«Persiana Americana»
(One-Shot de Ady)
6:45 de la tarde y la luz que indicaba que el ascensor iba en camino no se encendía. Llevaba minuto y diez segundos esperando a que este hiciera su llegada, pero seguía sin dar señales de ello. No tenía más tiempo para lamentarse, el tiempo apremiaba. Las escaleras eran el único remedio a su problema. Allá iba, a la máxima velocidad que su largas piernas le permitían —había cambiado ya sus elegantes botines de animal print por unos cómodos tenis“New Balance”— ya se resentiría del dolor muscular que estas le dejarían a la mañana siguiente, pero diablos, que cualquier esfuerzo —o sacrificio en este caso— sería gratamente recompensado.
Treinta escalones, cuarenta escalones había subido, y cuando el conteo llegó al número 56 ya estaba jalando aire, la lengua por fuera y maldiciendo al dueño de los condominios que estaba seguro engordaba más su enorme trasero con el dinero que mensualmente los inquilinos pagaban por mantenimiento del inmueble y que éste lo más probable es que gastaba pues el ascensor presentaba ese problema cada vez con más frecuencia.
Cuando vio el letrero con el número cinco que le daba la bienvenida al piso donde él vivía, casi quería llorar y brincar de alegría porque había roto su récord de subir los 60 escalones en menos de cinco minutos. Tomó aire una vez más porque no tenía tiempo para descansar. Apresuró el paso a su departamento. Abrió la puerta que tenía impresa en ella el número 508. Entró como rayo, tirando en la estancia su abrigo, carpetas y revistas que llevaba. Ya después las recogería, ahora no tenía tiempo. Se dirigió a la cocina y de uno de los estantes superiores saco una bolsa con croquetas para su perro que le esperaba echado en el sillón de la sala. Le sirvió el alimento a su mascota, recibiendo de ésta solo un bostezo.
—Al rato te lo compenso, bebé, te lo prometo, ya sabes que esto no puede esperar. Nos vemos, ¡muakk!
Tocó la puerta marcada con el número 512. No había pasado ni dos segundos cuando la puerta se abrió y un atractivo hombre de cabello castaño corto y hermosos ojos verdes, le recibió.
Iba a abrir la boca, cuando éste le dijo —no digas nada, rápido entra, el espectáculo ya va a empezar.
El rubio le sonrió en respuesta y atravesó el recibidor y la sala, hasta llegar a la habitación que había sido acondicionada para uso de una mini oficina. Por fin se permitió expulsar el aire que tenía contenido. Relajó los músculos de su cuerpo y se acercó a la persiana que abarcaba la mitad de la pared, siendo la otra ocupada por la puerta corrediza que daba salida a la terraza. Se ubicó a un lado, abrió la persiana y se permitió disfrutar de un espectáculo digno de dioses.
Justo en la habitación del edificio de enfrente. Un gran ventanal le mostraba a su vecino haciendo su rutina de ejercicios. Ohhhh, sí, Bill se deleitaba viendo al atractivo hombre, que respondía al nombre de Tom, pasar de un aparato a otro duraste una hora. Ese día era jueves y Tom realizaba la rutina para la espalda y el abdomen. Para Bill, ese día, junto con el martes, eran considerados su paraíso terrenal, pues el énfasis que Tom dedicaba a esa perfecta parte de su anatomía se veía reflejada en una playera que después de veinte minutos se humedecía y el atractivo hombre de la nariz más hermosa que haya visto en el mundo —en sí, tenía un rostro perfectamente armonioso y bello— se despojaba de ella y dejaba al aire libre ese bello cuerpo esculpido por los mismísimos Dioses del Olimpo.
Un movimiento muscular en la espalda de Tom y Bill pasaba saliva. Una serie con el aparato para el pecho y Bill abría los ojos respirando forzadamente. Veinticinco abdominales y la mano de Bill ya se había dirigido hacia el sur de su anatomía con un movimiento ya tan rítmico como el de su vecino contando el número de repeticiones.
Hace cuatro semanas que Bill conoció a Tom. Tres semanas llevaba Bill siendo su stalkery dos semanas en las que creía que había encontrado al amor de su vida.
—Querido Georg, ya sé que siempre te lo digo pero…
—Estoy cenando mi cereal, así que antes de levantar mi mirada y verte dime que estás presentable, que no me encontraré con una tienda de campaña, que tu pantalón está correctamente colocado, ¡por favor, por favor, no quiero que arruines mi cena! —le advirtió el hombre cubriéndose cómicamente con un periódico, de la visión del rubio.
