Telaraña de tarántula

Día 7: Feminización forzada.

Inspirado en el libro Tarántula de Thierry Jonquet.

Nota: Si te suena el resumen pero no el título del libro, es quizá porque has visto la película “La piel que habito”, de Pedro Almodóvar, y bien, no digo que me basé en la película porque me fui más para el enfoque del libro, que es un poco más crudo, y vaya, es el día 7 del incestember, así que tenía que ponerle un parentesco entre ambos que se descubrirá conforme lean. Si no te has leído el libro ni la película, sin problemas, porque es más inspiración que adaptación, ya que aquí me saqué otros personajes, otras historias y un trasfondo diferente pero más retorcido. Repito que la premisa es del día 7 del incestember 2026, evento organizado por Sunmess Odinson.

Advertencia: Este oneshot contiene asesinatos, consumo de drogas, violación, violencia, mutilación, secuestro, Síndrome de Estocolmo, y demás temáticas turbias, SI ERES SENSIBLE NO LEAS, si sí puedes leer algo separando bien la realidad de la ficción, entonces bienvenido, ponte cómodo y déjame tu opinión al finalizar.

(One-Shot de Kasomicu)

«Telaraña de tarántula»

El hombre mayor frunció el ceño ante la negativa que recibió, porque él estaba siendo muy condescendiente para no tener que emplear la fuerza.

—Te repito, Tamara… —habló el hombre con un tono frío pero determinado.

—No me llamo Tamara, ¡no me llamo así! —interrumpió la persona más joven, que parecía al punto de un colapso nervioso al escuchar su propia voz, completamente diferente a como era antes.

El hombre mayor soltó un suspiro. —La fase de aceptación ya debió pasar, Tamie, así que colabora, preciosa o sino tendré que hacerlo por ti —barbotó en un tono que implicaba amenaza haciendo estremecer al contrario.

—Yo no… Por favor, yo no soy una “chica”, no soy una “preciosa”, por favor, no —masculló la persona con la voz trémula, no quería rogar pero debía hacerlo, aún miraba como si fuera algo amenazante aquel estuche que le había traído el mayor.

El mayor sonrió de medio lado, acercándose hasta la otra persona, tomándolo por la quijada e inclinando su rostro contra el suyo, casi respirándole encima.

—Eres una hermosa mujer, mi amor, yo te hice así, cada parte de tu cuerpo, está hecho para rectificar lo que eres. Así que, será por las buenas o por las malas, Tamie —soltó el mayor apretando la quijada de Tamie, quién ahogó un jadeo sintiendo todo su cuerpo temblar por el pavor que le despertaba aquel hombre, su captor.

Tamara asintió y el mayor la soltó, observando cómo es que la muchacha abría el estuche, que tenía un set de juguetes en forma alargada, fálica pero no del tipo realista, eran de acrílico, algo que definitivamente no se conseguiría en una tienda de productos para adultos, esto era meramente orientado bajo un enfoque clínico, haciendo que la joven tragara saliva con nerviosismo, y levantó la mirada hacia el mayor, aquel hombre pelinegro con mirada intensa, quien le sonrió nuevamente, gesto que en lugar de ser tranquilizador, sólo era más amenazante. Sujetó el juguete más pequeño, y el tubo de lubricante que estaba allí.

—¿Puedes irte? Puedo hacerlo mejor si te vas —masculló Tamara.

—No, debo supervisar que lo hagas bien, y también si sucede algún inconveniente debo mantenerme al tanto, así que me quedaré observando —sentenció el mayor—. Lo que sí, intenta antes con los dedos para que no sea muy invasivo —agregó en tono clínico y es que él era un médico en realidad, un cirujano plástico reconocido.

Bill Kaulitz era uno de los mejores cirujanos a nivel mundial, sólo de que por sí en Alemania no existía persona alguna que no supiera de él.

Tamara tragó saliva con nerviosismo, en lo que se alzaba la falda y bajaba la ropa interior, ya que el mayor sólo le dejaba mantenerse con faldas o vestidos, nunca pantalones, dando como argumento que era para evitar infecciones, pero no, era muy consciente de que esto era más bien orientado a que era una mujer para el hombre mayor.

No era una novedad que Bill observara la vagina de Tamara, la diferencia radicaba en que cuando lo hacía era para revisarla no para ver cómo se iba a meter los dedos y un juguete.

Tamara abrió el tubo de lubricante, sujetando un poco con sus dedos, para guiarlo hasta su… Abertura, no le gustaba referirse a aquella zona como vagina, sintiendo cómo se le nublaban los ojos mirando al techo al momento de palparse e ingresar un dedo.

Siseó por el dolor, sacándolo de inmediato y Bill se mantuvo observando la escena de Tamara con las piernas abiertas.

—No te estás relajando, Tamie, sé una buena chica y cálmate mientras recibes tu dedo, que sigue siendo más pequeño que el juguete, eh —masculló Bill en tono acusador.

—Duele, no puedo, allí… No es para recibir algo, no puedo —rebatió Tamara, volviendo a ver al doctor quien sólo se rió.

—Claro que es para recibir algo, sólo que es cuestión de práctica y adecuarlo para que sea elástico, para que resista más cada vez. Porque eres una mujercita y debes ser consciente de que deberás recibir siempre, debe estar listo en algún punto para recibirme, lo sabes, ¿no es así? —inquirió Bill, acercándose otra vez a la joven, ubicando una de sus manos sobre el interior de su muslo, haciendo la joven apretara sus piernas con temor a que la tocará, consiguiendo que Bill riera.—Tamie, esto se hará quieras o no, si no quieres colaborar, tendré que hacerlo yo para evitar que se cierre, y yo no seré más delicado, preciosa —terminó por decir, separándole las piernas y la muchacha jadeó.

—¡Yo lo haré! —soltó Tamara con desesperación y Bill se mantuvo quieto entre sus piernas.

—Adelante, hazlo —demandó Bill, aún manteniendo las piernas abiertas de la más joven, a lo que la muchacha volvió a embadurnar sus dígitos con el gel frío antes de dirigirlo hacia su hendidura, metiéndoselos en un silencioso sometimiento, aún temblorosa, con el ardor sintiéndose, pero era algo mecánico, si no lo hacía, Bill se haría cargo, y no quería tener más que sus manos sobre sus piernas.

Por más que sintiera su mirada intensa en medio de sus piernas, sabía que estaba siendo objeto de su escrutinio, pero Tamie se mantuvo así, apretando la mandíbula por el dolor, pero después de introducirse tres dedos, es que terminó por reemplazarlos por el juguete más pequeño, al cual también embadurnó con el lubricante, antes de metérselo de a pocos.

—Muy bien… ¿Ves que no te costaba ser más cooperativa? —cuestionó Bill sin dejar de observar cómo es que el dilatador ingresaba dentro de la mujer, que se mantenía trémula al hacer aquel procedimiento, no había un disfrute real, no es como si pudiera lubricarse.

La mujer miraba a un costado en lo que terminaba de hacer aquel proceso, hasta que fue suficiente para Bill, quien la soltó, y sonrió.

—Listo, tendrás que hacerlo diariamente, una semana con el más pequeño, la siguiente con el más grande y así progresivamente —instruyó Bill, —mientras que la aludida se quería subir la ropa interior—. Lávate antes de ponértela de nuevo, preciosa, para evitar que el lubricante te genere algún tipo de infección al quedarse allí —ordenó para luego retirarse, dejando sola a la muchacha, con la ropa interior de algodón sobre su mano, poniéndose de pie para dirigirse hacia el baño que tenía.

Al momento de ingresar al baño privado, es que consideraba que era algo irónico, ya que si bien vivía aislada del mundo, atrapada, la verdad es que poseía más comodidades de las que nunca había tenido. Se lavó su intimidad, quitando los residuos del lubricante, y luego secando la zona con diligencia, para observar su reflejo en el espejo.

