La casa del lago

Notas: Para W. G, gracias por confiar en mí para escribir esto 🙂

Basado en la película La casa del lago (2006).

«La casa del lago»

(One-Shot de Kasomicu)

Bill llegó con sus cosas hacia la casa del lago, observándola mientras lidiaba con sus propios demonios, recordando cómo es que habían vivido en ella cuando apenas eran unos niños, suspiró, porque quería remodelarla para ir comprendiendo un poco más a Jörg, su padre, quien la había construido y cómo es que ahora mismo tenían una relación tensa, que Bill siendo el hijo mayor, era quien más había resentido la ausencia de su padre para dedicarse enteramente a su carrera, y claro, ahora Jörg Kaulitz era un reconocido arquitecto de talla mundial, sin embargo, ¿a costa de qué es qué poseía tanto éxito? El haber dejado a su familia para sólo enfocarse en ello.

Bill negó con la cabeza, porque él tenía un propósito al regresar a la casa del lago, que era hacer las paces con su padre, incluso sin que se lo dijera, porque Jörg ya estaba enfermo, y también… Porque sabía que podía devolverle la vitalidad de antaño a aquella casa, darle el cuidado necesario que haría que pudieran venderla o alquilarla. Así que ingresó a ella, con todas los planos que había hecho antes para las modificaciones que pensaba hacerle, aunque… Incluso viendo el camino a modo de puente, se notaba que necesitaban barnizarse, sin mencionar los huecos que tendría que llenar, había mucho por hacer.

Bill, como acto protocolar, porque sabía que la casa no la habían usado en años, es que abrió el buzón para limpiarlo, sin embargo, se sorprendió cuando no lo halló vacío, y aún más, cuando se percató que la carta en su interior no lucía como dejada de años atrás, sino más bien reciente, abriéndola confundido ante las letras un tanto apresuradas pelo pulidas que veía allí.

“Hola, nuevo inquilino, ¿o inquilina? De la casa, yo estuve viviendo aquí antes, sin embargo, tuve que regresar a la ciudad por mucho que ame la calma, más que nada por trabajo. Así que te quería dar la bienvenida, disculpándome por las manchas de huellas en el puente de madera, ya estaban allí cuando llegué, también de las cosas de la azotea, muchas no son mías, supongo que son de los dueños anteriores, pero ya me estoy yendo por las ramas, sino que aparte de la bienvenida era también pedirte que, si bien ya arreglé con el servicio de correos sobre lo de mi mudanza, ya sabes cómo suelen ser los errores a veces, así que, en caso te llegue mi correo, mi apellido es Trümper, por favor me lo envíes al 483 del edificio 1114 en Mitte, Berlín, por favor. Eso es todo, te deseo una buena estancia, disculpa las molestias”, Bill se quedó parpadeando confundido, ¿era alguna clase de error?

—¿De qué manchas hablará? —se preguntó en voz alta, mirando el puente que faltaba barnizar pero no tenía ninguna mancha de huellas, sin mencionar que esa casa había estado abandonada por lo mismo debía ser una equivocación.

Bill decidió mejor enfocarse en llenar los huecos del puente, teniendo la mezcla a un costado, cuando notó cómo es que un perro pasaba por encima de la mezcla de cemento dejando… Huellas en el puente, haciendo que Bill se sintiera confundido.

¿Qué?

Intentó pensar que sólo había sido una coincidencia, pero, era demasiado extraño para dejarlo pasar, que terminó por escribirle una carta a Trümper, que no sabía si era una mujer o un hombre, pero le explicó que era un error, que la casa del lago había estado deshabitada por años, que seguro se refería a las casas que están por la playa.

“No, definitivamente me refiero a la casa del lago, estuve viviendo allí, disfrutando de la vista y la calma que me da estar allí. Y disculpa, olvidé decirlo, mi nombre es Tom, y soy doctor, ¿me dices más de ti? Porque no conozco ni tu apellido”, le escribió el muchacho, y Bill se sintió intrigado por este joven, escribiéndole de vuelta, que su nombre era Bill Kaulitz, y que era arquitecto, que precisamente la casa estaba remodelándola porque vivió su familia antes allí, por ello es que debía ser una broma de mal gusto, y que incluso Bill se tomó la molestia de ir a buscar la dirección que Tom le había dado para enviarle su correspondencia y sólo era un proyecto, aún en construcción de apartamentos para alquiler.

