Nota de autora: Pues esto lo escribí antes del concierto de Tokio Hotel en mi país, hace unos días, pero se quedó en 7k palabras, finalmente hoy lo terminé, quedando en 10k.

Bill Kaulitz tiene como ídolo a David Bowie, que ya murió, pero su música, estilo fue su más grande inspiración, así que realmente estoy sorprendida que nadie haya pensado antes en una historia twincest no relacionado donde Bill sea Jareth. Pero bueno, le mostré la película a mi pareja, porque la vi hace años, sin embargo, me dije: debo hacer una versión toll de esto.

Así que ya saben, si les gustó pueden dejar un comentario sin necesidad de tener una cuenta, ponen nick, su correo (no me saldrá) y su comentario. Por favor, no olviden dejar un comentario, me hace sentir que valoran mi esfuerzo para seguir creando más historias :3

One-Shot de Kasomicu

«Laberinto»

Tom se puso la túnica encima de su ropa, sintiendo la brisa recorrerle el rostro. Se acomodó la corona encima de la cabeza. No era ningún príncipe, ni siquiera lo era Jennifer en el libro que leía, sin embargo, no por ello le quería quitar parte del drama al asunto.

Observó cómo una lechuza blanca se posaba en el árbol, y le restó importancia, concentrándose en el rey de los goblin frente a él, en realidad Tom no sabía cómo lucía, pero se imaginaba que sería apuesto y muy extravagante como lo describían en su libro favorito.

—Dame al niño —ordenó Tom, mirando al imaginario rey, el tono que empleó fue determinado, tal cual usaría la protagonista en la historia. No que él se creyera mujer, pero… Realmente se imaginaba viviendo esa historia, de estar en el lugar de Jennifer, ya que la entendía por completo.

Claro, él no era una heroína buscando rescatar a su hermano, porque su hermana intermedia hizo que se lo llevara el rey de los goblin… Suspiró, sino que Tom comprendía que Jennifer era fuerte, muy capaz, y que era la que se encargaba de cuidar a su familia. Tom no cuidaba a su familia, pero sí se encargaba de su casa, era como si fuera la Cenicienta sin ratones o hada madrina, y mucho menos un príncipe azul.

Su madrastra le mandaba a hacer de todo, y ya cuando terminaba los quehaceres huía al parque, a ese claro, junto con Uchi, su perro pastor ovejero, el cual estaba echado en el pasto, mientras él se creía el héroe de ese cuento.

A sus dieciséis años Tom vivía atormentado por los fantasmas del pasado, aferrándose a la fantasía, los cuentos, historias increíbles que se narrasen en libros, los cuales le leía su madre…

Charlotte murió cuando él tenía seis años, y se llevó consigo parte de su alma. Cuando Jörg conoció a Heidi, ella no fue buena con Tom, al inicio sí le hizo creerse su papel de buena madrastra, al menos frente a su padre. La cosa fue cuando él no estaba, y ella lo hacía sentir inferior, hecho que aumentó conforme Tom fue creciendo, juzgándolo por dejarse crecer el cabello, no tener gustos masculinos como los deportes, o cosas así. Y hace dos años nació Andreas, su hermano menor, y Tom lo detestó.

Lo detestó porque siempre lloraba mucho, porque fue motivo para que su padre se olvidara que él existía, y también porque siempre debía ser su niñera. Y no, jamás le haría daño a su hermano menor, pero Tom odiaba cambiar pañales, calentar biberones y demás. Le ponía de los nervios saber que no podía pensar en salir con sus amigos, que eran escasos, o tener una novia, aunque realmente no le gustasen las chicas, porque siempre debía estar a la disposición de los mandatos de Heidi.

Así que… Sentía el peso de la responsabilidad de Jennifer.

—He recorrido muchos obstáculos de tu laberinto para poder estar frente a ti. Y necesito que me devuelvas al niño que has robado —soltó con determinación al rey de los goblin imaginario—: Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino… —dudó al hablar la última parte, frunció el ceño, ¿qué seguía después de esa línea?—. Mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino igual de grande…

Tom chasqueó la lengua. Yendo en dirección al bolso que había dejado en el suelo, lo abrió, sacando el libro, viendo dónde había dejado el separador de hojas, después lo cerró, poniéndose erguido frente al imaginario rey.

—No tienes poder sobre mí —terminó de decir Tom, sintiéndose poderoso.

Cuando los gotones de lluvia comenzaron a caer sobre él.

—Mierda —se quejó el adolescente, quitándose la corona, y guardándola en el bolso, colgándolo al hombro—. Vamos, Uchi —ordenó, y el perro siguió sus pasos.

Se intentó cubrir inútilmente con la mano, porque finalmente mojó la túnica y también su ropa debajo. Cuando llegó a su casa, vio a Heidi con las manos en la cintura y una expresión furibunda.

—Tom Kaulitz, ¿dónde estabas? ¿No miras la hora? Tu padre y yo debemos salir y tú debes cuidar a Andy —barbotó Heidi, para luego barrerlo con mirada y poner una expresión de desprecio—. Y estás usando vestido, simplemente eras una vergüenza para tu padre —acotó con veneno.

—No es vestido es una túnica —refutó Tom, sintiéndose dolido por la forma en que le hablaba su madrastra—. Vamos, Uchi —llamó.

—No, ni pienses que ese perro apestoso entrará a la casa, se queda afuera en la cochera —reclamó Heidi.

Tom apretó sus dientes para no insultarla, y llevó a su perro a la cochera, poniéndole un tazón con agua, y secándolo, mientras el perro lanudo se dejaba en su toque.

—¡Apúrate, Tom! —exigió la mujer.

Tom suspiró, la odiaba. Terminó de secar al can, y le puso un poco de comida, dejándole un beso en la cabeza, y luego yendo a su casa.

—Quítate esos trapos y ve donde Andy —ordenó Heidi.

—¡Cállate! —gritó Tom, realmente desesperado, y la mujer lo miró con furia, para luego darle una cachetada sonora.—¡Te odio! —soltó el rubio, para después subir las escaleras con lágrimas en los ojos, encerrándose en su cuarto, y tirando la puerta tras de sí.

Se quitó la túnica, y se tiró en la cama, apoyando su rostro contra la almohada, dejando que las lágrimas y sus sollozos se perdieran en ella. Odiaba con todas sus fuerzas a Heidi, el cómo fingía ser una mustia frente a su padre, donde negaba todo lo que le hacía, y por lo mismo también sentía eso por Andreas… Aunque mentía, no odiaba a su hermano, pero sí era frustrante el que él hubiera tenido que lidiar con cuidarlo desde los catorce años.

Escuchó que tocaban la puerta.

—¡Lárgate! —barbotó Tom, no queriendo lidiar con Heidi.

—Hijo, soy yo —escuchó decir a su padre con un tono serio. Gritó contra la almohada, porque sabía que debía abrir la puerta.

Tom amaba a su padre, y era lo único que tenía en la vida porque sus abuelos murieron antes de que él naciera. Pero era frustrante que Heidi se hiciera la víctima todo el tiempo, y su progenitor nunca le creía, haciendo que él se sintiera cansado.

Se levantó de la cama, sintiéndose como si sus pies fueran de plomo, avanzando a pasos lentos hasta su puerta para después abrirla. Vio al hombre con la misma mirada que lo observaba desde hace años por su culpa de su madrastra: decepción y al mismo tiempo derrotismo.

Jörg se hizo a un lado, sentándose en la cama de su hijo, lo veía y era el vivo retrato de Charlotte, cabello rubio, facciones redondeadas y finas, los mismos ojos color miel en forma de avellana.