Evitaba casi siempre verse, porque no se reconocía, ¿cómo hacerlo? Incluso su misma quijada y pómulos, habían sido perfilados para ser más delicados, menos pronunciados… Su cabello mismo, estaba suelto, cuando solía tenerlo sujeto en trenzas africanas, pero no, ahora siempre estaba suelto largo tal cual era, y sólo le había permitido quedarse con su piercing en el labio inferior, y sus expansores, porque hasta los tatuajes que poseía, los había quitado con láser.

Es porque vas a ser una preciosa mujercita, libre de tatuajes, un nuevo comienzo para ti, ¿me entiendes? Debes ser la mujer perfecta, Tamara —le había dicho Bill en aquel momento, haciendo que se estremeciera en desagrado ante el nombre como la mención de que fuera eso, “la mujer perfecta”.

Porque se veía en el reflejo y sí, su rostro, su cuello, sus pechos, cintura estrecha, caderas anchas e incluso su intimidad… Todo gritaba que era una mujer, pero no era así, se sujetó por el rostro, y sintió cómo es que se le volvía a nublar la visión por las lágrimas en sus ojos, apretándose con desesperación sus mejillas, detestándose.

—Yo no soy la mujer perfecta, no soy Tamie, yo no soy tú —le habló a su propio reflejo como si fueran entes diferentes dentro del mismo cuerpo, sintiendo cómo la desesperación se acrecentaba al tampoco distinguir su propia voz, sonando más aguda, distinta a como era antes—. Yo soy… Tom… —agregó lo último casi en un susurro.

Porque era consciente de aquella era su verdadera identidad, Tom Trümper, sólo que su exterior no reflejaba su interior, no después de tantas operaciones a la que había sido sometido luego de tenerlo con tratamiento de hormonas para que su voz y su cuerpo se suavizara, donde Bill a base de múltiples operaciones, que incluían hasta limar su propia manzana de Adán para perfilar su cuello, haciendo lo mismo con su mentón, quitándole costillas flotantes para acentuar más su cintura, un aumento de busto para que sus pectorales pasaran a lucir como senos, y también la grasa focalizada en sus caderas, no tocando su trasero, porque le había mencionado que ya poseía un buen tamaño, y esos hoyuelos de Venus sólo le daban más la ilusión de un cuerpo femenino, lo mismo con su nariz, no la perfiló más, dijo que su rostro de por sí era andrógino, así que sólo necesitó otras modificaciones, entre ellas también el láser para evitar que salieran más vellos tantos faciales como corporales.

Fuera de cómo le quitó los testículos y utilizó la piel de su escroto y pene haciendo una inversión de piel, para que se mantuvieran sensibles, que ahora era doloroso, pero le había explicado que luego serviría para ser algo estimulante, es decir, para que aún pudiera tener orgasmos, pero, ¿cómo diablos quisiera él sentirlos así?

Había sido castrado, y obligado a ser mujer, entonces… No le interesaba “usar” esa zona, aunque sabía que Bill quería que él se convirtiera no sólo en “la mujer perfecta”, sino en “su mujer perfecta”, y ese pensamiento sólo lo enfermaba más. Porque sabía que no era casualidad que estuviera en aquella situación, siendo secuestrado por Bill, para convertirse en su rata de laboratorio, no, esto llevaba tiempo atrás…

Tom había crecido en un barrio pobre, estando sólo con su madre desde siempre, teniendo que ver cómo es que Nicole Trümper, su madre, era quien veía por él, teniendo muchas veces que dormir de pequeño sobre un pedazo de cartón, o luego en asilos temporales junto a su madre, o lo que era saber que ella terminaba prostituyéndose porque era la única forma de conseguir dinero, con él encerrado en el baño escuchando cómo es que su madre se entregaba desde que era un infante.

Ver a su madre con marcas en su rostro o cuerpo por los clientes que eran especialmente brutales con ella, había sido su pan de cada día desde que era un infante, pero Nicole era lo único que Tom tenía, porque no tenían más familiares, así que Tom creció así, viviendo las carencias toda su existencia, entendiendo también de abusos, que uno tenía menos derechos por ser pobre, y cómo es que se tenía que hacer de todo para comer, al punto de él mismo ponerse a vender drogas desde que era menor de edad para ayudar a su madre con los gastos, por lo mismo es que también estuvo en pandillas desde muchacho, y poseía piercings y tatuajes por ello.

Sólo que entre las cosas que le repetía su madre, fuera del amor que le profesaba, porque ella se lo repetía siempre, era también el odio… Un odio total hacia Bill Kaulitz, el cirujano famoso que mencionaban en las noticias, porque Tom lo tenía grabado desde temprana edad, cómo es que su madre se lo señalaba en cada ocasión.

—Cada que nos falta comida, es porque tu padre decidió dársela a otros —le susurraba Nicole desde que Tom era un infante, repitiéndole que Bill era su progenitor, aunque no tuviera ninguna foto con él o prueba fehaciente, ella lo decía con convicción.

Tom aprendió a odiar antes que a amar a su padre, entendiendo que él no era rubio como su mamá, porque tenía el cabello oscuro del cirujano que veía en las noticias.

—Cuando tienes frío en invierno, es porque él nos robó la ropa para dársela a su verdadera familia —le hablaba Nicole, con la misma seguridad, conforme seguía creciendo Tom.

Tom había crecido culpándolo, incluso sin conocerlo, si su madre se lo decía, él no tenía por qué dudar, ¿no es así? Que si ella era golpeada, que si el techo goteaba, que si no tenían un techo sobre ellos, que si padecían alguna carencia… Era por él.

Cómo es que Nicole tenía un montón de recortes de cada noticia relacionada a Bill Kaulitz, desde la inauguración de nuevas clínicas hasta ceremonias benéficas de la socialité, donde posaba con su familia, su esposa Tamara Kaulitz, y su hija, sí, Annabelle Kaulitz, tenía una hermana, una que sí vivía la vida que su madre aseguraba era la que su padre les robó.

—Mira su ropa limpia, y la sonrisa de esa niña. Ella viste con el dinero de tu educación. Ella posee todo lo que te pertenece —le habló Nicole con el mismo veneno, haciendo que Tom sintiera una envidia patológica por su hermana, incluso aunque él tuviera doce años, y la pequeña Annabelle seis.

Pero ella no parecía tener traumas por haber escuchado a tu madre ser violada desde que apenas te sostenías sobre tus propios pies, ella no lucía alguien que tuviera casi hubiera muerto de hipotermia por el frío, no, su hermana lucía dientes perfectos, un color saludable en sus mejillas, ropa limpia, y todo en ella gritaba que vivía bien. Eran la típica familia perfecta de revista, sin embargo, también eran el constante recordatorio de todo lo que nunca tendría.

Cuando Tom iba creciendo, también es que su madre no conseguía los mismos clientes, porque su cuerpo iba mostrando las señales de envejecimiento, entonces si la contrataban, eran aún más brutales, por ello es que Tom era el único sustento a sus dieciséis años, y a veces era duro cuando regresaba agotado de trabajar, y su madre se había gastado el dinero que él consiguió con esfuerzo, arriesgando su vida.

—¡Pero, mamá! ¡Eso era para la comida! —se quejó Tom frustrado golpeando la pared, mientras que su madre estaba aturdida, porque también se había esnifado parte de la cocaína que tenía en bolsas para verdad, esa mercadería era dinero, pero su madre también prefería estar drogada para no lidiar con su realidad, y, ¿en qué se había gastado el dinero? Tom ni siquiera lo sabía, quizá esos envases de comida o por salir se lo habrían robado, no lo sabía con certeza.

—Eres igual a tu padre… No sólo en tu cabello, sino también el odio con el que me miras… —soltó Nicole perdida dentro de su propia mente.