—No seas odioso, Georg, baja eso —le quitó el periódico a su amigo, aprovechando también de quitarle la caja de cereal que tenía a un lado. Metió la mano para coger una cantidad generosa de ellos y llevarlos a la boca.
—Dime que te lavaste las manos, Bill, ¿verdad que las lavaste? Es mi comida, es mi preciado cereal el que estás comiendo con esa mano que de seguro utilizas para pajearte allá adentro —lloriqueó.
Bill solo le dirigió una sonrisa divertida y manoseo exageradamente el cereal para al final llevarse nuevamente a la boca un puñado de cheerios que eran sus favoritos. Lamiendo al final la palma de su mano haciendo ruidos por demás obscenos.
—¡Eres un desgraciado, Bill! —Georg le arrebató el cereal y casi llorando se levanto rumbo al cesto de la basura.
—Deja lo dramático para mí —le quitó el cereal antes que lo tirara al cesto. Se dirigió al estante donde estaban los trastes, tomó un tazón sirviéndose leche y cereal. Se sentó frente a su amigo que solo meneaba la cabeza, acomodándose las gafas y esperando a que el rubio empezará con su discurso sobre lo maravilloso, guapísimo y bueno que estaba el vecino del condominio de enfrente.
Había sido bastante cómico encontrar a Bill en su departamento “peleando” con un telescopio para colocarlo en la mejor posición posible para ver la ventana de su vecino que para su desgracia vivía a dos departamento de el de Bill, pero del edificio de enfrente. Bill había colocado una mesa, luego encima de ella algunas de sus preciadas revistas de moda para encontrar la justa altura y ángulo adecuado para que el artefacto que servía para ver las estrellas, mostrará a Bill su propio astro, motivo de sus sueños y desvelos —léase Tom—. Sin embargo, el gasto había sido innecesario porque el telescopio aunque estaba lleno de “articulaciones” no era de material flexible y no podía adoptar la forma que el rubio quería que tomara para observar a su guapísimo vecino.
Días atrás, Georg había encontrado a Bill montando sobre un taburete contorsionándose en varias formas para poder ver a su vecino. El campo de visión que tenía no era el mejor y estaba batallando con estirar de más su de por sí “cuello de cisne” para poder ver algo. Por accidente, Bill había descubierto que su vecino realizaba durante una hora su rutina de ejercicios. Había sido casualidad que Bill saliera a la aterriza de su departamento buscado la mejor señal de wifi y eso lo llevó dirigirse hasta el límite de la cornisa designada para su departamento. Y fue ahí cuando Dios o la fuerza cósmica que fuera, hizo que Tom apareciera abriendo el gran ventanal que tenía y poder divisar de reojo unos aparatos de gimnasio y como este empezaba a realizar ejercicio de calentamiento. Bill había descubierto el paraíso.
Ante esa visión y el dolor de estómago que le dejó el ataque de risa por ver a Bill en ese estado, Georg en tono de broma le sugirió que se comprara un telescopio, claro, no contaba con que su amigo se tomaría en serio sus palabras y se compraría el aparato más profesional y sofisticado que hubiese en el mercado, pero ni eso había logrado que Bill pudiera ver algo de su vecino. Mucho menos si éste lo había colocado desde su ventana pues no quería ponerlo en la terraza y que Tom le descubriera espiándolo. Ver la cara de frustración y tristeza de su amigo hizo que se le escapara una idea descabellada que soltó sin pensar: “ve a mi departamento, mi oficina queda justo enfrente de ese cuarto que él acondicionó como su gimnasio. Mi ventana tiene una persiana así que puedes verlo perfectamente bien y él no se dará cuenta” …
En verdad había sido un comentario inocente, dicho en broma, pero en ese instante no recordaba que la vida de su querido amigo Bill, era una constante locura y que éste aceptaría sin rechistar lo que le había parecido una propuesta con lógica y de argumentos sólidos, y fue así que llegaron a ese momento que se venía repitiendo las últimas dos semanas.
—Estoy enamorado, Hagen, Tom es de los hombres que ya no hay —el rubio revolvía su cereal que ya había perdido su textura crujiente y ahora solo era unas “bolas aguadas” flotando sobre la leche.
