacía un favor, cumpliendo con la voluntad de su mejor amiga, y yo… Acepté porque estaba cansado de que me rompieran. Me vendí a una buena mujer que no me conoce, porque tampoco conozco otra vida donde no esté sometido a una mujer, al menos así no tengo que pensar en algo más, sólo ceder y… No pensar —soltó Bill, lo último era más en un tono apagado que la rabia que demostró desde el inicio al desahogarse, haciendo que todo lo que Tom tuviera que explicarle quedara relegado, sólo quedándose con la culpa.
“Le destrozó la voluntad. Mi hijo pasó por un campo de concentración psicológico porque yo no estuve allí para sacarlo”, pensó Tom, mientras que entendía todo, que Bill estaba así de roto por todo lo que había atravesado solo, teniendo que activar un instinto de supervivencia desde adolescente frente a la tortura institucional a la que había sido sometido, él le había fallado a su hijo, siendo cómplice de algún modo, aunque fuera por omisión.
Bill, con la mano que tenía contra la pared, la guió hacia la nuca de su padre, haciendo que lo viera, en lo que ubicaba una pierna en medio de las suyas, presionándolo contra la pared, pero Tom no puso resistencia alguna, obedeciendo a la tácita orden al mirarlo de vuelto.
—Míranos. Ella pasó la vida intentando curarnos, intentando volvernos hombres de verdad, y mírate, papá, estás aquí, presionado contra la pared y mi cuerpo —masculló Bill, haciendo que Bill sintiera esa presión de la pierna del menor, pero también la otra sobre su muslo, que era por la dureza de su hijo, haciendo que tragara saliva, mientras que Bill se inclinó hasta pasar sus labios por el cuello del mayor, entendiendo incluso el lenguaje no verbal de su hijo, la insinuación y lo que quería hacer, cerrando los ojos y soltando un suspiro.
—Hazlo, Bill —vocalizó Tom en un susurro mientras sentía que las lágrimas bajaban por su rostro, porque Bill era así por su causa—. Si esto te calma, te arregla te… Ayuda, haz lo que quieras conmigo. Soy tuyo y no me voy a ir —sentenció.
A Bill le agarró por sorpresa el que su padre ofreciera esa rendición a nivel verbal, dándole el permiso, el consentimiento a lo que él quería, haciendo que Bill captara ese sacrificio en las acciones de su padre, por lo que subió su rostro para acercarlo al del mayor, sellando sus labios en un beso, uno que era necesitado, desesperado, y que Tom no rechazó, emitiendo un sollozo ahogado mientras que Bill paladeaba lo salado de las lágrimas de su padre, y ejercía más presión sobre su cuerpo, poniéndose más duro contra él.
Tom se dejó hacer, cuando Bill lo jaló hacia la cama, empujándolo sobre el colchón, para después inclinarse sobre él, con Tom mismo abrazando a sus hijo al poner sus manos sobre la espalda, aceptando este castigo, aquella penitencia, mientras que Bill lo desnudaba, y a sí mismo, para cubrirlo y encajarse en él… El que Bill tomara su cuerpo y dignidad, sólo era parte de lo que estaba pagando para expiar sus propias culpas, uniéndose ambos en el mismo infierno.
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Lo que comenzó como un acto de redención, haciendo que Bill sintiera que desquitaba con Tom por todo lo que soportó por años, pero también con ese amor teñido de forma enfermiza hacia su padre, que al final de cuentas seguía siendo amor, es que ya había transmutado en algo más…
Cómo es que cuando Tom escuchaba la puerta abrirse, no se tensó ni puso a la defensiva, incluso él mismo después de bañarse sólo se mantuvo desnudo bajo las sábanas, a la espera de las visitas nocturnas de su hijo.
Bill se subió a la cama y estiró la mano para comenzar a delinear la espalda desnuda del mayor con la yema de sus dedos, bajando con posesividad, mientras que Tom mismo se arqueaba ante el contacto, cuando el menor dirigió su rostro hasta el oído de su padre, quien estaba de espaldas, y mordió el lóbulo de su oreja.
—¿Vas a pedirme que pare hoy, papá? —cuestionó Bill para luego lamerle el interior de su oreja, haciendo que Tom se estremeciera y soltara un suspiro tembloroso en anticipación, porque ya no sentía asco ni culpa, ni sometimiento, sólo un hambre voraz de deseo.
