Tinta y leche

Notas: Vengo con un nuevo oneshot, sólo que en este caso me salí de la mi zona de confort, detesto hacer fics de época antigua 😅, más que nada cuando hago algo históricamente fiel, aquí no me tomé licencias, me apliqué como Tony Stark volviéndose un experto en astrofísica termonuclear de la noche a la mañana, sólo que fue una investigación de horas sobre el contexto histórico después de la segunda guerra mundial en Alemania, cuando siempre me cagó Historia en la escuela 👺 todo para un fanfic EN FIN.

Bueno, el punto es que originalmente esta idea se me ocurrió hace un tiempo como chiste, pero luego lo pensé mejor porque terminé Problemas familiares en mi archivo, y quería hacer algo con trama, sin embargo, tampoco longfic, y así es como nació esta historia agridulce omegaverse aunque con final feliz.

«Tinta y miel»

(One-Shot de Kasomicu)

Para la mayoría el casarse era algo con lo que soñaban, sólo que Thomas mismo no había crecido con ese sueño, desde que era un infante había estado en una familia amorosa, siendo la adoración de los Kaulitz.

Uno de los recuerdos más felices de su niñez era pasar tiempo con su padre en la editorial que tenía Jörg en aquel entonces, cómo es que desde pequeño había amado los libros, y Thomas mismo ayudaba a su padre a encuadernar las obras completas, porque su padre siempre le repetía que él estaría a cargo de la imprenta cuando fuera mayor, y el pequeño Thomas adoraba la idea, porque el aroma a tinta, libros y el alma que poseían, era lo que hacía vibrar al infante, porque los libros tenían conocimiento, y hacían que uno pudiera conocer del mundo, incluso sin viajar, aprender nuevas cosas muy interesantes y sentir a través de los personajes.

Sólo que aquella promesa fue de papel, no por su padre, sino porque la guerra lo cambió todo.

Thomas recordaba cómo había sido el apenas tener ocho años cuando sonaban las sirenas en las calles, el tener que huir… El que consideraran a su padre un enemigo del Estado por tener una Editorial, a la cual Jörg no quiso ceder con facilidad, la impotencia que fue ser tan pequeño y observar cómo les arrebataban todo, pero tampoco tener el tiempo para lamentarse por ello porque estaban huyendo constantemente, cómo es que él se aferraba a Charlotte bajo el olor a pólvora y polvo en algún refugio.

Pero los bombardeos siguieron, cómo es que cuando los soviéticos entraron a la ciudad, él siendo un niño fue testigo de las calles llenas de escombros, los tanques y… El terror reflejado en los rostros de los adultos, y Thomas sintió la impotencia desde pequeño, porque no podía hacer nada para calmar a su mamá o su padre, para detener a los militares… No tuvo ningún control y sólo fue testigo de la muerte, que era mejor callarse y obedecer para no tener más problemas, que a veces era mejor ser invisible.

Sólo que el escape de Thomas lo encontraba en los pocos libros que había conseguido sacar de la antigua imprenta de su padre, y era en los que se enfocaba mientras se cubría los oídos al vibrar su ventana por la destrucción en las calles, era mejor pensar en lo que le ofrecían aquellas páginas dónde sí era valorado el que uno tuviera su propio criterio, bajo revoluciones en distintas partes del mundo, o amores apasionados gracias a autores como Goethe, Schiller y Heine, porque mientras los militares consideraban una amenaza el que las personas tuvieran acceso a la información para seguir obedeciendo sin chistar… Pero si bien Thomas se hacía su propio pensamiento, sabía que no debía compartirlo, sólo manteniéndolo para él mismo.

Cómo es que conforme pasaron los años, si bien había acabado la guerra, ellos estaban en la misma situación de precariedad porque el país se dividió y ellos estaban sometidos bajo la República Democrática Alemana, la RDA, que estaba gobernada por un sólo partido comunista, por lo mismo es que seguían bajo una dictadura, no tenían libertad de expresión, e incluso existía la Stasi, la policía secreta, que vigilaba que no hablaran mal del gobierno. Por lo mismo es que veían como traidor a la patria a su padre, y nunca tuvieron la forma de volver a dedicarse a una editorial.

Thomas al crecer, supo que era omega, sólo que su segundo género no se manifestó con normalidad debido a la desnutrición que padecía por la hambruna que pasó desde infante, y cómo es que él mismo al nacer sus hermanos menores, prefirió siempre que ellos comieran más que él mismo.

Las colas inmensas, cómo sus muebles al ser vendidos en el mercado negro sólo valían un saco de papas… Todo lo que consiguió que Thomas recién tuviera su primer celo a los quince años, en vez de los doce, y que como a duras penas su padre trabajaba como obrero y su madre en limpieza, así que la opción de recibir esas inyecciones que sólo tenían los omegas de familias de altos mandos no era una posibilidad para ellos, haciendo que Thomas se mantuviera encerrado, con una manta separando su espacio del de sus hermanos, con Charlotte ordenándoles tajantemente que no pasaran esa manta, mientras que su madre buscaba camuflar el aroma limpiando con vinagre de manzana la estancia y dejándole manteca de cerdo en el cuello y muñecas, haciendo que Thomas se sintiera asqueroso al lidiar con el dolor y fiebre del celo, sin embargo, entendía que era por protección.

Porque era inseguro que los alfas olisquearan su aroma fuerte y dulce a lilas con miel, sería motivo para que abusaran de él, así que lo cuidaban de esa manera.

Cuando Thomas cumplió dieciocho años, es que sentía la frustración porque claro, al él ser el hijo mayor, se suponía que podría estudiar, pero como era omega, y su familia estaba considerada como traidores, les seguían negando las oportunidad, y más que él pensar en sí mismo, es que se ponía a pensar en Nikolaus y Emil, sus hermanitos menores de ocho y seis años, que sabían que no dejaban que estuvieran en la escuela sólo por… Esa misma discriminación ideológica, y él se sentía enfermo, queriendo huir con toda su familia para el otro lado de Berlín, incluso aunque fuera un crimen, pero también era consciente de que si bien a él no le interesaba arriesgarse, no podría soportar el que le pasara algo a sus padres o hermanos.

Pero su corazón idealista seguía allí, oculto bajo la imagen de un omega adulto que sólo obedecía con sumisión al Estado, por lo mismo es que Thomas cuando supo de la redada que estaban realizando a la biblioteca pública, a la que el omega visitaba de vez en cuando para leer un poco, con la nostalgia de la imprenta de su padre, es que él sabía que confiscarían los ejemplares, y por lo mismo es que fue, fijándose que, en efecto, estaban las cajas con diversas obras que serían destruídas, cómo es que consideraban que las obras eran una propaganda burguesa y decadente que debía ser triturada, porque sabían que si la gente los leía, dejarían de sólo actuar como ovejas en su rebaño, evitando más rebelión.

Cómo es que al acercarse, sus dedos rozaron las tapas de cuero desgastadas del ejemplar de Las penas del joven Werther de Goethe, en una edición idéntica a la que su padre solía encuadernar, y la nostalgia le ganó, tomando el libro, escondiéndolo bajo su abrigo, pegado a su pecho.

—¡Alto ahí! ¡Identifíquese! —demandó una voz de un guardia del Partido, haciendo que Thomas se quedara helado, y, antes de poder evitarlo, es que dos guardias con uniformes grises lo tomaron bruscamente de los brazos, haciendo que se resbalara el libro de su abrigo al suelo, mientras esculcar sus bolsillos para dar con su identificación o si tuviera otro libro por allí, haciendo que el omega se sintiera aún peor, él no debió ir en primer lugar.

—Sustrayendo propiedad del Estado, y por si fuera poco, literatura reaccionaria —musitó una voz fría emergiendo desde la penumbra, a lo que los guardias se cuadraron de inmediato.

Thomas se mantuvo petrificado cuando vio al mayor frente a él, un oficial del Ministerio de la Censura, con un uniforme impecable, y el cabello castaño rígidamente peinado hacia atrás, quien se agachó, recogiendo el libro con una expresión de asco para mirar al menor.

El omega notó el aroma desagradable de tabaco en el oficial, y… Un aroma químico, era un alfa, pero uno recesivo, sin embargo, Thomas sabía que todos los militares o trabajadores del Estado, eran de temer, por lo que encogió sus hombros y bajó la cabeza en señal de sumisión, soltando sus feromonas por el temor, haciendo que el oficial olisqueara la tenue lila con miel, sonriendo al percatarse que era un omega, uno que le demostraba un despliegue total de sumisión.

—Míreme —demandó el oficial, sin tener la misma fuerza en su voz de mando, no obstante, Thomas igualmente obedeció, porque sabía todos los problemas que tendría si no hacía caso, no pudiendo contenerse mostrando las lágrimas que le empañaron los ojos.