—Supongo que sí. Ha de serlo si eres capaz de hacer tantas cosas por él —Georg le sirvió una taza de café y lo invitó a sentarse en el sofá— ¿Qué esperas para hablarle de tus sentimientos o invitarle un trago? Los he visto interactuar. Él te ve —hizo una pausa para encontrar las palabras correctas. Por lo general era muy bueno emitiendo juicios sobre las personas y aunque nunca había tratado a Tom, ni siquiera lo había visto de cerca, creía que era un buen hombre y que mostraba cierto interés por su amigo— con aprecio, cariño me atrevería a decir, y la otra vez sacó a pasear a Pumba. Es guapo, buena persona y gay. No sé qué esperas para lanzarte.
—Ya te lo había dicho, es la vergüenza. Cuando lo tengo a mi lado me entra la timidez, inseguridad. Hemos coincidido varias veces en los paseos de nuestros perros o en el Starbucks… pero al final no puedo articular frases de más de cinco palabras y nos sumimos en silencio —meneó la cabeza sonriendo— es increíble que yo sea editor de una revista de modas, que esté acostumbrado a hablar a decenas de personas, entrevistar y cuando estoy junto con Tom todo se me olvida —sorbió de su café y mirando a nada en específico, añadió — así que esta situación está bien para mí. Que siga siendo un platónico, un inalcanzable.
—Te llegará el momento amigo, te llegará —Georg abrazó por el cuello a Bill y le dio un beso en la frente. Quería mucho a su amigo y deseaba lo mejor para ese rubio de buen corazón.
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Había pasado toda la tarde del sábado flojeando en su habitación. No tenía ganas de ir a trabajar pero en lugar de hacerlo en casa como tenía previsto, decidió que había sido más interesante ver películas clásicas del cine de oro y ahora se encontraba viendo “Made for each other” de Carole Lombard . Su intención no era ninguna que no fuera salir de la cama al baño pero el ladrido de su bulldog inglés parecía arruinarle sus planes. El perro muy rara vez le demandaba algo, pero hoy era justo uno de esos días que su mascota se ponía en modo diva y le exigía salir a tomar el sol que se divisaba acogedor desde la ventana. No teniendo escapatoria alguna, tomó la correa de su mascota y salieron a dar su paseo.
Apenas habían dado dos vueltas caminado alrededor del parque y Pumba ya pedía tregua. Bill solo se reía pues le parecía cómico que su mascota pidiera caminar pero no aguantaba avanzar mucho. Se aproximaron a un bebedero para los perros y el perro hizo lo propio. Minutos después emprendieron el camino de regreso, no sin antes pasar por su capuchino frío al Starbucks. Justo al doblar la esquina, el rubio divisó que Tom se dirigía por el mismo camino que él. También llevaba a su perro y en ese momento decidió que era el “ahora o nunca”
—Pumba, pequeño échate y no te levantes hasta que yo te diga.
Bill se había sacado la lotería —también el perrito— cuando adoptó al bulldog inglés. Al saber que él podía costear el tratamiento que tendría de por vida el cachorro quien nació con una arritmia cardiaca y la inmediata química que se formó entre ellos fue el paso definitivo para su adopción. Pumba era un ser tan noble que podía estar minutos solo viendo y esperando alguna orden de Bill para moverse. Era un perro muy listo y como tal obedeció a su amo inmediatamente.
—¡Oh, mi bebé, ¿qué te pasa? ¿Te duele algo? ¿Por qué no te levantas?
—¿Qué pasa con él? ¿Se lastimó? —un Tom visiblemente preocupado se agachó a donde estaban Bill, buscando lo que le hubiera causado el mal al perrito.
—Creo que algo se le enterró pero no encuentro nada. Lo voy a llevar al veterinario, pero primero debo pasar a casa.
—Yo los llevo con el Doctor, sino te importa con el que llevó a Capper es muy bueno. Solo espérame mientras voy por mi auto.
Y ahí estaba Bill metido en un problema. No podría llevar a su cachorro con el veterinario porque se darían cuenta que el perro no tenía nada y su mentira saldría a la luz. Puso su cerebro a trabajar más rápido que cuando tenía que elegir entre hablar de moda Vintage o la moda de los ochentas para un artículo de la revista.
—¡No, no te preocupes, mi amigo es veterinario y él atiende a Pumba desde que vive en mi casa. Es mi vecino! —Listo Bill, una mentira más y si esto fuera la tierra de Disney la nariz ya te hubiera crecido, se dijo para sí mismo y esbozó una sonrisa.
—Entonces, déjame llevar a Pumba a tu departamento. Pesa mucho y no creo que puedas cargarlo con todo lo que llevas en la mano y dudo que él pueda caminar —le ofreció una linda sonrisa.
