
One-Shot de Kasomicu
«Colores en el viento»
Powhatan se sentía frustrado por lo que le había dicho su padre, el jefe Koda, aún lo recordaba con amargura.
—Hijo, pronto tendrás que tomar mi lugar como jefe de la tribu porque iré con los ancestros —comentó Koda, mirándolo con seriedad.
—Entiendo, padre —dijo Powhatan, asintiendo frente a lo que decía su progenitor, porque realmente lo entendía, sabía que su padre era mayor, y no podría seguir tomando las decisiones importantes, y en realidad se había preparado para ello, ya que lo instruyeron desde pequeño para algún día cumplir con esa labor.
—Pero para eso tienes que tener una pareja, hijo —farfulló Koda. Powhatan frunció el ceño.
—Padre, sabes que estoy con Kocoum —acotó Powhatan, ya que sí, si bien no era lo ideal, el joven se había enamorado de uno de los miembros de su tribu, que era su contemporáneo y con quien jugaban desde niños, hasta pasar de la amistad al amor, no era algo que era mal visto en su tribu, entonces no entendía el por qué su padre le decía eso.
—No, hijo. Puedes seguir con él. Pero debes tener una pareja real, una con la cual puedas procrear y darme un heredero, uno que pueda suplirte en un futuro —refutó Koda con determinación.
“Procrear”… Básicamente se reducía a que su relación con Kocoum no tenía la suficiente validez para ser una relación real porque no podían tener hijos.
—Pero, padre, yo lo amo. No podría estar con una mujer, sería engañarlo —espetó Powhatan.
—Powhatan, es tu deber. Si Kocoum te ama lo entenderá, porque nunca podrá ser algo real al no poder tener hijos entre ustedes —arguyó su padre—. Ya está decidido, pronto vendrá una muchacha que podrá ser tu mujer.
Ni siquiera le había dado alguna opción para que él pudiera decidirlo, simplemente se lo había impuesto. Y ahora por ello se había alejado para pensar, en realidad se lamentaba, porque sentía que no interesaba el amor que sintiera por su pareja, sólo era una labor que cumplir.
—Powha. ¿Qué pasó, mi luz? —preguntó Kocoum, acercándose al heredero.
—¿Cómo me encontraste? —cuestionó Powhatan, viéndolo confundido.
—Me imaginaba que estabas aquí. Ya me dijo el Jefe Koda la situación —mencionó su pareja, sentándose a su costado.
Powhatan sujetó la mano del otro hombre, viéndole con anhelo.
—No puedo perderte, Viento de Primavera —masculló Powhatan, tomándole la mejilla, apoyaron sus frentes juntas.
—No lo harás, mi luz. Yo jamás te dejaré, sólo aprenderé a compartirte —consoló Kocoum.
Para Powhatan no era tan fácil como eso, si bien en su tribu podrían dejarse llevar por los placeres carnales, una vez que encontraban a su “alma gemela”, sólo podían tener intimidad con esta, porque ya no era simplemente tener sexo, sino compartirse en cuerpo y alma, y eso lo sabían ambos, sabían lo que implicaba el “compartir”, que básicamente su unión fuera manchada y perdiera el valor que realmente tenía. Así que las palabras de Kocoum quería decir que era capaz de sacrificar todo lo que tenían, haciendo que frente al resto sólo simbolizase como una aventura y no un amor que era sagrado para ellos, los cuales se habían unido frente al fuego de los ancestro, jurándose amor eterno con los árboles que hablaban.
Powhatan no podía casarse con alguien más cuando ya estaba casado con Kocoum.
—Sabes que no es así, Viento de primavera —acotó Powhatan, viéndole dolido por saber lo que era capaz de hacer Kocoum por el amor que se tenían.
—Lo sé, pero si es la única forma de estar a tu lado. No me importa lo demás, mi luz —masculló Kocoum.
Ambos cerraron los ojos, en silencio, sintiendo el peso de ese instante. Cuando de pronto escucharon un ruido, como de un tigre, junto con gritos de unas personas.
Ambos se pusieron en posiciones de combate, y fueron en dirección a dónde venía. Tal vez alguien se había separado y necesitaba ayuda.
Observaron cómo el tigre estaba comiéndose a una persona, pero no era de su tribu, por la vestimenta.
Powhatan le mostró la lanza al tigre, consiguiendo que este le gruñera y luego se fuera.
Detrás del hombre que estaba a medio comer, y muerto evidentemente, estaba un pequeño bote, donde estaba una mujer, la cual estaba hecha bolita, temblando, desangrándose, porque el animal la había herido gravemente con sus garras.
—Por favor… —pidió la mujer, moviéndose para ver a los hombres que estaban en la orilla, extendiéndoles un bulto—. Cuiden a Tom —dijo la castaña, los nativos no la entendieron, pero de igual forma agarraron el bulto, que al tenerlo en brazos se dieron cuenta que era un bebé con lágrimas en los ojos.
La mujer se desmayó, muriendo desangrada.
—Tom —repitió Powhatan con el bebé en brazos, lo único que alcanzó a entender, Kocoum observó al pequeño, no tenía los rasgos de los de la tribu, era blanco, con una pequeña nariz respingada, unos ojos hermosos color miel y cabellos rubios.
—Ave dorada —mencionó Kocoum, acariciándole el pequeño rostro, tenía las manos posicionadas sobre su pecho, por lo que se asemejaba a una paloma levantando vuelo.
—Es terrible lo que hizo el tigre con esta pareja —comentó Powhatan—. Pero Tom Ave Dorada puede ser nuestro hijo, el heredero que necesita mi padre. ¿Aceptarías criar este hijo junto a mí, Viento de primavera? —cuestionó el hombre mirando a su pareja.
—Por supuesto que sí, mi luz. Le haremos una ceremonia a los cuerpos de sus padres, pero sería un honor tener un hijo a tu lado —respondió Kocoum.
Volvieron a la tribu, presentándole a Koda a su hijo.
—Con esto no puedes pedirme más, padre —sentenció Powhatan, mostrando al pequeño varón que tenía en brazos.
Koda observó al bebé con dudas en la expresión, pero terminó por aceptar. Disolviendo la promesa de matrimonio que había hecho con la muchacha que vendría pronto.
Powhatan con ayuda de Kocoum y algunos nativos le hicieron una ceremonia para despedir las almas de los padres de Tom.
Y uno de los sabios, encontró entre las cosas de los extranjeros, unos objetos con símbolos, que con el paso de los años entendieron que era una forma de comunicación, por lo que aprendieron ese idioma, sólo para poder tener la oportunidad de comunicarse con otras personas en caso arribasen nuevamente a sus tierras.