El castaño de ojos verdes lo sometió a un escrutinio, captando que tenía rastros de desnutrición, pero facciones bellas y finas, era un buen ejemplar con genes ideales, y al ser tan joven, podría ser perfecto para ser moldeado si se ejercía la presión suficiente, tal cual diamante en bruto.

Uno de los guardias le extendió al oficial la tarjeta de identificación. —Vaya, vaya… Thomas Kaulitz —habló el castaño con una sonrisa torcida—. Hijo de un antiguo dueño de imprenta burgués. Jörg Kaulitz ya está en la lista de sospechosos del Partido por difundir ideas anticomunistas, y ahora su hijo mayor es capturado robando material censurado. Esto definitivamente es un sabotaje ideológico contra la República.

Thomas entró en pánico, porque no quería que ni su familia se viera afectada por su casa.

—Mi padre no sabe nada, mis hermanos mucho menos, por favor… No me lleve, oficial —rogó Thomas preso de la desesperación, removiéndose en el agarre de los guardias.

—Oficial Listing —corrigió el mayor hasta llegar hasta él, manteniendo la sonrisa maliciosa—. ¿Sabe? Tu padre podría ir a un campo de trabajo por esto, Thomas, ya no sólo trabajar en una fábrica, es mucho peor, y tus hermanos… Terminarían en un orfanato del Estado, donde el Partido los reeducará, pero todo esto esto depende de ti, de lo que cooperativo que quieras ser —arguyó el oficial y Thomas sintió su estómago revolverse y que el suelo desaparecía bajo suyo, porque comprendía la implicación del mayor, a lo que bajó la cabeza en señal de rendición—. Déjenlo. Yo mismo me encargaré de este caso. Llevaré al ciudadano a su casa para hablar con sus padres sobre el mejor castigo ya que apenas tiene la mayoría de edad —terminó por decir.

Cómo es que Thomas pasó de estar sujeto por los guardias, a sólo estar del brazo del oficial Georg Listing, quien condujo en dirección a su casa, manteniendo la sonrisa, porque el alfa sabía que siempre había lidiado con las burlas al ser un alfa recesivo, que aunque tuviera veintiocho años y el resto de guardias le tuvieran miedo, entre los altos mandos era motivo de burla, y más porque no se había establecido, pero ahora podría hacerlo, veía en Thomas el trofeo perfecto, un joven omega, que claro, tenía pensamientos rebeldes, pero era de casa, y que sería fácil doblegarlo, moldeándolo y controlarlo para construir con él su imagen de funcionario exitoso, porque sería lo suficientemente fértil y dócil para darle hermosos hijos.

Cuando ingresaron a la casa de los Kaulitz, tanto Jörg como Charlotte se quedaron pálidos al observar al oficial sujetando a su hijo mayor, pero lo dejaron pasar para que se sentara con ellos en su mesa.

—Señores… Thomas ha estado cometiendo actos… Delictivos contra el Partido, pero me caracterizo por ser un hombre justo, porque entiendo que ustedes están en una posición vulnerable, y tienen aún hijos menores a los que cuidar. Y como soy bueno y justo, les ofrezco archivar el expediente de “sospechosos burgueses”, perdonando también el incidente de hoy de su hijo mayor, también garantizarles los mejores cupones de racionamiento para que sus hijos menores no pasen hambre, y que ellos también puedan acceder por fin a la escuela del Estado —expuso la situación Georg, y todos los Kaulitz eran conscientes de aquel trato implícito, el costo que tenía el que ellos aceptaran esa “ayuda”.

Thomas mismo lo comprendía, que él iba a ser usado como un objeto, que su único valor real era su propio cuerpo, porque era un omega joven que sería moneda de intercambio para ellos, y vio a sus padres, notando la duda en ellos, y lo agradecía, porque esperaban protegerlo, porque sabían las amenazas que había detrás, y aún así, no querían exponer a su hijo mayor, al mismo que Charlotte había cuidado de los alfas pero… Él se limitó a asentir al ver a sus padres, dándoles la aceptación silenciosa, que lo usaran, que fuera el sacrificio, porque sabía que sus hermanos no podrían acceder a la educación, que desde casa él era quien les estaba enseñando porque seguían tachados como traidores, y que esto… Incluso aunque fuera algo terrible, era lo único que Thomas podía hacer por ellos, para que dejaran de pasar tanta hambre y pudieran estar más tranquilos.

—Hijo… —quiso refutar Charlotte con los labios temblorosos, pero Thomas le ofreció una sonrisa dulce y resignada.

—Aceptamos —cedió Jörg, sintiendo su pecho apretarse por lo aquel maldito trato que estaban haciendo, pero era la única oportunidad que tenían o sino les quitarían a sus hijos y él dejaría desamparada a su mujer, sin mencionar que si Thomas iba preso siendo omega sería peor por las vejaciones que sufriría.

Así que con ello volvemos al inicio de todo… Cómo es que mientras para otros el casarse era motivo de ilusión, para Thomas no, para él el haber firmado el registro civil del Estado, vistiendo un traje usado, siendo tomado por Georg Listing del brazo como posesividad, sólo era el haber firmado su propia sentencia, porque no iría a la cárcel, ni tampoco su padre, ni sus hermanos quedarían huérfanos, pero se estaba convirtiendo en el prisionero personal de un hombre al que no ama.

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La pesadilla de Thomas no sólo empezó cuando se mudó con su esposo, sino también porque cada vez que era tomado por él, no cumplía su propósito…

Georg Listing quería un hijo, y Thomas no se lo daba, cuando se suponía que era un omega joven, fértil, pero no quedaba embarazado, haciendo que lo llevara al médico para que lo revisaran.

Thomas se sentía por demás frustrado, porque su mismo celo, que nunca había sido muy regular, era aún peor ahora, teniendo meses que no le venía, y eso alentaba a su esposo a creer que lo había dejado embarazado, pero no, y los médicos le hacían chequeos, revisiones, mirando su historial y anotando en su archivo que él era un “omega fallido”, lo que hacía que Thomas aún peor, porque no sólo era soportar las palabras de Georg, los insultos y… Los golpes, que iban quebrándolo por dentro, sino que él era el problema, que como ya habían pasado dos años, el del problema era él y su vientre marchito.

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Georg estaba acomodándose su uniforme durante la cena, mientras leía en voz alta un artículo del periódico estatal, con el afán de querer demostrar su superioridad intelectual por sobre la de su esposo.

—Aquí como lo dice el camarada, Heinrich Heine, el gran poeta, siempre detestó el romanticismo burgués y fue un precursor del socialismo —arguyó Georg con total seguridad, a lo que Thomas ariscó la nariz, porque aquel escritor era uno de sus favoritos.

—En realidad Heine era un romántico, porque criticaba la censura de los reyes, pero también temía que el comunismo destruyera el arte y la individualidad, él lo mencionó en Lutecia, que temía que las iconoclastas comunistas usaran sus poemas para envolver el café —soltó Thomas sin poder controlarlo, y arrepintiéndose de inmediato cuando se fijó en la mandíbula tensa de su esposo, y el silencio instalado en el ambiente.

—¿Qué dijiste? —preguntó Georg con ese tono que usaba antes de golpearlo, bajo y frío, haciendo que Thomas tragara saliva.

—Nada —respondió Thomas con sumisión.

Georg se puso de pie para jalar la silla del omega, quien tembló por la violencia en sus acciones, con los traumas de los golpes aún frescos en su cuerpo.

—No vuelvas a repetir las mentiras reaccionarias del traidor de tu padre en esta casa, Thomas. Que precisamente la ruina de la cual los salvé, fue por eso, por pensar así, con esas ideas pútridas en su menté burgués. Tú no estás aquí para darme cátedra de literatura ni nada, tu deber es mantener limpia la casa, cocinar y darme un hijo, y si no cumples con lo último… Pues toda mi bondad con tu familia, también se las quitaré —amenazó Georg con el ceño fruncido y Thomas tragó saliva nuevamente, no podía, no debía… Si él lo había dado todo, no tenía la culpa sobre que no pudiera quedar embarazado.

—Yo… Pero lo hemos intentado durante mi celo, cumplo mis labores de esposo, sólo… ¿Si quizá es por… Tu condición? —preguntó Thomas y Georg lo sujetó de los cabellos, haciéndolo gritar por el dolor, para luego lanzarlo al suelo, dándole una patada en el vientre con agresividad.

—¡No te atrevas a decir que soy el maldito problema, Thomas! ¡Eres tú y tu maldito vientre inútil! —repitió Georg mientras seguía pateándolo hasta que lo vio escupir sangre y temblar ovillado sobre sí mismo.