“Este hombre tiene que ser para mí, tiene que ser para mí. Soy un buen hombre, hijo, amigo padre de Pumba. No tiro basura, ni escupo en la calle, bajo la tapa del inodoro y sé que Lagerfeld es el Dios de la moda”, pensaba Bill mientras iban subiendo las escaleras del tercer piso y Tom no mostraba señas de cansancio alguno o si lo sentía lo escondía muy bien pues los veinte kilos de su bulldog ni Bill los aguantaba más allá de diez metros… pero Tom era “harina de otro costal”. Le iba platicando de sus diferentes cosas atendiendo al mismo tiempo que cargaba a su bulldog inglés y veía a su propio perro. Todo eso le hacía más bello y perfecto a los ojos de Bill, quien embobado le devolvía las sonrisas y le mandaba miradas como de colegiala enamorada.
Al llegar a su puerta, Bill le abrió para que depositará a su perro “enfermo” en el sofá, mientras Bill fingía una llamada a su amigo el “veterinario”, Georg, Tom le preguntó con una seña si podía ir a la terraza a fumar un cigarrillo, Bill asintió.
—Tienes una bonita vista —fue lo que escucho Bill al pararse junto a Tom después de cinco minutos.
—No seas mentiroso —le respondió Bill al pararse de espaldas apoyándose en la baranda de la terraza— Solo hay edificios que ver por todos lados o si estoy de suerte y alzó la vista puedo ver un cielo despejado o la luna, pero fuera de ello no hay nada que ver, ”enfrente de mí no, pero si veo hacia la izquierda tengo un espectáculo de ensueño todas las tardes” pensó.
—Cierto —estuvo de acuerdo Tom— pero dudo que el vecino de allá opine lo mismo —Bill no entendía a lo que se refería Tom, hasta que siguió con sus ojos la dirección que Tom apuntaba con su dedo.
—¿ A, a qué te refieres? Tragó saliva.
—Me espía —fue la corta respuesta de Tom quien cayó como una tonelada de piedras para Bill— desde hace semanas lo he notado —prosiguió Tom— y creo que él no se ha dado cuenta. Al principio pensé que no era nada cuando observé su silueta a través de la persiana pero cuando eso pasó frecuentemente supe que no era una conducta normal. No es que sea halagador el que una persona te espíe, porque no sabes qué tipo de gente es ni sus intenciones —inhaló su cigarrillo— no puedo dejar de hacer mis actividades por esa persona, pero por lo menos ya no me quito la playera. Siento en alguna manera que mi privacidad ha sido violada.
Si Bill creía que su plan era perfecto, ahora se lamentaba el pasar por delante de los ojos de su amor como un acosador pervertido y a saber que más adjetivos nada favorecedores sobre su persona. Lo que a él le parecía una muestra de amor, de “locura” pero de las buenas, de las inocentes el hacer eso por Tom. Ahora que Tom dejaba expuesto cómo él lo veía, cómo él lo percibía, toda esa situación le resultaba grotesca.
Y como si la suerte estuviera cavando su tumba, el saludo de un “¡Hola Bill!” proveniente del departamento que Tom acusaba donde vivía su stalkeador le hizo enfrentarse a la realidad. No había vuelta atrás, tenía que ser responsable de sus actos. No podía dejar que Georg fuera considerado como una “persona peligrosa” a ojos de Tom.
—Hola Georg —Bill apenas pudo sostenerle la mirada.
Tom volteó hacia Bill dirigiéndole una mirada que mostraba su sorpresa —¡Es tu amigo el veterinario! —exclamó en voz baja— ¿pero por qué no viene a ver a Pumba? Ya le dijiste que está mal de su patita —Tom siguió diciendo más cosas que Bill no entendía dado que su mente se había bloqueado y no sabía cómo actuar.
—¿Todo bien, Bill? —Georg le gritó desde su lugar. Intuía que algo no estaba bien porque cuando el rubio lo miró, su rostro se veía pálido y el hecho de que Tom estuviera con él hizo pensar que tal vez el rubio estaba pasando un momento incómodo y lo mas normal entre amigos era apoyarse.
—¿Ya terminaste la consulta que tenías con el gato de la señora Schafer? Pumba te espera. Bill le hizo gestos con la cara y Georg aunque no entendía que significaban, decidió seguirle la conversación.
—Sí, allá voy. Deja voy por unas cosas.