Él adoraba a su hijo, no le importaba que no fuera el muchacho estereotípicamente masculino, ni que tuviera una colección de osos de peluche o que aún me gustarán los cuentos de hadas ni nada de eso, lo amaba tal cual era, pero sí era complicado para Jörg lidiar con su comportamiento, porque él mismo era consciente que su mujer era difícil de tratar, pero al mismo tiempo sabía que Heidi se esforzaba para ser una buena madrastra y le dolía al saber que Tom no le correspondiera a ese esfuerzo.

—Otra vez estás discutiendo con Heidi, Tom. Sabes que nosotros no salimos seguido, sólo cada sábado, necesitamos un tiempo de pareja. Me dijo que le levantaste la voz y justamente toco tu puerta, ¿y qué sucede? Me gritas pensando que era ella —habló Jörg, sintiéndose triste porque él quisiera que Tom se llevara bien con su esposa, porque cuando murió Charlotte él creyó que su mundo se había ido con ella, y la vida fue complicada siendo viudo con un hijo pequeño, porque el mundo no dejaba de girar a pesar de que él se sintiera destrozado al perder al amor de su vida, tenía que seguir trabajando, y criar a Tom solo.

Es por eso que a los meses conoció a Heidi, era maestra de Tom, y ella se ofreció a apoyarlo, al salir de trabajar iba a ser niñera de su hijo, y así es como pasaron más tiempo juntos, hasta que finalmente decidieron empezar a salir, y con el tiempo se casaron. Jörg lo sabía, quizá no había pasado mucho tiempo desde la muerte de su esposa, sin embargo, Heidi era alguien que le calentaba el pecho y la cama al dormir, y no sólo eso, también le ayudaba a criar a Tom. Pero nunca se llevaron bien, siempre su hijo le decía las quejas que tenía de ella, sin embargo, Jörg jamás vio nada de lo que le indicaba su hijo.

Cuando Jörg habló con ella, Heidi le explicó que era normal que los niños mintieran, principalmente luego de haber pasado un trauma tan grande como el fallecimiento de su madre. Así que el adulto intentó no descuidar a su hijo, de todas formas buscando animarlo, y así, no obstante, tener pareja era demandante… Por lo que finalmente a veces era una lucha entre ambos por su atención. Por eso él mismo sabía que la mujer tenía un temperamento dominante y algo difícil, pero Heidi era buena con los niños, finalmente era una profesora, ¿verdad?

Cuando Heidi le dio más responsabilidades a Tom es que las cosas se pusieron más tensas, su hijo se quejaba con él, pero Jörg entendía que era parte de crecer el tener labores que hacer, para que se convirtiera en un adulto capaz y disciplinado, aparte de no depender de una mujer para que le cocine, lave o haga sus cosas.

Pero notaba que su hijo era solitario y un poco retraído, seguía aferrado al pasado, al libro que le leía su madre, y pidiendo siempre un oso de colección para sus cumpleaños.

Sin embargo, ya tenía dieciséis años, y era evidente que ahora tenía que ser más mano dura con él, porque ya tenía las hormonas a flor de piel, y todos los cambios de adolescente, entre ellos esa rabia que desataba contra su mujer.

Era complicado porque también tenía Andreas, su hijo menor que también merecería atención, y Jörg sabía que Tom no era malo, de hecho notaba el amor que sentía por su pequeño hermano, pero también el rubio se frustraba con tener que cuidarlo.

Tom lo miró dolido.

—Sí, papá, le grité. ¿Pero te contó la historia completa o sólo que le conviene? —inquirió Tom, sintiéndose tenso, porque quizá no debía hablar, ya a veces no tenía sentido hacerlo.

Jörg suspiró, era cansino que su hijo siempre mintiera.

—Tom, ya hemos hablado de esto —habló el mayor, mirándolo con reproche—. No te pedimos mucho, sólo que cuides a tu hermano hoy.

—¿No te dijo que me tiró una cachetada? ¿Y cómo me insultó? —cuestionó Tom, manteniendo una esperanza refulgir en su interior.

Su padre negó. —Tom, ¿por qué tienes que mentir? Yo te amo, hijo, y sé cómo eres, conozco tus virtudes, pero también tus defectos. Ya no tiene sentido que inventes…

—¡Pero papá! —habló Tom, sintiendo el pecho apretado porque su progenitor no le creía.

—Nada de peros, hijo. Ahora ve a cuidar a tu hermano, y cuando regresemos al día siguiente te disculparás con Heidi —ordenó Jörg, mirándolo decepcionado.

Tom apretó sus labios en una fina línea, sabiendo que el tono de la voz de su padre no admitía ninguna réplica.

Jörg se levantó de la cama y salió de la habitación de su hijo mayor.

Tom cuando escuchó cómo se cerraba la puerta principal es que se levantó de la cama, lavándose las manos y yendo en dirección al cuarto de Andreas.

Su hermano estaba llorando en la cuna, el adolescente lo miró con fastidio, le estresaba el ruido, y más porque no podía evitar distinguir ese tono rubio en su cabeza, el cual asociaba con Heidi, porque si bien él era rubio, era un tono más oscuro, mientras que el bebé era casi platinado.

Tom lo revisó, fijándose que no tenía el pañal sucio, y tampoco era hambre lo que tenía, lo cual hizo que se fastidiara aún más, mientras lo sujetaba en brazos, meciéndolo, buscando que se calle, a veces se cuestionaba si él podría ser padre al ser adulto.

Sintió la tibieza de su cuerpo contra el suyo pero el bebé seguía llorando con desesperación.

—Eres un niño mimado, Andy. Debería hacer que los goblin te lleven —soltó Tom, frunciendo el ceño, sabía que Heidi mayormente lo tenía en brazos, y por eso su hermano era tan consentido.

El bebé siguió llorando con más fuerza, Tom le tocó la frente, a ver si quizá tenía fiebre y por eso el malestar, pero no, estaba bien, lo separó de su cuerpo, sujetándolo por debajo de sus brazos, observándolo.

—Te odio, eres igual a ella, molesta y nunca te callas —reclamó Tom, mientras Andreas estaba rojizo y mojado en lágrimas, el mayor lo cargó nuevamente para mecerlo, mientras miraba a la ventana, notando nuevamente la lechuza blanca del parque, pero miró el cielo oscurecido—. ¡Qué alguien me saque de aquí! —exigió, lamentándose, sintiéndose un personaje de los cuentos, como Rapunzel, atrapado en lo alto de la torre, pero Tom sentía que estaba atrapado como niñero… Y siendo el sirviente para toda la vida de su familia.—¡Ven y rescátame…! ¡Alguien, quién sea! —habló fuerte, y su casa vibró por el rayo que serpenteaba en el cielo.

Andreas berreaba con más fuerza, y Tom le miró con enojo.

—¿Qué quieres, Andy? ¿Un cuento para dormir? Está bien —soltó furibundo Tom, sin realmente ganas de ir por uno de sus libros para leérselo, mucho menos cuando veía que Andreas tenía a Peluso en su cuna, su querido peluche de colección que le faltaba en su estante, eso quería decir que Heidi se había metido en su habitación y sacado su oso sin su permiso—. Había una vez un príncipe hermoso, que era muy feliz viviendo con el rey y la reina, hasta que la vida le arrebató a su madre… Entonces apareció una malvada bruja, la cual se casó con el rey, y juntos tuvieron un horrible bebé, y el pobre príncipe tenía que vivir como esclavo de su malvada madrastra y siempre cuidar al espantoso bebé que nunca paraba de llorar —siguió hablando, mientras su hermano se quejaba entre sus brazos, Tom ni siquiera lo estaba lastimando pero el menor seguía con su incesante llanto—. Una noche, cuando el bebé se puso especialmente desagradable. El príncipe llamó a los goblins para que lo ayudaran —siguió su relato inventado, que tomaba partes de su libro favorito: Dentro del laberinto—. Y los goblins le dijeron: “Di las palabras correctas y nos lo llevaremos a la Ciudad de los Goblins para que puedas ser libre” —continuó hablando Tom, al fijarse que de algún modo el que le hablase a su hermano lo estaba comenzando a calmar un poco.