Thomas sintió el dolor cegarlo mientras se odiaba por no poder ser útil, porque tenía miedo de que les pasara algo a sus padres, o sus mismos hermanos, y que… Nunca sería libre, siempre tendría que soportar aquella pesadilla con su esposo.

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Cuando Thomas cumplió veintiún años, Georg obtuvo un ascenso a Jefe de Departamento de Berlín, y como premio a su lealtad, es que el Partido le otorgó una de esas casas señoriales expropiadas en Potsdam, lo que era algo que llenaba de orgullo al mayor, ya que vivir allí demostraba que pertenecía a la alta sociedad socialista, y de paso alejaba del todo a Thomas de su familia.

Thomas quien se sentía aún más solo en aquella mansión, donde era más difícil limpiar todo, porque Georg insistía que mantuviera todas las ventanas abiertas porque no quería que la casa oliera a él, porque sabía que eran celos, envidia, porque al ser un alfa recesivo, su aroma de omega normal, que era natural, predominaba y eso le provocaba malestar en su ego, haciendo que Thomas tuviera que limpiar diariamente con cloro para que no quedara huella ni de su propio olor.

Cómo en su mansión, Thomas tenía que encargarse de administración del hogar, porque Georg salía casi todo el día, y se fijó el poder de las cartas de racionamiento, que ellos tenían los cupones de la élite, la categoría A, diferentes a los cupones de papel gris, estos le daban acceso a alimentos como mantequilla real, café importado, carne de primera y leche entera sin descremar, que tenía que mantenerse al pendiente del sonido de la campana del lechero porque se la entregarían en su hogar.

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Cuando el tintineo del metal anunció la llegada del lechero, es que Thomas respiró hondo antes de abrir la puerta trasera, esperando encontrarse a un granjero anciano, pero, en su lugar, estaba un muchacho, un alfa joven de cabellos negros.

El alfa se detuvo en seco con el cucharón medidor en la mano cuando miró al otro hombre, olía a lilas con miel, pero de forma apagada, era un omega, uno que usaba prendas costosas, pero lo más resaltante era su hermoso hermoso rostro, sus cabellos rubios oscuros, pero mirada triste, observando la jarra que sostenía el omega.

—Buenos días, usted debe ser el nuevo residente de la casa del asesor del Partido, ¿verdad? —preguntó el alfa, viendo cómo el omega asentía mientras tenía la jarra contra su pecho.

—Sí, nos mudamos hace poco. Me dijeron que el reparto era de madrugada, aquí tiene la carta de racionamiento —contestó Thomas extendiendo su mano libre mostrando los cupones de papel.

El alfa joven dio un paso al frente, con su mano rozando las de Thomas al tomar el papel, fue un contacto breve, pero que estremeció a ambos, haciendo que Thomas diera un pequeño respingo porque lo puso nervioso este alfa atractivo, no… Él no debía pensar así de ningún otro alfa, él estaba casado, aunque no amara a Georg, era impensable que sintiera un estremecimiento por otro hombre.

El pelinegro se fijó que los cupones eran de la categoría A, pero al ver la palidez en el omega, se dio cuenta que no disfrutaba ningún lujo de lo que suponía vivir en una mansión como esa.

—Le daré de la primera sección del cántaro —mencionó el alfa en voz baja, no queriendo asustar al omega, metiendo el cucharón en el contenedor de metal—. Es la parte más entera y cremosa, le servirá para que se habitúe al frío del pueblo, en realidad en la ciudad la leche es más aguada —relató el joven, y Thomas se fijaba en cómo es que el alfa manejaba con facilidad el pesado metal, olisqueando también el aroma a pino y tierra mojada en el alfa, tan natural y diferente al aroma artificial de su esposo que era recesivo que hizo que sintiera una sensación de alivio.

El alfa terminó de verter la leche con cuidado, para luego retirarse de inmediato, sintiendo la mirada del omega sobre él, correspondiéndole y relamiéndose los labios por inercia, era muy bello.

—Soy Wilhelm —se presentó el alfa—. Estaré aquí todas las mañanas a las cuatro y media. Si necesita algo más de la granja, verduras o huevos frescos, sólo pídamelo —instó.

Thomas sintió el nudo en la garganta por aquella cortesía del lechero, porque incluso aunque no fuera una preocupación real, no había tenido aquella calidez de nadie, no le preguntaban lo que necesitaba, sólo debía someterse y obedecer que… Incluso aunque fuera algo así, el omega terminó por sonreírle con labios temblorosos, sonreír de verdad y no con las sonrisas fingidas que tenía que hacer cuando Georg lo llevaba a aquella reuniones como si fuera un objeto del cual presumir, y Wilhelm consideró que era una bellísima sonrisa la del omega.

—Gracias, Wilhelm. Me llamo Thomas, nos vemos mañana —soltó Thomas para meterse con la jarra y cerrar la puerta.

Wilhelm sonrió aún olisqueando el aroma dulce del omega, Thomas no era feliz, lo sabía pero él quería asegurarse de que estuviera bien, así que cada mañana se proponía a verlo sonreír más.

Cuando Thomas llevó la jarra de leche para hervirla, es que se percató que Wilhelm le había servido un litro de leche, y no el medio litro que decía el cupón, haciendo que el omega ensanchara su sonrisa ante aquel “regalo” que le había dado el lechero, sólo que luego se preocupó, porque sabía que el Partido incluso mantenía un registro y control sobre cada granja, que por eso es que no había una moneda de intercambio, sólo los cupones.

Sin embargo, al momento de hervir la leche, es que sintió el aroma tan dulce y su estómago rugió, sabía que Georg le había dicho que quería que esa leche fuera exclusivamente para sus desayunos, no para él, no obstante, con ese excedente, podía permitirse tomar un poco sin quitarle la ración a su esposo, así que se sirvió en una taza, comenzando a beberla, y era cierto, la de Berlín sabía más aguada, pero esta era dulce, cremosa y deliciosa, haciendo que el omega suspirara al terminar de tomarla.

Haciendo que Thomas sintiera que podía hacer más llevadera su existencia lejos de casa, pensando que en cada madrugada podría ver al lechero amable otra vez.

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Tan puntual como siempre, Wilhelm venía cada madrugada, no pudiendo hablar mucho, sólo para saludarlo y darle su ración de leche, porque el lechero debía seguir su ruta, sin embargo, Thomas le mantenía la sonrisa, y notaba cómo es que seguía dándole más leche de la debida, haciendo que, ya que no podía decírselo como tal porque atraería la atención de vecinos, es que el omega escribió una nota que dejó doblaba al costado del cántaro de leche.

Cuando Wilhelm regresó a la granja para lavar los envases, es que se percató del papel, que olía sutilmente a lilas y miel, desdoblándolo y fijándose en las caligrafía pulida del omega.

“Gracias, Wilhelm. La leche estaba deliciosa, pero por favor, no te arriesgues dándome de más”, estaba escrito allí, y el granjero sintió su corazón dar un vuelco, guardando la nota en su bolsillo, la respondería después de hacer sus labores pero… Sonrió por inercia, porque el bello omega se preocupaba por él, y claro, él era consciente de que tendría que mentir un poco en el inventario para la RDA, sin embargo, quería que Thomas comiera bien.

Wilhelm era consciente de cómo es que su vida no había sido fácil, si él con veinte años era el encargado de repartir la leche, y también de la granja no era porque él hubiera querido, sino que cuando tenía siete años, su padre murió en el frente por la guerra, siendo un granjero de todas formas como alfa de la familia tuvo que ir a luchar, y él siendo el hijo mayor de tres hermanos, y alfa para más inri, es que tuvo que hacerse cargo, apoyando a su Simone, su madre, en todo lo referente a la granja.

No había tenido tiempo de vivir su luto, no, sólo… Debía pensar en su mamá y hermanos, y ya habían pasado trece años desde aquel momento, que al menos en la granja, si bien estaban sometidos a las normas del Partido, al menos no había sido como en las grandes ciudades donde todo fue peor.

Sus hermanos menores, Friedrich y Maximiliano, que tenían dieciséis y catorce años, eran alfa y beta, y habían crecido bien, siendo Max quien ayudaba a mamá en casa, y Friedrich a quien Wilhelm mismo estaba enseñándole a cumplir sus funciones, más que nada para que también lo reemplazara cuando estaba en su rut y tenía que encerrarse en el cobertizo luego de drenar toda su energía en el campo. Pero dentro de todo, habían crecido bien, porque Wilhelm recordaba cómo había sido cuando él tenía siete años, y su padre murió, dejando a su madre viuda, y con tres hijos pequeños, teniendo Friedrich tres años, y Max apenas uno.

Pero había valido la pena todo lo que Wilhelm hizo por su mamá y hermanos, incluso a costa de su propia educación, haciendo que pudiera leer y escribir sí, sólo que lo que pudo aprender hasta sus siete años, lo demás desde casa y lo estrictamente necesario para su vida como granjero.