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No hay fractura alguna, creo que solo fue un calambre —No tenía el más mínimo conocimiento de clínica veterinaria, pero ahí estaba Georg como buen amigo de Bill fingiendo hacer una revisión que recordaba le habían hecho al perrito de su novia cuando él la acompañó. Trataba de recordar alguno de los términos que usó el médico en la revisión de Buddy y aparentar un conocimiento que le era desconocido— con reposo y un antiinflamatorio será suficiente —finalizó su diagnóstico.
—Pero no trajiste ninguno —señaló Tom desde su posición justo a un lado del perro que seguía interpretando magistralmente su actuación.
Georg sentía desde que llegó, la mirada pesada que Tom le dirigía. No dejaba de observarlo y Georg pensaba que quizá había hecho algo mal o simplemente no le agradaba al hombre.
—Por salir rápido se me olvido. Ahorita voy por el analgésico en mi casa —¿analgésico? —Tom le interrumpió— dijiste que sería un antiinflamatorio. —¿es una mezcla de ambos? El de ojos verdes dudó en su repuesta y volteó hacia Bill solicitando su ayuda.
—Yo tengo el ungüento para desinflamarlo, en un momento se lo pongo. Muchas gracias Georg, sé que estás cansado así que ya puedes irte, mañana te informo como sigue Pumba.
—Sí, sí, yo paso mañana a verte. Adiós
—Bill, Tom nos vemos —le dio la mano a Tom y este le saludó con más fuerza de la que se puede ejercer en un apretón de manos. —Nos vemos.
Al cerrar la puerta, Tom se giró hacia Bill —Es bastante extraño tu amigo —Bill solo se encogió de hombros pues no sabía que responder hacia ello— No es mal parecido, al contrario es atractivo, pero en definitiva No es mi tipo y menos teniendo esas conductas —enfatizó la palabra No.
—Es un gran amigo, el mejor —Bill sentía que tenía que defender a su amigo porque no merecía el desprecio que parecía haberse ganado gratis por parte de Tom —Yo no sabía que te miraba. Yo… Una vez más Bill decidió quedarse callado. No estaba listo para contar la verdad a Tom y que éste le despreciara.
—Quizá lo sea, pero su conducta parece decir todo lo contrario. —Tom fue tajante.
—Gracias Tom, por todo. Disculpa que no te haya ofrecido algo después del esfuerzo físico que hiciste al cargar a mi bebé, pero ahora yo —Bill sentía que en cualquier momento se pondría a llorar— ¡Hey, tranquilo Bill, no te sientas mal! —Tom le frotó ambos brazos como señal de confort— no voy a hacerle escándalo alguno a tu amigo. Si fueran otras las circunstancias quizá yo hubiera aceptado salir con él alguna vez…. —una mirada que parecía triste se adueñó de sus bellos ojos castaños— solo te pido que hables con él, ¿si?
—Te veo después. Adiós, campeón —se acercó a Pumba y le acarició por detrás de las orejas— Capper vamos —el perro que dormía tranquilamente junto a él bulldog despertó y siguió a su dueño.
Bill suspiró, recostándose en la puerta “demasiado bueno y bello para ser real”.
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Se dirigía a las escaleras, cuando escuchó que una puerta se abría. Por inercia volteó y encontró al amigo veterinario de Bill que se dirigía también a la salida. Sus planes no eran reclamar nada, pero la oportunidad se presentó.
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El auto del servicio Uber se detuvo en la entrada del edificio. Bill salió con una maleta en la mano y en la otra llevaba a Pumba. Se adentró al vehículo y en la privacidad que este le permitía abrazo muy cerca de si a su mascota y se derrumbó.
Abrió la puerta para ir al departamento de Georg y explicarle lo sucedido con Tom. Cuando había dado dos pasos fuera de su casa una plática llamó su atención y lo que temía se hizo realidad: Tom hablaba con Georg.
Aunque sabía que Georg era su amigo fiel e incondicional también sabía que en esta ocasión por mucho que lo quisiera no iba a permitir que su reputación fuera manchada. Si Georg le contaba la verdad a Tom no podría negarla y ante los ojos de él, Bill quedaría como un desagradable acosador. Cuando escuchó salir de la boca de su amigo la frase “Bill es un gran tipo, no un acosador” su mundo se derrumbó.
—Hemos llegado a la estación de trenes, señor —la voz del chófer le sacó de sus pensamientos.
Bill había huido. Ya mañana alegaría una enfermedad o un problema familiar. Sabía que seguía cometiendo error tras error, pero por ahora creía que era conveniente poner tierra de por medio.