Tom fue creciendo, aprendiendo los dos idiomas, tanto el español como el idioma algonquino. Se fue convirtiendo en un joven atractivo, al cual le hablaron de sus orígenes, lo poco que sabían, que sus padres murieron, y que era el príncipe sucesor cuando Powhatan ya tuviera que dejar su puesto.
Tom no tenía recuerdo de sus padres biológicos, por lo que para él simplemente Powhatan y Kocoum eran sus verdaderos padres, los cuales siempre habían respetado su individualidad, incluso cuando él decidió dejarse rastas en el cabello, en vez de tenerlo lacio como el resto en la tribu.
—Ave dorada, tienes que ir pensando en tener una pareja. Porque ya tienes diecisiete años, y sabes que pronto será imperioso que realmente estés establecido para ser el próximo jefe —musitó Powhatan, observando al de rastas, el cual frunció el ceño.
—Pero… No me gusta nadie, padre. Tú me contaste todo lo que sentiste por mi otro padre cuando lo conociste, y yo no he sentido eso con nadie —masculló Tom, sintiéndose algo derrotado porque si bien era un muchacho atractivo, y había recibido coqueteos de mujeres, e incluso hombres, ninguno había hecho que su vientre se removiera o sintiera una conexión inmediata como la que había sentido su padre Powhatan con su padre Kocoum.
—Lo entiendo, hijo, de verdad que sí. La verdad es que me siento como tu abuelo cuando me quería forzar… Pero aún te queda un año para pensarlo, ¿está bien? —comentó Powhatan, viéndole con cariño y Tom asintió.
—¿Puedo retirarme, padre? —cuestionó Tom.
—Sí, hijo, sólo no te alejes mucho —pidió Powhatan, y Tom asintió para luego irse.
Su mapache de mascota llamado Miko subió a su hombro, haciéndolo sonreír.
—Pareces un loro, Miko —masculló Tom al animal, el cual lo miró con curiosidad, sin entender lo que decía evidentemente.
Sabía que no debía alejarse mucho, pero le causaba mucha curiosidad el mar, por lo que terminó acercándose a este, observando un barco que estaba por llegar. Frunció el ceño y se ocultó detrás de un árbol, viendo cómo soltaban el ancla, conocía esos términos por los libros que encontraron de sus padres.
¿Tendría que avisarle a su padre? Sabían que más allá del horizonte habían otras personas, pero fuera de sus padres, nadie más había llegado donde ellos. Entonces toda esa situación lo tensaba, pero al mismo tiempo se sentía muy curioso por ver cómo serían los extranjeros. ¿Serían como él? Porque así el resto no se lo dijera era consciente que era distinto a los otros miembros de la tribu, sólo que algo que le había repetido su padre, era que no importaba el color de su piel, porque todos eran iguales por dentro, y poseían un alma, por lo que era su hijo incluso si no tenían la misma sangre corriendo por sus venas.
Vio cómo bajaban personas de la embarcación, siendo el primero en bajar un hombre alto, de cabellos rubios, barba pulida y unos ojos almendrados que le dejaron sin aliento. Sintió cómo su corazón latió acelerado, y unas mariposas se instalaron en su vientre, por lo que su padre se le vino inmediatamente a la mente, cuando éste le había contado de lo que sintió por su otro padre. ¿Sería acaso…? Pero si no conocía a este extranjero, no podía evitar tanta curiosidad.
—¿Qué haces aquí, Tom? —preguntó Nashua, uno de los miembros de su tribu, uno que precisamente gustaba de Tom, pero el de rastas no le correspondía.
—Nada —mintió Tom.
Nashua siguió la dirección de dónde veía el de rastas, hasta sorprenderse por los extranjeros.
—¡Son hostiles! —exclamó Nashua, para luego correr hacia la tribu.
Tom chasqueó la lengua, sintiéndose frustrado. Ni siquiera los conocía, ¿por qué pensaba así de ellos? Él mismo no era originariamente de allí.
Se giró a volver a verlos, fijándose que seguía bajando más gente, incluido un hombre con un animal en brazos.
—Capitán Kaulitz, inspeccione el lugar, si hay salvajes, daremos la orden para matarlos, este sitio parece que podría tener muchas cosas de valor para nosotros, incluyendo oro —soltó el hombre.
—Está bien, señor —cedió el rubio, no serían los primeros indios que matase, en sus treinta cinco años ya había conocido varios nuevos mundos antes.
Tom empalideció, entonces sí querían hacerles daño. Observó cómo el rubio, que ahora entendía se llamaba capitán Kaulitz, empezó a entrar al bosque, por lo que se ocultó lo mejor que pudo, sin embargo, Miko fue en dirección del extranjero. El de rastas cerró los ojos, sintiéndose frustrado por su mascota traviesa.
—Hola, pequeño —saludó el capitán al mapache, acariciando su cabeza—. ¿Tienes un poco de hambre? Aquí tengo unas galletas —ofreció, sacando un bocadillo de su bolsillo, el cual el animal se lo metió a manos llenas a la boca, teniendo las mejillas regordetas mientras comía, haciéndole sonreír al rubio.
Tom se sorprendía cómo es que trataba con tanto cuidado a su mascota, principalmente luego de la interacción que le vio tener con el otro hombre.
Lo vio avanzar, y siguió sus pasos, observándolo a lo lejos.
—Tantas tierras por conquistar… Se ve que es un buen sitio —exclamó el capitán Kaulitz, fijándose que había una cascada cerca, se acercó, observando el agua pristina, realmente era un bonito lugar, hasta que se fijó que en el reflejo del agua no solamente estaba su rostro sino alguien detrás, es decir, lo estaban siguiendo.
Se metió en la cueva que estaba debajo de la cascada, sujetando su arma, dispuesto a atacar al indio que lo estaba siguiendo, hasta que se paralizó no pudiendo disparar, era un muchacho sí, uno con taparrabos, el cabello largo en rastas, y una expresión insegura, pero era el chico más lindo que había visto en toda su vida, si bien tenía la piel tostada, por sus facciones podía saber que no era de allí, sin embargo, por su vestimenta, podría decir que de todas formas tampoco era como él.
—¿Hola? —saludó el capitán, bajando su arma. No podía dispararle, vio cómo el de rastas retrocedió unos pasos y se mordió el labio inferior.—No me entiendes nada, ¿cierto?
—Sí —dijo Tom, luciendo un poco inseguro, recordando la charla que había tenido el rubio con el otro hombre, si bien se había estremecido sólo con verlo, no consideraba que fuera lo mejor que estuvieran interactuando.