Y Tom se tensó, porque no quería ser comparado con él, haciendo que su ira se disolviera. Vería la forma de conseguir más dinero, de compensar las pérdidas por su madre, sólo… Sabía que él tenía que hallar la forma, porque la única manera de tener la aprobación de su madre era dejándola en paz y que nunca volviera a decir que se parecía a él.

Sólo que cuando Tom cumplió veinte años, y regresó a su cuarto alquilado, es que su peor pesadilla se hizo realidad… Encontrando el cuerpo sin vida de su madre, le tocó el pulso, pero distinguía los rasgos de una sobredosis, y no entendía cómo había pasado, porque se había vuelto muy cuidadoso en guardar las drogas para evitar que su madre siguiera consumiendo, sin embargo, Nicole estaba muerta, ahogada en su propio vómito y había una carta que tenía su nombre, fijándose que los recortes que tenía su madre sobre Bill estaban pegados nuevamente en la pared, pero con una foto suya de niño, y al costado, una de Annabelle, donde había puesto una cruz con lápiz labial, como si se tratara de un objetivo.

Tom apenas estaba lidiando con ver el cuerpo sin vida de su madre, grisáceo y sin pulso, pero decidió abrir la carta, porque sabía que no tenía sentido intentar reanimarla para este punto, ya no había ni un ápice de vida en su progenitora.

Al desglosar la carta, es que leyó lo que recitaba:

Tom, mi único hijo y amor. No llores por mi muerte, porque es la única forma en que dejaré de sufrir esta vida a la que nos condenó tu padre. Yo me cansé de ver cómo es que ese hombre sigue gastando en lujos para esa mujer y niña todo lo que a ti te correspondía, porque sí pudo hacerlo con esa mujer y no conmigo, porque yo le di un hijo, uno hermoso, pero también uno que nunca tuvo la oportunidad de estudiar y ser alguien, más que un pandillero que sobrevive a duras penas. Bill Kaulitz me usó cuando no era nadie, juró que me amaba, me prometió un futuro, para sólo irse cuando supo de tu existencia. Tuve que hacer todo lo necesario para que no te faltara un trozo de pan, mi amor, mientras que esa gente sí tuvo derecho a todo, todo lo que te negaron, lo tuvo con otros. Mi cuerpo no resiste más, Tom, pero tú eres más fuerte que yo. Eres mi sangre. No dejes que olvide lo que nos hizo, lo que me está obligando hacer ahora… Hazlo pagar donde más le duele, vida mía, porque Bill nos condenó a este agujero.

Con amor, mamá”.

Tom sintió el quiebre total en su cabeza, el último deseo de su madre, que se convertía en su propio decreto sagrado, era que él se volviera el vengador de su muerte, y que lo hiciera con su hermana, donde más le dolería a su padre, en su hermana de catorce años, Annabelle Kaulitz.

Durante un año entero, es que Tom comenzó a acechar a su padre y su familia, manejándose los horarios de cada uno de ellos, entendiendo que eran demasiado sobreprotectores con su hermana, literalmente no dejándola sola en ningún momento, lo cual lo inquietaba un poco, o quizá era porque él cuando era menor de edad su madre no le ofrecía el mismo cuidado, mientras que Annabelle sí, era llevaba por su padre, o su madre o su chófer a donde tuviera que ir, dándole un margen difícil para secuestrarla.

En sí, Tom creía, que la mejor venganza que podría tener contra su padre era manchar la reputación de su intachable familia con un escándalo, lo que quería hacer era algo deplorable, era consciente de ello, porque planeaba atacar dónde más le dolía: su hija. No quería matarla, él había visto la muerte más de una vez, no sólo por su madre, sino por sus clientes o también los mismos roces que uno se tenía por formar parte de alguna pandilla, sólo que más allá de herir de forma no letal, no había matado a nadie y pensaba hacerlo ahora.

Lo que quería Tom, era hacer que Annabelle sufriera, planeaba violar a su hermana, y luego dejarla lidiar con ese dolor, tal cual su madre había pasado desde joven prostituyéndose, siendo forzada por otros hombres, que se creían su dueño por el tiempo que pagaban. Lo mismo haría con su hermana, y era consciente de que estaba mal en más de un sentido, porque era una adolescente, y también su sangre, pero era la forma en que atacaría a Bill, haciéndole sentir parte de su dolor, y también manchando la reputación del médico de celebridades.

Y la oportunidad perfecta vino ante él cuando Tamara Kaulitz no salió a llevarla al centro cultural donde Annabelle tenía clases de piano, él se mantuvo cerca, escuchando cómo la discusión entre ambas.

—Hija, no puedes irte sola y a Maurice le salió una diligencia, yo no puedo ir contigo, mi migraña me está matando —masculló Tamara sujetándose la sien mientras hablaba.

—Mamá literalmente sólo son unas cuadras, ¿qué cosa va a pasarme? Son unas escasas cuadras, es tarde sí pero está cerca, y puedes pedirme un Uber de regreso, pero voy a llegar tarde. Ya tengo quince años, no soy una muñeca de cristal que se rompe con facilidad, por favor —pidió Annabelle exasperada por la sobreprotección de su progenitora y Tom rió ante aquel despliegue de confianza de la menor, al final de cuentas no eran tan perfectos como se demostraban frente a la prensa.

—Annabelle, entonces quédate, no va a pasar nada malo porque faltes un día —sentenció la mujer con el ceño fruncido.

—No, mamá, no, no cuando estoy a puertas de tener el solo para la presentación de la orquesta, no puedo faltar ahora —rebatió la menor comenzando a caminar.

La esposa de su padre se resistió las ganas de gritar, porque se le veía afectada por su migraña, cubriéndose incluso del sol de la tarde, por más que no fuera tan fuerte, estaba casi ocultándose, pero suponía que estas personas tenían la vida demasiado arreglada para que un dolor de cabeza les paralizara todos sus planes hasta volverlos inútiles.

Tom se mantuvo en las sombras mientras que la adolescente caminaba con determinación y el ceño fruncido, pero él se encargaría de bajarle todos esos humos de niña rica consentida, saliendo de su escondite, poniéndose frente a ella, mientras le enseñaba su navaja suiza.

—Por favor… No me haga nada, no puedo alterarme, estoy enferma —barbotó la adolescente con el rostro contraído por el pánico, pensando si sacar algunos billetes para darle dinero a aquel asaltante.

Tom bufó, porque su dinero no significaba nada para él, ni le importaba su mierda que estaba dando por excusa para evitar que la lastimara, él debía vengarse.

—Sé obediente o será peor —advirtió Tom acercándose con la navaja, apoyándola contra el cuello blanquecino de la muchacha que sollozó, pero dejó que el mayor de trenzas la tomara por el brazo, jalándola en dirección hacia donde tenía estacionado su sedán viejo y desgastado.

No podía hacerlo allí mismo, ni tampoco en su casa, necesitaba alejarse y rápido, porque si notaban la ausencia de la mocosa al no llegar en quince o veinte minutos a sus clases, al menos Tom estaría lo suficientemente lejos.

Metió a la fuerza a su hermana dentro de su auto y condujo con rapidez, tenía que irse hasta un descampado para no dejar evidencias, mientras que veía en el espejo retrovisor cómo es que la menor lloraba abrazándose a sí misma. Le recordaba un poco a él, pero no caería bajo ese instinto de sentir lástima por ella, porque no se la merecía, incluso si ella no hubiera cometido los pecados de su padre, de todas formas sería quien pagaría, ya que su madre estaba muerta, ni siquiera le había podido dar un funeral digno, sólo pagando por su cremación, que era lo único que podía permitirse, y aún así, si bien quería intentar pensar que al menos su madre estaría descansando en el más allá, era consciente que no, que nunca tuvo paz y dudaba que la tuviera si él no hacía algo.

Tendría que tomar la justicia por mano propia.

Cuando llegaron a aquel sitio, es que Tom la jaloneó para guiarla hacia el interior del descampado.