Había tenido ligues sí, pero ninguno podía compararse con la conexión que tenía con este hombre, porque era Bill, su hijo, el niño que no pudo proteger y que Margaret le había arrebatado, y ese hombre era el pánico que comprendía el infierno que había pasado, porque esa intensidad que le daba su hijo en la cama, sólo había desatado un hambre que no podía comparar con ningún encuentro previo que sólo lo hacía sentir incompleto y vacío.
La mano de Bill siguió bajando por su espalda baja hasta posarse en medio de sus nalgas, acariciando por fuera de su orificio, haciendo que Tom sintiera cómo se ponía duro sólo con ello. Lo que le daba Bill no era un castigo sino un refugio al cual se había vuelto adicto.
—No, no quiero pares —soltó Tom, girando para ver los ojos del menor, y sujetarlo con su mano, atrayéndolo hacia él para besarlo.
Bill sonrió durante el beso, sintiendo el deseo de su padre que le chupaba la lengua con ganas, empujando su pelvis contra su mano, y sabía que ambos estaban con la misma desesperación para fundirse en uno solo una vez más.
Tom se terminó por girar, facilitando así el ósculo, frotándose contra su hijo, quien bajó sus manos para apretarle el trasero firme, pegándolo contra su pelvis, endureciéndose mientras que seguían comiéndose la boca.
Tom fue quien desvistió a Bill en esta ocasión, y él mismo fue quien bajó para sujetar el miembro de su hijo, y metérselo a la boca, engulléndolo sin dejar de verlo, con Bill acariciando los cabellos largos del mayor, empujándose entre sus labios… Era algo enfermo, retorcido, pero no había lugar para el remordimiento, ya no más.
Tom amaba el sentirlo palpitar entre sus labios, mientras jugueteaba con los testículos, sólo manteniéndolo al borde, relajando su garganta para recibirlo, antes de que Bill hiciera un jalón de su cabello, porque sabía que iba a venirse, y él mismo no iba a desaprovechar que lo hiciera dentro suyo, sujetando el lubricante de la mesita de noche y preparándose a sí mismo sobre el regazo de Bill, quién apretaba con ganas el muslo trabajado de su progenitor quien estaba abriéndose con los dedos, y con la otra mano el menor subió hasta el pectoral de Tom, masajeando con la misma excitación que hizo que Tom se quebrara sobre él.
El mayor al sentirse lo suficientemente distendido, es que embadurnó de lubricante el miembro de su hijo, antes de alinearlo contra su orificio y bajar sobre él… Empalándose a sí mismo mientras que se masturbaba, y Bill se aferró a la cintura de Tom, gozando el cómo el mayor daba sentones sobre él… Encontraría su culminación de la mano de su padre, sólo él lo haría llegar, sin sentir asco por sí mismo ni nada… Sólo empujándose en sus entrañas, y grabándose la expresión de su rostro, mientras gemía por más.
No importaba lo mucho que Margaret hubiera querido corregirlos, si sólo había terminado por orillarlos a esto… Haciendo que Bill se viniera dentro de Tom, y su padre sobre su vientre, quedando acezado sobre él.
—Sharon regresará en algún momento —murmuró Bill mientras besaba el cuello de Tom que se había dejado caer sobre él, aún teniendo a Bill dentro suyo, quien le masajeaba el trasero, renovando su propia excitación.
—Qué vuelva… Nos quedaremos aquí, Bill. Los tres. Que nos mantenga, nos cuide, y nosotros nos tendremos en la oscuridad, no dejaré que nadie nos vuelva a separar —sentenció Tom, para luego tomar el rostro de su hijo y besarlo, meneando sus caderas para que se pusiera duro en su interior de nuevo.
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Cuando pasaron unos días, volviéndose una costumbre el pasar tiempo como si fueran más pareja que padre e hijo, Bill se quedó viéndolo luego de haber hecho el amor.
—Me pregunto cómo fuiste tan idiota para dejarte arrastrar por Margaret en un matrimonio —mencionó Bill y Tom se tensó, pero era el momento de hablar con la verdad, observándolo con fijeza.
—No me dejé arrastrar, Bill. Tu madre me drogó —confesó Tom, y Bill se congeló en su sitio.
—¿Qué? —preguntó Bill.