Varios pares de ojos brillaron en la oscuridad conforme Tom seguía hablando, y la lechuza observaron con fijeza al joven rubio con el bebé, el cual era ajeno del escrutinio que recibía.

—Pero el príncipe sabía que si los goblins se lo llevaban… El Rey de los Goblins se quedaría con el bebé para siempre, convirtiéndolo finalmente en un goblin más. Así que el príncipe sufría en silencio —habló Tom, sintiéndose inspirado al contar la mezcla de su libro con su propia vida—. Hasta que una noche, totalmente estresado porque su madrastra había sido una jodida perra con él, es que el príncipe no pudo soportarlo más —acotó, y volvió a resonar un trueno en el cielo, haciendo que su hermano llorara con fuerza otra vez, Tom chasqueó la lengua, porque no sólo el ruido de afuera le molestaba, sino también el de su hermano casi gritándole en el oído—. Andy, cállate ya… Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá —canturreó de mala gana, y el infante siguió llorando con fuerza, haciendo que acentuara su ceño fruncido—. Me harás decir las palabras en serio, mocoso llorón —soltó.

Los ojos en la oscuridad se miraron entre ellos. Andreas volvió a llorar.

— Ojalá… Ojalá —empezó a recitar Tom, y luego se calló.

—Lo va a decir —habló el dueño de uno de los pares de ojos en la oscuridad.

—¿Qué cosa? —preguntó otro de los pares de ojos.

—¡Cállate y dejen oír! —respondió otro.

Tom puso a Andreas en su cuna, y vio cómo el rubio lanzaba a Peluso fuera de ella, haciendo que el mayor se enojase más.

—¡No te soporto! ¡Rey de los Goblins, si estás aquí llévate bien lejos este niño de aquí! —soltó Tom, a sabiendas de que era absurdo pedir lo de un libro, pero, ¿se valía soñar, no? Con vivir sin su hermano, o él en un mundo donde no lidiase con su madrastra.

Resonó otro relámpago en el cielo, poniéndolo nervioso, y su hermano seguía ahí llorando.

—No dijo bien las palabras. Es un estúpido, ¿dónde aprendió a decirlo así? —inquirió uno de los seres en la oscuridad.

Andreas lloró más fuerte, y Tom lo cargó nuevamente, dándose cuenta que el bebé no iba a parar de hacerlo, lo puso cerca a su rostro.

—Ni siquiera debería cuidarte, ¿sabes? No soy tu padre. Y si sigo siendo tu niñero ni siquiera tendré oportunidad de salir con alguien. Ojalá recordara las palabras para que te lleven los goblins —farfulló Tom, sabiendo que era un pensamiento infantil pero se sentía frustrado.

—No es muy difícil, mocoso tonto: “Ojalá vinieran los goblins y te llevaran ahora mismo” —habló uno de los seres.

—Cállate, igualmente él no puede oírnos —masculló otro.

Tom dejó al bebé en la cuna, no tenía sentido arrullarlo, él seguiría llorando probablemente asustado por los truenos, y ya el mayor comenzaba a tener dolor de cabeza por escuchar sus berridos. Así que soltó un suspiro, sujetando a Peluso, y saliendo de la habitación, antes de cerrar la puerta se sintió tan impotente de estar atrapado un sábado en la noche en su casa, es decir, igual no tenía planes, pero era en vano, nunca tendría oportunidad de tenerlos de todas maneras.

—Ojalá vinieran los goblins y te llevaran… —susurró Tom sujetando el pomo de la puerta—. Ahora mismo —terminó de decir, y el llanto de su hermano desapareció inmediatamente.

Tom frunció el ceño, confundido, abriendo la puerta nuevamente, preguntándose qué había pasado para que su hermano menor se callara, ¿se habría dormido tan rápido?

—¿Andy? —cuestionó entrando al cuarto del bebé.—¿Por qué no lloras? —preguntó Tom, sintiéndose repentinamente nervioso.

Se acercó a la cuna y empalideció de inmediato al verla vacía.

¿Dónde estaba su hermano? El pensamiento de que los goblins realmente se lo hubieran llevado se le cruzó por la mente, pero… ¿Era absurdo, verdad? Sin embargo, empezó a escuchar risillas, se giró y vio a seres verdes, grotescos y pequeños… Tal como describían a los goblins en el libro. Tom se talló los ojos, pensando que era una obra de su imaginación, pero no, seguían ahí con sus risas torcidas al igual que sus dientes.

Sujetó una escoba que estaba cerca, buscando ahuyentarlos, pero con el terror recorriéndole, porque Andreas no estaba en ningún lugar, sin embargo, sí existían los goblins, por lo que era posible que ellos se lo hubieran llevado luego de su deseo.

Empujó a los goblins con la escoba, pero estos volvieron a la oscuridad.

Sin embargo, el viento fuerte entró por la ventana, que se abrió de par en par, haciendo que Tom se cayera al piso, mientras veía a la misma lechuza ingresar a la habitación.

El rubio se aferró a la escoba, dispuesto a golpear a la lechuza de ser necesario, una cosa es verla merodear, y otra muy distinta tenerla dentro de un cuarto, pero antes de que pudiera actuar, Tom vio asombrado cómo el ave se transformaba en un hombre alto, de cabellos rubios con una melena que parecía de león, unos ojos maquillados y muy atractivo, que usaba un traje tan extraño… Unos pantalones ajustados y un frac con lentejuelas, con una camisa con un cuello con blondas tal cual usaba… William, el rey de los goblins.

El recién llegado le ofreció su mano caballerosa a Tom, el cual aún aturdido por su arrobadora belleza, que hacía que el menor pensara que su imaginación al leer no le hacía suficiente justicia a lo muy guapo que era el rey.

Después de un rato, Tom sujetó la mano del mayor, y se levantó con su ayuda, la mano del hombre estaba cubierta por un guante blanco, pero eso no impidió que el menor sintiera una corriente eléctrica recorrerle al sentirlo.

Mientras que Tom lo veía, el rey de los goblins hacía lo mismo, admirando el cabello desordenado del adolescente, color rubio, en un tono distinto, tan único como ese muchacho, con los ojos miel mirándole con fijeza, una nariz respingona, y unos labios llenos que nunca había visto en nadie antes.

—¿Tú eres…? —preguntó dubitativo Tom.

—William, el Rey de los goblins, pero eso ya lo sabías, ¿cierto, Tom? —inquirió el rubio, con una sonrisa de lado.

—¿Te llevaste a mi hermano? —inquirió Tom, recordando de pronto que Andreas había desaparecido, estaba tan obnubilado por ver al hombre que se había olvidado de su hermano menor.

—Sí, tal cual lo pediste —respondió William con orgullo.

—No… ¡No, por favor, devuélvelo! Él estará todo asustado… Mi padre me matará, sin mencionar a Heidi —habló más para sí mismo, porque una cosa era decirlo sin realmente pensar que sucedería y otra que Tom realmente quisiera que su hermano desapareciera para siempre.

—No es posible hacer eso, Tom —habló William, mirándolo con una ceja arqueada, confundido por el cambio abrupto del joven.

—Dime dónde está y yo iré por él, por favor, Rey William —pidió Tom, sintiéndose desesperado por pensar en que su hermano se volviera un goblin, ¿qué es lo que le pasaba al mundo que realmente su libro era algo real en este momento? ¿O tal vez era un sueño? O más bien una pesadilla…

El Rey extendió el brazo, mostrándole que el lugar donde antes estaba la ventana, ahora era el marco simplemente, porque en vez de estar su patio, estaba el reino de los Goblins, con el laberinto inmenso y la tierra seca.

