IMPORTANTE: Contiene escenas de violencia explícita y homofobia.
Este one-shot está inspirado en la canción y video oficial de ‘Take Me to Church’ de Hozier.

«Command me to be well»
(One-Shot de Ginger-Ale11)
—¡Mira lo que encontré!— Me miró con los ojos muy abiertos y las cejas alzadas, sonriendo como siempre y dando pequeños brincos sobre sí. Sacó de su desgastado bolso un paquete de cigarrillos y una botella medio vacía de vodka que puso sobre el pasto sobre el que estábamos sentados. —¿No soy el mejor, acaso?
—¿De dónde lo sacaste? ¿Volviste a robarle a tu padre?— Me apresuré a tomar un cigarrillo y lo encendí. Él abrió la botella, bebió arrugando la cara y empezó a toser frenéticamente. Acerqué mi brazo a él dándole suaves golpes en la espalda hasta que recuperó el aliento. Me hizo mucha gracia lo rápido que se reincorporó como si nada hubiera pasado y sonrió triunfante ante el hecho de que no había vomitado.
—Robar es una palabra muy fuerte, Tom. Ya te dije que lo encontré… debajo de la cama de papá. Donde esconde sus vicios para que mamá no se entere.— Empezó a descojonarse de la risa y para mí fue imposible no imitarle. Me le abalancé encima haciéndole cosquillas, haciendo que su cuerpo quedara completamente sobre la grama, empezando a retorcerse debajo de mí. —¡Basta, basta! ¡No seas burro, me vas a quemar!
—Mírate. Bill el ladrón, jajaja. Y después piensan que el ratero soy yo.— Le di una calada más a mi cigarrillo antes de tirarlo. Lo contemplé aún debajo de mí, viéndome fijamente con sus brillantes ojos miel delicadamente maquillados de negro, que hacía que resaltaran mucho más y me perdiera en ellos. Lo vi solo unos segundos, pero me hubiera gustado apreciarlos un poco más cuando los cerró para robarme un beso, suave, inocente. Uno que con gusto le devolví.
—¿Cómo no lo van a pensar? Si con esa ropa y esas rastas pareces un pandillero.
—Y tú pareces un niño emo sacado de una banda de rock para niñas.— Los dos volvimos a reír, ahora volviendo a nuestras posiciones iniciales.
Estábamos cerca del bosque. Era uno de los pocos lugares alejados de todo donde podíamos estar relativamente a solas, pero siempre debíamos ser cuidadosos. Vivíamos en un pueblo pobre, donde la gente era aún muy conservadora y se radicaban varios grupos extremistas religiosos, algunos todavía con los ideales de la Alemania Oriental. Ahí era un pecado ser diferente y por eso llamábamos la atención, sobre todo Bill. A él le gustaba maquillarse, llevar el pelo largo, vestir de negro y usar muchos accesorios. Esa ya era razón suficiente para que lo acosaran en la escuela y se ganara unos cuantos enemigos. Yo, por el contrario, sin llegar a ser de los duros, simplemente pasaban de mí.
Dos personas que por fuera parecían tan diferentes, terminaron siendo el uno para el otro. Bill y yo nos amábamos. A nuestros 17 años sabíamos que nuestro destino era estar juntos, pero no en ese lugar. Habíamos tomado la decisión de huir, queríamos ir a Berlín y empezar juntos una nueva vida, incluso si eso significaba apartarnos de nuestras familias. Estábamos cansados de ocultarnos de los ojos de la gente que empezaban a sospechar y nos juzgaban con asco, como unos enfermos o depravados. Nadie en ese sitio entendía nuestro amor.
—¿Trajiste todo?— Me preguntó al mismo tiempo que abría una caja de madera de tamaño mediano, que ya tenía varias cosas adentro.
—Sí, aquí está.— Empecé a sacar de mi bolso uno a uno los objetos que consideraba importantes en nuestra relación.
Lo primero que saqué fue un bolígrafo que Bill me prestó justo antes de un examen de matemáticas. Se dio cuenta que no había llevado nada con qué escribir y él me ofreció el suyo. Así fue cómo nos conocimos.