—Oh, vaya, no me esperaba eso. Mi nombre es William Kaulitz, pero puedes llamarme Bill, ¿cuál es el tuyo? —inquirió Bill, realmente sorprendido porque el joven pudiera hablar en su idioma, se acercó, buscando no ser muy invasivo, cuando se dio cuenta que el mapache de antes se enredaba entre sus piernas y rió.—Oh, es amigo tuyo.
—Soy Tom —respondió el de rastas—. Y él es Miko —acotó.
—Tom… No es un nombre usual para un indio, ¿verdad? —preguntó Bill.
—Mis padres mantuvieron el nombre que me fue puesto al nacer. Ellos eran de otras tierras, sin embargo, mis padres son de aquí, de la aldea —contó Tom, sintiéndose aún más nervioso por la cercanía del rubio.
—¿Y cómo es que hablas mi idioma? —cuestionó Bill.
—Me enseñaron este idioma, y también el de mi tierra. Con los libros que dejaron mis verdaderos padres —relató Tom.
—Quién lo diría… No son salvajes después de todo —soltó en voz alta Bill, Tom frunció el ceño.
—¿Salvajes? —inquirió Tom, notoriamente fastidiado, y empezó a alejarse.
—¡Espera, no te vayas! Es que nunca conocí a alguien como tú…
—No soy salvaje simplemente por ser diferente a ti —respondió Tom, deteniendo sus movimientos.
—Yo… Es sólo una palabra, ¿entiendes? Simplemente son diferentes a nosotros como tú dices, y bueno, podemos enseñarles más cosas, a construir de formas distintas sus casas, a tener más acceso a educación, a talar los árboles para explotar sus propiedades —explicó Bill con simpleza.
—¿Talar árboles? ¿Te refieres a cortarlos? ¿De ese modo cómo sabrías hasta dónde pueden llegar a crecer? No… —refutó Tom—. La tierra… No es sólo el lugar donde pisamos, la tierra tiene vida, cada ser que existe tiene un valor. ¿Acaso eso no lo sabe tu gente? Los peces, las aves, cada animal constituye parte de un todo. No destruimos para construir, coexistimos en el mismo espacio —acotó con más sabiduría de la que podría tener alguien de su edad—. Si te quedas en silencio… Puedes escuchar más allá de ti mismo, darte cuenta que hay vida en todo el lugar, desde el viento… Hasta las hojas de los árboles… ¿Acaso te has tomado la molestia de escuchar aullar al lobo a la luna azul? ¿O visto qué es lo ocultan las pisadas de un animal? ¿Si tal vez ese oso que quieres cazar en realidad es madre de cachorros? No… Porque sólo piensas en conquistar. Y eso limita tu mente, tu pensamiento, cuando dejas de pensar tanto en ti, puedes cerrar los ojos y dejarte llevar al ritmo del viento, el cual posee colores una vez que lo miras bajo el prisma adecuado —terminó por decir, y Bill se quedó realmente sorprendido.
—¿Qué edad tienes? —cuestionó Bill, dándose cuenta que ese joven no simplemente era asombroso por su belleza, sino también por el vasto conocimiento que poseía.
—Diecisiete primaveras —respondió Tom.
Ni siquiera era un adulto en toda regla, le llevaba casi veinte años al muchacho, sin embargo, aún así, Tom sabía más de lo que él en casi cuatro décadas habría podido saber.
—Enséñame —pidió Bill.
—¿Qué cosa? —preguntó Tom, confundido.
—El aprender a escuchar —aclaró Bill.
Tom asintió, mordiéndose el labio para luego jalarlo por la mano, a sabiendas de dónde lo llevaría.
Bill sintió la cálida mano del menor, dejándose guiar, el de rastas no tenía armas, sin embargo, el rubio no tenía miedo, de algún modo sentía que Tom era alguien de fiar.
Después de recorrer un largo tramo, llegaron a una parte del bosque donde había un viejo sauce, bajo el que se sentó Tom, palmeándole a su costado para que hiciera lo mismo, Bill lo imitó.
—¿Qué hacemos aquí? —inquirió Bill, confundido.
Tom le sonrió. —Te enseñaré a escuchar.
Bill lo miró extrañado, fijándose alrededor, de todas formas por su costumbre de militar, sin embargo, retrocedió asustado cuando le pareció ver un rostro en el árbol.
—¿Qué demonios? —soltó asustado Bill.
—¿Qué ves? —preguntó Tom, sonriéndole.
—Eh… Nada —masculló Bill, sobándose los ojos, sintiendo que su vista le había fallado, hasta que oyó cómo reía el árbol, mostrando el rostro de una anciana—. Mierda.
—Lenguaje, jovencito —soltó el árbol—. ¿William Kaulitz, cierto?
—¿Un árbol realmente me está hablando? —preguntó Bill, sintiendo que había consumido opio.
—Sí —dijo Tom—. Respóndele a la abuela Sauce.
—Yo… Sí, soy Bill —farfulló el rubio, viendo sorprendido cómo es que el árbol le hablaba como si nada.
—Puedo ver en ti… Que hay mucho que no demuestras, eres un buen hombre, Bill. Tal vez lo que destino escribió para ti, querido Tom —musitó el árbol.
Tom se sonrojó y miró a un costado. Bill sonrió al árbol.
—Bueno, ciertamente no me molestaría estar en el destino de este chico tan lindo —confesó Bill, porque era cierto, era hombre, estaba hecho de carne y hueso y no era indiferente, podía apreciar la belleza del muchacho, tanto en su rostro y cuerpo que tenía al descubierto.
—Cuidado, muchacho. Soy un árbol sagrado, si sigues así frente a mí podrías formalizar tu unión, y quizá sea muy pronto para ello, ¿no, Tom? —preguntó el árbol.
Tom se sonrojó y asintió.
—¿Ustedes tienen oro? —inquirió Bill, sacando una moneda de su bolsillo.
Tom frunció el ceño.
—No tenemos nada que se le parezca.
—Vaya, entonces… Supongo que lo mejor de mi viaje fue conocerte, aunque igualmente lo sería incluso si hubiera oro —dijo Bill.
Tom se sintió nervioso por lo que decía.
—También me gustó conocerte —musitó en voz baja.
—Ay los tortolitos —chanceó el Sauce.
—Bueno, tengo que irme. O me terminarán buscando —exclamó Bill, levantándose del piso, extendiéndole la mano a Tom para ayudarlo a pararse, él accedió y cuando estuvo de pie lo jaló contra sí—. ¿Podré verte en otra ocasión? —interrogó con su aliento rozándole el rostro, consiguiendo que la piel de Tom se erizara por la cercanía y su corazón latiera a mil por hora.