—Adelante… —instó William, y Tom dubitativo entró por la ventana, fijándose que el rey le seguía los pasos, haciendo desaparecer su casa—. Si en verdad deseas buscarlo, tienes que llegar a mi castillo detrás del laberinto —habló, haciendo aparecer un reloj de arena—. Cuando el reloj termine de dejar caer la arena… En aproximadamente siete horas, tu hermano se volverá mi goblin y tú regresarás a tu mundo —advirtió el mayor.

Tom tragó saliva. —Pero…

—No hay pero que valga… Lo que está dicho, está hecho —masculló William para luego desaparecer, dejando a Tom a cuadros.

El reloj de arena seguía flotando, siendo una constante de que tiempo corría. Tom se acercó al laberinto, frustrado porque no veía una entrada.

Observó a un ser como de medio metro con facciones grotescas, no era un goblin, pero sí algo muy parecido, echarle insecticida a las hadas.

—¡Qué atroz! ¿Por qué les haces eso? —inquirió Tom, viendo con lástima cómo caían las pequeñas hadas.

—¿Ah? Porque muerden —soltó el ser—. ¿Qué haces aquí?

—Primero que nada, buenas tardes, segundo, soy Tom, ¿y tú quién eres? Quiero atravesar el laberinto para buscar a mi hermano —barbotó Tom.

—Soy Hagen. Y buena suerte con eso, mocoso —masculló con sarcasmo Hagen, haciendo que Tom frunciera la nariz.

—¿Sabes cómo entrar al laberinto? —cuestionó Tom.

—Sí, por la puerta —señaló Hagen, y Tom parpadeó al notar que sí, había una puerta, sólo que se perdía entre los ladrillos.

—Gracias, señor Hagen —dijo Tom, ingresando.

Hagen chasqueó la lengua y siguió echándole pesticida a las hadas, aunque dentro de sí sintió algo cuando lo llamó señor, nadie lo respetaba, y ese joven bello sí le había hablado, a pesar de que él lo trató de mala forma como a todos.

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Tom se sintió frustrado cuando después de mucho caminar, el laberinto seguía en línea recta, por más que de lejos se veía que era por enrevesados tramos, así que evidentemente estaba atorado, mientras el reloj de arena seguía a su lado, haciendo que la tensión aumentara.

—¿Quieres un cigarrillo? —escuchó que preguntó una voz.

Tom ariscó la nariz, girándose sin ver de dónde provenía, ¿se lo habría imaginado?

—Hey, aquí, chico lindo —volvió a oír, hasta que se fijó que era un gusano en la pared—. Ahí estás, qué bonito muchacho, ¿quieres fumar conmigo?

—¿Puedes fumar? —preguntó Tom, sintiéndose sorprendido cuando el gusano sacó una cajetilla de su bolsillo, y le extendió uno a él.—No, gracias, no fumo. ¿Cuál es su nombre? El mío es Tom, y la verdad creo que estoy perdido —confesó, mientras el gusano soltaba volutas de humo.

—Es porque no estás viendo correctamente —habló el gusano—. Soy Gus. Fíjate en esa pared, Tom. Si lo haces de forma adecuada… Te darás cuenta que aquí no todo es lo que parece —arguyó.

Tom siguió la dirección de su dedo minúsculo y se fijó que efectivamente, había otra entrada que se perdía en los ladrillos.

—Gracias, Gus —soltó Tom, sonriéndole para luego querer ir allí.

—No, no, por el otro lado, Tom —dijo Gus.

Tom le hizo caso yéndose en aquella dirección.

—Pobre chico, si iba por ese camino habría llegado donde el Rey William —se lamentó Gus, pensando que sería terrible que el Rey lo encontrara.

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El Rey William estaba en su castillo, viendo todo el recorrido que hacía Tom, mientras estaba semi echado en su trono, el bebé era cargado por los goblins, que lo mecían de un lado a otro.

Ciertamente el niño no le interesaba, sería un sirviente más… Pero, quería entender qué pasaba por la mente del adolescente, al observarlo tan determinado por querer deshacer sus acciones. El Rey no se caracterizaba por ser complaciente ni benevolente, pero… Aquel muchacho de belleza única le había cautivado, rompiendo su esquema y desestabilizándolo. William sintió la necesidad de cumplirle los caprichos… Vigilándolo atento en el parque, luego se quedó al acecho, escuchando cómo peleaba con su madrastra, después hablando con su padre, hasta la charla que tenía con su hermano.

Y le llamaba poderosamente la atención, no sólo por su atractivo, sino por la infelicidad que cargaba. De algún modo lo entendía, Tom era solitario, se mantenía en un mundo de fantasías para lidiar con su realidad. Mientras que William mismo había creado un laberinto para que nadie se le acercase, donde se mantenía con sus sirvientes y él era quien controlaba al resto…

Sin embargo, Tom… Él quería salvar a su hermano, luego de pedir que se lo lleven, ¿por qué? Si sólo acarreaba sufrimiento para el joven, no lo comprendía.

Pero al William seguir sus pasos se percataba que había algo distinto en Tom, en la forma en que trataba al resto, incluso sacando un lado bueno en Hagen, cuando esa cosa ni sentimientos tenía a su parecer, no lo juzgaba, él mismo no era alguien que le gustase abrirse al resto.

El Rey se sentía conflictuado, por un lado quería sacarlo de su mundo, porque… Ver cómo vencía los obstáculos le hacía sentirse frágil, su castillo era todo lo suyo, lo que no quería que nadie observase fuera de los goblins.

Pero por otro lado, también quería ver lo que era capaz de hacer, si realmente era tan determinado como parecía en cada cosa que hacía.

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Hagen nuevamente estaba con Tom, en realidad tenía órdenes de alejarlo del camino, sin embargo, pensaba que realmente podría ayudarlo, y podía negarse frente a esa expresión de cachorrito apaleado “maldito niño y su rostro bello”, pensaba amargamente Hagen.

—Está bien, te acercaré lo que pueda al castillo —farfulló Hagen, de mala gana, y Tom sonrió feliz.

—¡Muchas gracias, Hagen! ¿Ves que sí tienes un corazón? —molestó Tom, sin borrar la sonrisa de su rostro.

—Nah —dijo Hagen, guiándolo.

Pero cuando estaban dentro de uno de los túneles, apareció el Rey William, mirándolo con fastidio, sujetándolo por la camiseta y poniéndolo contra la pared.

—¿Qué crees que estás haciendo, Hagen? —inquirió William amenazante, mientras que Tom miraba aterrado la violencia del rey.

—¡Suéltalo! —ordenó Tom, haciendo que el Rey lo viera de reojo, pero nuevamente se fijara en el goblin.

—¿Por qué le muestras un atajo? —preguntó William, presionándolo más.

—Señor yo… Sólo iba a despistarlo —masculló Hagen con miedo retratado en su expresión.

—¿Qué? —cuestionó Tom, sintiéndose traicionado y dolido.—Creí que éramos amigos.

—¡Hagen no tiene amigos! —sentenció el ser.

William lo soltó.

—Espero veas que no son de fiar, Tom… Y ya que quieres saltarte algunos pasos… —habló William, girando la muñeca, consiguiendo que el reloj de arena flotante pasara la arena más rápido hasta dejar sólo una poca cantidad por correr—. Veamos si acelerando la apuesta lo consigues —acotó con una sonrisa.

—¡Eso es trampa! —se quejó Tom, frunciendo el ceño.

William se acercó al adolescente y lo sujetó por la quijada.

—¿No es lo mismo que ibas a hacer? —inquirió respirándole en la boca y Tom boqueó nervioso, sonrojándose al tener al hombre tan cerca, sintió su corazón acelerado, y hasta se le olvidaba cómo respirar.