Luego saqué un plectro naranja que él había recogido para mí en el concierto donde tuvimos nuestra primera cita, que en ese momento por supuesto creíamos que no había sido una. Me había escuchado hablar de lo mucho que me gustaba esa banda y su guitarrista, así que cuando este la tiró al final de la presentación, se lanzó como fiera a pelearse por esa pequeña pieza.
Por último saqué un papel doblado a la mitad con los restos de una flor ahora marchita. De un lado estaba la receta del perfecto cheesecake que Bill había aprendido a hacer de su madre, y ahora él insistía que debía aprender a hacer yo también. Del otro lado había un montón de garabatos y dibujitos de nosotros con combinaciones de nuestros nombres. Al final había resaltado «Toll» como mi favorito.
—¿Eso es todo? ¿Tan poco me quieres?— Hizo un puchero y me mostró lo que él había traído. —Yo tengo muchas más cosas, eso significa que también te quiero más.
—No inventes, claro que no. Solo que tú eres un acumulador compulsivo.— Volteó los ojos a modo de broma sin tomárselo en serio y continuó.
—Mira. Aquí tengo: los tickets del concierto, tu enorme camisa que uso para dormir, el llavero que me trajiste de tu viaje el verano pasado, un CD con las canciones que me recuerdan a ti, el artículo de Vogue de «¿Cómo saber si le gustas?», nuestras primeras fotos… y hasta tengo el papelito con las respuestas del examen de matemáticas.— Aparentemente yo no era el único que recordaba ese día. A parte de prestarme el bolígrafo, yo le devolví el favor ayudándolo a hacer trampa en el examen.
—Igual esto no muestra que me quieras más.— Intenté inútilmente hacer un puchero imitándolo, pero no me veía la mitad de adorable que él.
Metimos nuestras pertenencias en la caja y la cerramos con llave. Acordamos poner en ella aquellas cosas que nos recordaran los inicios de nuestra relación, enterrarla en ese lugar cerca del bosque que era tan simbólico para nosotros, e irnos del pueblo. Dentro de muchos años volveríamos a ese sitio a recordar cómo empezó todo. Estábamos decididos.
Para cuando terminamos de poner la caja en un agujero de tierra y taparla, el sol había empezado a caer y aún teníamos que empacar el resto de nuestras cosas. A medianoche saldría el tren que nos llevaría a Berlín, a nuestro nuevo futuro.
—Aún tenemos algo de tiempo y mis padres no están en casa. Ven conmigo un rato ¿sí?— Me tomó de la mano tímidamente entrelazando nuestros dedos, empezando a caminar a mi lado.
—¿Estás seguro? Aún tengo mucho que hacer en casa.
—Síiii, por favor. Además todavía nos queda de este delicioso elixir que debemos terminar.— Levantó la otra mano donde tenía la botella de vodka.
Esa mirada, esa sonrisa, esa complicidad que teníamos… era imposible decirle que no.
—¡Vamos!
Jamás había entendido la devoción tan ferviente de muchos de los que nos rodeaban. Iban a la iglesia queriendo ser salvados por un Dios que les permitiera la entrada al cielo y los perdonara de sus pecados, con un amor ciego hacia algo más grande que ellos. Cuando les preguntaba cómo sabían si Dios existe, muchos contestaban que no es algo que sabes, sino algo que sientes. Es algo que experimentas día a día y llevas contigo en todo lo que haces. Fue entonces que entendí esa devoción cuando conocí a Bill.
Estar en su presencia no se comparaba a nada que hubiera experimentado antes. Para mi él era el principio y el fin, la luz del sol en un día de primavera, el olor a café por la mañana, la brisa después de la lluvia, las olas del mar y la arena debajo de tus pies.
Él se convirtió en mi religión. Él me hacía sentir esa grandeza inexplicable. Estaba presente en todo lo que hacía y en todo lo que pensaba. No necesitaba ser salvado, estaba destinado al destierro por el pecado de amar a mi igual en cuerpo… A final, él ya me había salvado. El único cielo al que seré enviado es cuando estoy a solas con él y no quería nada más que eso.
Él me llevaba a la iglesia, al templo de su cuerpo. Donde dejábamos de ser dos para convertirnos en uno. Dentro de esas cuatro paredes que eran las únicas testigos de nuestro acto terrenal, sucio para algunos, tan puro para nosotros, yo lo veneraba. No había inocencia más dulce que nuestro gentil pecado.