De todas formas cuando Wilhelm se desocupó es que volvió a sacar el papelito que la había escrito Thomas, sujetando el lápiz carpintero para escribirle en el reverso, incluso aunque su caligrafía no fuera la mejor, siendo sus letras grandes y chuecas, sin embargo, no por eso quería no responderle al omega, aunque supiera que estuviera casado con un alfa, su esposo no lo cuidaba, y él… Bueno, no podía ofrecerle algo, pero sí velar por su bienestar.

“No es ningún riesgo para ti. Es la mejor leche de la granja y es sólo para ti. Estás muy pálido y aquí el invierno es duro, mañana te llevaré algo más”, le escribió aunque sabía que llegaría antes el regalo y la nota, esto le salía desde lo más profundo de su pecho, y Wilhelm se sentía tan emocionado por aquel omega precioso… Que realmente sentía que valía la pena el esfuerzo.

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Cuando Thomas al día siguiente vio a Wilhelm servirle la leche, notó cómo le dejaba una manzana roja con la misma nota que le dio el día anterior, y que, no le hizo caso, porque le sirvió el mismo excedente, pero el omega sólo le sonrió brevemente antes de ingresar.

Desdobló con rapidez la nota, fijándose en la letra y cómo olía a pino aquel papel… Haciéndolo suspirar, ese alfa que apenas conocía estaba despertando cosas en su interior que ni su esposo lograba conseguir, cómo es que su corazón latía acelerado por Wilhelm y veía la manzana roja, la cual lavó para morder complacido, porque era el alfa preocupándose por él, porque comiera, porque estaba pálido que Thomas sólo pudo llorar de la emoción, conmovido porque el alfa le demostrara cuidado y afecto, sin esperar nada a cambio, él que era considerado sólo como un omega inútil, fallido, un trofeo para el resto… Era visto como persona por el alfa.

Cómo es que cuando se casó con Georg, encontró el libro que no botó el mayor, Las penas del joven Werther de Goethe, y él mismo lo había escondido, teniéndolo bajo su colchón, y Thomas lo consideraba como si fuera algo irónico, aunque poético, al encontrar una similitud entre la situación del protagonista de aquella obra, y la misma que estaba viviendo, porque Werther se había enamorado de Charlotte, una mujer comprometida con alguien más, pero que no le corresponde, sólo que en este caso, él… Sí está empezando a sentir cosas por Wilhelm, considerando que realmente lo único que hacía que se levantara emocionado y pudiera hacer más llevadera su existencia era aquellos instantes que compartía con el lechero.

Thomas besó la nota, decidiendo esconderla, pero sacando otro trozo de papel, mientras escribía otra para el lechero, donde justamente sonreía al hacerlo, porque era una cita del mismo libro, una que se les ajustaba a la perfección.

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Cuando Wilhelm volvió a ver a Thomas, es que sonrió al notar la pequeña carta, ya tenía una motivación para mantenerse animado hasta terminar la ruta, porque podía leerla y responderle.

Al terminar su agitado día, desdobló el papel y lo leyó: “Una maravillosa serenidad se ha apoderado de mi alma… Cuando sé que la madrugada va a llegar”.

Wilhelm parpadeó confundido, sentía que eran palabras muy bonitas, aunque no entendía de dónde venían, quizá de un libro o algo, y tampoco lo comprendía del todo, pero sí hacía la asociación que era porque se veían en la madrugada, y cómo es que el omega estaba solo, como si le diera calma con su presencia y sonrió ante ello, girando la nota para responderle.

“Se lee muy bonito aunque desconozco su origen. Hoy me levanté un poco más temprano para limpiar el asiento del camión y pensé en ti en todo momento”, le escribió Wilhelm, no era el mejor con las palabras, pero quería transmitirle muy a su modo, que incluso en lo más mundano lo tenía presente, que quería ofrecerle una mejor versión suya, aunque escribiera con lápiz y no con la tinta que dejaba Thomas, aunque se notara la diferencia entre ambos porque el omega había tenido una educación de la cual el alfa carecía.

Cómo es que estas misivas se volvieron algo común, dónde empezaron a abrirse mensaje a mensaje, la forma en que Thomas le contó sobre él, que en sí apenas se llevaban un año, pero habían tenido cosas en común, como tener dos hermanos menores y llevar cargas sobre sus hombros desde temprana edad.

Wilhelm le contó sobre su padre, cómo que había fallecido por la guerra, y Thomas le contó sobre cómo había sido la guerra en la ciudad, que también su esposo no era alguien a quien amaba, pero era lo mejor que pudo hacer por su familia.

Sólo que habían cosas que no decían las notas, pero Wilhelm se percataba, cómo es que notaba los golpes en Thomas, por lo que él sabía que su esposo lo maltrataba, y eso hacía que se le apretara el estómago del coraje, de la rabia, porque un omega tan bello estaba siendo golpeado por quien se suponía debía amarlo, pero no, Thomas se sentía cautivo, lo repetía muchas veces, que él quería ser como los pájaros que volaban los lagos de Potsdam sin ser detenidos por los guardias, haciendo que Wilhelm sintiera mucha impotencia, porque quería llevárselo lejos.

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En aquel momento mágico para ambos, Thomas le abrió la puerta a Wilhelm, sin salir del todo, estando tembloroso en el interior de su cocina, con los ojos hinchados, rojos y aún húmedos, y la marca en su mejilla, el maldito de su esposo nuevamente lo había golpeado, haciendo que el alfa terminara de servirle la leche e ingresara a la cocina, dejando la botella en la mesada, porque sentía su instinto llamarle, soltando sus feromonas de pino y tierra mojada, inundando aquella estancia, buscando darle el confort al omega, sujetándole el rostro para limpiarle las lágrimas que volvían a salírsele, habiendo un contraste en las manos ásperas del alfa por tanto trabajo, y cómo es que demostraban una delicadeza extrema al momento de tocar al omega, haciendo que Thomas conectara sus ojos color chocolate con los del alfa, y Wilhelm terminara por inclinarse para besarlo, con el omega correspondiéndole de inmediato, el alfa demostrando la protección mientras rozaba sus labios, y el omega sintiendo la desesperación y consuelo en la boca del joven…

La posesividad y la tensión acumulados había explotado en aquel gesto que se tornó desesperado, con Thomas buscando sentir la lengua de Wilhelm, quien torpemente estaba correspondiendo, en lo que el omega consentía este acto, a diferencia de cuando estaba con Georg que sólo lo tomaba violentamente, aquí había consentimiento, incluso frente a la ansiedad en ambos, porque Wilhelm si bien era alfa, por su vida ocupada era virgen y no había estado con ningún omega antes, este era su primer beso, sin estarse quejando al respecto, porque había soñado con los labios de Thomas muchas veces, sólo que no poseía experiencia, y era más bien algo tosco al hacerlo, no obstante, para el omega que había recibido sólo abusos a lo largo de su vida, se sentía cómo un bálsamo para su alma el percibir la boca y sentir las manos de Wilhelm sosteniéndole el rostro.

Había seguridad, correspondencia, deseo… En aquel beso Thomas no se sentía el omega fallido, el hijo relegado, el que nunca podría cumplir su sueño de ser el dueño de una imprenta… En los brazos de Wilhelm se sentía correcto, valorado, y que era el refugio que él necesitaba en aquella tormentosa que llevaba porque era su deber, y no lo que él deseaba.

Sólo que se separaron cuando escucharon pasos en el piso superior.

—Tienes que irte —instó Thomas viendo a Wilhelm, porque Georg, había despertado, y no podía encontrarlos así.

—Yo… Te juro que te sacaré de aquí, Thomas —le prometió Wilhelm con solemnidad, y Thomas quería creerle, necesitaba hacerlo, sólo que también sabía que era un omega casado, que no estaba marcado porque su esposo era recesivo, pero por lo demás, legalmente era de la propiedad de Georg.

—Ve, Will —pidió Thomas y el lechero le dejó un beso corto en sus labios para separarse, salir a su camión de leche e irse, haciendo que el omega tuviera que lavarse y comenzar a limpiar la cocina para conseguir que el aroma de ambos se esfumara antes de que Georg terminara de bañarse para bajar a desayunar.

Thomas quien había sentido que anoche fue una fatídica velada por soportar los golpes de Georg al nuevamente no quedar embarazado, pero que ahora, incluso mientras se apuraba a limpiar todo… Sólo pensaba en cómo había sido sentir los labios de Wilhelm contra los suyos, y cómo sus manos habían acariciado sus mejillas con tanto cuidado y afecto, la forma en que le demostraba que lo quería, incluso aunque fuera considerado algo rústico el recibir frutas, leche o la manta de lana de sus ovejas para que se mantuviera caliente en el invierno, pero para Thomas todo esto era la mayor demostración de cariño que podía recibir.