No podía negar que muchas veces había pensado que el Rey de los goblins era un personaje magnífico, que a él le gustaba incluso, pero era diferente leerlo a realmente verlo, sentirlo, olerlo, y literalmente que lo tuviera así de cerca. William lo soltó y desapareció tal como llegó.

—¿Me estuviste mintiendo? —cuestionó Tom, luego de que recordara cómo se respiraba.

—No puedo hacer mucho, mocoso —se defendió Hagen.

—¿Cómo sé si seguirte es seguro? —interrogó Tom dubitativo.

—Es un riesgo. No todos somos de fiar, pero así como es probable que te mienta, también es probable que sea sincero. Es dar un salto de fe —bramó Hagen.

Tom soltó un suspiro, fijándose en cómo quedaba poco tiempo, y decidió creer, siguiéndole.

Llegado un punto, se separaron, por unos instantes no más… Que bastaron para que William apareciera frente a Hagen.

—Dáselo —ordenó William, extendiéndole una manzana.

—¿Tiene veneno? —preguntó Hagen, y el Rey lo miró con enojo, haciendo que el ser simplemente obedeciera.

—Y que no se atreva a besarte o haré que perezcas en el pantano de los hedores —amenazó William, detestando la cercanía que se desarrollaba entre ese monstruo y Tom.

—Sí, mi rey —farfulló Hagen, para que luego William desapareciera.

Hagen fue a buscar a Tom, y lo vio allí ansioso porque se sentía perdido.

—¿Estamos lejos o cerca? —inquirió Tom, mordiéndose el labio inferior.

—¿Tienes hambre? —preguntó de vuelta Hagen.

Tom lo miró y asintió, en realidad no había cenado y tenía hambre, así que Hagen le extendió la fruta.

—Oh, gracias —masculló Tom, dándole un mordisco a la manzana, pero…

Se sintió mareado.

—Lo siento, Tom… —habló Hagen antes de que el muchacho perdiera la consciencia.

Tom se despertó en un palacio… Con un montón de gente con máscaras, trajes elegantes, una mesa inmensa con comida. Pero… ¿Cómo llegó allí? No recordaba nada… Él estaba en su casa, durmiendo, ¿cierto?

Empezó a buscar entre el gentío, ¿qué buscaba? Se sentía tan perdido. La música no hacía más que aturdirlo en demasía, con la gente bailando en parejas.

Hasta que distinguió una melena entre la gente, sonriéndole a una mujer con máscara, y sintió un retorcijón en el vientre, de coraje, ¿por qué él la miraba a ella?

Era William… El Rey de los goblins… Usando un traje tan llamativo, con sus ojos perfectamente maquillados y con ese porte que hacía que sus piernas flaquearan. William se giró a verle, y aquella conexión de miradas hizo que Tom suspirara. El Rey de los goblins había sido una constante fantasía desde pequeño, y ahora por fin estaba ante él.

Decidió avanzar, sintiéndose hipnotizado por aquellos ojos avellana. Se sentía extraño en más de un sentido, como si no usara prendas inferiores, lo que hizo que viera hacia su cuerpo, notando que tenía un vestido con corte de princesa, que se le ceñía al talle, color crema y con la parte inferior tan amplia y pomposa como si él fuera una princesa, y luego notó que no sólo era eso, sino también tenía el cabello arreglado en rizos y una corona en su cabeza, “¿por qué estoy usando un vestido si no soy una chica?”, se preguntó mentalmente Tom, parpadeando confundido, deteniendo sus pasos, sin percatarse que ya había llegado frente a William.

—¿No usabas eso? Un vestido y corona en el parque —farfulló William sonriéndole.

—¿En el parque? —cuestionó Tom, hasta que lo recordó.—No, era una túnica…

—Muy parecido a un vestido, se te luce hermoso… Llevas una corona, realmente no me molestaría reinar a tu lado, Tom —soltó William, ofreciéndole su mano, como cuando se cayó al suelo, pero esta vez para bailar, y Tom dejó de preguntarse por qué vestía como mujer cuando tomó la mano del mayor.

William lo sujetó por la cintura con la otra mano, acercándolo a su cuerpo, y comenzaron a bailar juntos, al ritmo del vals, el Rey guiaba aquella danza, y Tom sentía que flotaba entre nubes, disfrutando de cómo era casi tan natural como respirar el tenerlo a su lado… Y la forma en que sentía esa calidez en su interior cuando el mayor lo tenía tan cerca, de forma apretada, viéndolo con fijeza.

Tom lo consideraba muy bello, el hombre más guapo que había visto en toda su vida. Desde pequeño soñaba con él, por eso de algún modo consideraba esto un sueño, una de sus fantasías. El Rey había sido el motivo por el cual Tom se había cuestionado su sexualidad, y ahora entre sus brazos sólo reafirmaba que se moría por besarlo en ese instante, tan cerca suyo… Ni siquiera importaba la música o la gente alrededor, de alguna manera sentía que estaban en una burbuja.

Tom no recordaba cómo es que lo había visto por primera vez… Aunque fuera un personaje de un libro. Tal vez sólo era un muy elaborado sueño húmedo.

William acercó su rostro al suyo, respirándole en la boca, disfrutando de cómo Tom estaba sonrojado, y tan ensimismado en él. Sabía que era un hechizo, para hacerle perder el tiempo, pero no por ello no se regodearía en esta experiencia.

—Podemos bailar para siempre si así lo deseas… —susurró William contra sus labios llenos que tenían un poco de brillo, sutil y tenue, pero presente para que encajara con el vestido que le había conseguido.

Tom sonrió.

—Me dolerían los pies —mencionó el joven.

—No hay dolor aquí…

Tom iba a responder cuando recordó el dolor que tuvo en el oído por el llanto de Andreas. Por lo que su sonrisa se borró.

—Andreas —musitó Tom, soltando a William, alejándose.

Giró su cabeza a los costados. ¿Qué había estado pensando?

William notó que el reloj de arena volvió a aparecer y suspiró.

—¡Esa manzana! —reclamó Tom, señalándolo.—Esto no es real.

Tom se fijó alrededor, viendo cómo la música paraba y la gente dejaba de bailar.

El menor sujetó una silla y la lanzó contra la pared de cristal, rompiendo la fantasía en mil pedazos y sintiendo caer.

&

Cuando Tom se despertó. Estaba en el suelo, en el mismo sitio donde se había desmayado y Hagen lo miraba.

—¿Estás vivo? —preguntó Hagen, sonriendo.

Tom se sentó. —No gracias a ti, mal amigo —refutó dolido.

—El Rey me amenazó. No pude evitarlo —se defendió Hagen.

—Nos estamos acercando lo suficiente para que tenga que hacer trampa de nuevo —exclamó Tom, levantándose.

—Sí, el castillo está cerca —confesó Hagen.

Tom aún se sentía un poco abochornado por lo que pasó en esa fantasía, principalmente porque en un punto pensó que era uno de sus sueños húmedos. Pero debía seguir.

Comenzó a escuchar el llanto de Andreas. ¿Sería posible que estuviera más cerca?

Tom caminó hacia el sonido del bebé. Hasta que lo vio, ahí estaba Andreas en una escalera. Corrió en su dirección, pero al final era como camino sin salida.

Hagen ya no estaba.

William apareció de nuevo, haciendo que Andreas se esfumara con el chasquido de sus dedos.

—Tom… ¿Por qué sigues aprovechándote de mi bondad? —cuestionó William con expresión dolida.

—¿Bondad? ¿Qué has hecho por mí? —preguntó Tom indignado.