—¡Avanza, mierda! —ordenó Tom a la muchacha, que estaba temblando aterrizada.

—Por favor, por favor, mis padres pueden pagarte, estoy enferma, por favor —repitió Annabelle con el semblante aterrizado.

—Tu dinero no me la devolverá, no me importa una mierda lo que tu familia pueda darme, esto debe cobrarse por venganza, no por lo material —habló Tom, a lo que su hermana lo miró confundida, sin entender a qué se refería, sólo que tampoco quería preguntar porque el de trenzas seguía blandiendo aquella arma blanca frente a ella.

Tom la arrastró hacia la tierra seca, no había deseo en su mente, sólo la voz de su madre pidiéndole venganza, su cuerpo reaccionó de forma autónoma, no por excitación, ni por algo sexual, sino como por el pago de una deuda, imaginándose el rostro de Bill con el orgullo herido cuando él había destrozado lo que más cuidaba.

Annabelle gritaba pero Tom ignoraba sus gimoteos, sometiéndola bajo suyo, manteniéndolo en un agravio dónde él tenía el control, donde su peso sobre ella, representaba la misma miseria que habían tenido tanto Nicole como él a lo largo de los años.

Pero conforme Tom empezó a moverse y la muchacha gritaba por el dolor, aún con el rostro bañado en lágrimas, es que su expresión cambió por completo… Congelándose de golpe, empezando a sacudirse en un violento espasmo que hizo que Tom se saliera, mientras Annabelle soltaba un gemido que parecía animal.

Los ojos de Annabelle estaban desviados hacia arriba, sus brazos y piernas se contraían sin control, en lo que seguía emitiendo aquel sonido horrendo como si fuera un traqueteo, un gemido ronco y ahogado, mientras comenzaba a soltar espuma de la boca mezclada con sangre.

Tom no sabía qué estaba pasando, él quería vengarse, pero no había conseguido terminar de hacerlo al fijarse que su hermana estaba así, la sujetó por los hombros, buscando traerla consigo.

—¡Cállate y mírame! ¡Annabelle! —demandó Tom con desesperación, pero la muchacha seguía convulsionando.

Las palabras de la menor repitiéndole que estaba enferma resonaron en su cabeza. No era una excusa, realmente estaba enferma, aunque la prensa nunca hubiera dicho algo sobre que fuera epiléptica o lo que fuera.

Tom intentó auxiliarla pero luego Annabelle dejó de moverse, el de trenzas sujetó su rostro pero los ojos los tenía perdidos. No podía ser posible que…

Buscó tomarle el pulso, pero no lo sentía, apoyó su rostro contra su pecho, no escuchaba latidos.

—No, no, no… —vocalizó Tom, porque él en ningún momento pensó en matarla, sólo quería joderle la vida, sí, por su venganza, pero matarla no.

Lo peor es que la verla con la saliva espumosa en su boca, le hizo recordar cómo es que encontró a su madre ahogada en su propio vómito.

Tenía que huir, tenía que irse, no podía permanecer allí.

Soltó el cuerpo y regresó a su auto, se iría de regreso a la ciudad y vendería por partes aquel auto o lo que fuera, esto… No había sido planeado así, pero suponía que la ley de Talión les había llegado, ojo por ojo, diente por diente, y una vida por otra.

Aunque Tom no se sentía bien, no se sentía cómo un justiciero, no, se sentía sólo culpable.

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Bill recibió la alarma en su teléfono, fijándose en él de inmediato, cómo es que el reloj rastreador de GPS que tenía su hija, se había activado, abriendo el aplicativo y fijándose que estaba muy lejos de casa, y se tensó de inmediato. Annabelle habría podido tener un desmayo o convulsión, porque esa alarma sólo avisaba cuando impactaba contra el suelo.

Salió de su clínica para subirse a su auto, sin avisarle a su mujer, porque tenía que hacerse cargo.

Cuando Bill llegó a aquel lugar, es que encontró el cuerpo de su hija, con la ropa interior bajada mientras el interior de sus muslos había sangre seca, y la espuma con sangre entre sus labios porque se había mordido la lengua hasta hacerse una herida durante un ataque, haciendo que todo cobrara sentido en su cabeza.

Annabelle había sido violada, y el estrés al que había sido sometida le había subido la presión arterial, haciendo que su condición, porque su hija sufría de una Malformación Arteriovenosa Cerebral, que como estaba en una zona delicada del cerebro, era inoperable porque si lo hacían, corría el riesgo de morir, manteniéndose con tratamiento preventivo farmacológico desde casa y bajo una “burbuja de cristal”, cuidando que su hija no hiciera algún sobreesfuerzo físico ni se estresara para evitar que pasara algo así. La habían cuidado por años, y habían mantenido esto lejos de la prensa pero…

No contaban con esto, con que un bastardo la violaría rompiendo su malformación y matándola en el acto.

Bill sujetó a su pequeña, limpiándole el rostro, no la llevaría a la policía, no así, no quería traer a la prensa a que esto se volviera un circo mediático de la muerte de su hija. La cargó, mientras la llevaba hacia su auto, en su clínica terminaría de limpiarla y diría que tuvo una muerte más digna, que falleció por sus convulsiones y no habiendo sido violada.

Sólo que su hija no tenía forma de haber llegado allí sola, y él se encargaría de ver quién había sido el maldito que la llevó.

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Tom aún tenía pesadillas con el rostro de Annabelle, porque habían pasado días desde lo que sucedió y… En las noticias sólo dijeron que falleció, sin hacer mención de la violación ni nada. ¿Cómo era posible que hubiera salido impune? ¿O Kaulitz había pagado para omitir aquella noticia?

Sólo que su cabeza no le dejaba dormir, más que nada por la culpa, que cuando prendió la televisión y se mencionó que Tamara Kaulitz murió de pena por el fallecimiento de su única hija, es que se desestabilizó más, sintiendo una mezcla de regodearse porque su padre estaba pagando por partida doble lo que había hecho con su madre, perdiendo no sólo a su hija sino también a su mujer, pero… Aún sentía esa sensación de desazón dentro suyo.

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Bill no tuvo que enterrar sólo una persona, sino a dos en la misma semana, las dos mujeres de su vida, tanto su hija como su mujer, que no resistió la culpa por la muerte de Annabelle hasta suicidarse.

Y Bill colapsó.

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El dar con las grabaciones de la residencial no fue un trabajo difícil, con dinero y poder, todo se podía, y así es como Bill tuvo imágenes del auto, del hombre de trenzas que había metido a su hija en un sedán viejo.

Bill sabía que no era lo mejor, pero no le importó, en este punto, él no tenía nada más que perder, así que comenzó a buscar en talleres clandestinos, desguaces de autos y barrios marginales, las características de aquel automóvil y del hombre que lo conducía.

Sólo uno le dio una dirección, un departamento, haciendo que Bill ingresará en su interior, y de esa forma es que Bill conoció al abusador de su hija, el joven de trenzas que dormía plácidamente en su cama, con el doctor inyectándole en el cuello para desmayarlo, ya que lo poco que sabía del joven es que no tenía familia, era sólo un pandillero que nadie extrañaría, una simple escoria que él mismo sacaría del panorama.

Haciendo que Bill secuestrara al menor, y lo llevará hasta su casa de campo, la que usaba para sus vacaciones, pero que se volvería su nueva residencia porque en su hogar todo le recordaba a Tamara y Annabelle.

Bill sólo regresó a aquel departamento del violador para sacar algunas de las cosas que tenía, para que luciera como que había huido y no un secuestro.

&

Eso había pasado hacía casi un año, dónde Tom no le había dicho a Bill que él era su padre, y que por eso le aterraba el que el cirujano le dijera que se iba a convertir en su mujer por haberle arrebatado todo.