“No estoy bromeando, vivo aquí, y si bien no es donde mayormente paso el tiempo, ya que estoy más con rondas en el hospital, de todas formas estoy lo suficientemente funcional para reconocer mi dirección y saber que estamos en el año 2006, señor Kaulitz”, repuso Tom en otra de sus cartas, y Bill se rió ante la mención de señor porque ese era su padre, no él, pero… Luego fue consciente de lo que dijo, diciendo 2006, cuando ellos estaban en el 2004.

“No soy ningún señor, ¿o tú eres uno y por eso piensas que lo soy? ¿Estás casado y con hijos, señor Trümper? Pero, aún peor eso, que esté haciendo esas bromitas siendo tan mayor, porque estamos en el 2004”, aclaró Bill en otra de sus cartas.

Tom se tensó leyendo la misiva, ¿qué es lo que pasaba? ¿Sería posible? Porque también Bill le había dicho que lo de las huellas y cómo es que aparecieron después como si lo hubiera vaticinado, él estaba ahora mismo frente al buzón leyendo aquella carta, escribiéndole una respuesta, un corto: “No soy ningún señor ni estoy casado”, rebatió el de rastas en un corto mensaje, metiéndolo de vuelta al buzón y se paralizó al momento en que notó la bandera indicadora moverse sola, abriendo el buzón, y fijándose que había otra carta, pero no era la suya, era una respuesta de Bill diciéndole que entonces notara el patrón porque no estaba bromeando.

Tom, pese a ser un hombre de ciencia, pensó que era un jodido fantasma, porque no había nadie más allí, y había aparecido la carta por arte de magia.

“Estoy solo aquí, ¿dónde estás escondido? Esto no es gracioso”, escribió Tom, y otra vez pasó lo de la bandera indicadora, fijándose en la respuesta de Bill. “No estoy escondido, estoy aquí y tú eres el de las bromas de que estamos en el 2006”.

Lo único en común era aquel buzón de la casa del lago, porque literalmente él iba hasta allá para dejar las cartas, recibiéndolas desde allí mismo, es que le expuso la teoría de que estaban en un bucle a través del tiempo, que Bill era del pasado, y Tom del futuro, con Bill más reacio a creerlo, que no fue hasta que Tom le comentó sobre una tormenta de nieve que le creyó, porque cerca del lago todo era soleado, pero… Luego se agripó por no tomar su consejo.

De esa manera es que ambos siguieron comunicándose por sentirse fascinados con la idea de ser partícipes de un evento tan único como aquel buzón mágico.

Tom no sabía si era porque buscaba algún tipo de distracción del trabajo, más que nada porque pasársela en emergencias era presenciar un sinfín de muertes, y él mismo darse cuenta que no podía salvarlos a todos, por más esfuerzo que pusiera. Pero… Este hombre, que le aclaró que no estaba casado, y que, de hecho, ambos tenían la misma edad, se volvió una constante, un momento casi ritualístico donde Tom buscaba despejarse al conducir hacia la casa del lago, a la espera de las cartas de Bill.

Cómo es que era más fácil hablar con alguien sin verlo, incluso abriéndose, porque no tenía que soportar unos ojos escudriñándole ni juzgándolo, fuera de las bromas que compartían, y cómo es que se habían dado que también conocían a Ary, la perrita que dejó las huellas en el puente, era la misma canina que había acompañado a Tom todo el tiempo en que estuvo en la casa del lago.