—Pediste que se llevaran al niño y lo hice. Luego quisiste venir aquí, y te lo permití, dejé correr el tiempo, y moví el mundo entero para complacerte. Sólo he cumplido tus órdenes y lo único que pido es que dejes al niño, y te entregues a mí, Tom —habló con sinceridad William, dándose cuenta que el menor realmente había puesto de cabeza su mundo.

—Yo… Sólo quiero a mi hermano de vuelta —respondió Tom, de todas formas sonrojándose por lo dicho—. Aparte… Hiciste trampa, más de una vez, por lo que no considero que seas sincero. Dame al niño, William —exigió empezando a recordar las palabras del libro—. He recorrido muchos obstáculos de tu laberinto para poder estar frente a ti. Y necesito que me devuelvas al niño que has robado —soltó con determinación al rey de los goblin que ya no era imaginario—: Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino… —dudó al hablar la última parte, frunció el ceño, maldiciendo internamente porque siempre se olvidaba esa línea—. Mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino igual de grande…

—Tom… Te daré todo lo que quieras. Reinarás a mi lado, haré tus sueños realidad y seré tu esclavo por siempre… Sólo sucumbe ante mí. Déjame probar tus labios, hacerte mío y mi fidelidad será eterna. Ya no sufrirás más en tu mundo —acotó William. Jamás le había rogado a nadie, pero Tom era infeliz y él igual, o al menos eso notó cuando la constante presencia del joven hizo que su corazón palpitase.

Tom boqueó sorprendido, sintiéndose nervioso por lo que le decía el Rey. Una parte suya quería lanzarse a sus brazos y besarlo, pero su lado racional entendía que Andreas era inocente y no podía convertirse en un goblin. Aunque era más difícil al ver al hombre observarlo con tal devoción.

—No tienes poder sobre mí —dijo por fin Tom la línea final, y el Rey le ofreció una sonrisa que lucía carente de felicidad.

Tom sintió cómo todo a su alrededor se desdibujaba, hasta que finalmente se levantó en la cama de su cuarto. Corrió en dirección al de su hermano y estaba durmiendo tranquilo por fin.

¿Todo esto había sido un sueño?

Miró la hora, ya casi iba a amanecer.

Lo que significaba que su padre volvería con Heidi, y tendría que pedirle disculpas.

Volvió a su cuarto, sintiéndose miserable.

Abrazó a Peluso y cayó en un sueño intranquilo.

&

Cuando se levantó fue por el ruido de su padre tocándole la puerta.

—Tom, ya volvimos, así que ven aquí —mencionó Jörg tras la puerta.

En momentos así es que Tom veía la muerte más como un regalo que como algo negativo.

Suspiró, se metió al baño, lavándose los dientes de manera ausente cuando se sintió observado, se giró y vio la lechuza blanca por la ventana.

Se enjugó, y secó, para luego mirar al ave.

—Will, si realmente eres tú y no un sueño, ven y rescátame. No te lleves a mi hermano sólo a mí —le habló a la lechuza y el ave sólo se quedó ahí, por lo que se sintió tonto.

Tom negó con la cabeza y fue a vestirse.

Cuando terminó de hacerlo, sintió que lo tomaban por la cintura, se giró y sus labios se vieron envueltos por los del más alto, por instinto enredó sus manos detrás del cuello del Rey, sintiendo la suavidad de su boca, y disfrutando de las manos en su talle. Se separaron y William sonrió.

—Te haré muy feliz, Tom —sentenció William, y con un chasquido de dedos los llevó al otro mundo.

Tom se alegraba de estar en el castillo de William, porque sinceramente no hallaba lugar para él en el mundo real. Ya Andreas estaba a salvo, y a él le dolería no volver a verlos, sin embargo, seguir allí implicaba sufrir con Heidi y no vivir su vida, así que disfrutaría lo que le ofrecía William.

William lo llevó a sus aposentos, dónde lo cargó, haciendo que el menor se aferrara a sus hombros mientras lo levantaba por las piernas, haciendo una entrada nupcial que hizo que Tom se sonrojara, golpeándole sin mucho entusiasmo el pecho.

—Oye no soy una chica —replicó Tom.

—Lo sé pero igualmente serás mi consorte y reinarás a mi lado. Si bien no habrá ceremonia, tal vez más adelante, sí consumaremos esta unión para que seas mío y yo tuyo para siempre —dictaminó William echándolo con delicadeza en la cama.

Tom se sintió nervioso al ver cómo el Rey se posaba sobre él, acariciándole las mejillas antes de volver a besarlo, esta vez la lengua del mayor se coló entre sus labios y el menor suspiró, porque tenía temor decirle que era su primer beso y serían todas sus primeras veces, así que decidió dejarse llevar, relajándose en contacto labio a labio. El muchacho podía aseverar que no se cansaría de besarlo, William era dulce, cuidadoso, pero al mismo tiempo demandante, Tom comenzó a seguir los movimientos del Rey con su lengua, y luego sus labios, disfrutando del sonido de humedad, su sabor, y embebido por su aroma, aquel momento era tan onírico y lleno de calor.

William ahora le tocaba el cuello, acariciándolo con el pulgar, y Tom se arqueaba, jadeando en su boca mientras se aferraba a las sábanas sin saber si podía tocarlo, todo su cuerpo quemaba, sentía cómo su dirección pulsaba en sus pantalones y también la dureza contra su muslo, por lo que sabía que el mayor estaba igual de anhelante que él.

La excitación iba en aumento al tener todo el peso del hombre sobre él, y la forma en que su calor no era asfixiante, sino placentero, William le mordió el labio inferior y Tom sentía que se estaba derritiendo, porque su cuerpo le ardía en deseo y comenzaba a mover sus caderas para más contacto, urgido por las atenciones que le iba prodigando el mayor.

Había algo sensual en la forma en que William le jalaba el labio, y luego volvía a besarlo, tomando el control por completo de la situación y a Tom no podía importarle menos, que lo dominase, que hiciera lo que sea con él sin que lo dejara de tocar.

Pronto las manos del Rey se metieron debajo de su camiseta y sus vellitos se erizaron bajo su contacto, y William sonrió en el beso, disfrutando ese estremecimiento y lo suave que era Tom.

William se separó, observando maravillado a su futuro esposo, el con cabello rubio desordenado sobre la almohada, las mejillas encendidas, los labios llenos tan hinchados, brillando por la saliva, entreabiertos, tan disponible para él y sus ojos tan hermosos, eran como dos luceros que denotaban excitación, y podía verse reflejado en ellos, estando más en control de sí mismo sí, pero no por ello menos deseoso por poseerlo. Recorrió con sus dedos debajo de la prenda, para luego sacársela por encima de la cabeza, con una orden silenciosa para que Tom se dejase desvestir, apreció su cuerpo delgado y lampiño debajo de la tela, y después sujetó el botón del pantalón, bajándoselo junto con los bóxers, viendo cómo el adolescente se mordía el labio y se acentuaba su sonrojo, ya que el primer impulso de Tom fue taparse la entrepierna, pero no, aferró sus manos en las sábanas, mientras Bill le abría más las piernas, levantándolas sobre sus pies.

El Rey se relamió los labios frente a esa visión: Tom desnudo de piernas abiertas, con el vello púbico castaño presente, acunando su base, ya que su miembro estaba contra su vientre, con las venas notorias, rosado por la lujuria, y más abajo estaban sus testículos, y… Al final estaba su agujero, tan cerrado que hacía que sintiera que iba explotar simplemente por tenerlo frente a sí.

Tom trataba de voltear la vista, sin embargo, la mirada de William quemaba, hacía que sus piernas flaqueasen al sentirse tan expuesto.

—¿Me lo vas a hacer con la ropa puesta? —preguntó Tom, para luego morderse el labio. Quería verlo desnudo, moría por observar cómo lucía detrás de esos trajes estrambóticos.