Ahí donde dos personas se consagraban mutuamente, el mundo cobraba sentido; un mundo que no nos entendía, ni tampoco entendíamos. ¿Cómo algo tan sincero podía estar mal? Si solo en ese momento era realmente humano, solo en ese momento estaba limpio.
—Te amo más de lo que he amado a nadie nunca. Es de lo único que estoy seguro.— Le dije apartándole el cabello de la cara y besándole la frente.
—Eres un cursi, Tom… ¿Cómo estás tan seguro? ¿Me amas más que a tu madre o tu hermana?— Me encantaba la manera en que me miraba y cómo sus dedos se deslizaban de arriba a abajo suavemente sobre la piel desnuda de mi espalda. Tenerlo tan cerca y su tacto dándome calor era una sensación inexplicable, para mí, casi celestial.
—Las amo muchísimo, pero son amores diferentes. Estoy seguro porque a ellas no las elegí, en cambio a ti te elegí y te volvería a elegir una y mil veces más.
—Por eso el vodka sabía mal. Estaba malo ¿verdad? Porque estás delirando. Creo que bebiste mucho.— Siempre conseguía hacerme reír. Incluso en los momentos más serios era capaz de sacarme una sonrisa.
—Puede ser, pero no deja de ser cierto todo lo que te dije.
—Yo también te amo, Tom. Esta noche será el inicio del resto de nuestras vidas.
Me levanté de la cama y empecé a vestirme. Aún tenía que empacar algunas cosas en casa y Bill también. El tren saldría en pocas horas y debíamos llegar antes de media noche si no queríamos perderlo. Realmente quería quedarme ahí con él, y disfrutar de su esencia un poco más, pero él tenía razón…
—Sí, hoy es el inicio del resto de nuestras vidas.
…
Era doloroso no poder despedirme de mamá y Sara, mi hermana menor. Pensé que sería una explicación que tendría que darles en otro momento. Eran importantes para mí, pero yo también necesitaba seguir con mi propia vida. Además, siendo un adolescente a mamá probablemente le iba a molestar más la idea de que dejara la escuela, que me escapara con un chico. Ella no sabía de mis preferencias, y realmente no creo que le hubiera importado, pero no quería arriesgarme a que el resto de las personas del pueblo la juzgaran a ella también, y a Sara… quería protegerlas. Esa noche cenamos y nos fuimos a la cama como cualquier otro día, pero me hubiera gustado darles un último abrazo.
Llevaba conmigo mi viejo bolso. La mayoría de mis pertenencias las había dejado en casa, solo llevaba lo esencial, los tickets de tren y algo de dinero que había ahorrado.
Eran las 11:23pm y Bill no llegaba, tampoco me había escrito y empezaba a ponerme nervioso. Con lo emocionado que estaba no era normal que no supiera nada de él. Tenía un mal presentimiento.
Tomé mi teléfono y marqué su número. El tono de espera se me hizo eterno y un nudo se me atoró en medio del estómago, al igual que mi corazón casi se detuvo por completo cuando por fin atendió mi llamada, pero no aliviaría mis sospechas.
—¡TOOOOM! ¡TOM AYUDAAAM-! ¡DÉJENME POR -FAV- AAAAH! ¡NOOO!
—¡BILL, BILL! ¡¿Qué está pasando?!—Las manos y los labios empezaron a temblarme como si fuera víctima de un frío invernal. El corazón latía dentro de mi pecho tan fuerte que retumbaba en mis oídos y palidecí ante su voz de terror y los ruidos irreconocibles al otro lado de la línea.
—¡Suelta el teléfono maldito marica! NOOO AAAH. Quítaselo Frank. NO, NO POR FAVOR, DÉJENME IR NO HE HECHO NADA MALO. ¡Cállate enfermo de mierda!
—¡¿BILL QUÉ ESTÁ PASANDO?! ¡BIIILL!— En ese momento dudaba que realmente me pudiera escuchar y yo solo podía oír sus gritos desesperados y unas voces que lo acompañaban, hasta que dejé de oír nada más después de un golpe estridente. Intenté llamar de nuevo, sin éxito.