—No deberíamos… —soltó Tom, relamiéndose los labios, sin querer mirando la boca del contrario.
—No sé si pueda resistirme a no volverte a ver —acotó Bill.
Tom acortó la distancia, dándole un beso corto en los labios, sintiéndolos suaves contra su boca, para luego verlo perderse entre los árboles.
—¿Te dejó sin aliento, eh? —preguntó el árbol.
Bill se tocó la boca, con una sonrisa, asintiendo frente al árbol. No podía creer que básicamente un adolescente le estuviera moviendo por completo el piso. No es que Bill no hubiera estado con personas antes, si bien no se había establecido, ya había estado sexualmente con mujeres, y hombres, aunque esto último más de forma oculta porque no era aceptado socialmente, sin embargo, el de rastas… Le hacía sentir algo que nunca antes había antes había identificado en su interior, removiendo cada hebra de su ser, haciéndolo sentir vivo de una manera distinta, mostrándole la vida bajo otro enfoque.
Bill regresó donde estaba la embarcación, fijándose que estaban casi terminando de construir un fuerte.
—Creo que es en vano lo que estamos haciendo —sentenció Bill, mirando al resto.
—¿Qué pasó, Kaulitz? —preguntó uno de los hombres.
—No tienen oro. Por lo que está demás que estemos aquí —comentó el rubio.
—Eso lo dices porque no estuviste hace un rato. Vinieron unos indios y nos atacaron, casi matan al pequeño Georg, pero le dimos a uno de sus hombres —comentó Gustav.
Bill miró a Georg, el joven castaño de ojos verdes que lucía temeroso.
—¿Estás bien? —cuestionó Bill, posando su mano en su hombro, recordando cómo lo salvó de morir ahogado durante la turbulencia en el barco.
—Sí… Casi me cae una flecha, pero, estoy bien —soltó Georg y Bill asintió.
—En realidad sólo están defendiendo su tierra, ¿lo entiendes? —inquirió Bill.
—¿Cómo lo sabe, capitán? —interrogó Lambert, saliendo de su tienda de campaña, con expresión de fastidio.
—Hablé con uno de ellos. Incluso se comunican en nuestro idioma —farfulló Bill, con determinación.
—Oh, qué tierno que los consideres personas que puedan razonar —soltó burlesco Lambert. Bill frunció el ceño en señal de enojo—. Simplemente son salvajes y ya.
Bill se sentía frustrado, porque era como si realmente no estuviera en su poder el hacer algo, y no quería que le pasara nada a Tom, él mismo admitía que había matado antes a nativos, pero… Ahora era distinto, se daba cuenta que en realidad así no fueran como ellos, seguían siendo personas, lo cual él mismo no había discernido antes, viéndoles en menos porque tenían un distinto color de piel y no hablaban su lengua.
&
Kavya vio a Tom y se acercó a él.
—¿Dónde estabas, Tom? —preguntó su mejor amiga, con un deje de preocupación.
Tom se sonrojó y boqueó sin saber qué responder.
—Pasaron muchas cosas en tu ausencia —masculló Kavya, mirando al suelo—. Nashua vino a advertirnos de los extraños. El Jefe Powhatan dio orden de que los vigilaran, y cuando lo hicieron, los pieles pálidas sacaron unos instrumentos que soltaban fuego, e hirieron a Kato.
Tom sintió su pecho apretarse. Kato era amigo suyo.
—¿Él está bien? —cuestionó Tom.
—El curandero lo está viendo ahora. Pero, por favor, ya no te alejes, estos pieles pálidas no son de fiar, podrían hacerte daño —pidió Kavya.
Tom miró a un costado. —No todos.
La morena frunció el ceño, mirándolo interrogante.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso, Tom? —inquirió Kavya.
—Conocí uno… Se llama Bill, y él estuvo dispuesto a aprender —farfulló Tom con las mejillas rojizas.
—Oh, no, Tom —musitó Kavya con la expresión preocupada.
—¡Te juro por los ancestros que es bueno! ¡Incluso abuela Sauce lo aprobó! —expuso Tom.
—¿Lo llevaste donde Abuela Sauce? ¿Pero qué estás pensando, Tom? ¿O es que acaso…? —La nativa se tapó la boca.
—¿Qué?
—¿Hiciste conexión con el piel pálida? —preguntó Kavya, mirando a los costados, para luego mirarlo con miedo en su expresión.—Yo sabía que aún no habías hecho conexión con nadie, pero… ¿En serio tenías que hacerlo con alguien así?
Fue el turno de Tom de mirar al piso, él no mandaba en lo que sentía su corazón. Aquel beso casto que habían compartido hizo que todo su sistema colapsara, las mariposas en su interior aleteaban, sus labios eran suaves y le sabían a todo lo correcto… Como si hubiera nacido para besarlos, si bien había sido un beso corto, había hecho que sintiera estrellas bajo sus ojos y su corazón latir desbocado, todo lo que su padre Powhatan le contó que sintió cuando besó a su padre Kocoum.
—Uno no elige de quién enamorarse —refutó Tom.
—Pero no es como nosotros, Tom —espetó Kavya.
—Yo tampoco soy como ustedes, y aún así me aceptaron como uno de la tribu —arguyó Tom, por lo que vio la expresión de disculpa que puso su mejor amiga. Pero realmente le había dolido lo que dijo Kavya, por lo que se retiró.
Bill no había sido el que había atacado a Kato, porque estaba con él todo el tiempo. Suspiró, tal vez si llegaban a un acuerdo podrían evitar más derramamiento de sangre.
Nashua lo interceptó cuando estaba por llegar a su hogar, tomándolo por el brazo.
—Tom, no debes estar vigilando a esos pieles pálidas. Son peligrosos —acotó Nashua—. No te alejes de la aldea —ordenó.
Tom frunció el ceño. —Agradezco tu preocupación, Nashua, pero yo puedo tomar mis propias decisiones —soltó el de rastas, alejándose de su tacto, y entrando a su casa.
Nashua suspiró. Tom era testarudo.
—Hijo, qué bueno que estés bien —mencionó Kocoum, sonriéndole—. Han pasado cosas duras en la aldea, por lo que tu padre está pidiendo refuerzos de las otras tribus.
Tom se mordió el labio, asintiendo, sintiéndose tan nervioso porque no podía decirle a sus padres que en realidad no todos los extranjeros eran hostiles, y que podrían llegar a un entendimiento.
…
Al día siguiente, Kavya estaba recolectando maíz junto con Tom, el cual guardaba silencio.