Bill también, se descubría a sí mismo esperando con ansías cada carta del doctor, porque había algo en él, en cómo no se hallaba a sí mismo, buscaba tomar un respiro de todo, que se sentía de algún modo atrapado, y Bill lo comprendía muy bien, cómo es que su hermano menor, había cedido a los deseos de su padre, quedándose con lo seguro, y desterrando sus propios sueños, mientras que Bill, quien también había elegido la carrera de arquitectura por su progenitor, de todos modos no se ciñó a lo que su padre quería, manteniéndose fiel a sus ideas, a diferencia de Harry, su hermano menor.

Y Tom, él le hablaba sobre cómo le gustaba ayudar a otros, poseía esa vocación, pero aún sentía que le sobrepasaba, porque había pasado de estar estudiando en la escuela, para luego hacerlo por años en la universidad, y finalmente para salir y trabajar, sintiendo que no había un descanso, no del todo, y que la vida seguía pasando como fuera, y Bill sabía que eso era muy cierto.

“A veces se siente como si nos quedáramos simplemente a la espera de que pasara algo, como si no tuviéramos el control de nuestras vidas, sólo viéndola pasar”, le había escrito Tom y Bill, incluso aunque no conociera ni su rostro ni nada sobre el doctor, quería que sonriera, aunque no supiera cómo se vería.

“¿Ves esa casa antigua en Krausenstraße? Quisiera que fueras a observarla otra vez”, le pidió Bill en otra carta, y Tom sonrió ante ello, porque si bien él no era un arquitecto, sí apreciaba la belleza en las construcciones, principalmente las antiguas, por lo mismo es que le había halagado a Bill tanto por el esfuerzo de su padre, cuando le comentó que él era quien hizo la casa del lago, como también los arreglos que había disfrutado de aquel sitio.

Pero en la carta también tenía una postdata, de que luego de observar la casa fuera por el callejón cercano… Haciendo que Tom sonriera cuando leyó: “Tom, tú que encuentras la belleza en todo, date cuenta que sonriendo también te ves hermoso. B”. Tom se tocó los labios, sintiendo su corazón latir acelerado, ¿cómo es que se podía sentir así por alguien a quien no conocía en persona? ¿Con quién llevaba dos años de distancia? Parecía un sinsentido, completamente irracional que estuviera sintiendo cosas por un completo desconocido: “No, Bill no es ningún desconocido, él me ha comentado sobre su relación difícil con su padre, y yo le he hablado también de mis propias inseguridades, de cómo me cuesta abrirme hacia a otras personas, del vacío que tengo y cómo tengo miedo de sentirme así por siempre”, se respondió internamente, porque no podía restarle importancia toda la conexión que había tenido con Bill, cómo bajo la magia, en más de un sentido, de aquellas masivas, estaba abriendo su alma, y él estaba correspondiéndole, aunque no hubieran hablado sobre romance, no obstante, se había vuelto una constante en su vida.

Conversando mediante cartas cómo es que iba a ser San Valentín y ellos no tenían con quién pasarla, su plan era pasarlo con su mamá ese día comiendo cerca del hospital.

—Mamá, ¿tú te enviabas cartas con papá cuando empezaron a salir? —inquirió Tom, pensando en cómo antes se mantenía el cortejo mediante cartas, que quizá su madre hubiera podido tener aquella experiencia para compararla con la suya.

—No, tu padre no era tanto de palabras, más de acciones, hijo —respondió Simone—. ¿Por qué el interés? Noto esa mirada, Tom, ¿hay alguien por ahí? —El muchacho rió con nerviosismo, sintiéndose un adolescente aunque fuera un adulto.

—Digamos que sí —contestó Tom.

—¿Y cómo es él? —preguntó Simone, pensando que su hijo saliera con alguien sería algo bueno, para que se distrajera.

—Tiene bonita letra —soltó Tom para observar a su madre confundida, y él rió ante ello—. Es que no lo conozco, sólo nos escribimos —aclaró el de rastas.

—Uhmn, deberían tener una cita —sugirió Simone—. Porque el tiempo vuela y no se sabe si podrán seguir disfrutándose —agregó la mayor, y Tom tomó la mano de su madre, porque sabía que ella lo decía por su padre, y cuánta falta que le hacían ahora.