—Ella sabía que yo era gay, sólo que… Era un secreto vergonzoso por cómo se mantenían las cosas en aquel entonces. En una reunión, Margaret me invitó una copa donde le puso algo y… Desperté a la mañana siguiente en su cama, mareado, vomitado y sin poder moverme. Se acostó conmigo cuando apenas estaba consciente. Usó su embarazo para chantajearme, diciendo que si no me casaba con ella, les diría a mis padres sobre mi homosexualidad y me denunciaría por violación. Yo… Intenté ser el esposo que ella quería sólo por ti, porque cuando naciste fuiste lo único bueno que ella me dio, pero… No pude más, me sentía asqueado cada vez que ella me amenazaba con hacerte algo si no cumplía mis deberes maritales, y luego cuando salí con un hombre, es que ella me amenazó con hundirme, con acusarme por corrupción de menores, con meterme a la cárcel, y por eso es que firmé el divorcio, cediendo tu custodia porque… Si bien intenté hablarte buscándote en la escuela o en los parques, ella sólo lo puso peor, poniéndome una orden de alejamiento con la amenaza de que te haría daño sólo para castigarme. No te abandoné porque quise, Bill, me arrancaron de tu lado —confesó Tom todo lo que había guardado por años, con lágrimas en los ojos, y sintiendo que el pecho le ardía por lo que pasó, y aunque la herida pareciera cerrada, seguía abierta.
Bill miró a Tom y comprendió todo, que no era el padre cobarde que lo dejó, sino que fue la víctima original, el único que compartía el mismo infierno que lo había orillado la misma mujer, haciendo que Bill sintiera una empatía nunca antes sentida, para tomar a Tom por el rostro, haciendo que lo viera.
—Entonces estamos cortados con la misma tijera, papá —susurró Bill, secando las lágrimas de su padre con sus pulgares—. Ella te violó para tener un hijo, y a mí me torturó para retenerlo. Nos destrozó a ambos con la misma obsesión —sentenció—. Ya no hay deudas entre nosotros, Tom… Ya no te castigo, porque Margaret quería corregirnos y nos trajo hasta aquí —acotó y Tom fue consciente de que era cierto, ya no era un verdugo y su víctima, por lo que Tom lo tomó la cintura, uniendo sus bocas con urgencia salvaje, con la rabia acumulada de años haciendo que eclosionara en sus pechos en un deseo que parecía quemar la casa entera.
Aquella noche era la victoria definitiva contra Margaret, quién podía retorcerse en su tumba.
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Al término de las dos semanas, Sharon llegó a su casa, no pidiéndole a Bill que la recogiera, precisamente por su afán de no interrumpir la dinámica familiar que tendría con su padre. Así que la mujer ingresó a su casa con su maleta, y observó cómo es que estaba su esposo y su suegro en la cocina.
Bill tenía acorralado a Tom contra la encimera de mármol, el mayor estaba con una camiseta y pantalones de chándal, y Bill lo sujetaba con firmeza por la cintura, bloqueándole el paso con su cuerpo, mientras que le susurraba en el oído, en lo que Tom no intentaba apartarlo, apoyando su mano en el hombro del menor, y sintiendo la respiración acelerada por el contacto. En sí era una muestra descarada de un grado de intimidad entre ambos, algo que mostraba una evidente tensión sexual y magnetismo oscuro, sin embargo, para Sharon, aquello era bendición.
—¡Ya llegué! —anunció la mujer con voz cantarina.
Bill no retrocedió de inmediato, deslizó su mano por la cadera de Tom hacia abajo, y con movimiento descarado y rido, le dio una sonora palmada en el trasero, liberándolo con una sonrisa traviesa, y Tom sintió cómo el calor se iba agolpando en sus pantalones, sólo que mantuvo la compostura por su nuera, girándose para verla y sonreírle.
—¡Mi amor! Qué bueno que regresaste, no sabes cuánto te extrañamos —habló Bill hasta llegar a su esposa, rodeándola con la cintura para besarla en la mejilla.
—Yo también a ustedes —dijo Sharon con una sonrisa—. Pero veo que no se aburrieron. Me da gusto que estén como dos adolescentes jugando pesado en la cocina —acotó feliz, y Bill la soltó con cuidado para acercarse a su padre y entrelazar sus dedos.
—Te lo dije, Sharon. Papá y yo sólo necesitábamos tiempo a solas para entendernos. Resulta que tenemos muchos gustos en común, y jugamos rudo, así recuperamos los catorce años perdidos —soltó Bill mientras que Tom asentía, a sabiendas de qué tan “rudo” jugaban, por todas las marcas de chupones que tenía en su cuerpo, y que él mismo no podía dejarle a Bill porque sería evidente para Sharon.
—Es verdad, Sharon. Bill tiene mucha fuerza, y me ha demostrado que es capaz de mantener el control de esta casa y de mí. Estoy muy agradecido contigo por haberme buscado —masculló Tom sonriéndole a la mujer.