Estaba seguro que aquel grupo lo había encontrado, no había otra explicación. Sentí un miedo que nunca antes había sentido. La adrenalina se apoderó de mi cuerpo y empecé a correr fuera de la estación, llevándome por el medio a varias personas que me veían con el ceño fruncido.
Nada de eso me importó. Corrí y corrí con toda la fuerza que me permitían mis piernas durante varios minutos. La brisa helada de la noche golpeaba mi cara como pequeños trozos de vidrios sobre mi piel. Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos mientras más me acercaba a la casa de Bill que en ese momento parecía muy lejana. ¿Qué le estarían haciendo? Era un pensamiento que me ahogaba. Seguí corriendo, sintiendo el pecho arder hasta que por fin llegué a su casa.
La puerta estaba abierta y las ventanas rotas, casi todo en completa oscuridad, excepto por una luz que venía del piso de arriba, de la habitación de Bill. Entré gritando, llamando su nombre, pero no lo encontré, no había nadie. Por donde mirara todo era un desastre, objetos rotos, trozos esparcidos en el suelo, paredes golpeadas. Su habitación había sido la que en peor estado había quedado, nada se reconocía en ese lugar.
Caí sobre mis rodillas y empecé a llorar de la impotencia y la rabia, golpeando el suelo con mis propios puños sintiendo el dolor hacerse lugar en mi corazón. No estaba ahí, había llegado muy tarde. No sabía dónde estaba realmente, pero tenía el presentimiento de dónde podía encontrarlo.
Me limpié las lágrimas y dejé mi bolso en su habitación. Salí de la casa y empecé a correr de nuevo, esta vez en dirección al bosque. A aquel sitio donde horas antes y muchas veces atrás habíamos sido felices.
Todo nuestro pequeño mundo se estaba derrumbando. Lo que más temíamos se estaba haciendo realidad frente a mis ojos. Mientras más pasaban los minutos más me quemaba por dentro, me faltaba el aire y quería vomitar. No saber de Bill me estaba destrozando, pero la manera en que lo encontré no fue de mucho alivio. Cuando llegué al bosque, a nuestro lugar sagrado, pude divisar una fogata donde alrededor se reunían un grupo de hombres que apenas podía divisar, pero lo que sí pude reconocer inmediatamente fue a Bill siendo apresado por unos brazos y golpeado por otros, mientras gritaba sin cesar.
Corrí con la poca fuerza que les quedaban a mis piernas y me abalancé sobre uno de los tipos que llevaba una sudadera que le cubría la cabeza.
—¡Suéltalo!— El impacto le tomó por sorpresa a todos, en especial a Bill que me veía con lágrimas en los ojos que se mezclaban con la sangre que corría de su pequeña y delicada nariz, ahora hinchada y rojiza, mientras se retorcía en el suelo. Ese momento de distracción me costó la estabilidad. Otro de los tipos me golpeó en la cara quitándome de encima del primero, haciendo que yo también cayera el suelo.
—¡TOOOM!— La cabeza empezó a retumbarme por el dolor y los gritos de Bill, que cada vez se hicieron más desesperados. Un gruñido salió de mis labios cuando sentí el puño impactar una segunda vez en mi pómulo.
—Así que tú eres el novio del marica, por supuesto. ¿Creías que no íbamos a encontrar su pequeño escondiste? Ratas inmundas.— Me escupió en el rostro y sentí su saliva escurrirse desde mi ojo hasta la mejilla, que limpié con mi hombro torpemente.
Eran cinco. A dos los reconocía, iban a la misma escuela que nosotros. Igor y Frank. A los otros tres quizás los había visto por el pueblo, pero nunca les había dirigido palabra. Eran un poco mayores que nosotros, tendrían al menos unos 20 años. Todos llevaban sudaderas oscuras y el cabello bastante corto o rapado. Pertenecían al mismo grupo de radicales que rondaban por el pueblo. No había mucho que pudiera hacer, eran mayoría contra nosotros dos.
—¿Qué quieren de nosotros? No hemos hecho nada malo.— Intenté ponerme de pie, pero Frank y uno de los tipos me sujetaron de cada brazo inmovilizándome. Igor y otro más agarraban a Bill arrastrándolo lejos de mí, quien no dejaba de moverse frenéticamente, haciéndose más daño. El último, el que hablaba y parecía ser el líder, al que segundos antes había atacado, tenía los ojos muy oscuros y filosos. Me miraba con asco, con rabia, como si estuviera en presencia de aquello que más despreciaba en el mundo.