A él no le interesaban los lujos, porque vivía en una mansión, pero nada de eso era suyo, él era un objeto más allí, sin embargo, cada detalle de Wilhelm, hacía que recuperara ese brillo, que se sintiera un individuo amado, deseado… Que no se viera reducido a ser una falla, a una moneda de intercambio, un trofeo, no, para aquel alfa era una persona valiosa, que incluso le había comentado en una carta que se había sentido intimidado porque Thomas era culto, y Wilhelm se consideraba poca cosa para él, no obstante, se había animado a seguir respondiéndole porque se preocupaba por él, y quería seguir cuidándolo.

Cuando para Thomas, Wilhelm le había dado todo con lo que él consideraba “poco”, no le interesaba que tuviera el mismo conocimiento porque era consciente de que no había tenido las mismas oportunidades, que si él no hubiera tenido educación en casa de parte de su padre y su madre, tampoco habría tenido mucho conocimiento, y que no era “poca cosa”, sino un hombre muy capaz, valioso y un increíble alfa, el cual Thomas sabía que si hubiera tenido la oportunidad de escoger, habría decidido casarse con él, dejando que Wilhelm lo marcara y… Embarazara, aunque él se lamentaba por ser estéril, de todas maneras Thomas sentía deseos de darle un hijo al Wilhelm, cómo es que él no tenía feromonas artificiales, sino ese aroma natural marcado de alfa, cómo es que su olor lo calmaba, y hacía que él mismo sintiera su interior apretarse, añorándolo no sólo por quién era, el mismo alfa detallista con quien se escribía a escondidas, teniendo cada nota guardada, sino también su cuerpo reaccionando ante él, era por completo distinto que Thomas mismo se había desconocido al tenerlo acariciando su rostro, buscando sus labios y encontrando el consuelo en ellos.

Al momento en que Georg bajó, notando cómo es que la estancia olía a limpio y el desayuno servido es que le sonrió a su omega.

—¿Ves? Un escarmiento te viene bien de vez en cuando, ¿verdad? Manteniéndote útil limpiando y cocinando, ya que es para lo único que sirves —escupió las palabras con veneno antes de sentarse a comer.

Thomas apretó la mandíbula al sentarse con él, porque la leche que echaba a su café era la misma que le había traído Wilhelm, el alfa que le superaba con creces, y no tenía que ponerse perfumes para fingir tener un aroma que no poseía naturalmente y quien no tenía asco de olisquear su aroma a lilas con miel, así que él no era el inútil, el único que lo era en aquella habitación era Georg. Sólo que no podía decirle nada a su esposo, manteniéndose con la cabeza gacha y fingiendo que todo estaba bien.

&

Georg tenía que viajar continuamente, y en esta ocasión, tenía que dar una conferencia importante del Partido en Leipzig, su tren salía a las cinco de la madrugada, por lo mismo es que el hombre de treinta y un años salió a toda prisa a las cuatro y cuarto de la mañana, con Thomas quedándose solo, pero en paz, esperando que llegara Wilhelm a las cuatro y media como siempre, aprovechando que tenía a la mansión sola, podrían besarse otra vez, un momento, antes de que siguiera su ruta.

Hacía frío todavía, por lo que la estufa estaba encendida, cuando la campana sonó puntual, haciendo que Thomas sonriera y abriera la puerta trasera, observando al alfa con el cántaro pesado.

—Se ha ido —soltó Thomas con un tono de complicidad, retrocediendo dentro de la cocina, y Wilhelm ingresó, cerrando la puerta a sus espaldas mientras dejó el cántaro y cuchara sobre la mesada de la cocina, para acortar la distancia entre ambos y besarlo.

En esta ocasión, el beso no era la búsqueda de consuelo, sino fue un gesto necesitado y posesivo, haciendo que sus bocas al estar unidas, con sus cuerpos pegados, y las manos del alfa alrededor de su cintura, presionando al omega contra la mesada, mientras que Thomas entrelazaba sus manos sobre el cuello de Wilhelm… Quién se movía frente al llamado a su instinto… Cómo es que ambos percibían sus aromas golpear todos sus sentidos, al momento de danzar su lengua, una contra otra, calentando sus cuerpos no sólo por la estufa, es que Thomas soltó un suspiro trémulo entre los labios del alfa, y al exhalarlo, liberó su aroma a lilas y miel muchísimo más intenso y dulce… Haciendo que Wilhelm soltara su aroma a pino silvestre y tierra mojada…

Le había llegado el celo a Thomas, sintiéndose seguro luego de tanto tiempo, pero Wilhelm lo apretó más contra sí, separándose con los ojos oscurecidos, abriendo sus fosas, y sintiendo endurecerse por el aroma del omega, que sólo lo veía con ojos brillantes, sonrojado y con los labios entreabiertos.

—Will… —jadeó Thomas con todo su cuerpo ardiendo por su celo, pero también por el deseo que despertaba el alfa en él.

El aludido no esperó más, guiando al omega hacia la alfombra tejida sobre el suelo, sacándose la chaqueta de lana, y quitándole el suéter al omega, con desesperación es que desprendían todas las prendas de sus cuerpos, hasta quedar por completo desnudos.

Wilhelm veía el cuerpo menudo del omega, inclinándose para besarlo otra vez… Pero luego pasó a su cuello, lamiéndolo donde sentía más fuerte sus feromonas, con ganas de marcarlo, de hacerlo suyo, mientras percibía su miembro latir fuertemente en el deseo por el omega tan precioso, y luego descendió, lamiendo cada tramo de su piel, con Thomas gimiendo aferrándose a la alfombra, porque los labios del pelinegro, su lengua… Esa devoción y afecto con la que tocaba cada extremo de su cuerpo, sólo aumentaba más las ganas que tenía de ser poseído, todo ese calor en pleno frío, cómo es que nunca se había sentido así con su esposo.

Wilhelm siguió dejando un camino de besos sobre cada parte de Thomas, incluso en los morados que tenía por su esposo, chupándole el hueso de la cadera y observando el propio miembro de Thomas húmedo por el preseminal, y el aroma dulce que emanaba de su entrada, cómo es que dejó besos sobre su dureza, y descendió hasta sus testículos, y sorbió los fluidos que soltaba por su hendidura, colando su lengua en su interior haciendo que el omega tuviera que taparse la boca al momento de sentirlo allí…

Wilhelm volvió a subir para alzar sus piernas, incluso aunque fuera virgen, su mismo instinto le decía lo que debía hacer, situando su hombría contra el agujero del omega, y él inclinándose para volver a besarlo, Thomas lo abrazó con sus piernas, empujando su pelvis contra la virilidad del alfa, sintiendo que aquel grosor y tamaño era más grande pero… Aún así, no había dolor, su mismo cuerpo sólo lo recepcionaba con facilidad, quebrándose bajo suyo y aferrándose a sus hombros, hundiendo su rostro en el cuello de Wilhelm, justo donde sentía el aroma de las feromonas del alfa más fuertemente.

Wilhelm comenzó a embestirlo, en un vaivén donde se dejaba llevar por aquel calor envolvente, tan abrasador y húmedo, cómo es que el interior de Thomas era algo maravilloso… Estaba atendiendo al omega en su celo, estaba dándole el cuidado, el cariño… Era suyo, Thomas era suyo aunque no llevara ni su marca ni su apellido… Su interior lo apretaba, le daba la bienvenida, lo hacía sentir un placer indescriptible.

Sus aromas se fusionaron, dándole más carga íntima a aquel encuentro, la forma en que Thomas sólo apretó más sus piernas alrededor de la cintura del alfa, sollozando y volviendo a ser besado por Wilhelm, quien seguía empujándose en su interior…

Aquella sensación de seguridad que estaba haciéndolo llorar a Thomas, soltando lágrimas por la plenitud que le daba sentir amor durante un acto carnal que antes sólo era un acto frío y mecánica con intención de procrear, pero no, con Wilhelm todo era amor, entrega, calor… Que cuando siguiendo meciéndose, terminó por explotar contra el vientre de Wilhelm, quien lo reclamó como suyo alcanzando su clímax en su interior y anudándose.

El nudo… Un nudo de alfa que no era recesivo… Hizo que Thomas sólo se sintiera aún más caliente, moviendo sus caderas, gozando de aquella hinchazón, observando los ojos brillantes del alfa, quien volvió a besarlo, y Thomas suspiró contra sus labios, hasta que su inflamación bajó y se salió de su interior.

Sólo que ambos fueron conscientes de que el tiempo había pasado y un beso que sólo pretendía ser eso, había sido el preludio para una entrega total, con el reloj avisando que ya eran las cinco y media, y la ruta de Wilhelm aún debía seguir.