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Una gran cantidad de sobres, paquetes y regalos cortesía de diferentes marcas con las cuales laboraban o tenían un convenio le fueron entregadas por la recepción del edificio. Dos semanas después, Bill había regresado a casa. Era viernes por la tarde, ya el lunes se pondría al día con el trabajo en la revista. En cuanto abrió la puerta de su departamento colocó toda la publicidad en la mesa central dispuesto a revisar todo y dar respuesta inmediata a peticiones y reorganizar la agenda laboral que por su actuar inmaduro había alterado.
Después de una hora en la que estuvo acomodando sus cosas se dirigió a la cocina esperando que el encargado no le haya cortado el gas pues se fue sin avisar. Comprobó que efectivamente no había servicio de gas y como única opción saco del estante de la despensa una sopa instantánea. No tenía ganas de salir a comer, no ahora. Mientras el microondas preparaba su alimento, habló a la recepción solicitando que el servicio de gas le fuera restaurado. Con el ramen ya cocinado regreso a la sala notando en el camino una nota en el suelo que le había pasado desapercibida cuando llegó. La recogió del suelo y leyó:
“Cuando decidas volver o contestarme el teléfono, me hablas. Creo he sido un buen amigo como para que me ignores y no sepa de ti. Tenemos mucho de qué hablar . Georg”.
Ahora que había regresado no podía seguir postergando el hablar y pedir disculpas a su amigo ni el enfrentar lo que sea que Tom le tenga que decir, eso si le dirigía la palabra. Vio el reloj de la pared y este marcaba las cinco de la tarde. Georg regresaba hasta las seis. Tendría una hora para descansar y hablar con él.
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Se había quedado dormido el día anterior y no pudo llamar a su amigo. No quería llamarle por teléfono, no era lo propio. Eran las nueve de la mañana y Bill esperaba que Georg pasara rumbo a su trabajo para hablarle. Los sábados Georg solo iba a aplicar unos test y al mediodía ya estaba de regreso. Efectivamente, Bill apenas había abierto la puerta y Georg iba pasando frente a él. Cuando estaba apunto de abrir la boca, Georg fue más rápido que él y le abrazó.
—Idiota, me espantaste, me tenías preocupado. No vuelvas a huir nunca más. Eres un hombre hecho y derecho para dar la cara por tus acciones. —El de ojos verdes le dio un suave tirón a sus mechones rubios y una suave bofetada— se me hace tarde para hablar contigo, en la tarde cuando regreses, vamos a hablar porque hay mucho que platicar…demasiado diría yo.
—Georg, yooo… quiero pedirte disculpas por cualquier problema en que te haya metido.
—Y vaya que lo hiciste, Billy boy, pero de eso hablaremos al rato. Se me hace tarde. —Con una sonrisa el castaño se dirigió al ascensor que al parecer finalmente habían arreglado en su ausencia.
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El timbre de la puerta con el número 512 sonó. Un Bill elegantemente vestido esperaba nervioso por la plática y cena que tendría con su amigo. Le había extrañado el mensaje por teléfono que Georg le mandó una hora atrás. Le pedía ir bien arreglado pues saldrían a divertirse. Tenía meses que no lo hacían, porque Georg pasaba tiempo con su prometida y Bill dividía su tiempo entre las fiestas de alguna presentación de marca o artistas a las que tenía que atender. Estaba cansado de mucha vida social y lo que deseaba era llegar a su casa a descansar o como venía haciendo las últimas semanas espiar a su vecino.
—¡Fiuuuuuuuuu, Bill luces matador! —halagó su amigo al abrirle la puerta. Lo invitó a pasar mientras terminaba de realizar una llamada.
—¿A dónde vamos? —Preguntó el rubio tomado asiento, pues al parecer Georg tardaría un poco más pues ahora en lugar de hablar se texteaba con alguien.
—No comas ansias, es sorpresa. Es un nuevo lugar que acaban de inaugurar y dicen que hay buen ambiente y diversidad de gente.
—Ya sé para dónde van los tiros, Hagen, y no, no me interesa relacionarme con alguien en una relación amorosa. No después de mi fracaso de hace días sin haber iniciado ninguna —sonrió con esfuerzo, tratando de zanjar el asunto o lo que sea que su amigo estuviera planeando.
—No te preocupes, Bill, mi intención no es emparejarte con alguien que tú no quieras —cerró el celular— listo, vámonos. Te prometo que hoy será una gran noche.
—Eso espero.