—¿En serio no me vas a hablar, Tom? Por favor… —pidió la morena—. Lo lamento, ¿está bien? Entiendo que uno de ellos sea especial para ti, pero ten mucho cuidado —avisó Kavya.
Tom la miró. —Es que no lo conoces, él no es así —defendió el de rastas, y luego se le cayó la canasta donde recolectaba porque vio aparecer al rubio entre los matorrales, una sonrisa se formó en sus labios, una que Bill le correspondió, corriendo en dirección al más joven para acariciar su rostro con sus manos.
—No pude resistir el venir a verte —masculló Bill.
Kavya miraba sorprendida la escena. Tom recordó que no estaban solos y se giró en su dirección.
—Kavya, por favor, no digas nada, ¿ok? Yo volveré pronto —pidió Tom y luego volvió a ver a Bill—. Tenemos que ir a otro lado, porque mi tribu no está muy contenta con los tuyos —acotó, para jalar de la mano al rubio y perderse entre los matorrales.
Cuando se alejaron lo suficiente de la tribu, es que Bill lo besó, esta vez él tomando la iniciativa, con dominancia y experiencia que le otorgaba la edad, entreabriendo sus labios con su lengua, para luego fundirla con la suya en una danza que hacía que Tom sintiera como si una corriente eléctrica lo atravesara de forma placentera, entrecruzó sus brazos en su nuca, entregándose a ese gesto, sintiendo las manos del mayor apretándolo contra su cuerpo, acariciando sus caderas, haciéndolo suspirar de gusto. Se separaron por aire y se vieron entre sí.
—Tenemos que hacer algo —masculló Tom.
—Lo sé, intenté hablar con mi tripulación, pero parece que hubo una confrontación —acotó Bill—. No puedo alejarme de ti, Tom.
—Lo sé… Yo tampoco. Pero ustedes tienen… Como instrumentos que hacen daño con fuego en su interior —mencionó Tom.
—Oh, las escopetas… —soltó Bill.
—No lo sé, pero están hechas para lastimar. Mi amigo Kato resultó herido por ello, Bill —farfulló el de rastas.
—Lo sé… Yo no quiero que te hagan daño —musitó Bill, subiendo sus manos a su rostro nuevamente, mirándolo con fervor, no podía resistir el saber que perdería a Tom.
—¿Tal vez si hablas con mi padre? Él es el jefe de mi tribu, podríamos hablar con los de tu tribu, y llegar a un acuerdo —farfulló Tom.
—No es tan fácil, el estúpido del gobernador quiere sí o sí oro y no atiende a razones —contó Bill, con una expresión de fastidio pensando en Adam Lambert y lo insufrible que era.
—¿Y el resto sólo lo escucha a él? —preguntó Tom, con curiosidad.
Bill se lo pensó un momento. Realmente el resto sentía admiración por él, sin embargo, quien ofrecía algún tipo de paga era el gobernador. Entonces no se sentía seguro de saber si el resto lo terminaría por obedecer.
—¿Y tú qué bando tomarás? —cuestionó Tom.
Bill le pasó el pulgar por el labio, admirándolo de cerca.
—Sólo quiero que no te pase nada…
—¿En algún momento te irás? —interrogó con miedo Tom, y Bill negó.
—No puedo irme. No sin ti, o te llevo conmigo o me quedo aquí, pero no podré dejarte —le aseguró al de rastas, el cual sintió cómo su corazón latía acelerado.
Bill no mentía, no podría dejarlo, no con la necesidad imperiosa de tenerlo cerca, después de todo lo que habían hablado era como si se conocieran desde antes, y su cercanía se había vuelto una urgencia casi como respirar.
—Yo sé que es pronto, pero también siento lo mismo —farfulló Tom, con un sonrojo en el rostro.
Bill no podía creer lo dulce que era aquel chico, con una inocencia que se podía hasta palpar. Se sentía tan absurdo por un lado, pensando que él había vivido batallas y guerras desde que era un chiquillo, incluso volviéndose frío y calculador, ya que había matado a tantos hombres, que había olvidado su propia humanidad, sin embargo, aquel muchacho había derretido esa imagen, haciéndolo volverse a sentir vivo y joven de nuevo, dándose cuenta que podía permitirse amar a alguien… Abrió los ojos sorprendido frente al pensamiento.
Nunca nadie lo había cautivado tanto como para sentir algo más que una atracción física, pero este joven salvaje, incluso sin saber mucho de él, se había metido debajo de su piel tan pronto lo vio.
¿Por qué? Bill no lo sabía pero no podía evitar sentirlo. Volvió a besarlo, esta vez con mayor profundidad, girando su rostro, encorvándose un poco por la diferencia de tamaño, mientras el menor se dejaba guiar, alzando sus manos nuevamente para enredarlas en su cabello corto.
Tom nunca había sentido esto, la forma en que su cuerpo estaba reaccionando, cómo se formaba una dureza en la zona sur, y él se presionaba más contra Bill, estimulándose sin querer, sintiendo cómo el miembro cubierto del rubio también se presionaba contra el suyo.
—Si seguimos así terminaré comiéndote —susurró Bill contra su oreja, para luego morderle el lóbulo, a lo que Tom soltó un sonido que le sorprendió al escuchar salir de su garganta: un gemido.
—¿Me comerás? —preguntó Tom, con ojos grandes asustados, pero si él confiaba en el mayor, ¿por qué tenía que comérselo?
Bill rió al notar el miedo en su mirada.
—Comerte es bueno… No en el sentido caníbal —aclaró Bill, relamiéndose los labios.
Tom tragó saliva, mirándolo curioso. Bill pasó su lengua por encima de los labios carnosos del de rastas, haciéndolo estremecer.
—Comerte es… Hacerte el amor —explicó Bill, con los ojos oscurecidos.
Tom parpadeó confundido, no entendiendo lo que había dicho.
—¿Hacer el amor? ¿Sientes amor por mí? —cuestionó Tom, tratando de entender.
Bill asintió. —Sí y quiero demostrártelo. ¿Me dejarías hacerlo? —inquirió el rubio, que ya comprendía que Tom era un poco más inocente de lo que creía, y más teniendo en cuenta por el problema de las frases que usaba y a las que el de rastas estaba acostumbrado.
—Yo también siento amor por ti —confesó Tom con las mejillas encendidas.
Bill percibió cómo un tirón en su entrepierna lo hacía sentir su boca seca y también cómo su corazón latía acelerado, aquello no era solamente por la excitación.