Tom mismo sabía que vivir con ese secreto, el cómo estaba preparando su cuerpo para recibir a su padre, el que había sido un maldito sí, un jodido bastardo pero que se vengaba por la muerte de su hija y mujer, que supo que su muerte de “pena” de la verdadera Tamara Kaulitz había sido un suicidio con barbitúricos porque no pudo evitar la muerte de su hija, que sufría de una enfermedad, y que él había sido el monstruo para ellos.

Tom sólo podía pensar en que debía morirse para no seguir en aquel infierno, y porque, de algún modo, al menos ahí le ganaría a Bill, ya que Tom se había vuelto un trofeo de carne para él, para desatar su propia venganza y no podía dejarlo, porque aún tenía las palabras susurrantes de su madre durante toda su crianza, el cómo había sido su último deseo, y sabía que lo había cumplido, sólo que no contó con que su padre le devolviera el golpe con mayor brutalidad.

Tom esperaba que en última instancia, iría a la cárcel, no… Sería convertido en mujer. Esto no era vida, y si su padre lo usaba como si fuera una muñeca inflable de carne y hueso, Bill ganaría y la miseria a la que les había condenado tanto a él como a su madre, habría sido en vano.

Regresó su vista al espejo, sintiendo la sensación de deja vu al no reconocerse y cómo había entrado en crisis luego de venir a lavarse la primera vez que se metió uno de los dilatadores de acrílico, su cuerpo naturalmente quería volver a cerrarse, considerándolo una herida abierta, porque era eso, Bill lo había cercenado, pero también… Ahora su interior se había enganchado más, teniendo incluso en su mano el último dilatador que había lavado, el más grande.

Tom volvió a ver su reflejo y luego al juguete, y su mente conectó las ideas, tanto el espejo le mostraba algo que él rechazaba, y el juguete que usaba contra su voluntad, también portaba la culpa de esta situación en la que estaba, más allá de que Bill fuera el verdadero culpable pero todo se unió en su mente, decidiendo que lo mejor que podría hacer era destruirlos…

Tom sujetó el juguete y luego lo lanzó con todas sus fuerzas contra el centro del espejo, haciendo que se formara una telaraña de grietas en él, dejando caer los fragmentos afilados sobre el suelo, incluso con algunas esquirlas rozándole al muchacho.

Pero Tom se fijó en el piso, como estaban no sólo los pedazos pequeños del cristal, sino también el más grande, ese sería el elegido para tener la decisión final sobre su cuerpo, que sería el morir.

Se arrodilló para sujetarlo, lastimándose en el proceso, pero no le importaba, que ahora estuviera manchando de sangre aquel trozo, cuando el propósito que tenía para él sería que se manchara por completo de su sangre.

Tom apoyó el filo contra la cicatriz que tenía donde antes había estado su manzana de Adán, porque Bill le había quitado todo, pero él le arrebataría lo último, el que fuera su mujer, ya que buscaría su propia libertad.

Su cuerpo tembló, por más que Tom fuera consciente de que esto era algo intencional, no era tan fácil de procesar pero cerró los ojos con fuerza, tensando su mandíbula, sólo bastaba presionar más el filo sobre su carne, el último empuje para morirse…

La puerta se abrió violentamente en un ruido seco, antes de que Tom consiguiera incrustar el trozo de vidrio en su carne, mostrando a Bill con las manos enguantadas sujetando con violencia la muñeca de Tom.

—¡Suelta eso! —demandó Bill, impactando a Tom contra las baldosas de la pared, él tenía un monitoreo de Tom todo el tiempo, las cámaras, todo estaba controlado, y ahora tenía rabia apenas escuchó el ruido que hizo que se fijará que la obra maestra que había esculpido quería matarse.

Tom sintió que se le iba el aire de los pulmones por el impacto, sintiendo el pánico recorrerle pero no dispuesto a ceder, se aferró al pedazo de vidrio, aunque estuviera cortando su propia mano, removiéndose bajo la presión del cuerpo de Bill, en un forcejeo que resultaba inútil luego de un año de tantas cirugías dónde Bill seguía manteniendo su cuerpo de hombre, mientras que Tom no, así que el mayor presionó su antebrazo sobre el pecho de Tom, buscando quitarle el aire, aún teniendo su mano como tenaza sobre su muñeca y ese dolor y sensación de asfixia consiguieron que los dedos de Tom se abrieran por puro dolor físico, dejando caer aquel fragmento grande ensangrentado sobre el suelo…

—¡Déjame morir, maldito engendro! ¡Mátame de una vez! ¡Toma tu jodido venganza ahora! —gritó Tom con desesperación, aunque ni siquiera pudiera reconocer su propia voz, tan aguda y tan… Distinta a él, sólo hacía que se sintiera más desconectado de su propio cuerpo que se había convertido en su propia celda.

Bill no respondió, manteniendo su expresión de furia, es que arrojó a Tom al suelo boca abajo, inmovilizándolo con su rodilla sobre su espalda, haciendo que Tom llorara de frustración e impotencia, mientras que el cirujano abría el maletín de emergencia que había traído.

El cirujano trajo las manos de Tom hacia atrás sin ninguna clase de cuidado, envolviendo sus manos, con movimientos mecánicos y expertos, en capas gruesas de gasa y vendajes apretados con la finalidad de cortar el flujo de la sangre, pero también anulando el movimiento de sus dedos.

—No te di un cuerpo nuevo para que lo rompas, Tamara —habló Bill con ese tono gélido, recuperando la calma y compostura de antes, mientras que se levantaba y lo jalaba de la bata para que se pusiera de pie—. Cada parte de él me costó horas en el quirófano. Destruiste a mi familia entera. Esta carne ya no te pertenece, no creas que vas a liberarte tan fácilmente con la muerte —agregó el mayor, con un tono que hizo estremecer a Tom.

Quien preso del shock, se dejó llevar hacia la habitación contigua, siendo empujado hacia la cama, dónde el muchacho se sentía exhausto, temblando de frío por la adrenalina y sin poder mover sus manos que sólo lucían como dos muñones inútiles, como si fuera un bebé con mitones, y no el adulto de veintidós años. Tom no era dueño de su cuerpo, ni de su propia muerte, sentía que toda su vida no le había pertenecido, porque desde pequeño estuvo sujeto a lo que su madre le repitió, luego las reglas de la calle, y la ausencia de su padre siendo algo que siempre los acechó y ahora… Él era su dueño.

Bill se puso al pie de la cama, mientras se quitaba los guantes de látex ensangrentados, observando a Tom, a su creación, cómo es que sus piernas desnudas y estilizadas estaban allí, él mismo se había hecho cargo de cambiar por completo a Tom, porque un violador no cambiaría nunca, y matarlo era demasiado fácil, no le daría el suficiente sufrimiento. Por ello es que Bill, enclaustrado por su propia locura al perderlo todo, había pensado que no había mejor venganza que hacerlo su mujer, ya que le había arrebatado su familia entera, por eso, siendo el mejor cirujano plástico a sus ya cuarenta años, había hecho todo con Tom hasta volverlo en su Tamie, no era como Tamara, de eso era consciente, no lucía como su difunta esposa, sin embargo, en realidad aquel pandillero sí poseía rasgos andróginos y un cuerpo que fue su arcilla perfecta para moldearlo hasta sacar la mujer que tenía dentro.

Sólo que Tom no estaba colaborando, y bueno, si bien lo había forzado para todo lo que hizo en sus tratamientos y cirugías, no había intentado matarse hasta ahora. Haciendo que Bill sintiera más curiosidad por él, pensando que luego revisaría la caja con sus cosas dejadas en el sótano, porque no sabía nada más que su nombre, apellido y tipo de sangre por los exámenes necesarios para las operaciones.

Era alguien sin familia, un delincuente que vendía droga, pero fuera de ello no poseía antecedentes de agresión sexual. Haciendo que Bill sintiera que quizá esto había sido más como una venganza personal, porque al revisar en las grabaciones, Tom acechaba a su hija, no a otras adolescentes del circuito privado de la residencial. Luego se encargaría de saber más de él, ahora que tenía que cambiar sus planes por completo.