William rió, para luego quitarse el saco, desabotonarse la camisa con parsimonia, mientras Tom observaba todos sus movimientos, captando a detalle cómo había un cuerpo blanco y fibroso debajo de la prenda. Después se quitó las botas, para finalmente bajarse los pantalones junto con su ropa interior, y Tom jadeó cuándo vio el miembro de William, era un poco más grande que el suyo, y algo ladeado, ¿cómo es que eso entraría en su interior?

William detectó miedo en la expresión de Tom, y se echó para besarlo nuevamente.

—Tranquilo, seré delicado para que no te duela, ¿está bien? No quiero hacerte daño. Aturdes mis sentidos, y me has ofrecido está oportunidad de tenerte para siempre así que definitivamente puedo hacer a un lado mis deseos egoístas y hacer que todo esto sea lo mejor para ti —susurró William contra sus labios y Tom se estremeció, se lo decía con voz aterciopelada y determinación.

Tom sabía que en sí no se conocían desde hace mucho tiempo, literalmente menos de un día, de una noche, pero él había fantaseado con ese personaje toda su vida, y… Ahora le ofrecía que hicieran el amor para vivir por siempre en aquella vida alterna, dónde sería otro rey, porque no quería pensar en ser reina, y estaría lejos de su miserable vida común y corriente, sin amigos, sin pareja, siendo el que limpia, cocina y cuida al bebé. No, aquí tendría un reino y William cumpliría todos sus deseos, así que sí, quizá todo sucedía muy rápido, sin embargo, estaba listo para entregarse a esa vida.

William bajó… Ahora descubriendo con su boca la piel desnuda de Tom, haciendo que se arquease cuando sintió al Rey lamerle el cuello, pasándole los dientes, sus dedos estaban blancos por toda la fuerza ejercida al apretarlos en las sábanas, aquella zona era tan sensible que él no lo supo hasta ahora y el mayor se regodeó por los gemidos que empezaban a abrirse campo de sus labios, Tom ni siquiera reconocía que esos sonidos salían de su propia boca.

El Rey delineó con su lengua la clavícula del menor, para dejar bajando hasta dar con su pezón, lamiéndolo superficialmente hasta que fue creciendo, y comenzó a succionarlo y Tom intentaba no ver pero era imposible perderse eso, ni siquiera sabía que le excitaba tanto algo así, pero William hizo algo con su lengua, y después mordió un poco, haciendo que Tom soltara un gemido tan alto que probablemente todo el castillo lo habría escuchado. Hizo lo mismo con el otro pezón… Haciendo que su pene comenzara a botar preseminal.

Por suerte dejó sus pezones de lado… Para seguir bajando hasta dar con su vientre, mordiéndolo por algunas partes, consiguiendo que jadeara más fuerte, y luego le metió la lengua al ombligo, pasando con cadencia por el costado de su miembro, hasta que lo sujetó con una mano en la base, para lamer la punta, frente a la atenta mirada de Tom, el cual se sentía tan anonadado por ese hombre hermoso que tenía allí. Su erección se sentía deliciosa en su cálida palma, vio cómo William con presteza hacía que su preseminal sirviera como lubricante para comenzar a masturbarlo, pero después chupó su cabeza, y Tom movió la pelvis, queriendo hundirse en boca, pero el Rey presionó con su mano libre su cadera, y él fue quien manejó el ritmo, saboreando un poco más del joven, disfrutando cómo se sentía en su boca, la forma en que latía, enrollando su lengua alrededor, y cuando notó que ya no movía sus caderas, es que se separó.

Tom jadeó y se sintió frustrado cuando William dejò de chuparlo, pero le acercó la mano a la boca, metiéndole los dedos sin permiso, y el menor los chupó por inercia, haciendo que una sonrisa ladina se formase en la boca de William, ya que su futuro esposo tenía una respuesta rápida, y su boca era tan caliente, más teniendo en cuenta cómo apretaba y succionaba sus dedos, que se imaginaba que sería bueno al hacerle una mamada.

William sacó y volvió a meter sus dedos en la boca de Tom, el cual imitó el movimiento que sintió en su pene, enrolló su lengua alrededor de los dedos del Rey el cual jadeó y su miembro dio un tirón con ello.

El Rey siguió penetrándole la boca y luego lo sacó, dejando a Tom con la lengua afuera, se había dado cuenta que disfrutaba tener algo en la boca, y que se había sentido atrevido en ese momento.

—Tienes un talento natural —halagó William, mirando sus dedos ensalivados con una sonrisa cargada de lascivia—. En otro momento probaremos tus habilidades hasta perfeccionar las —acotó, para luego bajar nuevamente, chupando su polla, y Tom se mordió el labio inferior, y se mantuvo quieto, era tan difícil aguantar el impulso de empujar sus caderas en aquella calidez húmeda que era la boca del mayor, que ahora lo tenía hasta por la garganta.

William bajó sus dedos mientras seguía succionándolo, hasta que sintió ese calor emanar de su entrada y luego acarició por fuera el pliegue, y Tom abrió los ojos por completo, no sabía que era tan sensible allí. El Rey no le dejó tiempo para pensar, porque chupó con más fuerza y le metió un dedo ensalivado, no le dolía pero sentía extraño, y luego es que Tom se paralizó al sentir cómo William le chupaba con más fuerza, mientras giraba el dedo en su interior.

El mayor disfrutaba de cómo apretaba Tom, tan caliente y contrayéndose por el placer, curvó su dedo, buscando su próstata, y lo supo cuando la tocó porque el menor dio un grito y estrechó más su trasero.

Tom no sabía que tenía algo dentro que podía hacerle ver en blanco, pero cuando William volvió a girar el dedo, buscando ese punto, tuvo que morderse el labio, siendo demasiado consciente cuando metió otro dígito. No le dolía, tal vez un poco de ardor pero muy tenue, que se aplacaba porque aún tenía al mayor subiendo de arriba abajo sobre su virilidad, y la boca de William era muy talentosa.

Tom jadeó cuándo William abrió sus dedos dentro suyo, ensanchándolo, y luego presionando su punto de placer.

El Rey se sacó a Tom de la boca, para ahora lamerlo, y esa visión era tan jodidamente erótica, el ver su lengua delinear su erección, pasándose por sus pliegues, y saboreando su preseminal.

William escupió hacia abajo e ingresó otro dedo, y Tom boqueó, realmente más relajado porque aún lo tenía lamiéndolo de esa forma tan sensual y provocativa.

Sin contar la manera en que el Rey lo veía, con sus ojos delineados, su melena de león, y labios tan hermosos alrededor suyo.

Tom gemía, sintiendo que iba a correrse pronto, porque sí, él se había masturbado antes, pero nunca había estado con alguien más. Igualmente sospechaba que era gay porque tenía fantasías con William, aunque no tan claras como lo que estaba viviendo.

William se lo sacó de la boca, junto con sus dedos, y Tom se sintió tan vacío y frustrado.

—Will… —pidió Tom en tono suplicante—. Hazme sentir bien, por favor —acotó, con los ojos brillantes.

William sintió que iba a explotar sólo con eso.

El Rey escupió en su mano, comenzando a masajear su miembro con ella, mientras que Tom sentía que se secaba la garganta con aquella visión, del rictus de concentración de William, y sus roces certeros en su polla.

Pero sólo era la antesala, lo supo cuando abrió los ojos y se ubicó entre sus piernas, guiando su erección hacia la hendidura dilatada de Tom, que latía por tener la atención de antes, y estaba jadeante, cuando sintió la presión de la cabeza del pene de William, y abrió la boca, arqueándose cuando empezó a ingresar… Sí, definitivamente un pene era más grande que tres dedos.