El rubio presionó al de rastas contra el árbol, volviendo a besarlo con renovada energía, Tom volvió a pasar sus manos por su nuca, arqueándose casi sin notarlo, en búsqueda de que sus cuerpos se rozaran más. Bill giró levemente el rostro, haciendo un movimiento con su lengua que hacía que la garganta del menor vibrara por el placer.
Bill comenzó a pasar sus manos por el cuerpo bien formado que tenía el menor, jugando con sus pulgares en sus pezones, viendo cómo se erectaban bajo su roce. Tom se mordió el labio inferior, observando a Bill, el cual tenía una expresión llena de algo que el de rastas no lograba identificar, pero, de haberlo averiguado sabría que era lujuria.
El rubio dejó de besarlo, para ahora posar sus labios en su cuello, dejando besos suaves que hacían que se escarapelase su piel.
Tom sentía cómo la respiración iba dificultándose, mientras sentía cómo todo su cuerpo ardía. Esto era… La conexión de almas de las que hablaba con sus padres, no sabía mucho de ello, sólo que era importante para cuando alguien decidía unir su vida a la de su alma gemela, entonces… Bill quería que estuvieran juntos para siempre, ese pensamiento hizo que se sintiera aún más emocionado y dispuesto a dejarse guiar por el rubio, que se notaba poseía mayor experiencia.
Tom gimió cuando la lengua de Bill delineó su cuello para luego bajar por su pecho hasta acunar entre sus labios su pezón, comenzando a chuparlo, mirándolo al hacerlo, haciendo que sintiera cómo su miembro pugnaba por salir de su taparrabos.
Bill le prestó la misma atención al otro pezón, para luego ir dejando besos por su vientre formado, hasta comenzar a desatar su taparrabos, dejando al descubierto su virilidad, luego se puso de pie, comenzando a desvestirse, mostrando que también tenía un cuerpo trabajado debajo de las ropas, Tom tragó saliva ansioso cuando vio la hombría del rubio, no sabía bien cómo es que funcionaba la fusión de almas, pero de algún modo sabía que estaba relacionado a sus miembros.
Bill se presionó contra Tom, respirándole en el cuello, mientras frotaba su erección contra la suya, haciendo que el menor se aferrase a sus hombros por agarrarse de algo, ya que el ramalazo de excitación hacía que sintiera sus piernas trémulas. La piel del pene de Bill latía contra el suyo y ambos sisearon por el contacto, el rubio sujetó a Tom por el cuello, acariciándolo con sus pulgares mientras volvía a besarlo, enseñándole a guiarse por el mismo ritmo que tenía, para luego sorprenderlo al chupar su lengua, haciéndole gemir.
Se separó de él, con un hilillo de saliva entre ambas bocas, para luego voltearlo de cara contra el árbol, a lo que Tom se confundió sin entender, pero no tuvo tiempo para reclamarle algo porque sintió la boca de Bill en su nuca, haciendo que sus vellos se erizasen, luego sintió cómo el mayor dejaba un camino de besos por su espalda, hasta que llegó a su trasero, hundiendo su nariz entre sus nalgas, a pesar de lo que uno pudiera pensar del nativo, en realidad estaba muy limpio, por lo que separó sus cachetes, dejándole una lamida en su fruncido agujero, por lo que el de rastas soltó un gemido poco digno, aferrándose contra el árbol.
—¡¿Qué haces?! —preguntó Tom al sentir cómo la lengua de Bill presionaba en su hendidura, luego de haberla chupado de una forma que hizo que su miembro botara preseminal sin siquiera tocárselo.
—Te estoy comiendo, Tomi —masculló Bill, para volver a su labor, la verdad es que no había hecho antes con un hombre, pero… Tom era especial, por eso quería probar todo de él, cada pliegue, cada recoveco del menor.
El de rastas cerraba los ojos, entregándose a ese placer nunca antes sentido, él no había tenido intimidad antes, ni con una mujer ni con un hombre, pero la forma en que Bill lo lamía, hacía que se estremeciera y empujaba su trasero contra su cara, sintió cómo las manos del rubio se aferraron a sus nalgas, apretándolas mientras seguía lamiendo, chupando la entrada del de rastas, le encantaba su almizcle, su aroma, y cómo latía contra su lengua, moría por meterse dentro, pero mientras lo penetraba con su lengua, podía sentir cómo iba dilatándose, abriéndose ante él, y eso hacía que su miembro latiera interesado, nunca antes había deseado tanto poseer a alguien como tenía las ganas de meterse dentro de Tom… Esta experiencia era algo no solamente físico, Bill estaba seguro de ello, porque lo probaba a conciencia, con gusto, con el afán de que su lengua pudiera grabar su sabor en ella, la forma en que lo apretaba, cómo los esfínteres de Tom se cernían sobre la lengua de Bill… Hacía que sintiera la excitación nacer desde su pecho.
Bill lamió como un hombre perdido en el desierto, que no hubiera tomado agua por semanas y el culo de Tom fuera su manantial.
Tom sentía que sus testículos se apretaban, como cuando soñaba cosas a temprana edad que terminaba con él mojando su cama con algo que no era orina.
—¡Bill! —pidió Tom, sin saber qué estaba pidiendo en sí, pero su cuerpo pedía más, no era suficiente su lengua, le gustaba sí, le encantaba, por todos los Dioses que era la sensación más placentera que había sentido hasta ahora, sin embargo, era como si su cuerpo exigiera algo más.
Bill sonrió contra su trasero, para levantarse.
—Creo que ya estás listo, mi Tomi —sentenció el rubio contra su oído, para luego jalarlo contra sí, girándolo entre sus brazos para luego besarlo, haciendo que se probara a sí mismo en su boca, y luego lo echó con cuidado en el césped, levantando sus piernas y ubicándose entre ellas.
—¿Listo para qué? —cuestionó el de rastas, con expresión confundida, y Bill con una sonrisa traviesa acercó sus dedos a su boca.
—Chúpalos —ordenó Bill.
Tom no entendía para qué le pedía eso, pero accedió, chupándole los dedos, viendo cómo el rubio se mordía los labios al imaginar que sus dedos eran su miembro siendo engullidos por esos labios hinchados y rojizos. Después de un rato, los sacó y dirigió hacia su trasero, metiéndoselos juntos, Tom dio un brinco, sorprendiéndose ante la intromisión, es decir… No era desagradable, pero tampoco se lo esperaba. Sintió cómo Bill curvaba sus dedos, haciéndole sentir cosas más intensas que cuando sólo era con su lengua, y después de hurgar en su interior, es que dio con un punto que hizo a Tom chillar, y a Bill sonreír con fruición, había encontrado la próstata de su muchacho. Bill siguió presionando ese punto, haciendo que Tom se relajara más y más, hasta que permitió que el rubio abriera sus dedos como tijeras en su interior.