—Iba a darte un mes más para que te acostumbraras. Pero el aislamiento te está haciendo pensar muchas estupideces. Si te dejo sola, vas a morderte las venas —masculló Bill, comenzando a quitarse la correa, desabrochar el botón para bajar sus pantalones, haciendo que Tom se tensara.

—¿Qué haces? —inquirió Tom, intentando retroceder hasta la cabecera de su cama, sólo que sus piernas no le respondían bien entonces sólo parecía que moviera sus pies en el mismo lugar contra las sábanas, sin embargo, era preso del pánico al notar cómo es que el mayor liberó su hombría masajeándola para conseguir una erección.

—Voy a asegurarme que entiendas para qué fuiste creada —respondió Bill con desprecio en la voz—. Y ya que no quieres emplear más los dilatadores que hasta lo lanzas contra el espejo. Usaremos el método definitivo para que tu cuerpo sane de la forma en que yo decida.

Las palabras de Bill, hicieron que Tom entendiera lo que iba a pasar a continuación, cómo es que intentó poner resistencia pero fue tomado por los tobillos y jalado en dirección al mayor como si fuera un títere, sus manos no podían rasguñar, no le ganaba en fuerza a Bill, no ahora, no con ese cuerpo… Haciendo que Tom recordara cómo él había manejado el cuerpo de su hermana de esa forma, empleando la fuerza para someterla.

Bill tampoco tenía deseo en sus ojos, carecía de pasión, estaba siendo guiado por la furia,tal cual él mismo lo hizo con Annabelle.

—No te muevas —ordenó Bill, como si Tom fuera ganado, no una persona, y él intentó taparse el rostro instintivamente, pero las manos con gasa ensangrentada sólo lo hicieron sentir aún más inútil.

Sintió el peso de Bill inmovilizarlo, y Tom cerró los ojos, esperando golpes, la violencia de un asalto callejero, o que lo sometiera en su sitio como hizo con Annabelle, sin embargo, lo que recibió fue peor…

Bill no lo besó, escuchó el sonido del tubo de lubricante abrirse, y cómo es que el cirujano se abrió campo con su mano en medio de sus piernas, sacándole la ropa interior con la otra mano, y guiando sus dedos hacia su interior, con los nervios de su nueva intimidad protestando ante la intromisión, pero él se mantenía en un movimiento clínico, mecánico, haciendo que dolor de ardor hiciera que Tom girara su rostro, ahogando un grito en la almohada y sus piernas se tensaran por inercia.

Pero ese sonido de grito ahogado que salió de sus labios… Hizo que Tom escuchara un “clic” de su cabeza por los engranajes tomando forma…

“Es el ruido”, pensó Tom dentro de su mente, se le hizo familiar, porque había sido similar al ruido de jadeo ahogado de Annabelle, los recuerdos de su cuerpo convulsionando bajo suyo, su mirada perdida, cómo es que la vida de la adolescente de quince años se extinguió ahí sobre el descampado.

Era un reflejo, lo que estaba viviendo, era como el reflejo del espejo, el peso sobre sí, era el mismo que había sentido Annabelle, el que no tuviera decisión sobre lo que pasaba con su cuerpo, también lo había sentido su media hermana. Tom estaba pagando su propio karma, el universo le devolvía lo que hizo, y la rabia inicial que sintió, se extinguió, haciendo que él sintiera la culpa y agotamiento.

Tom dejó de forcejar y dejó caer sus muñones blancos sobre la cama, sus músculos aflojándose en un acto de rendición total.

Su mente se disoció mientras miraba el techo y dejaba que Bill reemplazara sus dedos por su propia hombría, no interesaba que fuera su padre, no importaba nada, las lágrimas bañaban su rostro pero no era una persona, era un objeto más del doctor.

Cuando Bill terminó, volviéndose a acomodar la ropa y fijándose en la expresión vacía en el rostro de Tom, haciéndolo lucir más similar a un cadáver que a una persona, pero se inclinó hasta que sus labios rozaron el oído del muchacho.

—Es curioso como a “Tamara” ahora le importa tanto el consentimiento —susurró Bill—. Considerando lo mucho que te importó el de mi hija en aquel descampado.

Tom no respondió, sólo sintiendo que las palabras del cirujano eran como dagas, la última presión que hizo colapsar a su mente.

Cómo es que luego Bill se llevó su maletín de emergencia, los guantes, y salió de la habitación, dejándola con doble seguro. Luego tendría que hacerse cargo de la limpieza de aquel baño, pero ahora Tom necesitaría tiempo a solas aparte que no podría hacer mucho con las manos así, y él mismo sentía que su satisfacción no era tanto por haberse corrido luego de mucho tiempo, sino más bien por ver por completo quebrado al violador de su hija.

Tendría que averiguar más de él.

&

Bill al momento de llegar al sótano, abriendo la caja que había considerado basura del pandillero, es que notó que entre las cosas que había, se fijó en un joyero, abriéndolo, suponía que era de la madre de Tom, pero no había más que joyería de fantasía, que quizá mantendría el muchacho por valor sentimental, sólo que al cargar el objeto, se percató que era más pesado de lo que se veía.

Quitó todas las joyas, y al hacerlo, se dio cuenta que había un doble fondo, con su llave cortó el fondo de terciopelo para ver qué cosa estaba escondida allí, fijándose que eran… Cartas dobladas.

Bill abrió la primera, tensándose cuando se percató que iba dirigida a él. ¿Qué…?

&

Tom se quedó en la misma posición que Bill lo dejó, ya que el cirujano lo verificó al momento de entrar de nuevo a la habitación, pero el muchacho se sentó sobre la cama, a la defensiva al ver al mayor, quien no traía su maletín, sólo… Un fajo de hojas amarillentas, y entre ellas distinguió el sobre de la carta de suicidio de su madre, haciendo que Tom empalideciera, entonces Bill ya lo sabía, sabía que era su hijo y había sido en pos de una venganza.

—¿Quién era tu madre, Tom? —preguntó Bill, usando el nombre real del muchacho por primera vez, haciendo que el aludido sintiera la garganta apretada.—¡Respóndeme! ¿Quién era la perra de Nicole?

La voz de Bill había sonado temblorosa, a como normalmente parecía muy en control, observó cómo el mayor lanzó los papeles sobre la cama y Tom se sentía un poco perdido, pero por temor a que intentara hacerle algo, decidió responder.

—Nicole era mi madre, la mujer que destruiste y abandonaste en la miseria —soltó Tom con el rencor que aún poseía, al menos podría decir la verdad si eso hacia que Bill se sintiera asqueado por haber mutilado y follado a su propio hijo—. La que dejó una carta para que te hiciera pagar por lo que nos hiciste…

Tom repetía las mismas palabras de su madre, el cómo había sido instruido desde pequeño para odiar a Bill, y con razón, porque ambos eran monstruos, había salido como él, tal cual su madre se lo dijo.

—¡Ella te usó, pedazo de idiota! ¡Y también hizo lo mismo conmigo! —gritó Bill encolerizado a lo que Tom tembló.—Traje las cosas de tu apartamento, y fui a revisarlas, para entender más del monstruo que violó a mi hija, y encontré el joyero de Nicole con cartas escondidas dentro suyo, misivas que nunca se atrevió a enviarme porque revelaban su maldito delito —agregó mientras señaló los papeles amarillentos sobre la cama—. Nunca la abandoné porque no fuimos nada. Tu madre fue un encuentro insignificante que tuve durante mi primer año de universidad. Usé preservativo con ella porque tenía dieciocho años, mientras que ella veinte, y en esas malditas cartas ella confiesa que sacó el condón de la basura para inseminarse y amarrar al estudiante de familia rica. También está la carta que sí le envié ante su búsqueda, porque me dijo que estaba embarazada y le di todo mi dinero para que abortara porque no quería saber nada de una extorsionadora. Sólo que Nicole se quedó con el dinero, te tuvo en un agujero y te crió con odio para que mandar a atacarme desde la tumba.