—Yo… Debo irme —se lamentó Wilhelm mientras ayudaba a Thomas a vestirse, abotonando su camiseta que casi había roto.

—Yo lo hago descuida, ve, mi amor —soltó Thomas, y Wilhelm le dejó un beso, vistiéndose apresuradamente mientras que servía la leche antes de salir con el cántaro y cucharón medidor.

Thomas soltó un suspiro, mordiéndose el labio inferior, el omega se sentía cálido y feliz, incluso aunque supiera que había sido infiel, no le interesaba, porque Wilhelm le había hecho sentir la seguridad que nunca tuvo con Georg.

&

Cuando pasaron un par de semanas desde aquel encuentro, Thomas estaba limpiando la mansión y sintió su aroma… Pero de forma más marcada, más dulce, espesa y cálida, con un sutil rastro lácteo, y Thomas se tensó, abriendo las ventanas nuevamente, para dejar que se filtrara su aroma, porque quizá sería porque otro alfa, uno que no era recesivo, lo había hecho suyo, y de aquella manera Georg sabría que le fue infiel, así que no podía permitir que sus feromonas salieran de aquella forma, dejándolo en evidencia.

Cuando pasaron tres semanas, es que se le dificultaba mucho cuando estaba desayunando con Georg, porque le preparaba el café bien cargado, sólo que… El aroma del café pasado, hacía que se le revolviera el estómago, teniendo que ir al baño de inmediato a vomitar, y lo mismo pasaba cuando lo olía fumar ese tabaco caro, estaba siendo algo insostenible que prefería ocultar porque desconocía el por qué su cuerpo reaccionaba de aquella forma justo ahora.

Sin embargo, cuando pasaron cinco semanas, y Wilhelm nuevamente fue a darle la leche con el cucharón dentro del cántaro, es que se detuvo en seco, observando con fijeza al omega, dilatándosele las pupilas y abriendo grandemente sus fosas… El olor de Thomas, no estaba apagado como cuando lo conoció, olía… A su sangre, a su semilla germinando dentro suyo, huele a cachorro, dejó el cántaro en el suelo, acercándose a él, bajando su jarra para sujetar las manos frías del omega dentro de la cocina.

—¿Qué pasa, Will? ¿Viene una patrulla? —preguntó Thomas sin entender la mirada intensa del alfa, quien negó para subir sus manos por los hombros del omega, y luego apretarlo contra su pecho con instinto protector.

Thomas disfrutaba del abrazo del alfa, sólo que no entendía el cambio en el comportamiento de Wilhelm.

—Es tu aroma —repuso Wilhelm contra su oído, para guiar su nariz hacia la fragancia que desprendía el cuello del omega, sintiéndose emocionado—. Ha cambiado. Mi alfa lo sabe desde que pisé el interior de la cocina.

—¿Mi aroma? He estado un poco mareado, perdón, tal vez es eso, por más que me limpie, quizá huelo mal. Lo lamento, la comida me empezó a caer mal —se disculpó Thomas, avergonzado porque el alfa lo oliera a vómito, pero Wilhelm sólo rió, bajando su mano par ubicarla sobre el vientre plano del plano del omega, por encima de su abrigo de lana.

—No es la comida, Tom, hay un cachorro aquí dentro, uno nuestro. Estás esperándolo —sentenció Wilhelm y Thomas se quedó perplejo, subiendo su mano hacia su boca para ahogar un sollozo.

Por años le habían repetido que era un omega inútil, uno fallido, uno fracasado porque no podía darle a Georg el hijo que quería, tantos médicos del Partido, el sinfín de humillaciones y golpes…Se derrumbó por este milagro que había conseguido Wilhelm con sólo una madrugada donde lo hizo suyo, el mismo lechero que lo miró con adoración, y quien lo abrazó, hundiendo su rostro en su cuello, resistiendo las ganas de marcarlo, sin embargo, ahora Wilhelm lo sabía, tendría que ver la forma de escapar de aquella dictadura juntos, porque él no soportaría que Georg Listing firmara a su bebé como suyo o maltratara a su omega, no más. Serían libres, tenían que serlo, él se aseguraría de lograrlo.

Thomas estaba llorando, porque todas las señales habían estado allí, sólo que él mismo se negó ante la posibilidad debido a que siempre le repitieron que era estéril, pero no, ahora estaba embarazado del alfa al que amaba.

—Respira, mi amor, respira. Yo te prometí antes que te llevaría lejos, y ahora lo cumpliré, esperaremos el momento oportuno para irnos los tres, ¿está bien? Porque te amo, los amo, y no te dejaré con él, Tom, tú eres mío, ustedes son míos, no me importa lo que diga tu certificado de matrimonio —soltó Wilhelm con determinación y Thomas asintió, recibiendo un beso del alfa, que secó sus lágrimas, antes de servirle la leche e irse.

&

Thomas escribió con manos temblorosas una carta hacia Wilhelm, queriendo ponerle en palabras todo lo que le atormentó por años, porque aún estaba lidiando con el impacto de la noticia de saberse embarazado, y que si su aroma salía a flote era porque buscaba hacer un nido, llenar su espacio con su esencia para él y su bebé, su omega lo sabía.

“Mi amado Will:

Todavía te siento conmigo, y es normal, siempre estás en mí, tanto literal como metafóricamente, porque este pequeño es la fusión de ambos. 

Hay cosas que no te dije… Pero los golpes que recibía de Georg era porque él siempre quiso un hijo, y nunca pude dárselo, me hicieron creer que era un cascarón vacío, que era un omega con un útero marchito, más de una vez me hicieron pedir perdón por un defecto que nunca tuve, haciendo que me odiara. Sin embargo, cuando me dijiste que nuestro cachorro está en mí, todas las cadenas que me ataban a ese pasado, a esta casa, se rompieron. No estaba mal, nunca lo estuve, amor mío. Estoy lleno de ti.

Cuando Georg regrese, va a creer que sigo siendo el mismo prisionero sumiso, pero no es así, tengo un motor y motivo ahora, tú posees mi alma, y mi mente siempre estará contigo, cada latido de mi corazón tiene tu nombre, Wilhelm, porque existo por ustedes, por ti y nuestro cachorro. 

Confiaré en que podamos escapar cuando sea el momento, y contaré las horas para volver a verte.

Te amo con todo mi ser.

Tuyo, siempre tuyo.

Thomas.”

No tenían un plan, pero Thomas decidía creer, porque Wilhelm había conseguido que él hiciera las paces consigo mismo, dejando de culparse, comprendiendo que sí fueron ciertas sus sospechas que el del problema era Georg, sólo que nunca lo dirían los médicos, porque el Partido, aunque quisiera fingir que no, tenían una preferencia marcada por los alfas, incluso los recesivos, y los omegas eran el último eslabón de la sociedad, quienes podían ser usados para cargar con la culpa de sus alfas fallidos.

Tendría que confiar en Wilhelm, porque él era el único hombre que nunca le había defraudado, y ahora le tocaría luchar, fingiendo que este hijo era de Georg sólo hasta que fuera el momento de irse. Lo haría, Thomas sería capaz, por su cachorro y su alfa, por su… Familia.

&

Cuando Wilhelm leyó la carta sintió la sangre hervirle, teniendo el primer impulso de sólo irse a la mansión, llevarse al omega con su cachorro, reclamándolo como suyo frente a todos, porque no era justo lo que habían hecho pasar a Thomas por años, culpándolo sólo por el inútil de su esposo que nunca iba a poder embarazarlo, pero… Tuvo que recomponerse, ya que sabía, por la muerte de su padre, que las balas y el poder del Estado no se frenarían sólo con fuerza física, tenía que ser más astuto que ellos.

Simone ya sabía de su relación con Thomas, lo supo cuando regresó oliendo a su aroma, y le advirtió al respecto, pidiéndole que piense en ellos, en su familia pero…

—¡Lo golpean, madre! Él está atrapado en una jaula de oro, su esposo lo golpea, Thomas es infeliz con él —soltó Wilhelm cuando la omega le recriminó su aroma, pero suavizó su expresión al oírlo, porque sabía precisamente la situación difícil de indefensión que tenían los omegas frente a los alfas, y más tomando en cuenta que era el esposo omega de uno de los altos mandos del Partido.

—Tienes que tener cuidado por la Stasi, hijo. Ellos están en todas partes y… Si los descubren, los matarán —musitó Simone.

Wilhelm regresó a su presente, porque claro, Georg podría usar a la policía para destruirlos a todos, pero, ¿cómo podría irse? La granja, debía ahorrar para tener suficiente dinero para irse, debería seguir instruyendo a Friedrich para que no sólo lo reemplazara durante su rut, sino quedara a cargo por completo.