—¿No? Son una abominación de la naturaleza. Dios nos creó para reproducirnos, hombre y mujer. No para que se revuelquen como cerdos uno con el otro. Están mal. Nacieron enfermos.
—Entonces ordéname a estar bien.— Bill respondió con la voz débil, pero aún firme. El tipo le hizo una señal a Igor con la cabeza y este sujetó a Bill por el pelo jalándolo fuerte hacia atrás, haciendo que subiera más la mirada hacia el líder. Se acercó con paso intimidante y se inclinó frente él.
—Créeme que sí lo haré.— Otro impacto. Le golpeó tan fuerte en el estómago que pude oír una de las costillas de Bill quebrarse y su llanto atravesar la oscuridad de la noche.
—¡NO LO TOQUES! ¡DÉJALO!
—¡Cierra la boca, rastafari! Tú no eres mucho mejor, de hecho, eres un hipócrita. Este es un marica, y se ve como lo que es. Tú en cambio te ocultas bajo esa ropa de tipo rudo y por dentro eres un pobre afeminado también, pero más difícil de identificar y mandar al infierno.
—¿Y ustedes que son, uhm? ¿Creen que su Dios no ve lo que están haciendo? ¿Creen que él aprueba que maltraten a sus hermanos? ¿No se trata de amor? ¿Amar al otro como a ti mismo? ¡No le estamos haciendo daño a nadie!— Esta vez me golpeó a mí en la comisura de la boca y sentí el sabor metálico escurrirse desde mis labios hasta la barbilla.
—¡Te dije que te callaras! Cualquier cosa que sale de tu sucia boca es blasfemia.
Vi como el tipo se alejaba de nosotros, e ignoré lo que hacía cuando me perdí en lo que estaba presenciando. Bill estaba llorando frente a mí, sujetado a cada lado como yo, pero estaba mucho más golpeado. Sus ojos rojos por las lágrimas también empezaban a tornarse morados. La nariz y la boca sangraban y tenía muchos golpes y rasguños en los brazos. Al menos eso era lo que podía ver en la piel que tenía expuesta. Los golpes y el dolor que debía estar oculto debajo de la ropa debía ser mucho peor.
—Con que enterrando tesoros. Los piratas maricas son, jajaja. ¿Qué tienen aquí? Apuesto a que guardan todas sus guarradas, ¿a que sí?— El tipo de acercó a nosotros con la caja de nuestras inocentes pertenencias aún llena de tierra entre sus manos.
—Ahí no hay nada que te pueda interesar.— Le respondí apretando la mandíbula conteniendo las ganas de llorar. Era algo tan insignificante, pero para nosotros había sido tan sagrado e importante, ahora en manos de alguien que no se merecía tener acceso a ello.
—Tienes razón, aquí no hay nada que me interese, pero a ustedes sí y hay que borrar cualquier rastro de sus pecados.— No tuve tiempo de reaccionar cuando sentí el filo de la caja impactar al costado de mi cabeza.
Todo se volvió borroso de repente y mi vista empezó a tornarse negra. Las formas se distorsionaron al igual que los sonidos y me costó entender lo que estaba sucediendo. Todo se vio como un sueño sin sentido por esos segundos donde tuve que luchar con mi conciencia para no desmayarme.
Ahora sobre la fogata se hallaba nuestra caja ardiendo entre las llamas. Bill gritaba con la voz desgarrada. Dudo que realmente llorara por el bien material que se encontraba dentro de ella, sino por lo que representaba para nosotros, nuestro amor, y la humillación que estábamos viviendo por ello.
No sé cómo consiguió la fuerza necesaria para zafarse a medias de Igor, pero ese momento de distracción fue suficiente para golpear al otro tipo en la nariz. Hizo el ademán de correr hacia mí, pero Frank, quien había dejado de estar a mi lado, lo atajó por el cuello empezando a asfixiarlo.
—¡Basta! ¡Le- Le est- estás haciendo daño!— Intenté ponerme de pie pero fue inútil. Estaba mareado y la sensación cálida y pegajosa entre mis rastas confirmó el por qué. El golpe en la cabeza me había dejado una herida que estaba empezando a brotar más sangre de lo que creía.