Una vez apagada las luces, ambos salieron y justo cuando iban a abordar el ascensor, Georg recordó que en su oficina había dejado las invitaciones para entrar al club. Poniendo cara de perrito le pidió a Bill que fuera por ellas mientras él hacía una llamada más a su jefe que lo estaba torturando con llamadas y no quería atrasar más la salida. Bill estuvo apunto de negarse, porque si entraba a esa habitación le traería un dolor que él ya quería superar. Sin embargo le debía mucho a su amigo y aunque aún no hablaban de lo sucedido con Tom, ni lo que éste le había dicho, no podía negarse a hacer un favor.
—Están sobre la carpeta azul. Son los únicos sobres que encontrarás.
Cuando abrió la puerta de la oficina de Georg, creyó escuchar el latir de su corazón. En la oscuridad del lugar el silencio era abrumador. Dirigió su mirada hacia la tenue luz proveniente de la luna que se filtraba a través de la persiana. Se dirigió hacia ella y con paso temeroso se asomó a la ventana descubriendo que en el departamento de Tom también estaba en penumbras.
De repente una luz proveniente del edificio de enfrente se prendió cegando por segundos sus ojos hasta que sus pupilas se acostumbraron a ella. Fue tarde para retroceder, fue tarde para no ver a Tom que se encontraba justo enfrente de Bill, solo divididos por los metros de distancia de un edificio al otro. Bill no sabía si Tom lo podía ver al estar él en la oscuridad. Le pareció ver que Tom buscaba algo con la mirada. Quería ver a través de la persiana o eso creía Bill así que instintivamente se hizo a un lado. Y fue así que por segundos se permitió espiar a Tom una vez más, quizá la última vez.
Había algo diferente en esta ocasión: no sólo era lo atractivo que se veía Tom al estar usando un traje negro que resaltaba su perfecta figura. Parecía que se había preparado para salir. El perfecto cabello recogido en una coleta alta y su preciosa cara, con su perfecto perfil más bello que de cualquier escultura o deidad griega. Sino que era la ausencia de los aparatos e instrumentos que componían su gimnasio privado. Ahora en su lugar había una mesa pulcramente puesta para una cena de dos personas, además de la atmósfera románica que se desprendía desde ese lugar. El corazón de Bill sufrió una vez más al pensar que Tom esperaba a alguien, que ya había encontrado a su persona especial.
Cuando ya se iba a retirar, observó que Tom recibió un mensaje o algo así porque abrió su celular y después de leer algo sonrió. Se dirigió a la habitación y encendió el reproductor musical que siempre acompañaba a Tom cuando hacía ejercicio. Solo que ahora no era la música electrónica que siempre solía escuchar sino “All of Me” de John Legend, que era la canción que le había contado a Tom hace semanas que era su favorita y que Tom ahora cantaba.
Lo que siguió a continuación dejó sin aire al rubio. Tom empezó a bailar lento, balanceándose, siguiendo la música, sintiéndola mientras se iba despojando poco a poco de sus prendas. Aflojó el nudo de la corbata para luego deshacerse de ella. Le siguió el saco y con una tortuosa calma se desprendía uno por uno de los botones de la camisa hasta que esta quedó sin atadura alguna. Poco a poco la prenda fue deslizándose sobre sus brazos, hasta dar al suelo. Lo siguiente en ser retirado de su cuerpo fue la camiseta que dejó al descubierto el perfecto pecho y abdomen de Tom que era bañado por la tenue luz.
Bill estaba pasando por la tortura más placentera que hubiera imaginado. No sabía que había hecho para merecer ese momento tan lleno de erotismo, de sensualidad. Sabía que seguía enamorado de ese hombre y no habría un alguien que le lograría quitar de su cabeza ni de su corazón.
Cuando la música cambió y parecía que Tom iba despojarse del cinturón, la realidad golpeó a Bill y de dio cuenta que todo eso que estaba haciendo Tom no era dirigido a él, sino a otra persona. Su derrota había sido consumada.
Tom había detenido su baile, agacho la cabeza, pero aun así Bill alcanzó a ver una sonrisa en su rostro. Quitó su mano del cinturón y la dirigió a el bolsillo de su pantalón. Tecleó un número.
El cuerpo de Bill tembló al sentir la vibración de su celular.
La respiración de Bill se volvió errática cuando vio el nombre de “Tom” iluminando la pantalla de llamada entrante. En las dos semanas que se había ido, Tom nunca le llamó.
El corazón de Bill se detuvo un segundo cuando escuchó al otro lado de la línea un “hola” de Tom.
—Hola Tom. Su voz apena se escuchaba.
—Te estás tardando. Tom habló con calma.