Tenía que contárselo a su madre también, no sólo quería irse sin decirle un adiós, y luego… Si tanto había querido Georg un hijo, dejaría que creyera y se llevara el crédito por unos meses, antes de irse con ellos para que no los viera nunca más.

&

Cuando Georg regresó, el mayor lo miró arqueando una ceja cuando el omega le dijo que tenía algo importante qué decirle.

—Tengo un retraso y el médico del pueblo me confirmó que estoy esperando un hijo —masculló Thomas con nerviosismo, más que nada con la culpa a ser descubierto en su infidelidad, sin embargo, Georg no tenía los sentidos agudizados por ser un alfa recesivo, y terminó por reírse sonoramente.

—¡Lo logré! ¡Te lo dije, Thomas! El problema era tu cuerpo débil por el pésimo desarrollo, pero te arreglé con esta mudanza —espetó cruelmente Georg, y Thomas apretó la mandíbula manteniéndose en silencio—. Mañana mismo informaré al secretario del Partido. Nos darán una doble asignación de cupones y prioridad en la lista para los nuevos automóviles. Mi hijo nos hará el perfecto retrato de la familia socialista —terminó por decir ufano, porque él siempre lo supo, que por más alfa recesivo que fuera, tenía todas las posibilidades de tener un hijo.

Nunca fue el del problema, sólo había sido por la malnutrición de Thomas, por lo que ahora estaba rindiendo fruto y su legado seguiría.

—No irás más al médico del pueblo, sino a los del Partido, y, a partir de ahora, yo tendré que hacer muchas de tus labores para que mi hijo nazca bien, ese vientre debe ser cuidado como oro porque cargas a mi sangre en él —expuso Georg y Thomas sintió que respiró con alivio porque el alfa no descubrió la mentira.

El problema fue que, entre las labores, estaba la de ya no recibiría la leche, sino Georg lo haría, haciendo que Thomas se tensara porque no sabía cómo se comunicaría con Wilhelm, sin mencionar que le daba pánico pensar que su esposo supiera que él era el padre de su cachorro.

&

Wilhelm hizo sonar el tintineo metálico, esperando el suave clic de la cerradura que anunciaba a su omega, sin embargo, en esta ocasión, el sonido fue diferente, un golpe seco y pasos firmes de botas militares pesadas se abrieron paso por la cocina, dejando la puerta abierta de golpe. No era Thomas, era Georg Listing, el alfa castaño de ojos verdes que olía artificialmente.

Georg miró de arriba a abajo al lechero, un mocoso con aroma a estable y pino, un campesino totalmente desagradable.

—¿Eres el lechero habitual? —preguntó Georg sin gastar sus modales en saludar a alguien así.

—Sí, señor —respondió Wilhelm, forzándose a adoptar el tono monótono y sumiso que tenía que tomar frente a un oficial, aunque su alfa interior rugía de furia porque sabía quién era este alfa, el que había golpeado a Thomas en más de una ocasión, y que lo había hecho sentir inútil, el que había provocado su infelicidad, detestaba tanto a este hombre.

Georg mostró los cupones siendo ajeno a todo el discurrir de pensamientos del menor.

—A partir de hoy, servirás el doble de la porción habitual de la leche más espesa —demandó Georg con arrogancia—. Mi omega está encinta, y necesito un heredero, un cachorro que sea fuerte para la República. El Partido paga bien, así que no escatimes en nada —soltó jactancioso, y Wilhelm tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para mantenerse ecuánime, bajando la mirada hacia el cántaro para que el oficial no distinguiera la rabia en sus ojos.

—Entendido, señor —respondió Wilhelm, metiendo el cucharón al fondo de metal, vertiendo la leche densa y cremosa en el recipiente del mayor.

Wilhelm aunque fingiera estar bien, su propio cuerpo le traicionaba, soltando sus feromonas más densas por un instante, en una amenaza de su alfa al contrario, sin embargo, Georg, al ser recesivo, y estar habituado a la burocracia y comodidad de la ciudad, sólo arrugó la nariz.

—Qué desagradable aroma traes, muchacho —se quejó Georg con asco—. Termina ya, que en esta casa apreciamos la limpieza del Partido y no la suciedad del campo. Y no olvides lavar bien esos cántaros mañana.

—Así lo haré, señor —respondió Wilhelm para tapar el envase, recibiendo los cupones recortados y luego escuchando el resonar de la puerta al ingresar Georg de nuevo como si nada.

El lechero miró los cupones y bufó. “Sí, claro, aprecian la limpieza del Partido, y rechazan la suciedad del campo, pero le pagas la leche al verdadero padre de tu hijo, disfrútalo mientras puedas, estéril imbécil”, pensó Wilhelm mientras se calmaba antes de retomar su ruta.

&

Thomas tuvo una epifanía al momento de lavar los platos, porque el alcance de las tareas que haría en lugar del omega, no llegaban a cocinar o lavar platos. Pero al estar limpiando la jarra de leche, pensó que podría pegar en el fondo exterior de la jarra, sellándolo con una gota de cera que se desprendería ante el rasguño de una uña, por lo mismo es que Wilhelm la sentiría al servirle la leche, no obstante, Georg no podría saberlo, de esa forma es que le dejó el mensaje a Wilhelm, instándolo a que le dejara alguna nota en respuesta detrás de la maceta vacía de la entrada, dándole algún mensaje de que había una nota a través de la leche con una paja limpia o ramita de pino que notaría Thomas antes de hervirla.

De ese modo es que mantenían una comunicación secreta, aunque no pudieran verse, con Wilhelm contándole que estaba preparando a su hermano menor para reemplazarlo, que estaba llevándolo en la ruta, y que su madre ya estaba al tanto que sería abuela.

Simone le había dado los ahorros que tenía, porque ellos podían hacer más dinero, y su hijo lo necesitaría más con la familia que iba a formar.

—Yo sólo diré que no sé a dónde fuiste, hay muchos traidores a la República y yo no sé nada —masculló Simone con simpleza, porque no iba a darle la espalda a su muchacho, no cuando Wilhelm había perdido su infancia dedicándose a tomar el lugar de su esposo cuando falleció.

—Te amo, mamá, gracias por todo —farfulló Wilhelm conmovido por lo que su madre estaba haciendo por él, pero sabía que si bien la extrañaría, tenía que velar por su omega y cachorro.

Cómo es que era frustrante para Wilhelm estar lejos de Thomas, incluso cuando le llegó su rut, tenía que mantenerse trabajando, pero pensaba en su omega, en cuánto lo amaba, cómo es que se moría por verlo, tocar su vientre, ya que ni siquiera podía observarlo, teniendo que soportar ver al inútil de Georg cada vez que entregaba la leche.

Pero Thomas le había dicho que tenía miedo, no obstante, estaba bien, saludable, y que su pequeño frijolito iba creciendo cada vez más, que se le notaba ya una pancita, sólo que estaba con pánico porque temía ser descubierto.

Cómo es que también Thomas lo necesitaba, que olisqueaba cada nota captando su aroma, que lo amaba y quería irse lo más pronto posible.

Y ambos querían hacerlo, querían irse para no volver, encontrar su futuro al llegar al refugio de Marienfelde, que eran donde recibían a los que buscaban huir de la dictadura comunista, a todos los alemanes de la zona Este como ellos, y ahí debían llegar.

&

La oportunidad llegó cuando Georg iba a irse a Leipzig por tres días, el tiempo perfecto para ambos escapar. Cómo es que se supone que Thomas, quien ya tenía cinco meses de embarazo para este punto, se encontraría con Wilhelm para escapar de aquella maldita jaula de oro, donde se irían para siempre.

Cuando escuchó la puerta, es que Thomas casi corrió a verlo, observando al alfa sudando cargando una mochila de lona vieja al hombro, y Thomas sólo tenía el libro de Goethe bajo el abrigo y un pañuelo de lana gris con el cual cubriría su rostro, cómo es que Wilhelm lo miró con amor pero determinación feroz, rodeando su cintura protectoramente.

—Es hora, mi amor. El motor del camión está encendido al final de la calle. Nos vamos al Oeste —susurró en su oído y Thomas cerró la puerta a sus espaldas sin echar cerrojos ni mirar atrás.

Todo el pánico que había sentido antes, pensando que quizá Wilhelm no llegaría o habría sido capturado por la Stasi, desapareció, sintiendo la seguridad y certeza de que serían libres.

&

Al llegar a la estación Friedrichstrasse, Wilhelm y Thomas caminaban con el resto de los obreros, pero el alfa no podía dejar de rodear con su brazo protectoramente la espalda de su omega, quien se tensaba ante cada vez que escuchaba el silbato de un tren o grito de un oficial, ya habiéndose condicionado por los abusos de su esposo, y también porque temía ser descubierto.