Tom no pudo responderle cuando escuchó el impacto por un accidente de tráfico, interrumpiéndose en su almuerzo improvisado y corriendo en dirección a la colisión porque vio que había una persona que había salido herida… Pero Tom por más que intentó reanimar al joven, no lo consiguió y falleció en aquel instante, haciendo que precisamente el peso de las palabras de su madre cobraran más sentido, ese joven tendría su edad, y sus familiares se enterarían que murió en un accidente de tránsito, cómo es que no había tenido la oportunidad de vivir.

Tom le escribió a Bill al respecto, en cómo le había afectado, lo efímera que era la vida, y Bill mismo le contó que lo entendía bien, porque su padre había sufrido un infarto y ya estaba hospitalizado, en el mismo hospital donde el doctor trabajaba, haciendo que Tom le buscara reconfortar porque sabía que Bill no tenía la mejor relación con él, pero lo amaba, y que ya era el único padre que le quedaba.

“Entonces tengamos una cita, Tom, hoy, dentro de dos años, ¿está bien? Dime al lugar que quieras ir y yo estaré allí”, le había escrito Bill.

“¿En serio me vas a esperar por dos años? Pero podrías estar con alguien más, ni siquiera sabes cómo soy, o si soy de tu tipo”, arguyó Tom en su respuesta, aunque él mismo lo quería, pero intentaba racionalizarlo, porque no sabía si Bill sería capaz de hacerlo.

“Sólo será una cita de amigos por correspondencia, ¿no? Y ya veremos si esto nos lleva a más, pero cumpliré mi promesa, sólo dime dónde”, pidió Bill.

Tom recordó que él siempre había querido comer en la trattoria Pulcinella, pero que no había alcanzado a reservar nunca porque siempre lo requerían con meses de anticipación, comentándole sobre ese sitio.

“Estaré allí”, le aseguró Bill, él mismo yendo a pedir una reservación para dentro de dos años.

—¿Dos años? —preguntó sorprendida la maitre, y Bill le sonrió asintiendo.

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Tom no pudo evitar buscar en los registros del hospital sobre el expediente de Jörg Kaulitz, por lo que la cara de Bill diciéndole que su padre había fallecido, no le vino de sorpresa, haciéndolo sentir impotente y frustrado, porque no podía ofrecerle ningún abrazo para consolarlo, pero recordó cómo le había dicho que su padre estaba escribiendo su libro sobre sus memorias y trabajo, que se publicaría dentro de dos años para Bill, pero él lo consiguió, dejándoselo junto a una carta de consuelo en el buzón.

Bill cuando vio el libro de su padre, que tenía incluso fotos suyas junto a sus obras, hizo que Bill llorara como no lo había hecho después de años, su padre sí lo amaba, los consideraba como tal su legado… Sintiendo que era un abrazo al corazón aquel gesto de Tom.

“Yo también perdí a mi padre, de hecho… Cuando viajé en tren, recuerdo bien que fue hace dos años, perdí su último regalo en la estación”, le había escrito Tom.

Y Bill fue al mismo lugar, encontrando el regalo olvidado del padre de Tom en el asiento y observándolo a lo lejos, cabellos rubios en rastas, ropas anchas, ese joven debía ser él.

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“Cómo quisiera que estés aquí y poder oírte, que me llamaras que…”, Tom estaba redactando su carta cuando sonó su teléfono, haciendo que él lo contestara de inmediato.

—¿Hola? —habló Tom con el corazón acelerado, incluso si no enviara la carta, ¿quizá sería Bill?

—Hola, Tom, estoy en Berlín, y quería verte aprovechando que estoy de paso —escuchó a Andreas, su ex con quien había estado años juntos, haciendo que la sonrisa que había formado en sus labios se deshiciera.

—Claro, podemos ir a conversar como viejos amigos —cedió Tom, porque no es que hubieran terminado en malos términos, sólo que no aspiraban a lo mismo, así que le servirían despejarse el salir a comer con él.

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Tom estaba comiendo mientras veía a Andreas sonriente fanfarroneando que casi tenía el puesto asegurado al que recién iba a ir a la entrevista dentro de unos días.