—¡No me agradezcas, Tom! Esto es lo que habría querido Margaret en el fondo, verlos unidos —musitó Sharon para soltar un suspiro—. Me alegra mucho que se lleven así de bien, me daba temor que se sintieran incómodos, pero veo que los hombres de la montaña demuestran el afecto de otra manera. Sigan en lo suyo, iré a desempacar —agregó para irse, dejándolos solos.
Bill, aún sin soltar la mano de Tom, lo atrajo hacia su cuerpo, y vio sus labios con ganas.
—¿Viste eso, papá? Ella está feliz porque cree que somos la familia perfecta —musitó contra su boca, con ganas de besarlo, y Tom rodeó la cintura de su hijo con su mano libre, cerrando los ojos con una sonrisa retorcida de puro gozo, había sentido el peligro a ser descubiertos como algo que lo llenaba de morbo.
—Somos perfectos, Bill. Ella nos cuidará y nos quedaremos aquí para siempre —mencionó Tom para luego compartir un beso corto antes de separarse.
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La forma en que Tom se mantuvo con ellos había sido porque ambos pensaron bien lo que harían a continuación para no separarse. La excusa perfecta fue decir que Tom tuvo una lesión en su última expedición, y que los resultados del médico se lo confirmaron, por lo que tendría que tener una “jubilación anticipada”.
Sharon había notado el cambio en Bill, cómo había pasado de ser apático a moverse con mayor seguridad, incluso cuando la besó con firmeza en los labios durante el desayuno la ponía un tanto nerviosa.
—Estás muy cambiado, mi cielo —susurró Sharon sonrojada—. Desde que volví te siento más… Maduro, incluso anoche en la cama parecías otra persona —confesó con vergüenza.
Bill sonrió a su esposa. —Te lo dije, mi amor, tener a papá aquí me hizo abrir los ojos y aprendí que tengo que tomar el control de mi vida —acotó.
Tom ingresó a la cocina, viendo a la pareja mientras que se servía una taza de café.
—¿Cómo sigues, Tom? —preguntó Sharon viendo a su suegro.
—Es oficial lo de mi retiro —comentó Tom—. La rotura de meniscos en la última misión es definitiva, mi rodilla no resistirá la presión de alta montaña nunca más —soltó apagado, aunque era una mentira ensayada.
—Lamento mucho oír eso, Tom, sé que ese trabajo significaba mucho para ti —musitó Sharon empatizando con el mayor.
—Lo significa todo —cedió Bill—. Pero toca obedecer al médico y que papá se retire, sin embargo, de hecho, hablamos de eso con papá, Sharon, y le dije que no tenía sentido que se regrese para hacer su rehabilitación solo. Le pedí que venda sus contratos y se quede a vivir con nosotros aquí.
Sharon miró a su esposo y luego a Tom, y les sonrió. —¡Por supuesto que sí! Esta casa es enorme. Gano suficiente dinero con la firma para mantenernos a todos holgadamente. Tú concéntrate en tu terapia física aquí en el gimnasio del sótano, Bill puede ayudarte con los ejercicios pesado, y yo costearé todo.
—Me encargaré personalmente de su rehabilitación, mi amor —dijo Bill, mirando a Tom con ojos febriles—. Voy a asegurarme de que papá haga exactamente todo lo que yo le ordene, no dejaré que se esfuerce de más.
—Eres tan buen hijo, Bill —musitó Sharon para tomar su abrigo—. Me voy a la oficina sumamente feliz. Los amo a los dos, qué bueno que esta familia por fin se arregló.
Sharon se fue de la casa tarareando una canción, y cuando la puerta principal se cerró, es que Bill jaló a Tom para que se sentara sobre su regazo, amasándole el trasero mientras le mordía el labio inferior con ganas.
—¿Escuchaste eso, papá? Sharon te va a pagar la rehabilitación, y yo voy me voy a encargar que pases mucho tiempo de rodillas —farfulló Bill contra sus labios, a lo que Tom rió, para besarse, disfrutándose al entregarse al placer de su mentira perfecta…
Sharon sería el escudo de oro que financiaría su paraíso secreto secreto.
F I N
Si te gustó, déjame un comentario con tu opinión, ya con este son, ¿siete días? Escritos del Incestember de este año, y no saben lo horrible y doloroso que es escribir con tendinitis, y aún así, sólo tener lecturas que aumentan si ni siquiera un gracias. En fin.