Tom no podía creer lo que le estaba diciendo Bill, eso no era posible, debía ser una mentira. Sujetó los papeles, fijándose en la caligrafía, reconociendo la letra de su madre, la misma que tenía en la carta suicida.

… Sé que usaste preservativo, que me dijiste que no estaba en tus planes, me aseguré de tener a este niño porque sé quién es tu familia…”

—No, esto es falso, ¡estás inventándolo todo para volverme loco! —increpó Tom, soltando las cartas como si fuera hierro caliente, por más que era consciente de que la letra era idéntica, no podía ser cierto.—Mi madre fue la víctima…

—¡La víctima fue mi hija de quince años! —sentenció Bill, porque ni siquiera quería decir que su esposa fue una víctima como tal, porque era una adulta y claro, también fue víctima de las circunstancias, sólo que ella decidió suicidarse al no soportar la pérdida de su hija, la verdadera víctima fue Annabelle, porque ella estaba enferma y era inocente, por lo que se acercó y lo tomó de la quijada perfilada, haciendo que lo viera, notando la expresión rota del menor, con los ojos bañados en lágrimas.—Leí la carta suicida de tu madre, dónde te obliga a cometer una atrocidad, una venganza donde el objetivo era mi hija. Mi hija murió convulsionando mientras la violabas, porque creíste la mentira con la que te envenenó tu madre. Y lo peor de todo, Tom, lo más jodido de este retorcido campo de muerte, es que eres mi hijo.

Tom se tapó los oídos con sus manos vendadas, Bill soltándolo mientras lo veía romperse en llanto sobre el colchón. Él jamás pensó que su vida entera había sido una mentira, no se atrevió a dudar nada de lo que le había dicho su madre, no era un jodido justiciero de una madre mártir, sólo era un peón más en el tablero de ajedrez de una maldita loca. Había destruido una familia inocente, había violado y matado en vano, y él mismo se había hecho añicos al lidiar con la venganza de Bill, sólo por los delirios de Nicole.

Bill miró a Tom, pero ya no lo veía con la misma furia ciega de antes, porque este monstruo castrado compartía su sangre y él mismo lo había hecho su mujer a modo de venganza sádica, sin embargo, también era consciente de que de algún modo, era la única familia que le quedaba luego de haberlo perdido todo. También sentía lástima porque era más que evidente que Nicole lo hizo vivir una mentira… Pero ahora estaban solos, con su estirpe maldita, no podía retroceder el tiempo, ni hacer algún cambio, tampoco sentía que se arrepentía, quizá era porque la misma vesania que le corría en las venas a Tom, era por él mismo, y no sólo por su madre.

—Ya no te queda nada, Tom —habló Bill en un tono que sonaba a una sentencia de muerte, pero era cierto, y no sólo le decía por él sino por Bill mismo, a ambos no les quedaba nada—. Tu madre te borró. Tu pasado no existe. Así que vas a sanar. Vas a convertirte en la mujer que diseñé, porque fuera de esta habitación, no tienes ningún lugar a dónde ir ni mucho menos una verdad a la que aferrarte.

Bill se volvió a ir, dejando a Tom con las cartas… Que leía entre lágrimas… Estaba envuelto en la red de tarántula que lo había enclaustrado en una tragedia para siempre, orquestada por su madre, quien tejió los hilos, pero él mismo siguió al decidir vengarse y Bill también siguió el patrón al convertirlo en lo que era… Y le seguía perteneciendo a su padre, no sólo por derecho de sangre, sino también porque lo moldeó y también porque era verdad. Si Tom decidía irse para buscar empezar de cero, no sabría qué hacer cuando lo había perdido todo, incluida su hombría.

&

Había un antes y un después de que la verdad saliera a la luz. Incluso Bill había dejado de llevarle comida en bandeja, sino que le dejaba que comiera junto a él en la mesa.

Y Tom dejó de ver aquel sitio como una prisión, sino más bien como un refugio, porque no había vida más allá donde él pudiera existir. Ya no más.

Tom había muerto de algún modo, el hijo de Nicole, su vengador… Ya no quedaba rastro de él, había muerto el día de las cartas. Sólo quedaba la creación de Bill, el mismo que esta vez, no lo dejó encerrado de nuevo en la noche, sino lo llevó consigo a su habitación.

Notaba que era un sitio más grande, y claro, las ventanas estaban aseguradas, y Bill cerró la puerta con seguro, sin embargo, había más humanidad en aquella estancia de la que había poseído en su cuarto impersonal.

Bill comenzó a desvestirse, no como cuando lo había tomado a la fuerza dónde apenas se bajó un poco el pantalón y ropa interior, sino mostrando su cuerpo como tal, y Tom sintió que debía imitarlo, porque el mayor no sólo era su captor, sino también lo que le quedaba luego de haber vivido una mentira. Tom se quitó el vestido y la ropa interior, observando el contraste de ambos cuerpos en aquella oscuridad.

Bill se acercó hasta él, tomándolo por la cintura, pegándolos mientras lo guiaba hacia la cama. Había una diferencia abismal a cómo había sido antes, dónde tuvo que masturbarse para tener una erección, mientras que ahora al momento de sentirlo contra su cuerpo es que notaba cómo se iba poniendo duro, mientras que Tom estaba echado sobre el colchón, con el mayor guiando su rostro hacia su cuello y la sensación de labios en su zona erógena, hicieron que sintiera sus pezones ponerse duros.

A Tom le tomó por sorpresa que hubiera algo más que tocarlo directamente en su vagina para metérsela, porque él mismo se arqueó al sentir a Bill lamiéndolo, ya que él comprendía, que quería buscar el placer del menor, incluso aunque fuera algo retorcido al ser su hijo, ambos estaban solos y tocaba dar lo mejor.

Bill bajó hacia los pechos del menor sujetando con sus labios uno de los pezones, haciendo que Tom temblara, porque sentía la excitación, pero no tenía su miembro que pudiera demostrarlo, sólo que había algo en Bill, quizá porque ahora no lo veía como un monstruo ni su captor ni su victimario, sino… Su creador, que hacía que eso ligado a los cambios de ambiente, consiguiera que Tom calentara todo su interior.

Cómo es que Bill siguió bajando por el cuerpo de Tom también tocando su cintura, abarcando cada parte que él había cincelado con su bisturí, y apreciando lo bien que había quedado, hasta lamerle el vientre bajo con la mirada lo una, consiguiendo que las piernas de Tom temblaran aún más, siendo consciente de que si él fuera una mujer cisgénero estaría mojada por la excitación.

Bill se volvió a poner entre sus piernas, pero extendiendo la mano para sacar el lubricante del cajón de la mesita de noche, antes de inclinarse sobre Tom, bajando la mano y otra vez hurgando con sus dedos, como había un calentamiento previo, con los besos, lamidas y roces sobre su nuevo cuerpo, es que Tom descubrió cómo es que se estremeció ante la estimulación interna, ya que Bill sabía que había dejado los nervios del glande al hacer el revestimiento durante la vaginoplastia, era consciente que poseía sensibilidad, que si bien podía doler al sólo ser tocada directamente, también con un calentamiento le provocaba deseo para disfrutar ser penetrado, tanto con dedos como con su miembro, y que la misma cavidad que había formado daba directamente con su próstata, es decir, al embestirlo, si lo situaba bajo el placer de ambos, Tom podría disfrutar.

No había sido algo al azar, sólo que ahora decidía usarlo para que Tom tuviera un respiro, y él mismo darse uno, porque estaban solos, eran padre e hijo, engañados y víctimas de la misma mujer, sólo que… Ya no les quedaba más que adecuarse a su realidad.