—Me da gusto que te esté yendo bien, Andy —comentó Tom.

—¿Aún piensas en nosotros, Tom? —cuestionó Andreas viéndolo.

—A veces sí, te recuerdo con cariño, sólo que… Tú ibas a otro ritmo, Andreas, tu prioridad siempre fue el trabajo y solías olvidarte de varias cosas hasta que bueno, terminamos —masculló Tom sin querer sonar hiriente, y el aludido frunció el ceño.

—Es que también tú… Cómo estuviste con ese desconocido en tu fiesta de cumpleaños, engañándome con él con descaro —arguyó Andreas sintiendo recelo.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —cuestionó Tom mirándolo confundido.

—¿Ya lo olvidaste? ¿Cómo bailaron y se besaron? —interrogó Andreas, y Tom se sentía un poco perdido por ello, sin recordar bien lo que había pasado hacía dos años atrás.

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Cuando Ary se fue corriendo, a Bill no le importó dejar plantada a Natalie, incluso si era más que evidente que ella estaba coqueteándole, a Bill jamás le interesó como algo más que una amiga, pero en este punto, su prioridad era encontrar a su mascota, porque también sabía que terminaría siendo de Tom, pero…

La canina simplemente se fue corriendo hasta alejarse lo suficiente hasta una casa donde estaba mudándose un hombre rubio en traje.

—Lo lamento, es un poco inquieta —dijo Bill a modo de disculpa.

—Ah no te preocupes, a mi novio le gustan los perros, tal vez darle uno más adelante. Mi nombre es Andreas Gühne —se presentó el rubio extendiendo la mano.

—¡Bill! —gritó Natalie llegando acezada hasta a ellos.

—Bill Kaulitz —respondió Bill, estrechando la mano de vuelta, mientras la muchacha se colgaba de su brazo.

—¿No les gustaría venir a la fiesta de mi novio? Será sorpresa por su cumpleaños —habló Andreas, creyendo que más gente, más excusa para animar a Tom.

Bill se quedó sorprendido porque realmente apenas lo conocía. —¿Y cuál es el nombre de tu novio?

—Tom, así que, hoy a las 7 pm, están invitados —ofreció Andreas sonriendo para luego meterse a la casa.

—¿Lo conoces? —preguntó Natalie viendo a Bill, quien negó, no lo hacía, pero sólo porque se llamaba igual a Tom es que quería ir.

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Bill al llegar a la fiesta, apenas llevando un vino como presente porque no tenía más, es que notó la expresión de incomodidad en Tom cuando llegó a su fiesta sorpresa, pero era él, no había visto su rostro antes pero distinguía esas rastas rubias.

—Hola, feliz cumpleaños —dijo Bill viendo al de rastas.

—Eh, hola, ¿gracias? Perdón, creo que no te conozco —masculló Tom intentando no sonar hiriente y Bill se grababa cada expresión de su rostro, cómo es que era realmente hermoso, incluso aunque se notara que estuviera mal por lo que supuso que por lo mismo la relación con Andreas no había durado hasta la actualidad.

—Bill, el arquitecto que invitó tu novio —aclaró Bill, porque así lo había presentado Andreas, de forma tan impersonal, porque precisamente no se conocían de más.

—Oh… Sí, sólo… Diviértete —dijo Tom con una sonrisa fingida para salir de la fiesta, demasiado abrumado para ser un buen anfitrión.

Bill observó cómo Tom salía hacia la entrada, apoyándose en lo que se veía a punto de colapsar, y, aunque esta versión de Tom no lo conociera aún, no podía sólo quedarse indiferente cuando él conocía los miedos de Tom a través de sus cartas.

—Lamento interrumpirte, pero… Vi que te gusta Jane Austen por los libros de la biblioteca, y me regalaron Persuasión, por ello quería saber en caso lo hubieras leído —habló Bill, a sabiendas de que era el regalo que le había dado su padre antes de morir.