El de rastas estaba perlado en sudor, con los ojos brillosos, y el cuerpo estremeciéndose cada vez más, su miembro daba botes, sintiéndose tan conectado a Bill, el cual seguía embebido con su imagen, grabándosela en su retina. El joven nativo era una imagen erótica que nadie podría arrebatársela.
Sacó sus dedos con cuidado, para ahora guiar su erección hacia la entrada de Tom, el cual fue como si su cuerpo supiera qué hacer, porque simplemente enredó sus piernas detrás de Bill, haciendo que el mayor se empujara dentro suyo…
Tom siseó por el dolor, porque los dedos no eran iguales de gruesos que el miembro del mayor, sin embargo, Bill bajó hacia su rostro, comenzando a llenarlo de besos que buscaban calmarlo, acariciándole las mejillas, para luego meterle la lengua en la boca, haciendo que fuera relajándose poco a poco, consiguiendo que su cuerpo soltara un poco más…
Ambos gimieron cuando Bill entró por completo, había un leve dolor, pero Tom entendía que ese era el dolor de amor del que hablaban sus padres. Tom puso sus manos en la nuca de Bill, viéndolo con ojos vidriosos, dándose cuenta que la expresión de Bill denotaba adoración.
Ahora eran uno solo, una misma persona, se habían fundido en un sólo ser.
Bill volvió a besarlo, pero ahora moviendo sus caderas para comenzar a embestirlo, sintiendo cómo Tom gemía en el beso, porque el rubio sabía cómo dar con su próstata, así que el de rastas lo jalaba más hacia él, y el mayor aumentaba el ritmo de las estocadas, sin dejar de besarlo,
Tom sentía cómo su interior latía, era consciente de cómo el miembro de Bill lo atravesaba, cómo puede sentir sus venas y todo su gran tamaño dentro suyo, y la forma en que lo hacía poner los ojos en blanco cuando seguía el ritmo en su interior, terminó por morderle la boca conforme seguía dándole estocadas, y sus dedos de los pies se apretaban, y el de rastas empujaba su trasero contra la pelvis del rubio, queriendo sentir más de él… Como si no fuera suficiente lo que tenía, como si quisiera absorberlo por completo. Dejaron de besarse simplemente para poder respirar, pero Tom ponía su rostro a un costado, mientras Bill le besaba el cuello, chupando un poco, haciendo que se arqueara más contra él. Estaba en otro mundo, realmente sentía que estaba con sus ancestros en ese momento. Tom se aferró con sus uñas a los hombros de Bill, gimiendo sonoramente mientras el mayor seguía dándole todo de sí mismo.
Bill sentía que esto era una experiencia religiosa, porque nunca antes se había sentido así de conectado a alguien, la forma en que entraba dentro de Tom… Las expresiones que ponía el de rastas… No podría hacerlo con nadie nunca más, porque ninguna de las personas con las había tenido sexo podía compararse con hacer el amor con Tom. La forma en sus ojos color chocolate lo veían, y cómo su interior lo apretaba, se iría a correr pronto, como si fuera su primera vez y él un adolescente, lo que hizo recordar que no había tocado la virilidad del de rastas, por lo que la sujetó, comenzando a acariciarla, siendo fácil la manipulación de su miembro por el preseminal que tenía encima, lo hizo de arriba abajo, sintiéndolo apretarlo más conforme lo hacía. Tuvo que morderse el labio porque era muy intenso todo.
Bill jugó con la punta y Tom se corrió, profusamente entre sus cuerpos, haciendo que el rubio se viniera en su interior, para luego salir con sumo cuidado del menor, viendo cómo su semen salía de su agujero, haciendo que sintiera nuevamente excitado por la imagen obscena que tenía ante él, sin embargo, se situó detrás suyo, abrazándolo, disfrutando del aroma que desprendían ambos y dejándole besos en la nuca.
—Debemos asearnos —acotó Tom, sonriendo frente a la sensación que le brindaba el orgasmo, y el cómo se sentía tan amado por Bill por las caricias y atenciones que le daba.
Bill aceptó de mala gana y se limpiaron en el río que tenían cerca suyo, para luego volverse a vestir.
—Te amo, Bill —sentenció el de rastas, tomándolo por el rostro, y Bill le sonrió.
—Yo también amo, Tom —correspondió para luego besarlo.
Georg se sentía mal por ver todo a lo lejos, incluso en muchas ocasiones se volteó para no mirar, aunque desconocía que su capitán fuera sodomita, pero… La verdad es que de todas formas seguía admirando el mayor, y había sido algo excitante ver cómo lo hacía con el nativo, sin embargo, no quería alejarse aún, el gobernador Lambert le había dicho que lo siguiera por si era atacado, y si bien notaba que el joven no iba armado, de todas formas estaba a la espera por si era alguna emboscada.
Mientras tanto, Kavya había sido cuestionada por Nashua sobre la ubicación de Tom, por lo que la mejor amiga del de rastas había terminado diciéndole la verdad, porque su amigo demoraba mucho, y en este momento, Nashua veía cómo se besaba Tom con el rubio, sintiendo rabia en su interior, el de rastas nunca le había correspondido, y ahora estaba allí, besándose con el enemigo… Aunque el nativo desconocía lo que habían estado haciendo antes.
Nashua se lanzó contra ellos, separándolos, para golpear a Bill, el cual tenía la fuerza suficiente como para tumbarlo, sin embargo, no quería tener conflictos, no obstante, Nashua sacó una daga hecha de piedra, que lucía muy filuda, y le apuntó con ella.
—¡Nashua suéltalo! —ordenó Tom, sin ser escuchado, buscando separarlos.
Georg tomó el grito como señal para mirar, y observó cómo otro nativo estaba a punto de asesinar a su capitán, por lo que con manos temblorosas activó la escopeta, y le apuntó, matándolo en el acto a Nashua.
Georg corrió en dirección al capitán, viéndolo asustado. —¿Capitán Kaulitz, está bien? —cuestionó con temor.
—¿Por qué hiciste eso, Georg? —preguntó Bill, mientras observaba a Tom acercarse al cuerpo de Nashua.
—¡Está muerto! —soltó Tom, con lágrimas en los ojos.
—Sólo quería defenderlo, señor…
Cuando escucharon que se acercaban más nativos, Bill lo empujó. —¡Huye, muchacho! —ordenó, y Georg se fue corriendo.