—No hay castigo suficiente para los que obran en contra del camino del señor.
Agarró un bate de béisbol del suelo y sin pensarlo dos veces golpeó a Bill debajo de la rodilla. Sus gritos no se comparaban a lo que estaba viviendo en ese momento. Su pierna crujió y perdió el poco balance que aún le quedaba, mientras seguía siendo preso de aquel brazo que aún le asfixiaba.
Igor me tomó del pelo y me arrastró cerca de la fogata de la que sacó un trozo de madera que ardía al rojo vivo y la aplastó contra mi brazo. El olor a carne quemada me invadió las fosas nasales y el ardor de mi piel siendo consumida por el fuego hacía que me retorciera debajo de él. Ahora mis gritos acompañaban a los de Bill.
Nos arrastraron juntos y nos encararon uno frente a otro con el cuerpo boca abajo, donde nos costaba conseguir algo de aire. A cada uno nos tomaron del pelo empezando a cortarlo con saña con un par de cuchillos oxidados. Vi su hermosa cabellera negra esparcida sobre el pasto seco junto con varias de mis rastas. Los cortes eran tan bruscos que nos causaban rasguños sobre la piel.
La mirada de Bill se veía perdida, destrozada, y por la manera en que jadeó al verme por encima de la cabeza, supuse que la herida era más evidente ahora que estaba expuesta ante la ausencia de mi cabello. Los dos nos observamos por unos segundos como buscando en el otro una respuesta, un por qué de lo que estaba pasando. Una razón suficiente que justificara el maltrato que estábamos viviendo.
Un par de pies apresaron mis manos. Sus pisadas estrujaron mis dedos contra el suelo inmovilizándome por completo. No tenía mucho espacio de visión, pero sabía que a Bill le hacían lo mismo.
El cuchillo que había sido usado para cortar mi cabello ahora era usado para despojarme de mi ropa. Recorrió mi camisa de arriba a abajo dejando mi espalda al desnudo. Bill empezó a llorar de nuevo y a gritar sin parar, a lo cual yo también me uní cuando el filo de la hoja recorrió mi espalda en dos direcciones, grandes, profundas. La hoja cortó mi piel más de una vez sobre el mismo lugar: primero vertical, a lo largo de mi columna, y luego horizontal, mucho más abajo de los hombros como si quisieran dejar una marca imborrable en mi piel.
Los tipos liberaron nuestras manos de sus pisadas, aunque ya no podíamos hacer mucho con ellas más que acercarlas mutuamente, débiles, temblorosas. Lo sostuve entre mis dolorosos dedos y lo apreté con fuerza cuando sentí el bate golpearme el costado, y luego una pierna, mientras repetían el mismo proceso con Bill.
No nos quedaban muchas más fuerzas, ni siquiera para gritar. La poca que teníamos la usamos para aferrarnos uno al otro con nuestras manos, mientras entre jadeos y gemidos soportábamos los golpes finales.
Perdí la cuenta de los golpes que recibí. En ese momento solo deseaba que todo terminara. Y como si algo o alguien me hubiera escuchado, dejé de sentir los constantes impactos contra mi cuerpo.
Bill seguía agarrándome de la mano, no decía nada, solo sollozaba.
—Vámonos ya, Alvin.— Dijo Frank alejándose de nosotros y los otros lo siguieron. —Los maricas aprendieron la lección. Alvin se acercó una vez más a nosotros y nos pisó las manos con su gruesa bota.
—No hay paz para los malos.— Fue lo último que dijo antes de que él junto con el grupo se alejaran y nos dejaran tirados cerca a la fogata, en el medio de aquella noche fría y oscura.
Cuando ya no oíamos los pasos en la distancia, Bill se arrastró como pudo más cerca de mi aún sin soltarme la mano. La adrenalina de mi cuerpo empezaba a disiparse y una incontrolable tos me azotó. Me sentía increíblemente débil, adolorido y el mareo estaba mucho más presente. Bill tenía la respiración agitada y le costaba tomar aire, su cuerpo se retorcía en espasmos mucho más fuertes que el mío. Yo apenas podía mover algún músculo y ambos estábamos empapados de sangre. Nuestra piel y ropa se convirtieron en una mezcla de tonos rojos y marrones.