Tom se giró y lo miró con fijeza. —Sí, es un libro que amo. Se trata sobre la espera y las segundas oportunidades, de hecho… Me lo regaló mi padre —cedió el de rastas, pensando en cómo se lamentaba porque se le hizo tarde y se olvidó el libro en la estación de tren.

—¿Y eras muy unido a él? —cuestionó Bill, acomodándose  a su costado.

—Sí, mucho… Él fue muy importante para mí, porque de hecho… —sonrió nostálgico Tom, pensando que no conocía mucho a Bill, pero estaba ahí a punto de decirle cosas sobre su vida, y quizá no lo volvería a ver jamás así que estaba bien.—Cuando tenía dieciséis años supe que era gay porque me enamoré del cantante de una banda, y él me convenció de que yo sería un increíble guitarrista porque tenía bonitas manos, que él podría enseñarme y… Yo me escapé con él, con mi padre sacándome de los cabellos porque esa vida no era la que quería para mí. Amé mucho a aquel vocalista, creo que fue el único hombre que de verdad amé, aunque ya no recuerdo ni su rostro pero… Mi papá estaba enfermo en aquel entonces, y cuando falleció, es que yo decidí convertirme en doctor, tal como él siempre había querido. Es algo que amo de verdad, sólo que igualmente es duro, y yo a veces me pregunto cuándo llegará mi tiempo, ¿sabes? Porque creo que estoy como la protagonista, viendo mi vida pasar sin… Hacer lo que amo del todo, sólo haciendo lo que se espera que deba hacer —acotó el de rastas, pensando no sólo en su carrera, sino también en que no amaba a Andreas, y eran tan distintos que sólo se sentía atrapado con él.

Bill le acarició la mano.

—Entonces deberías tomar las riendas de tu vida, buscar lo que te hace feliz, incluso si ya honraste a tu padre, debes ver lo que realmente te provoque dicha, porque nadie vivirá tu vida por ti, sólo tú, con todo y las consecuencias que conlleva —soltó Bill, y Tom lo observó, cómo es que este hombre estaba diciéndole palabras tan sabias, y de una forma tal que parecía conocerlo, había una conexión entre ambos, más allá de las palabras, y Tom no lo sabía, pero era por todo lo que Bill conocía sobre él.

Cómo es que sonó su canción favorita, y Bill lo tomó de la mano, haciendo que bailaran sobre el patio, con la tibieza de la mano de Bill contra la suya y sobre su cintura, sintiendo la respiración del pelinegro sobre su cuello, y embargándose con su aroma, y Bill… La forma en que lo veía, sin poderse creer el que lo tuviera frente a él, destilando una adoración que hizo que Tom inclinara más su rostro hasta que terminaron besándose, con Bill sintiendo sus labios contra los suyos, su aliento entremezclado y la forma en que se pegaban sus cuerpos, aún manteniendo el compás de la música, pero sin escucharla más… Porque era como si estuvieran envueltos en una burbuja que no querían que se reventara… Olvidándose del resto del mundo.

—¡Tom! —regañó Andreas al verlos, haciendo que se separaran, y Bill notara la indignación tanto en el novio de Tom, como en Natalie que estaba a su costado.

—Yo… Debo irme —soltó Bill, a quien realmente no le había importado el que Tom tuviera novio, pero también fue imprudente.

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“¡Eras tú! Todo este tiempo eras tú con quien bailé y me besé. ¿Por qué no me lo dijiste? Si me gustaste mucho y te lo dejé bien en claro”, preguntó Tom en la carta, recordando que sí, ese joven atractivo con quien se besó había sido Bill.

“Porque me iba a ver como un desquicio que se inventó todo si te explicaba lo de las cartas y buzón mágico”, respondió Bill, y Tom no insistió, porque sí, lo más probable es que lo hubiera tildado de orate.

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Tom al llegar a la trattoria Pulcinella observó a la maitre, un poco nervioso, más que nada porque ese día vería a Bill, se había atado sus rastas en una coleta baja, poniéndose un traje, pero sintiendo muchos nervios, pensando si luciría diferente.