Los nativos vieron a Tom con Nashua y sujetaron a Bill, el cual preferiría sacrificarse a que le hicieran algo al más joven. Tom lo vio alarmado, porque él sabía que la culpa no era suya.
Llevaron a Bill a la aldea.
—Este hombre de piel pálida mató a Nashua —sentenciaron.
—No lo hizo —refutó Tom.
—¡No mientras, Tom, no había nadie más, y sólo tú estabas ahí, sin armas! —reclamó Powhatan.
Tom se calló, sintiendo cómo las lágrimas bajaban por su rostro.
—Mañana empezaremos la guerra contra ellos, porque también llegarán los de otras tribus. Y el primero en morir será él, lo haremos frente a su gente —exclamó Powhatan.
Cuando llegó la noche, Tom se metió a la tienda donde tenían a Bill, el cual estaba amarrado de rodillas.
—Bill… No puedo soportar verte aquí. Quiero liberarte —farfulló Tom.
—No, Tom, no quiero que te metas en problemas, yo… Me hiciste muy feliz, así fueran sólo por unos días. Siempre estarás a mi lado incluso si ya no existo más en la tierra. Porque nuestro amor es tan fuerte que nos veremos en otras vidas —comentó Bill con convicción.
Tom lo tomó por el rostro y lo besó, Bill le correspondió al gesto, sintiéndose frustrado porque no podía acariciarlo, pero disfrutando ese beso amargo porque sabría cuál sería su desenlace.
—Gizhawenimin —susurró Tom contra sus labios.
—¿Qué? —preguntó Bill.
—Te amo, en mi lengua —farfulló Tom, acariciando los labios de Bill, para luego volver a besarlo.
Adam consideró la excusa perfecta cuando vio venir corriendo a Georg Listing con la información de que habían capturado a Kaulitz, con ello es que obligó a sus hombres a que se dispusieran a atacar a los indios, porque habían tomado a Bill, el cual era un honorable hombre para ellos, por lo que decidieron aceptar.
Y ahora se había puesto su armadura, y estaba encabezando la batalla, delante de todos, con una sonrisa torcida, viendo a los indios con sus arcos, flechas y lanzas, que evidentemente no se comparaban a las armas que ellos poseían, y ahí en lo alto estaba Kaulitz, amarrado y con una expresión cabizbaja, habían dos hombres en lo alto, que suponía serían los líderes, pero poco le importaba.
—¡Alto! —pidió Tom, cubriendo con su cuerpo a Bill, justo cuando su padre iba a decapitarlo.
—¿Qué haces, Ave dorada? ¡Hazte a un lado! Debemos matar a nuestro prisionero —ordenó Powhatan.
—Si lo matas tendrás que matarme también —exigió Tom.
—Sabes que no haré eso, Tom. Hazte a un lado —repitió la orden.
—¡Nos entregamos junto al río! ¡Fundimos nuestras almas en una sola! Él es mi alma gemela, padre… Si lo matas, también moriré, porque no concibo una vida que no sea a su lado —exclamó Tom, para luego besar a Bill.
Powhatan se quedó de piedra. Kocoum lo miró.
—Mi luz, nuestra Ave dorada ha consumado su unión, ¿quiénes somos nosotros para hacer que se separen? ¿Con qué cara lo haríamos luego de que nos rebelamos frente a tu padre por nuestro amor? —cuestionó Kocoum y Powhatan asintió.
—Esta guerra no empezará por mi mano —sentenció a voz de grito el jefe.
Los hombres de la tripulación de Bill se quedaron mirando la escena y bajaron las armas.
—¿Qué demonios hacen? ¡Tenemos que acabar con ellos! —ordenó Adam, con expresión furiosa.
—No, ellos han dicho que no pelearán. No tiene sentido seguir esta trifulca, el capitán Kaulitz está más que bien con ese muchacho —soltó Gustav.
Adam se sintió aún más enojado y de todas maneras activó su escopeta, para buscar dispararle al jefe. Sin embargo, Georg, lo tumbó, haciendo que el disparo cayera al aire.
—¿Cómo te atreves, mocoso? —preguntó Adam, queriendo lanzarse a atacar a Georg, sin embargo, Gustav y compañía lo sujetaron, amarrándolo, dándose cuenta que el verdadero enemigo era el gobernador Lambert.
—Así que la verdadera rata en el barco eras tú —farfulló Gustav, pateando el cuerpo del gobernador.
—Lo llevaremos frente a la justicia —dijo otro hombre.
—Digamos que mató al capitán Kaulitz, porque por lo visto, no regresará con nosotros —soltó David, viendo cómo liberaron a Bill, el cual les hacía un gesto de despedida para luego agarrar la mano del nativo e irse por dónde habían venido.
—Sí, que lo mató, y por eso necesita estar encarcelado —coincidió Gustav, y todos se subieron al barco nuevamente.
—Jefe Powhatan, yo lamento mucho la muerte de… Nashua, en realidad no tuve la culpa, como menciona Tom. Y bueno, la verdad es que si me lo permiten, quisiera quedarme con ustedes porque no puedo vivir separado de Tom, lo amo —comentó Bill con determinación en la mirada.
—Está bien, Bill. Simplemente que ahora deberás hacer las cosas correctamente, y tendrás que unirte a Tom frente a los ancestros —mencionó Powhatan, recordando cómo es que él mismo se había unido a Kocoum muchos años atrás.
Bill asintió, apretando la mano de Tom, para luego verlo con ojos de amor.
El rubio tuvo que ponerse un taparrabos, porque básicamente aquella era la ropa que usaría de ahora en adelante, y una anciana dijo unas palabras en algonquino, mientras botaba humo por la boca, del cual salían formas muy peculiares que hacían que Bill sintiera que estaba en otro mundo, luego la mujer manchó sus manos en algo parecido a la tinta y los puso en los pechos de ambos. Después de ese acto, Tom lo besó, y Bill comprendió que aquello era como un matrimonio en su tierra. Bill correspondió al gesto, sintiendo que era la mejor decisión que había tomado.
Se fueron a su propia casa ahora, donde Bill hizo suyo a Tom otra vez, repitiéndole lo mucho que lo amaba, y que ahora se esforzaría para que fuera feliz para siempre.
Cuando ambos se entregaron es que Bill entendió lo que el de rastas le había dicho… Porque pudo ver los colores en el viento de los que tanto hablaba Tom… Y estaba dispuesto a seguir descubriéndolos a su lado.
F I N
Administración: ¿Les gustó? Me parece hermoso que Tokio Hotel nos siga inspirando, incluso cuando hemos estado por milenios en este fandom 🙂 Gracias Kasomicu por tu obra.