—¿Tardando? Repitió Bill. Tardando ¿para qué? —Preguntó una vez más.
—Sal a la terraza.
—No estoy en casa
—Lo sé… estás en casa de Georg, mirándome a través de la persiana.
Bill quería que la tierra lo tragara. Tom lo había descubierto y ahora tendría que enfrentarle. Con paso firme, se dirigió a la puerta que daba al exterior.
El frío viento que se sentía en esa noche Berlinesa le dio la bienvenida. Se situó hasta el borde, donde tenía permitido. Miró de frente al hombre de sus sueños semidesnudo, con algunos mechones de su cabello siendo balanceados por la mismo viento que a él trataba de refrescarle del calor, del sonrojo que estaba seguro sus mejillas tenían.
—¿Por qué te fuiste? —Siguió Tom preguntado por el teléfono.
—Porque me descubriste.
—Te fuiste y no pudimos hablar.
—Hablar ¿para qué? Dejaste claro tú punto y tienes toda la razón. Soy un ser patético y anormal. Perdóname Tom, regresé y volví a caer en lo mismo, perdóname.
—Lo único que no puedo perdonar es que huiste.
—¿Qué?
—Te lo dije, estas tardando en venir acá y ya empieza a hacer frío. Si no quieres ser causante de mi muerte por la hipotermia, más te vale que muevas tu bello cuerpo hasta aquí. Además la comida se está enfriando —señaló la mesa que estaba detrás de él.
—Tom ..¿tú me estás queriendo decir que… tú también me amas?
Recibió un asentimiento de Tom con una bella sonrisa.
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Se dirigió corriendo al ascensor encontrándose a Georg sentado en las escaleras. Este le dijo un “no sirve otra vez”. Bill se agachó hasta su posición y abrazó fuertemente a su amigo dándole miles de gracias.
—No hice la gran cosa. Solo hice lo que te negabas a hacer, solo hable con él —Bill le sonrió de verdad— anda, ve con él, no pierdas más el tiempo.
—Te lo pagaré.
—Quiero una cortesía en el Soho House.
—¡Je, no pides nada Georg…. Pero lo vales! Dalo por hecho.
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Cuando Tom abrió la puerta un par de brazos los envolvieron sin ganas de soltarlo y él tampoco quería soltarse. Ambos se permitieron cerrar los ojos y respirar, inhalar el aroma del otro. Con calma y aún abrazados Tom cerró la puerta y los dirigió al interior de la casa.
—Te pusiste la ropa —atinó a decir Bill con un toque de decepción en su voz, al tiempo que miraba de cerca el hermoso rostro de Tom y se perdía en su mirada.
—Te tardaste. Te dije que estaba haciendo frío —respondió Tom con cierto tono de berrinche.
—El maldito ascensor que sigue sin funcionar.
Tom le dedicó una hermosa sonrisa y sujetó su barbilla para no perderse de ningún rasgo del hermosos rubio que tenía en sus manos. Le quedó viendo con adoración y cerró distancias con un beso.
Se perdieron en el beso, se sumergieron en una vorágine de sentimientos. Cuando el beso se intensificó ya no había ninguna duda para ese par de corazones: eran el uno para el otro.
Se separaron entre pequeños besos y Tom dirigió a Bill a la mesa que había preparado para ellos. Al llegar ahí, Bill no pudo evitar que su mirada se desviará al edificio de enfrente y desde su ahora nueva perspectiva vio la ventana de Georg, la persiana que había sido la “culpable” de toda esa nueva historia.
—¿Por qué me hiciste ese Streptease ? No es que yo me queje —hizo una pausa dándole un beso profundo a Tom. Apenas llevaban unos minutos como ¿pareja? Y ya se estaba volviendo adicto a los labios de Tom— me dejaste con ganas de ver hasta dónde llegabas.
—Georg me dijo que esa era tu fantasía —dijo Tom como si nada, restándole importancia al asunto— Que eso te volvería loco —aspiró el aroma de su cuello— Solo que se le ocurrió que lo hiciera hoy justo cuando las noches en Berlín empiezan a ponerse frías —tembló— pero si tanto lo quieres —besó la vena que sobresalía y palpitaba en el cuello de Bill— después de cenar lo puedo hacer completo para mí “espectador” favorito y luego pasar al postre.
“Maldito Georg” pensó Bill al mismo tiempo que asentía a la sugerencia de Tom y volvía a cerrar el espacio entre sus cuerpos, sellando una vez más sus labios que ya parecían ser diseñados para no separarse nunca más.
F I N
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