—Buenas noches, tengo una reservación para… ¿Kaulitz? —inquirió Tom dudoso porque Bill no le dijo si lo hizo a su nombre o al suyo.

La muchacha sonrió. —Oh, sí, Kaulitz —cedió, recordando al joven que le pidió la reservación hacia dos años.

Sin embargo, Tom se sintió con nerviosismo pasando a la desolación… Cuando Bill nunca apareció, haciendo que se le rompiera el corazón en miles de pedazos.

“Nunca viniste, me dejaste esperando. Yo te lo dije… Seguro te enamoraste de alguien más, pero yo viviré mi propia vida, Bill, tal cual tú lo hiciste, porque… No puedo quedarme esperando, esto no es un cuento de hadas, gracias por todo. Y… Que seas feliz”, le escribió la última carta a Bill, porque no volvería a aquel buzón de la casa de lago.

Por más que Tom quisiera aferrarse a la idea tan bella de un amor como ese, no podía estar así, no quería volver a sentir ese rechazo…

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Bill cuando leyó esa carta, entró en desesperación, porque, ¿por qué él no habría ido? Si esa conexión que tuvo con Tom no la había tenido con nadie, pero por más cartas que envió, Tom no le volvió a responder. Haciendo que Bill le dejara las llaves a Andreas, para que Tom se mudara más adelante a la casa del lago.

Tom quien en su presente recibió la noticia de que habían contratado a Andreas, aceptándole la salida para celebrar por su nuevo trabajo, y siendo el comienzo del que retomaran su relación, porque era mejor malo conocido que bueno por conocer, ya Tom no quería seguir forzándose a esperar.

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Sólo que hubieron cosas que dejaron a Tom con el fantasma de Bill… Cómo es que su piso comenzó a moverse bajo sus pies, y él fastidiado lo pateó, mostrando que había una bolsa con el libro Persuasión de Jane Austen, el mismo libro que él dejó en la estación de tren, Bill, que sabía dónde viviría, lo había puesto allí para que Tom lo encontrara, haciéndolo suspirar, mientras pensaba que iba a mudarse con Andreas, pero que al menos tenía el último regalo de su padre que lo había conseguido Bill.

&

Cómo es que cuando fueron con Andreas donde los arquitectos, es que al ser atento por Harry y Nicole, los esposos que iban a tomar su proyecto, es que se fijó en el dibujo enmarcado que tenían en su sala de juntas, era el de la casa de lago.

—¿Conocen al arquitecto que hizo este dibujo? —preguntó Tom.

—Oh, sí, Bill Kaulitz, mi hermano —respondió Harry con una sonrisa nostálgica.

—Tom, ya debemos irnos —pidió Andreas, que se había dado un tiempo pero ya debía irse.

—Espera… ¿Me podrías comunicar con él? Es un viejo amigo —masculló Tom sintiendo su corazón latir acelerado ante la mención.

—Lo lamento mucho, Bill falleció en un accidente —soltó Harry con expresión apenada, haciendo que Tom se paralizara.

—¿Qué? —interrogó Tom como si le hubieran quitado el aire de los pulmones, mientras que Harry le explicaba el cómo murió cerca al hospital en el día de San Valentín, haciendo que los recuerdos de Tom volvieran a su cabeza…

El joven que no había logrado salvar había sido Bill, por eso es que nunca fue a la cita…

Tom no pudo quedarse, se fue corriendo, incluso dejando atrás a Andreas y al resto, porque sólo tenía una dirección a la cual ir: La casa del lago.

“Por favor, Bill, no me busques el día de San Valentín, porque ahí morirás… Por favor, no lo hagas, yo te esperaré aquí, afuera de la casa del lago, ven aquí conmigo, no te mueras, por favor”, escribió Tom con manos temblorosas para meterla al buzón, sintiendo cómo se quebraba al hacerlo.

Bill no lo rechazó, Bill lo esperó, sólo que… Su ansiedad, los conductores descuidados… De esa forma fue que murió.