Cuando llegaron al puesto de control fronterizo, es que Wilhelm sintió la tensión en Thomas, soltando sus feromonas para buscar calmarlo.

—Will… Tu Aroma, los guardias lo notarán —susurró Thomas preso del pánico, jalándolo sutilmente por la manga y el alfa apretó los dientes, soltando al omega y metiendo sus manos en puños en sus bolsillos, obligándose a respirar hondo para contener sus hormonas.

Justo en aquel momento es que les tocó a ellos ser atendidos por un beta aburrido por su trabajo.

—Documentos —ordenó el oficial sin verlos.

Wilhelm entregó su documento de identidad de la RDA, y Thomas también, primero el oficial revisó el del lechero, notando que no había ninguna alarma y sólo llevaba una mochila, pero se detuvo en seco cuando notó el de Thomas, alzando la vista para observarlo.

—¿Thomas Listing? ¿El esposo del Asesor principal Listing del Ministerio de Censura? —inquirió el guardia dejando la apatía para lucir suspicaz.

Thomas se quedó paralizado, observando a Wilhelm, quien iba a hacer lo que sea por defender a su omega, sólo que él mismo se calmó… Recordando todo lo que había aprendido de supervivencia en su infancia en Berlín.

—Sí, oficial —respondió Thomas con una sonrisa fingida—. Mi esposo viajó por la cumbre obligatoria a Leipzig. Me pidió que me fuera a la clínica médica central de Berlín Oriental a recordar sus exámenes de laboratorio, él es muy estricto con los horarios —acotó aunque sentía que se moría por dentro.

El guardia inspeccionó con la mirada al omega, pero el abrigo era demasiado grueso como para dejar a entrever su barriga de cinco meses de embarazo, pero si bien dudaba un poco, sabía que era arriesgado denunciar falsamente a un omega de un alto cargo de la Stasi o el Ministerio de Censura podría destruir su propia carrera, por lo que optó por sellar los dos documentos.

—Vayan al andén tres. El tren hacia la estación sale en dos minutos. Circulen —demandó.

Wilhelm tomó los documentos y caminaron rápido hacia el andén superior, justo cuando pusieron un pie en el vagón del tren, las puertas de hierro se cerraron detrás de ellos.

Thomas se desplomó en el asiento de madera del vagón, llevándose las manos protectoramente hacia su vientre, soltando el aire que parecía haber contenido por años. Wilhelm se puso de rodillas para esconder su rostro en el regazo de Thomas, sin importarle el resto de pasajeros en lo que se veían cómo por la ventana desaparecían los anuncios de propaganda socialista para mostrar los carteles luminosos de neón de Berlín Occidental.

Estaban a salvo.

&

Al bajarse en el sector occidental, tomaron un autobús que los llevó al sur de la ciudad, hacia el Campo de Refugiados de Marienfelde, un completo enorme de edificios de ladrillo gris de tres pisos.

Cuando cruzaron la gran puerta de la entrada, los hicieran firmar, para darles mantas de lana limpia y dos cuencos de metal para comida.

En un inicio Thomas sintió pánico al ver oficiales y policías, sin embargo, los uniformes eran diferentes, no eran agentes de la Stasi. No iban a arrestarlos por escapar o por tener un libro de Goethe.

Cómo es que de todas formas para estar dentro de un refugio, por temor a infiltrados, tenían que pasar por un interrogatorio, para recibir el estatus oficial de refugiados y permiso en Alemania Occidental. Sólo que cuando les atendió uno de los alfas a la pequeña oficina de interrogatorio era precisamente por el nombre de Thomas, que sabía que su apellido y dirección alertaba todas las alarmas para ser un posible espía enviado del Este.

No obstante, el omega abrió su abrigo, mostrando su vientre de cinco meses.

—No soy ningún espía. Estoy huyendo de un oficial de la Stasi, que es mi esposo, pero quien me ha maltratado por años, un alfa estéril que quiere llevarse a mi bebé, cuyo verdadero padre es este joven lechero que vino conmigo —confesó Thomas, tomando de la mano a Wilhelm, quien liberó su aroma alfa puro de forma protectora sobre el omega.

El alfa captó la unión, la fusión de aromas, no mentían, esa intensidad del vínculo era porque estaba diciendo la verdad, así que selló los expedientes con la palabra ADMITIDOS.

Ambos fueron llevados donde el médico, Thomas necesitaba ser revisado sin ninguna orden política de Georg, y de la mano con Wilhelm, quien lo miraba con adoración en todo momento.

El doctor del Oeste, un hombre canoso pero amable, usó un estetoscopio antiguo de madera para escuchar el vientre abultado de Thomas, con Wilhelm manteniendo a un costado, aún sin soltarlo.

—El cachorro está fuerte y saludable —le dijo el doctor al omega,

Aquella frase pareció ser lo que ellos necesitaban escuchar, porque su bebé estaba bien, haciendo que Thomas se pusiera a llorar en el pecho de Wilhelm, y el alfa sólo lo apretó contra su cuerpo, también sollozando, porque su cachorro estaba sano, y luego de tanto tiempo, ya estaban seguros por completo, eran libres y su pequeño iba a nacer en el Oeste, un mundo sin cadenas donde Georg Listing ya no tendría el poder sobre ellos.

&

Un año después

Thomas estaba de pie junto a la ventana, teniendo un semblante totalmente a distinto al que poseía antes, sus mejillas ya no tenían aquella palidez enfermiza, sino estaban rosadas y él mismo lucía saludable y feliz, soltando sus feromonas sin tener que ocultarlas bajo el cloro, sin sentir vergüenza de nada, cargando un pequeño bulto envuelto en una manta de la lana rosa, una bebé alfa de cabellos negros idéntica a su verdadero padre.

Cuando la puerta se abrió, mostrando a William ahora de veintiún años, que era un supervisor en una moderna planta pasteurizadora de lácteos de Fráncfort, le sonrió a su esposo, acercándose para darle un beso en lo que la bebé suspiraba en brazos del omega, dejándole también un pequeño beso en su frente a su niñita.

Thomas se inclinó hacia Wilhelm, con la cicatriz de la marca que le había puesto su alfa al poco tiempo en que nació su bebé.

—Te estábamos esperando, mi amor —soltó Thomas, y Wilhelm volvió a besar los labios de su omega, feliz de que ahora Thomas se viera así de feliz, en paz y tuviera su apellido, y ya no el del imbécil de Listing.

—El transporte se retrasó, mi amor, pero ya estoy en casa —se disculpó Wilhelm—. ¿Y cómo se portó Lila? ¿Fue una buena bebé?

—Sabes que es la bebé de siete meses mejor portada —masculló Thomas sonriéndole—. Tanto que a veces pienso que deberíamos darle un hermanito —agregó con un tono juguetón y Wilhelm se rió.

—Estaría más que feliz de darle muchos hermanitos a mi princesa, mi amor, porque ahora somos libres y podemos decidir lo que queramos sobre nuestras vidas —sentenció Wilhelm y Thomas asintió, el alfa se inclinó para besarlo, porque aún el alfa era consciente de que a su esposo le quedaban traumas por su pasado, cómo es que él lo consolaba de madrugada, abrazándolo y reconfortándolo con su aroma.

Nadie los separaría, eran dueños de su vida, así que aquel beso dulce que compartían, les decía que sí, que estaban juntos, casados, y que si bien aún estaban los fantasmas del pasado, no podían tocarlos nunca más.

Incluso Thomas se sentía bien porque también sus padres y hermanos estaban establecidos en la Alemania occidental, debido a que sabía que Georg sería capaz de tomar represalias contra ellos, es que pidió ayuda, y de ese modo, con una solicitud de empleo los trajeron, con tanto Nikolaus y Emil conociendo a su sobrina y también a Wilhelm, quien se sintió contento, aunque nostálgico, porque no podría ver a sus hermanos que al menos sabrían que estarían bien debido a que no podían relacionarlos con nada de lo que él había hecho.

Su historia no tenía un final trágico la copia desgastada de Las penas del joven Werther de Goethe, su Werther no tuvo que suicidarse, su Werther tuvo su final feliz, o nuevo comienzo, según se vea, porque todavía tendrían muchas experiencias qué vivir, haciendo que Thomas recordara cómo lo había visto Wilhelm la primera madrugada… Con aquella ternura y deseo de protegerlo, cuidarlo, algo que se había mantenido hasta ahora. Cómo es que todo ese amor y cuidado, Wilhelm lo mantenía no sólo con él, sino también con su pequeña Lila, así que no podía estar más que agradecido por cómo es que esta historia que se forjó a base de leche y la tinta de sus cartas.

F I N

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por Kasomicu

Escritora del Fandom

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