Tom se sentía en un conflicto consigo mismo, porque nunca había sentido ese placer con ese nuevo cuerpo, haciendo que se contrajera contra los dedos de su padre, quien se los sacó para echarse lubricante sobre su propio miembro, dándole una pausa a su placer para alinearlo contra su vagina, comenzando a ingresar en él…

Bill mantuvo sus manos en las caderas de Tom, quien al sentirlo por completo dentro suyo, había una diferencia a como lo había tomado antes, haciendo que Tom viniera y sus piernas abrazaran a Bill, con sus manos ubicándolas en sus hombros cuando empezó a darle las estocadas que presionaban sus paredes vaginales que había esculpido el cirujano, colindando con su próstata al final, por lo que Tom sentía que estaba genuinamente disfrutándolo…

Bill se mantenía con el vaivén para que fuera un placer para ambos, fijándose cómo es que Tom lo miró, no al techo ni a nada más, había una conexión de miradas, una entrega total, porque Tom existía por Bill, y él mismo se sentía en la gloria al percatarse cómo es que Tom no lo empujaba a ni rechazaba ni nada, sólo… Se encontraba entre sus brazos, aceptándolo, porque ambos estaban perdidos y deshechos, pero esta entrega era lo único real que tenían. El cómo Tom lo buscaba para conseguir su propio placer… Siendo una sombra de lo de antes.

Tom sintió cómo si fuera una descarga, algo que se extendió por todo su cuerpo, no era la explosión que sentía con su cuerpo masculino, no habían los fluidos que demostraban su clímax, sólo una sensación en seco, de contracciones que abrumaron todo su cuerpo, apretando a Bill dentro suyo, sacudiendo su pelvis y haciendo que tensara sus muslos… Bajo esa presión es que Bill se vino en el interior de Tom, dejando su simiente dentro.

Mientras que Tom lloró por las sensaciones de su propio orgasmo, cómo es que fue demasiado para él, teniendo que sostenerse sobre los hombros de Bill porque sentía que iba a desmayarse, mientras sus piernas caían laxas y aún sintiendo ese deje de placer. Él mismo creyó que no iba a poder sentir un orgasmo nunca más, y no esperó que sí, que fuera como uno fantasma porque no eyaculaba, pero también más largo e intenso.

Bill al verlo llorar es que tomó su rostro entre sus manos, acortando la distancia entre ambos pasa besarlo, haciendo que moviera sus labios y luego su lengua misma contra la de Tom, quien le correspondió a aquella reclamación posesiva de Bill sobre él, era la primera vez que lo besaba, pero es que Bill ya era consciente de que no había marcha atrás. Cuando se separaron por aire, aún físicamente unidos, es que Bill le secó las lágrimas con sus pulgares, mirándolo con determinación.

—Eres mía, Tamie, y yo soy tuyo, nos pertenecemos. Somos lo único que tenemos en la tierra —soltó Bill con solemnidad.

Tom asintió en silencio, refugiándose en los brazos del mayor, porque el verdugo era su creador y su padre su amante. Entonces ya no había otra manera de verlo, no vivía en una cárcel, sino que habían consumado su unión en la habitación principal como marido y mujer.

&

Tres años después…

La cena estaba transcurriendo con normalidad, Tamie usaba un vestido de seda rojo, teniendo su cabello largo negro en ondas sobre sus hombros, y con maquillaje que acentuaba sus bellos rasgos, sonriéndole a su esposo mientras comían con una copa de vino tinto acompañando su plato.

Pero escucharon un estallido cuando la puerta principal se vino abajo.

—¡Tom, maldita sea! ¡¿Estás aquí?! —preguntó una voz desesperada.

Tamie se congeló con la mano sobre la copa de vino, reconociendo la voz y el nombre con el cual era llamado como alguien de su vida anterior, una que ya no le pertenecía. La voz era de Georg Listing, uno de los pandilleros con quién vendía, y al que no aprendió la ley de no consumir lo que vendes, por eso es que su yo del pasado al verlo con rasgos de sobredosis le metió los dedos en la garganta para que vomitara y luego lo llevó a cuestas hasta el hospital más cercano, evitando la muerte de quien fue su amigo.

Bill se puso de pie a la defensiva y observó al desmejorado maleante, sosteniendo una pistola barata apuntándole, mientras que buscaba en la habitación donde podía estar su mejor amigo… Encontrándose con la mujer de vestido rojo, y reconociendo el piercing en el labio y los rasgos sutiles que demostraban que era Tom.

—¿Tom? —cuestionó Georg sin poder creer lo que veía, bajando el arma por el shock.—¿Qué te hizo este degenerado? Dios mío, te ha… Desfigurado.

—Llegas cuatro años tarde, muchacho, lárgate de mi casa antes de que llame a seguridad —soltó Bill tajante, interponiéndose entre Georg y Tamie.

—¡Cállate, maldito viejo psicópata! ¡Sé lo que hiciste! ¡Me contaron que un millonario demente buscaba alguien con las señas de Tom! Y de ahí desapareció, lo tienes encerrado aquí desde entonces —acusó Georg ante Bill y luego regresó la vista a su amigo—. Pero no importa, Tom, traigo un auto, te sacaré de este infierno. ¡Vamos a matarlo y nos vamos! —agregó, dejando de verlo para retomar la vista hacia el cirujano, apuntándole nuevamente con el arma.

Sólo que cuando Tamie se puso de pie, en lo que Georg esperaba fuera para ponerse tras suyo en búsqueda de protección, es que sujetó en silencio el cuchillo de trinchado que emplearon para cortar la carne, dirigiéndose hacia la espalda de Georg para incrustarlo directamente en su omóplato, en un ángulo donde perforaría el pulmón.

Bill vio complacido cómo es que Tamie había decidido protegerlo y es que para ella no existía Tom Trümper, sólo Tamie Kaulitz, la esposa de Bill Kaulitz, quien se había encargado de darle una nueva vida, lejos de todo lo que pasó antes, y la carga que incluía el engaño de su madre y las atrocidades que hizo con la familia de Bill.

—Tom, yo… ¿Por qué? Yo vine a salvarte… —inquirió Georg en lo que desplomaba en el suelo con la sangre saliendo a borbotones de la herida y de sus labios por la hemorragia interna.

—Tom está muerto, Georg. Mi nombre es Tamie y este es mi hogar, al cual protegeré de todo y todos —masculló Tamie con una sonrisa antes de que Georg terminara por perder la consciencia.

Bill se acercó hacia Tamie, quitándole el cuchillo de sus dedos temblorosos, poniéndolo sobre la mesa, para luego sujetar a su esposa por la cintura y acercarla hacia él, en un abrazo protector mientras lo besaba, haciendo que Tamie suspirara en medio del sabor a óxido, porque su esposo era su contención.

—Buen trabajo, amor mío. Ahora trae los productos de limpieza del sótano, ya que tenemos que limpiar este desastre antes de que la sangre manche el piso de madera —le susurró cariñosamente Bill a lo que Tamie asintió.

Bill iba a ayudarla, porque era su esposo, su amante y su dueño, ya no vendrían más fantasmas del pasado, Tamie era consciente de ello. Podrían regresar a su retorcida burbuja, dónde estaban enredados en la telaraña de tarántula perversa, monstruosa e indestructible que nació de sus pecados de sangre.

F I N

Sí, el final no es como el de la película, que Tom tendría que haber matado a Bill para ser libre y recuperar su identidad, sino como en el libro, donde “Tamie” sucumbe al síndrome de Estocolmo por completo, la diferencia es que en el libro Bill mataría a Georg, y pues no, aparte que Tom no tuvo cómplices porque todo nació desde una manipulación sistemática de su madre.

Te doy un caramelito si encontraste las referencias del Kasoverso y me las mencionas en un comentario 😉

por Kasomicu

Escritora del Fandom

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