—Lo haré lento… —habló William con la voz apretada, mientras disfrutaba del calor asfixiante de la cavidad del menor, era tan delicioso… Quería hundirse por completo en él, pero no, lo miró a los ojos.

William podía ser cruel con todos menos con Tom. Bajó hacia su rostro, sin querer metiéndose un poco más, para besarlo, buscando infundirle más tranquilidad para que se relajase y fuera más fácil la intromisión. El mayor fue acariciando con su lengua la contraria, haciendo que Tom jadeara en el beso, realmente disfrutaba del sabor de sus labios y la forma tan íntima en que lo hacía. Casi sin notarlo es que empezó a abrirse más… Y William siguió metiéndosela, mientras ahora Tom lo rodeaba con sus piernas, en un intento de tenerlo más cerca.

Tom lo empujó más con su talón, sin querer, por lo que William se hundió por completo en el menor, el cual jadeó en sus labios, sintiéndose aturdido por estar lleno pero al mismo tiempo sin querer soltarlo, le gustaba estar con su aroma obnubilando su mente, la presión de sus pelvis contra su trasero, y cómo… No sabía cómo pero no quería que eso acabara, por más que dolía un poco.

William le lamió los labios, luego chupó su cuello, y esa succión, seguida de cómo el mayor lo sujetó por el pene, hizo que Tom empujara su trasero, por lo que el Rey dejó de chuparlo, soltando un gruñido que se le hizo sexy, y lo mordió en el cuello, mientras comenzaba el vaivén, si el menor iba a tentarlo, él le daría todo de sí.

Tom gimió sonoramente, y ahora soltó las sábanas, aferrándose a la espalda de William, el cual levantó un poco el rostro para verlo boquear de placer. El Rey masajeó el miembro del menor, mientras empezaba el ritmo de las embestidas, al inicio suave, con cadencia, tortuosamente lento, lo suficiente para volver loco a Tom, el cual blanqueaba los ojos, sintiendo cómo le estaba tocando ese punto que había hallado con sus dedos cuando lo preparaba.

Tom se apretó contra la polla de William, este siseó, era realmente una caja de sorpresas, tenía mucha iniciativa y eso al Rey le encantaba, así que subió la intensidad, metiéndosela más profundo, mientras el rubio gemía, arqueándose por instinto al sentir cómo lo llenaban de esa forma deliciosa. Había un eco muy tenue de dolor, pero más reinaba el deseo, y Tom estaba descubriendo un lado que no sabía que tenía.

William disfrutaba de la sensación del interior del adolescente, era tan apretado, caliente y… La forma en que se movía, incluso sin saberlo bien, simplemente empujando su trasero contra su pelvis y el Rey blanqueaba sus ojos, volviendo a besarlo, mientras continuaba con el bamboleo de su hombría.

El Rey siguió con las estocadas, tan profundas y certeras, dándole en su próstata, meciendo la cama al ritmo de su pasión.

Tom sentía magia en ese momento, pero había una conexión única con William, y por más que quería mantenerse quieto no podía, incrustó sus escasas uñas en la espalda del mayor, para luego él tomar la iniciativa de besarlo, chupándole la lengua como había hecho el Rey en su momento, y el mayor se excitó tanto por eso que aceleró sus embestidas.

El menor ahora se aferró a sus hombros, mientras William se lo estaba cogiendo tan rico que se preguntaba si no podían quedarse así… Unidos por siempre de esa forma.

Pero las piernas de Tom ya estaban temblando y sus testículos estaban dando tirones, se iría a correr pronto, volvió a apretarse alrededor de William, no necesariamente de forma intencional esta vez, pero ambos sisearon por la sensación.

William movió las caderas, más rápido hasta que… Tom se corrió con fuerza en su mano, sintiendo que veía brillante bajo sus orbes, un estremecimiento vibró haciendo que sintiera que había nacido de nuevo, manchando ambos vientres, soltando chorros blancos… Apretando tanto su interior que el Rey se vino dentro del menor, sintiendo el orgasmo más intenso que había tenido jamás, bañando sus paredes de semen espeso, consiguiendo que Tom se sintiera extraño por el estar lleno de aquella sustancia viscosa. Sonaron unas campanas que hicieron que Tom se asustase.

El Rey se salió con cuidado, ubicándose al lado del menor, viéndole con admiración.

—Ahora eres mi consorte —dijo William.

Tom se sonrojó, dándose cuenta de lo que aquello implicaba. —¿Todos en el reino saben que lo hicimos? —inquirió con los ojos completamente abiertos, asustado ante la perspectiva de que todos los goblins, y demás seres de aquel mundo extraño supieran que tuvo relaciones con William.

El Rey asintió, con una sonrisa para dejarle un beso cariñoso en la nariz.

Tom sujetó la sábana cubriéndose por completo, sintiendo su rostro arder de vergüenza.

William lo miró confundido, arqueando una ceja, no entendiendo su repentino pudor.

—¿Tom? ¿Pasa algo? —interrogó William, buscando quitarle la sábana.

—¡Sí, todo el mundo sabe que tuve sexo! —gritó Tom, cuando el Rey lo destapó, encontrándolo de un hermoso tono carmesí en sus mejillas, mientras que su cuerpo estaba perlado en sudor por la actividad previa, cosa que hizo que William se relamiera los labios, antojándosele repetir.

—Te dije que no habría una ceremonia todavía pero sí consumaríamos nuestra unión, por lo que era imperioso el hechizo para que todos sintieran que el vibrar en la tierra por el sonido de las campanas era de nuestro orgasmo al haber sido uno solo —explicó con simpleza el Rey, admirándolo en su cama, acariciándole la mejilla con delicadeza, mientras que Tom deseaba que se lo tragara la tierra.

Tom se tapó el rostro con las manos, y William se las quitó con cuidado, acercándose a él.

—No tienes que sentir vergüenza, mi Tomi. Es algo maravilloso lo que hicimos, y a partir de este momento seré tu esclavo para siempre —susurró William contra sus labios, para luego rozar su nariz con la contraria en un beso esquimal, haciendo que Tom sintiera un calorcillo en pecho por lo tierno de aquel gesto, no esperaba realmente que aquel Rey de goblins tan severo y egoísta estuviera ahí, demostrándole toda su devoción por él.

Jamás pensó estar viviendo aquello. ¿Realmente había muerto y este era el paraíso?

Ya dejaba de importarle el que todos supieran que se acostó con William, si con ello lo tendría para siempre.

William acarició su cuello, lo besó nuevamente, y Tom se dejó, relajándose otra vez frente al sentir esa lengua invadirle su boca.

Tendría su final feliz, el cual no estaba escrito en el libro, pero no le importaba, lo escribiría día con día de la mano de aquel monarca.

&

Jorg abrió la puerta de Tom, realmente enfurecido porque su hijo no respondiera. Pero se dio cuenta que la habitación estaba vacía.

El hombre entró al baño y tampoco se hallaba allí.

Se fijó que el libro favorito de su hijo estaba abierto sobre la cama con una pluma de ave blanca sobre él, levantó el libro, fijándose algo extraño en la portada… Jörg parpadeó confundido al notar que su hijo estaba de la mano del Rey de Goblins.

—¿Qué…? —dejó la pregunta en el aire.

Jörg siempre había visto ese libro, y no estaba así… Ni siquiera había imágenes en la portada, simplemente el título, pero no, ahora había aquella imagen que él distinguía al Rey porque lucía extravagante como su difunta esposa siempre le decía, y repetía su descripción al leerle el cuento a Tom de pequeño.

—Jörg, el pulgoso perro de tu hijo no está —avisó Heidi, haciendo que el mayor se girara en su dirección, sin fijarse que Uchi se estaba apareciendo en la portada del libro junto a William y Tom.

F I N

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por Kasomicu

Escritora del Fandom

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