Tom sintió que apretaban su hombro, haciendo que se volteara y lo viera, Bill estaba allí, con sus cabellos lacios, sus ojos delineados, y una sonrisa, vivo… Tom se lanzó hacia él, haciendo que se besaran de inmediato, sujetándose con fuerza, aferrándose uno al otro, porque el tiempo había pasado, se habían perdido, sin embargo, se pertenecieron todo el tiempo…

—Estás aquí… —susurró Tom cuando se separaron por aire, acariciándole las mejillas a Bill, quien se mantenía tomándolo por la cintura, asintiendo.

—Lo estoy, el destino siempre encuentra el camino, leí tu carta y vine —musitó Bill contra sus labios.

—Te amo, Bill —soltó Tom con lágrimas en los ojos pero ya no por tristeza, sino por la felicidad llenándole al por fin ver al amor de su vida.

—También te amo, Tom, tanto que el tiempo nunca fue una limitación para mí, no si se trata de ti —repuso Bill contra sus labios, haciendo que se unieran nuevamente.

El cómo no podían soltarse, porque sentían que habían pasado por mucho, y la necesidad fue la que los guió al interior de la casa del lago, que había sido testigo de cómo se desarrolló su amor desde el comienzo, incluso sin verse, pero ahora siendo el sitio donde consumirían la unión que trascendió los mares del tiempo…

La forma en que la ropa fue demasiado estorbosa, y que ni siquiera llegaron hasta la habitación, porque Bill lo empotró contra el ventanal, lamiendo la sal de su cuello, mientras empujaba su pelvis contra la suya, ambos duros por cómo los besos, y el tiempo, habían sido suficiente para dejarlos así de encendidos el uno por el otro, que cuando Bill mordió su cuello, Tom jadeó, empujándose más contra él, y Bill le dejó un camino de lamidas y mordidas ansiosas por su torso, hasta morderle el extremo de la cadera, sintiendo su hombría chocarle contra su mejilla, pero el pelinegro volvió a ponerse de pie, dirigiendo los dedos hacia la boca de Tom, quien los chupó por inercia, ensalivándolos ante la atenta mirada de Bill, quien sintió cómo palpitaba más al percibir la lengua de Tom, cómo es que sus labios con piercing sólo acrecentaban todas las sensaciones y la forma en que su lengua lo envolvía, con esos ojos ardiendo de deseo por él…

Sacó sus dígitos para guiarlo hasta detrás de los testículos de Tom, volviendo a besarlo, mientras empezaba a prepararlo, sin dejar de mecer sus caderas contra las suyas, viéndose interrumpidos por las exclamaciones que soltaban ambos por las ganas que se tenían, de todo ese inmenso amor que les brotaba por cada poro de su piel.

—Alza una pierna —demandó Bill contra su boca, y Tom asintió, dejando que el pelinegro la sostuviera mientras se alineaba contra su hendidura, haciendo que comenzaran los embistes en su interior, consiguiendo que el de rastas rubias boqueara, aferrándose a los hombros huesudos de Bill, mientras su espalda estaba desnuda contra el ventanal de la casa del lago…

Bill besó sus labios con tanta ansía, aún manteniendo el bamboleo en su interior, empujándose en lo más profundo de Tom, masajeando su erección entre ambos cuerpos, separándose sus rostros sólo para besarle la mejilla… La quijada marcada o su cuello expuesto, no cansándose de Tom, de aquel doctor que había sido su obsesión por tantos años… Y por quien latía su corazón, haciendo que bailaran al compás de la música del amor que los llenaba… Consiguiendo que no duraran mucho más, con Tom explotando contra la mano de Bill, quien al sentir la presión del interior de Tom, halló su propio orgasmo dentro suyo.

Ambos quedando jadeantes labio a labio, sudorosos, con los ojos brillantes y unas sonrisas formándose en sus labios, porque esto sólo era el inicio de la historia que tenían por delante, incluso si no fuera un cuento de hadas… Sí se trataba sobre la espera y las segundas oportunidades, tal cual el libro de Jane Austen.

F I N

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por Kasomicu

Escritora del Fandom

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