—Oye Tom… ¿Te cuento algo?— Su voz sonaba muy ronca, pero mucho más calmada que antes. Moví la cabeza para mirarlo y asentí a su pregunta. —Te ves sexy con el pelo corto.— Su comentario fue tan inesperado que una risa tonta intentó salir de mí, pero en cambio la tos me atacó de nuevo, ahogándome en mi propia sangre que ahora inundaba mi boca. Escupí a un lado y le regalé una sonrisa torcida. Aún en un momento como ese, podía hacerme sonreír.
—Te amo, Bill. Lo- Lo que te dije est-a noche es verdad. Te elegiría u-una y mil veces más.— Nuestro agarre se volvió una caricia. El dolor que cada vez se hacía más intenso quedaba de lado ahora en la tranquilidad de su presencia.
—Si no nos hubiéramos enamorado. Nada de esto hubiera pasado.
—Ta-tampoco hubiéramos vivido las cosas buenas, que es todo lo demás. E-eso es lo que realmente m-me importa. No… No me arrepiento.— Vi sus ojos cristalizarse y suspirar con el poco aire que aceptaban sus pulmones.
—Tom… Hoy… Hoy es el primer día del resto de nuestras vidas, ¿verdad?
—Sí. Lo es.— Sentí su cuerpo estremecerse en convulsiones pequeñas y a mí me estaba dando sueño. Cada vez me costaba más pronunciar palabra.
Su mano se alejó de la mía por un instante y toqueteó uno de los grandes bolsillos de mi pantalón, sacando mi roto teléfono que apenas iluminaba. Lo miró de reojo y lo soltó, volviendo a tomar mi mano.
—Es medianoche. Tenemos q-que… irnos. Perderemos el tren.
—Sí… Ya nos vamos.
—Te… Te amo, Tom. Yo también te elegiría… una y mil veces más.— Arrastré su mano a mis labios y besé sus largos y delicados dedos.
Nos quedamos ahí, en silencio. Su respiración se hacía más corta al igual que la mía, y mi visión poco a poco se fue oscureciendo. Lo último que vi fue a Bill frente a mi antes de sumirnos en un profundo sueño.
Tomamos nuestro tren a un nuevo mundo. En él éramos libres y nadie nos juzgaba, podíamos amarnos sin temor a nada. Estábamos felices, estábamos en paz. Ya nada pesaba, ni dolía. Todo era luz y calidez, igual que el tacto de su piel. Me aferré a esa sensación disfrutando cada detalle de ella. Miré a Bill y él me miró a mí con sus hermosos ojos resplandecientes. Toqué su cara, admirando cada una de sus perfectas facciones, parecía un ángel parado frente a mí. Me tomó entre sus manos y me besó. Sus labios eran mucho más suaves que antes y me arrastraron aún más a esa sensación de felicidad pura.
Todo lo que había vivido con él era una antesala a lo que estábamos sintiendo. Era solo la práctica para llegar a este mágico momento tan perfecto. Porque la perfección la había rozado muchas veces en su presencia, pero ahora la habíamos tomando y no la dejaríamos ir, volando entre las estrellas a la mejor de las dichas.
Este viaje no hubiera querido hacerlo con nadie más, sino con él, y estaba feliz de tenerlo a mi lado. Él sí que me había salvado y me llevó al cielo en más de una manera.
Al final, ese día sí fue el primero del resto de nuestras vidas.
F I N
¿Qué les pareció?
Este fic lo lei hace un tiempo, pero ya ni recordaba su nombre hasta que vagando lo encontre aquí, en una de esas casualidades; nunca lo olvidé, es un fic tan pero tan cruel que es bello de una manera tan pura, desde la forma que esta escrito hasta los sentimientos que transmite en su totalidad hermoso. No hay mucho que decir pues no conozco los adjetivos suficientes, pero definitivamente una joya de historia.
Gracias 💕
Me encantó la manera en la que Tom se refiere a Bill, en como detalla sus sentimientos hacia él de una manera tan pura y hermosa, empecé a leer fan fics crudos y después encontré otros con finales felices y no tan crudos, y creo que me quedo con los de la segunda opción.